La vida es breve

La vida es breve

«¿Cómo saben qué será su vida el día de mañana? Su vida es como la neblina; aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece». Santiago 4,14

Al final de nuestra vida terrena no nos llevaremos nada. Solo quedarán el amor que hayamos sembrado, los momentos compartidos, las relaciones que cultivamos y la huella que dejamos en quienes nos rodearon. Los bienes materiales son pasajeros; la verdadera riqueza es espiritual. Por eso, el mayor tesoro que debemos cuidar es nuestra alma, creada para la vida eterna.

La vida en la tierra es una preparación para la eternidad. Lo único que verdaderamente trasciende es el amor con que vivimos y nuestra comunión con Dios. La muerte no es el final, sino el paso hacia la vida eterna para la cual fuimos creados. Mientras peregrinamos en este mundo, estamos llamados a servir al prójimo, viviendo las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, que son los frutos que permanecen y nos disponen para alcanzar la salvación.

«Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?».

Mateo 16,26

El valor de nuestra vida espiritual y del alma es incalculable. Perder el alma es el precio más alto que una persona puede pagar por sacrificar la verdad, la paz interior y la vida eterna en busca de logros pasajeros que no podrán acompañarnos más allá de la muerte.

Ganar el mundo significa buscar desmedidamente el reconocimiento, el éxito, el dinero, el poder o el control, olvidando que todo ello es pasajero. Ninguna riqueza, ningún triunfo ni ningún deseo temporal puede compararse con el valor de vivir en gracia de Dios y conservar la amistad con Cristo.

Perder el alma significa morir separado de Dios por el pecado grave no arrepentido, no confesado y rechazar la salvación que Cristo nos ofrece y privarse para siempre de la visión de Dios. El infierno no es un castigo impuesto arbitrariamente por Dios, sino la consecuencia definitiva de rechazar libremente su amor y su misericordia hasta el final de la vida.

Jesús nos enseña que el valor del alma y de la vida eterna es infinitamente superior a cualquier riqueza o éxito terrenal. Al terminar nuestra existencia, nada material nos acompañará. En cambio, los tesoros que acumulamos en el cielo nunca se desgastan, no se corrompen ni pueden ser robados. No existe nada más valioso que nuestra alma; cambiarla por cualquier bien pasajero sería la mayor necedad. Quien se aferra desordenadamente a este mundo y da la espalda a Dios corre el riesgo de perder aquello que tiene un valor eterno. Quien rechaza a Cristo por obtener los bienes de esta vida termina perdiendo el único bien que jamás debería perder: su alma.

«No amontonen tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido los destruyen, y donde los ladrones perforan paredes para robarlos. Amontonen, en cambio, tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni óxido que los consuma, ni ladrones que perforen y roben. Porque allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón.»

Mateo 6,19-21

Oración

Señor, concédeme la gracia de no buscar nunca los aplausos, la aprobación de los hombres, las riquezas materiales ni los afectos desordenados que puedan alejarme de Ti y poner en riesgo mi alma.

Dame la gracia de desear siempre aquello que me acerque más a Ti y me ayude a alcanzar la vida eterna.

Enséñame a vivir las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, sirviendo a los demás con un corazón humilde, buscando agradarte solo a Ti y no al mundo.

Luce Bustillo Schott

_*Quien se apega a la tierra queda apegado a ella. Es mejor despegarse poco a poco que hacerlo de golpe. Pensemos siempre en el cielo.*_ Padre Pío

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