Todos nacemos con limitaciones, somos vulnerables al sufrimiento y al pecado, pero tenemos la capacidad de trascender nuestros límites por medio de la gracia; somos capaces de realizar actos heroicos de abnegación y de amor.
La semana pasada tuve el privilegio de encabezar una peregrinación a Roma con la sección de la Asociación Católica de Líderes Latinos (CALL, por sus siglas en inglés) de Los Ángeles, y tuvimos el honor de encontrarnos con el Papa durante su audiencia general.
Hace ya casi 20 años que ayudé a fundar CALL, como un medio de reunir a los latinos para compartir su fe y fortalecerlos en su compromiso de difundir el Evangelio en nuestra sociedad. Ha sido maravilloso ver cómo ha ido prosperando la organización a lo largo de los años y presenciar los efectos que ha tenido la labor de sus miembros, tanto en sus hogares, como en sus parroquias y comunidades.
El propósito de CALL se basa en una antigua verdad, reiterada por el Concilio Vaticano II: todos estamos llamados a la santidad, y los laicos tienen el deber de continuar la misión de Jesús en la tierra, santificando el mundo e infundiendo el espíritu del Evangelio en cada aspecto de nuestra sociedad y de nuestra cultura.
Escribí acerca del deber de los laicos en mi nueva carta pastoral, “La maravilla de América”, que tuve el honor de obsequiarle al Papa en Roma, durante una audiencia privada que tuve con él.
Al reflexionar sobre las apariciones de la Virgen María en 1531, en la Ciudad de México, llegué a una comprensión más profunda de la figura de San Juan Diego. Él fue un laico común, un hombre de fe, con compromisos familiares y responsabilidades dentro de su parroquia. Y nuestra Señora le confió a este hombre humilde la tarea de abrirles la puerta de la fe a los pueblos de los vastos continentes del Nuevo Mundo.
La historia de Nuestra Señora de Guadalupe es la historia de cómo se forma un santo; de cómo Juan Diego llegó a comprender que era un hijo de Dios, creado a su imagen, llamado a seguir a Jesús y a convertirse en santo.
En nuestros días se habla mucho sobre la inteligencia artificial, sobre el “transhumanismo” y el “posthumanismo”. Y el Papa León escribe acerca de estas corrientes de pensamiento en “Magnifica Humanitas” (“Magnífica Humanidad”).
La idea es que la naturaleza humana puede ser “perfeccionada”, que nuestras limitaciones y debilidades humanas pueden superarse, y que inclusive nuestra moralidad puede trascenderse, mediante la aplicación de la ciencia y la tecnología.
A mi modo de ver, estas ideas malinterpretan profundamente la verdad que Jesús reveló sobre la persona humana.
Es cierto, hemos sido creados para ser perfeccionados; fuimos creados para trascender nuestros cuerpos mortales y para vivir eternamente. Y estamos destinados para cosas más importantes: para alcanzar la santidad, para llegar a ser santos. Pero esto no ha de lograrse mediante las obras de nuestras propias manos, sino a través de la acción de la gracia de Dios en nuestras almas.
Ésta es la maravillosa realidad que Jesús nos reveló, esa realidad que recordamos en noviembre, que es el mes de “Todos los Santos” y de “Todos los Fieles Difuntos”.
En mi carta pastoral, cito una frase del “Catecismo”: “La vocación de la humanidad es manifestar la imagen de Dios y ser transformada a imagen del Hijo Único del Padre”.
Ser humanos es una vocación; es un llamado, una misión. Dios nos crea para participar de su vida, para ser santos como Él es santo, para vivir como su imagen en el mundo, como sus hijos e hijas. Por eso es que cada uno de nosotros está aquí. Ésta es la hermosa posibilidad que nos ofrece nuestra vida.
Y el camino por el cual avanzamos es el que Jesús nos propone, es decir, el de participar de su vida y de su misión, el de vivir conforme a sus enseñanzas, esforzándonos cada día, con la ayuda de su gracia, para llegar a ser más semejantes a Él.
“Ahora somos hijos de Dios”, escribe San Juan, “pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es”.
¡Seremos semejantes a Él! Ésta es la promesa que nos hace nuestra fe.
Los sacramentos de la Iglesia van más allá que cualquier tecnología que podamos idear. Sólo los sacramentos nos dan verdaderamente la capacidad de trascender y de perfeccionar nuestra humanidad.
Cuando Jesús se anonadó a sí mismo para participar de nuestra humanidad, nos hizo hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina mediante el bautismo.
En cada Eucaristía, él continúa esta obra de transformación, cambiándonos poco a poco, haciéndonos cada vez más semejantes a él, del mismo modo en que transforma el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre.
La realidad que celebramos en noviembre consiste en que nosotros nacemos en el tiempo, pero fuimos creados para habitar con Dios en el cielo, por toda la eternidad. Nacemos con limitaciones, somos vulnerables al sufrimiento y al pecado, pero tenemos la capacidad de trascender nuestros límites a través de la gracia; somos capaces de realizar actos heroicos de abnegación y de amor. Todas las almas están llamadas a ser santas.
Oren por mí, y yo oraré por ustedes.
Y pidámosle a María Santísima que ella nos ayude a llegar a la santidad para la cual Dios nos creó.
Los escritos, homilías y discursos del arzobispo se pueden encontrar en ArchbishopGomez.com

El obispo José H. Gomez es actualmente Arzobispo de Los Ángeles, California, la comunidad católica más grande en USA. Es también Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos y forma parte de la Comisión Pontificia para América Latina.
En su ministerio, el Arzobispo José Gómez anima a la gente a seguir a Jesucristo con alegría y sencillez de vida, buscando servir a Dios y a sus vecinos en sus actividades diarias ordinarias.
Ha desempeñado un papel decisivo en la promoción del liderazgo de los hispanos y las mujeres en la Iglesia y en la sociedad estadounidense. Es miembro fundador de la Asociación Católica de Líderes Latinos y de ENDOW (Educación sobre la Naturaleza y la Dignidad de las Mujeres).
Durante más de una década, el Arzobispo Gómez ha sido una voz clara sobre cuestiones morales y espirituales en la vida pública y la cultura estadounidense. Ha desempeñado un papel principal en los esfuerzos de la Iglesia Católica para promover la reforma migratoria y es autor, entre otros libros, del titulado: Inmigración y la próxima América: renovando el alma de nuestra nación.

