Jesús, luz de vida eterna

“Te mando a ellos para que les abras los ojos y no caminen más en la oscuridad, sino en la luz; para que no sigan bajo el poder de Satanás, sino que sigan a Dios; y para que crean en mí y reciban así el perdón de los pecados y una herencia en el pueblo santo de Dios.”

Hechos 26,18

Hoy existe una tendencia a vivir como si nunca fuéramos a morir. Caminamos en un mundo que, cada día, nos invita con mayor fuerza a buscar los placeres mundanos que pueden alejarnos de Dios. Cuando estos placeres ocupan el lugar que solo le corresponde a Él, pueden oscurecer el alma a través del pecado y poner en riesgo nuestra salvación eterna.

A quienes seguimos a Cristo y tratamos de exhortar a otros, ya sea mediante el buen ejemplo o a través de la evangelización, para que también caminen en la luz, muchas veces se nos tilda de fanáticos o rígidos. Pero lo que verdaderamente deseamos es que un día todos podamos disfrutar del cielo prometido por nuestro Padre.

El enemigo presenta como bueno aquello que puede alejarnos de Dios. Su propósito es sembrar confusión, conducir al pecado y apartar a las almas del camino de la salvación. Por eso, como cristianos, estamos llamados a permanecer vigilantes y a anunciar con amor la verdad del Evangelio.

Durante nuestra vida habrá momentos en los que el sol parezca ocultarse y, con él, nuestras esperanzas y nuestros sueños. El dolor puede llegar a través de pérdidas, enfermedades, dificultades físicas o heridas emocionales. En esos momentos podemos sentirnos tentados a salirnos del camino y buscar llenar nuestros vacíos con los placeres que el mundo pone delante de nosotros.

Pero esos placeres nunca podrán llenar el vacío del corazón que solo Dios puede llenar. Y cuando el alma termina harta de aquello que buscaba para encontrar consuelo, puede caer en una oscuridad de la que luego resulta difícil salir.

Solo siguiendo las enseñanzas de Jesús podremos apartarnos de esa oscuridad y del pecado. Él nos ofrece dirección, esperanza y salvación. Sus enseñanzas nos conducen hacia la verdadera luz, que ilumina nuestro camino diario, fortalece nuestra fe y disipa nuestros temores aun en medio de las pruebas más difíciles.

“Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.”

Juan 8,12

A través del Evangelio conocemos a Cristo, quien venció a la muerte y nos abrió el camino hacia la vida eterna. Esta es la esperanza que sostiene nuestra fe.

Y para quienes somos padres y madres, existe un anhelo que ocupa un lugar muy profundo en nuestro corazón: que nuestros hijos se salven y lleguen al cielo.

Hoy puede resultar especialmente difícil acompañarlos en un mundo que les ofrece constantemente nuevas tendencias, ideas y placeres que pueden confundirlos y alejarlos de Dios. Como padres, podemos sentir impotencia al ver cómo aquellos a quienes tanto amamos toman caminos que consideramos peligrosos para sus vidas y para su alma.

Pero nuestra misión no termina en nuestras propias fuerzas. Podemos orar, dar testimonio, enseñar con nuestro ejemplo y, sobre todo, ponerlos cada día en las manos de Dios.

No dejemos nunca de orar por nuestros hijos. Dios los conoce, los ama y los llama por su nombre. Él puede tocar sus corazones y conducirlos nuevamente hacia su luz.

Oración

Señor, venimos ante Ti con el corazón abierto, reconociendo nuestra limitación como padres.

Te entregamos la vida, la mente, el corazón y el alma de cada uno de nuestros hijos.

Te pedimos que toques sus corazones y que puedan conocerte no solamente como el Dios de sus padres, sino como su propio Dios, su Padre y su Salvador.

Que sus nombres estén escritos en el Libro de la Vida y que un día puedan contemplar y disfrutar eternamente de Tu presencia.

Señor, guárdalos de la confusión, del engaño y de todo mal de este mundo. Envía a tus santos ángeles para que los acompañen, los protejan y los defiendan de todo peligro visible e invisible.

Ayúdalos y guíalos para caminar por sendas de rectitud y justicia. Concédeles sabiduría para tomar buenas decisiones y dales fortaleza para apartarse de aquello que pueda alejarlos de Ti.

Rodéalos de amistades sanas que edifiquen sus vidas, los acerquen al bien y los ayuden a crecer en la fe. Aleja de ellos toda mala influencia que pueda poner en peligro sus vidas y la salvación de sus almas.

Señor, te pedimos que, con tu gracia, puedan reconocer y superar aquello que hayan aprendido de sus antepasados y que hoy afecte negativamente sus vidas. Abre sus corazones a la acción de tu Espíritu Santo para que se dejen transformar, amen profundamente tu Palabra, vivan tus mandamientos y permanezcan unidos a tu Iglesia. Que, siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, dejen a sus hijos un legado de fe y buen ejemplo.

Que nuestros hijos nunca se aparten de tu luz y que, aun cuando atraviesen momentos de oscuridad, puedan volver sus ojos hacia Ti y encontrar el camino de regreso.

María, Madre de Dios y Madre nuestra, intercede por nuestros hijos y llévalos siempre hacia tu Hijo Jesús, verdadera luz del mundo.

Amén.

“Cuando ya no podamos caminar al lado de nuestros hijos, sigamos caminando de rodillas por ellos ante Dios.”

Luce Bustillo Schott

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio