«Cuando venga Él, el Espíritu Santo de la verdad, os guiará hasta la verdad plena; pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará lo que oiga y os anunciará las cosas verdaderas.» (Juan 16,13)
Aceptar la verdad, incluso cuando duele, es indispensable como católicos para poder vivir nuestra fe con autenticidad, humildad y libertad, evitando así la hipocresía. La verdad es liberadora; nos conduce a la sabiduría y a ajustar nuestra vida a imitación de Cristo, aunque requiera reconocer nuestras limitaciones, miserias y el dolor del cambio.
La verdad no es solo un concepto teórico, sino una forma de vida que obedece a las enseñanzas de Dios. Es una virtud que se manifiesta en la honestidad de nuestros actos, palabras y ejemplo de vida. La verdad debe vivirse con integridad y justicia, no solo de palabra.
Aceptar la verdad nunca es fácil. Cuesta mucho, porque hoy en día vivimos en un mundo de simulación y duplicidad, un mundo de apariencias y engaños. Para poder sanar y evitar que nuestra vida sea destruida por las mentiras, debemos vernos sin máscaras, ser auténticos y agradar a Dios y no a los hombres.
Muchas veces, por no lastimar a otros, evitamos decir la verdad. Sin embargo, este no es el enfoque que, como verdaderos católicos, debemos tomar. Estamos llamados a actuar con madurez, entereza y templanza; a pensar antes de hablar y a decir la verdad con caridad, aun cuando duela. De esta manera estaremos siendo instrumentos de Dios, colaborando en la restauración de Su Reino, para que las personas vivan en la verdad y muchas almas se salven.
Jesús se define como “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14,6), por lo cual la verdad se sostiene en el amor y la justicia, y nos invita a aceptarla con humildad, reconociendo que, a pesar del dolor que implica, es el único camino hacia la verdadera libertad y hacia la voluntad de Dios.
«Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; conocerán la verdad y la verdad los hará libres.» (Juan 8,31-32)
Decir la verdad, según lo que nos enseña el Señor, implica ser fieles a Su Palabra que nos libera y santifica. Es una muestra de amor a Dios y a nuestro prójimo, viviendo con integridad y rechazando la mentira y el engaño. Por quedar bien con los hombres y callar la verdad, nos situamos en una posición de falsedad y pecado: pecado de omisión grave. No solo ponemos nuestra alma en peligro de perder la salvación, sino también la de aquellos a quienes, por cobardía, omitimos hablar con verdad, entereza, honestidad absoluta y amor a Dios.
«Pero sea vuestro hablar: sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede.» (Mateo 5,37)
Oración final
Señor Jesús, Verdad eterna,
danos la gracia de amar la verdad aun cuando nos incomode y nos duela.
Líbranos del miedo, de la hipocresía y de la cobardía.
Purifica nuestro corazón para que nuestras palabras sean reflejo de Tu luz.
Enséñanos a hablar con caridad, a actuar con justicia y a vivir con integridad.
Que el Espíritu Santo nos guíe siempre hacia la verdad plena,
para que, siendo libres en Ti, podamos conducir a otros al camino de la salvación.
Amén
Luce Bustillo – Schott

