1) Para saber
“La Iglesia es la caricia del amor de Dios al mundo”. Con este enunciado describía Juan Pablo II a la Iglesia. Ahora, el Papa León XIV ha empezado a reflexionar sobre la Iglesia, en base al documento “Luz de los Pueblos” (Lumen Gentium) del Concilio Vaticano II. Primero, dijo, hay que comprender qué es la Iglesia. No es fácil definirla porque es una realidad compleja, lo cual no significa que sea complicada, sino que la palabra “complejidad” nos indica que no tiene un solo aspecto, lo que la haría fácil de explicar, sino que tiene varios aspectos o dimensiones unidas. La Iglesia tiene una dimensión humana y una divina sin separación y sin confusión, sino que se integran armoniosamente. La Iglesia es una comunidad terrena y al mismo tiempo el cuerpo místico de Cristo.
La dimensión humana se percibe inmediatamente, ya que la Iglesia es una comunidad en que vemos a hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos. Pero también tiene una dimensión divina, que no consiste en una perfección ideal o en la superioridad espiritual de sus miembros, sino en el hecho de que la Iglesia es algo querido y fundado por Dios, es fruto de su plan amoroso que tiene para todos nosotros y que fue realizado en Cristo: acoger al hombre pecador y conducirlo a Dios. Afirmamos que la Iglesia es santa porque Cristo vive en ella y sigue entregándose por medio de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros.
2)Para pensar
Para entender lo que es la Iglesia, el documento conciliar nos invita a mirar a Cristo, pues en Él se dan también dos dimensiones: la humana y la divina: Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. El Evangelio nos proporciona su “árbol genealógico”, prueba certísima de su existencia real. Difícilmente la hay para otro personaje histórico.
Por ser hombre, Cristo pudo pagar la deuda de los pecados de todos los hombres. Y por ser Dios, pudo pagarlo. Un ejemplo lo explica: Imaginemos que vivimos en un país que tiene una deuda externa grandísima que aumenta cada vez más al ir acumulando los intereses y le es imposible pagarla. Pero aparece una persona extranjera, la más rica del mundo, que decide adquirir nuestra nacionalidad para pagar completamente nuestras deudas. ¡Qué agradecidos le estaríamos! Pues el Hijo de Dios se hizo hombre y pagó por nuestros pecados, y el precio fue su valiosa vida. ¡Cuánto más deberíamos estar agradecidos con Él! Pensemos, ¿cómo le he respondido a Jesús lo que hizo por mí? Correspondamos según el dicho popular: Amor con amor se paga. Ese amor se concreta como nos dice Cristo: «el que acepta mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama» (Jn 14,21).
3) Para vivir
Jesús es verdadero hombre y así nos hace sentir a Dios muy cercano. Además, nos enseñó con su vida terrena que todas las realidades humanas, menos el pecado, son buenas y camino hacia el Padre: el trabajo, el descanso, la familia, la amistad, la soledad, las alegrías, el dolor… Saber que Cristo también se cansó en su trabajo, tuvo sed en un día caluroso, disfrutó de una conversación, etc., nos asegura su comprensión. Ojalá procuremos dirigirnos diariamente a Jesús en una plática confiada y sincera sabiendo que él nos escucha siempre y está dispuesto a prestarnos su ayuda. (articulosdog@gmail.com)
8 de mayo de 2026
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Padre José Martínez Colín: Ingeniero en Sistemas por la UNAM, Licenciado en filosofía por la Universidad Panamericana y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra.
Capellán del Colegio Chapultepec en Culiacán.
Lleva más de 20 años dando clases sobre todo de Lógica y Gnoseología en el Seminario de Culiacán.

