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Tomás Moro: algo más de su vida ejemplar


14 abril 2008
Sección: Santos clásicos

Presentamos algunos artículos de interés

Tomás Moro

Por Javier Aranguren

En "Lo que pesa el humo", Ediciones Rialp, Madrid 2001.

Tomás Moro y Juan Fischer, dos hombres sorprendentes. Vivieron en la Inglaterra brumosa del siglo dieciséis, murieron en las corrientes que las pasiones humanas, una monarquía omnipotente, la cobardía de tantos, el valor de unos pocos, levantaron a lo largo de esos años de incertidumbres y cosechas, de llantos y almuerzos a horas tardías, de escisiones en la Iglesia y de bodas de gentes sencillas que se celebraban con alegría infinita.

Fischer, franciscano, fue el primero en morir por no aceptar que el divorcio de Enrique VIII fuera justo (aunque así lo quisiera pensar su Majestad y la acobardada mayoría), y menos que Inglaterra tuviera una iglesia nacional adaptada a los caprichos de ese rey amancebado.

Tomás Moro escribe desde la Torre de Londres, alcatraz tenebroso que ahora visitan los turistas mientras degustan barritas de chocolate y buscan hacer fotos inolvidables que acabarán con toda seguridad en el fondo del cajón que nadie abre. Escribe un tratado de ascética acerca de la agonía de Cristo en el que se ríe de los beatorros, de los que reducen su religión a algo formal, sin comprometerse con ella hasta la muerte porque no encuentran nada por lo que les mereciera la pena morir. Escribe diálogos de carácter renacentista, sobre la fortaleza y la razón del martirio, y de nuevo habla de Cristo, y de la fe, y de cómo el auténtico amor compromete -y todo ello con el tempo sereno del intelectual que trata de explicarse a sí mismo dónde le lleva una decisión valiente, excepcional y dolorosa como la que su conciencia le ha pedido que tome-. Y redacta unas pocas cartas desde la Torre, en las que defiende la rectitud de su postura y su compromiso con ella, el amor a su rey, el cuidado y la preocupación porque su mujer y su amada hija escapen a la furia homicida del monarca que trató de cambiar la realidad por decreto en vez de reconocer su falta aunque tuviera que «vivir con su pecado».

A Tomás le cortan la cabeza y la exponen en un puente sobre el río Támesis hasta que se pudre y la devoran los cuervos. Hombre cabal, sabio de su tiempo, político honrado, amante de la familia y de la verdad, capaz de ser consecuente con su conciencia hasta la muerte.


Santo Tomás Moro, Patrono del buen humor

Por Tadeusz Daiczer

en Meditaciones sobre la fe , (Ed. San Pablo)

Entre los santos, la virtud del humor alcanzó tal grado de heroísmo que relucía, incluso, en momentos de gran sufrimiento o de la muerte. Santo Tomás Moro murió decapitado. Antes de subir al cadalso, se le acercó su hijo que, llorando, le pidió la bendición. El momento era muy dramático. Tomás Moro le dijo entonces al oficial que dirigía la ejecución, y que también tenía una actitud sumamente seria: “¿Puede ayudarme a subir?, porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo”. Era una actitud llena de humor ante su muerte.

El rey Enrique VIII le prohibió hablar, porque sabía lo que era capaz de provocar en la gente. Él sabía lo poderoso que era Tomás. No se le permitió, pues, pronunciar un discurso, y el condenado solamente pudo decirle al verdugo, al oficial de la ejecución: “Fíjese que mi barba ha crecido en la cárcel; es decir, ella no ha sido desobediente al rey, por lo tanto no hay por qué cortarla. Permítame que la aparte”.

Éstas fueron las últimas palabras de Tomás Moro. Supo burlarse de sí mismo y colocar sus asuntos, su propia muerte, bajo la lente de lo absurdo. Y es que ante Dios, única realidad para la que merece la pena vivir, nuestra muerte tampoco es importante. Hay que tener el alma de un niño y tomar con fuerza la mano del Padre, para poder hacer bromas ante la propia muerte. Lo hizo un hombre que, con frecuencia, para tener un sentido cristiano del humor, rezaba:

“Señor, ten a bien darme un alma que desconozca el aburrimiento, que desconozca las murmuraciones, los suspiros y las lamentaciones; y no permitas que me preocupe demasiado en torno de ese algo que impera, y que se llama yo…

Obséquiame con el sentido del humor. Concédeme la gracia de entender las bromas, para que pueda conocer algo de felicidad, y sea capaz de donársela a otros. Amén”


Tomás Moro: político y santo

Tomás Moro (1478-1535): político y, sin embargo, santo. El 31 de octubre del año 2000 fue proclamado patrón de los políticos y los gobernantes por Juan Pablo II, que aceptó la propuesta presentada en 1985 por el entonces presidente de la República italiana, Francesco Cossiga, y que recogió centenares de firmas de jefes de Gobierno y de Estado, parlamentarios y políticos.

Por Ángela Aparisi

JUAN PABLO II HA PROCLAMADO a Santo Tomás Moro patrono de los gobernantes y de los políticos. ¿Por qué el Papa ha escogido a este hombre del siglo XVI para proponerlo como modelo actual para aquellos que trabajan en el ámbito de la política? Santo Tomás Moro desempeñó el cargo de lord canciller de Inglaterra desde 1529 a 1532. Fue ejecutado públicamente en 1535, por orden de Enrique VIII. La causa fue su fidelidad al catolicismo y a los dictados de su conciencia. Fue su pensamiento y su coherencia moral, especialmente en la defensa de su derecho a actuar según su conciencia, lo que le llevó a un proceso que le privó de cargo, rango y honores, propiedades y su propia vida. No existe duda de que a partir de su vida, y de su obra, puede ser considerado como una figura clave en la historia política de Europa.

Las circunstancias históricas que condujeron al proceso contra Tomás Moro son muy conocidas. Enrique VIII, rey de Inglaterra, había contraído matrimonio con Catalina de Aragón. Posteriormente, el monarca solicitó al Papa la anulación de este matrimonio. La razón que alegaba era que Catalina había estado casada anteriormente con su hermano. En realidad, lo que pretendía era legalizar su unión con Ana Bolena y garantizar así que su descendencia pudiera heredar la Corona.

En noviembre de 1534, el Parlamento aprobó el “Acta de Supremacía”, en la que se declaraba que el rey era la “única cabeza suprema sobre la tierra de la Iglesia de Inglaterra”. Siendo ya gran canciller de Inglaterra, Tomás Moro se negó a firmar esta disposición, a pesar de que sabía que ello significaba caer en desgracia ante el rey. La respuesta fue rotunda: “En mi conciencia, este es uno de los puntos en que no me veo constreñido a obedecer a mi príncipe, ya que, a pesar de lo que otros piensen, en mi mente la verdad se inclina a la solución contraria (…) Tenéis que comprender que en todos los asuntos que tocan a la conciencia, todo súbdito bueno y fiel está obligado a estimar más su conciencia y su alma que cualquier otra cosa en el mundo”.

El derecho no puede ordenar cualquier cosa

En estas breves líneas se recoge, en esencia, el fundamento de la noción de objeción de conciencia, tal y como la conocemos en la actualidad y de la cual Moro fue un pionero: el Derecho no puede ordenar cualquier cosa. Existen límites que debe respetar. El Estado no puede obligar a los ciudadanos, ni aunque la decisión emane de un Parlamento, a realizar acciones injustas o que agredan gravemente la conciencia de estos. En palabras de Moro, “si yo fuere el único en mi bando y todo el Parlamento se colocara en el otro, me sería muy doloroso, pero seguiría mis propias ideas contra las de tan elevado número”.

Tomás Moro delimitó para su propia persona un pequeño ámbito de libertad: su fe le impedía asentir al divorcio y a las nuevas nupcias de Enrique, así como a la segregación de la Iglesia de Inglaterra de la Iglesia católica de Roma. Su conciencia, rectamente formada, le impedía actuar en contra de su fe. Por eso, se puede afirmar que el no asentir al divorcio y a la supremacía real sobre la Iglesia no fue tanto una decisión de conciencia como una consecuencia de su fe. Pero el actuar de acuerdo con los dictados de la propia fe, el no dejarla de lado cuando las circunstancias se toman extremadamente difíciles, fue un verdadero acto de obediencia a la propia conciencia.

Como señala el autor alemán Peter Berglar en La hora de Tomás Moro: “Con la fuerza de su conciencia, fue capaz de no negar su fe y, con la fuerza de su fe, fue capaz de obedecer a su conciencia hasta la muerte”.

Tomás Moro fue conducido a la Torre de Londres y allí permaneció durante quince meses. Hacia fines de 1534 fue objeto de las más severas restricciones. Entre otras prohibiciones, se le negaron las visitas y se le prohibió tener libros. Se le confiscaron sus tierras, y su salud se deterioraba progresivamente.

Modelo de coherencia

El juicio contra Tomás Moro comenzó el 1 de julio de 1535. La vista fue en el Hall, el mismo lugar en el que él y su padre habían administrado justicia. Contestó al jurado que lo juzgó: “Habéis de comprender que en lo que afecte a la conciencia, todo súbdito fiel y honrado ha de respetar su propia conciencia y su alma más que ninguna otra cosa en el mundo; especialmente cuando su conciencia es como la mía, es decir, que la persona no da ocasión de calumnia, tumulto ni sedición frente a su príncipe”.

Se dictó sentencia de muerte, que se ejecutó cuatro días después. Ya en el cadalso, Moro rogó a los presentes insistentemente que oraran por el rey, para que recibiera buen consejo y volvió a afirmar que moría como buen servidor del monarca, pero antes lo era de Dios. Su cabeza, escaldada con agua hirviendo como era costumbre, fue colocada sobre un poste de la torre del Puente de Londres. Cuando, un mes más tarde, su hija, se enteró de que iba a ser arrojada al río, consiguió que se la entregaran. Actualmente se encuentra en la Iglesia de San Dunstan, en Canterbury.

En definitiva, la coherencia moral de Tomás Moro, en un momento histórico en el que Europa estaba marcada por profundas convulsiones de todo tipo, es, efectivamente, un modelo para gobernantes y políticos y, en general, para la sociedad actual.

Comentarios
7 Comentarios en “Tomás Moro: algo más de su vida ejemplar”
  1. tomas moro Dijo:

    biem

  2. tomas moro Dijo:

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  3. tomas moro Dijo:

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  6. Rosa Marìa Dijo:

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  7. Marcial Nakamura Hinostroza Dijo:

    La dignidad, el honor, la honestidad solo son fuertes y conscientes cuando de por medio esta DIOS. Tomas Moro, Tomas Becket, Wallace, muchos Samurais del Japón, muchos precursores Incas y muchos otros han sacrificado sus vidas, han ofrendado a sus DIOSES respectivos por aquello que es el IDEAL. Gracias a estos ejemplos de integridad que son para toda la eternidad. DIOS los muestre a todo el Universo. Qué emoción siento al hablar de ellos.




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