Hijos y educación

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9o. No consentirás pensamientos ni deseos impuros: Santa María Goretti

María Goretti era una muchacha de una delicada pureza de alma y cuerpo: poseía un rostro bello y encantador. Su madre, viuda, dedicada a la labranza, compartía la casa con un hombre viudo y un hijo de éste de veinte años. Las habitaciones estaban separadas, pero la escalera y la cocina servía para ambas familias. […]

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María es madre de Dios: El avemaría rezada por un niño protestante

Jorge era un muchachito de seis años. Pertenecía a una familia protestante. Un día entró por curiosidad en una Iglesia católica y escuchó el rezo del Avemaría. Volvió varias veces a la misma Iglesia a oír aquella oración que le parecía maravillosa e inefable. Pero un día, con su inocencia de seis años, recitó en

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Cueva de ladrones

Me hablaban de muchas cosas que nadie podía oír. Horizontes insospechados aparecían en mi vida. Veía claro, cada vez más claro, lo que jamás pude descubrir antes. Una inmensa paz fue invadiéndome. Y me sentía feliz, como nunca, en el silencio de mi casa, contemplando el cielo estrellado. A media noche llamaron a mi puerta.

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El Aguador del Reino

I Era un reino feliz. Allí había muchas fuentes. El color de su paisaje, verde intenso, que se multiplicaba en diversos tonos. Bosques tupidos crecían con espléndido vigor. Siempre había tenido abundantes cosechas. Era una tierra que reía sin cesar: por el murmullo de las fuentes, por el viento entre las frondas, por el rumor

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El día

– ¡Os veo a todos! ¡Veo la lámpara encendida sobre la mesa! ¡Veo vuestras ropas con distintos colores! ¡Veo! ¡Oh, Dios mío, veo, veo! ¡Veo vuestros ojos abiertos! ¡Veo! Jamás había sentido lo que ahora siento.  Don Braulio había sido siempre ciego. Las gentes del pueblo decían que se había quedado ciego a consecuencia de

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El niño y la fuente

I Lagartera es un pueblecito tendido en la ladera de un berrocal, que tiene lejos y enfrente el imponente murallón, muchas veces vestido de nieve, de la Sierra de Gredos. Sus casas construidas a trozos, sin más ley que el capricho, se alineaban en calles torcidas, anchas o estrechas, diseñadas también por el resultado de

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El revisor

I GONZALO salía de París hacia Grenoble y, al pasar por la puerta de la estación que daba entrada a los andenes, entre una semiconfusa multitud que hacía lo mismo, reparó en un empleado de los ferrocarriles de Francia que, de pie y junto a la puerta, picaba los billetes de la gente que pasaba.

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Estrella sola

I Nos habíamos perdido en el monte tropical, cuando aún no había entrado nadie después de las lluvias. De noche. Atravesábamos la selva en la oscuridad más absoluta, no sólo por la ausencia total de luna, sino por la sombra de los árboles, bajo cuyo follaje avanzábamos. Por él, a veces, lograban asomarse brillantes estrellas.

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Las cosas

I Mi amigo había estado en Rusia luchando en la segunda guerra europea. Cuando el gran avance por las frías estepas rusas, él iba en primera línea. Llegaron a un pueblecito abandonado. Me contó su impresión: estaba como si, de pronto, allí hubiera cesado la vida. Habían huido sus habitantes ante la amenaza de la

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Plata y piedra

I Lo vio cuando lo llevaban atado.  Comprendió lo que aquello significaba, pues conocía muy bien a los enemigos del preso: constantes buscadores de pretextos para realizar sus caprichos, estudiosos de la ley que no les importaba atropellar, invocadores de principios que fácilmente olvidaban, cuidadosos de apariencias mientras fraguaban su crimen.  Y no era la

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