Santoral 23 de septiembre | San Constancio, San Pío de Pietrelcina, Santa Tecla, San Andrés Fournet, Beatos Cristobal, Antonio y Juan, mártires mexicanos

San Constancio (siglo V) 

Constancio era sacristán de la iglesia de San Esteban en Ancona. Era tan grande su fe que un día que no tenía aceite para las lámparas del altar, les puso agua y, tras una oración, las mechas brillaron todo el día como si tuviesen aceite.  El papa Gregorio nos ha transmitido en sus diálogos la vida santa y los milagros de este humilde siervo de Dios.

San Pío de Pietrelcina (1887-1968)

Francisco Forgione de Nunzio nació en Pietrelcina, Italia, el 25 de mayo de 1887.  A la edad de 5 años prometió “fidelidad” a San Francisco de Asís y comenzaron para él los primeros fenómenos místicos, éxtasis, ataques, visiones del Señor, de la Virgen María, de San Francisco, del Ángel Custodio…, que no comunicó a nadie hasta el año 1915 porque “creía que eran cosas ordinarias que sucedían a todas las almas”. El 22 de enero de 1903 vistió el hábito capuchino y recibió su nuevo nombre: fray Pío de Pietrelcina.  Recibió la ordenación sacerdotal en Benevento, en el año 1910.

Una enfermedad misteriosa le obligó a dejar el convento y buscar el clima y los aires de su Pietrelcina natal hasta febrero de 1916, fecha en que se incorporó a la fraternidad capuchina de Santa Ana de Foggia.  En estos años, sus penitencias, sus largas horas de oración, su lucha denodada contra los ataques, los fenómenos místicos que se repetían y a los que hay que añadir la “coronación de espinas”, la “flagelación”, las “llagas” en su cuerpo desde el mes de septiembre de 1910, que, ante sus ruegos insistentes al Señor, permanecieron por unos años invisibles…, le prepararon para cumplir su “grandísima misión” que se le reveló en el año de su noviciado y a la que haría alusión en una carta. 

Después de servir 2 años como soldado a la nación, subió a la montaña donde se encontraba el convento de San Giovanni Rotondo con la intención de tomar el aire puro de la montaña por unos días y en este convento, silencioso y solitario al principio y bullicioso y concurridísimo después, lo quiso el Señor durante los 52 últimos años de vida.  Allí murió y allí mismo fue enterrado.

Las llagas de manos, pies y costados que sangraron constantemente por cincuenta años y otros carismas extraordinarios le obtuvieron muy pronto una fama mundial, pero le acarrearon también un sin fin de problemas.  Graves calumnias motivaron que el Santo Oficio le impusiera serias restricciones al ministerio pastoral del padre Pío.  Del año 1931 al 33 no se le permitía  salir del convento, ni recibir visitas, ni mantener correspondencia.  Podía sólo celebrar la santa misa en privado.  Como afirmó Juan Pablo II en la homilía de la beatificación “por una permisión especial de Dios” tuvo que sufrir el padre Pío espionajes y dolorosas incomprensiones, calumnias y limitaciones en el ejercicio de su ministerio sacerdotal.  

Pero en los muchos años que pudo ejercer sin trabas su ministerio, el padre Pío realizó una intensa y sorprendente labor sacerdotal, centrada en el altar y en el confesonario, en el que permanecía hasta quince horas seguidas, labor que impulsó a muchos miles de hombres y mujeres de todo el mundo hacia la santidad, y ayudó a otros a recobrar la fe o a encontrar a Dios.  También enriqueció a la Iglesia con obras beneficiosas como el moderno hospital llamado ”Casa Alivio del Sufrimiento” y los “Grupos de Oración”.

Fue canonizado el año 2002 por Juan Pablo II, quien se había confesado varias veces con él.

Santa Tecla (siglo I)

A los dieciocho años de edad, y ya prometida en matrimonio, Santa Tecla oyó predicar a san Pablo, renunció todo por seguirle y se atrajo la persecución de su familia y de las autoridades. Fue muy venerada en los primeros siglos del cristianismo, cuando lo que hoy es la Turquía musulmana era uno de los núcleos más florecientes de la Iglesia. San Jerónimo alude a Tecla como una de las elegidas del Señor, y una larga tradición nos habla de sus heroicas virtudes

San Andrés Fournet (1752-1834)

Andrés escribía en sus cuadernos cuando era muchacho:  “Andrés nunca será ni religioso ni sacerdote”, y Dios le hizo la jugada de hacerlo sacerdote y fundador de religiosas. Cuando era niño era tremendamente inquieto y travieso y sólo su madre lo soportaba.  Pero esta mujer se propuso hacer un buen hombre de él y lo fue formando en la generosidad y en todas las virtudes.  

Al empezar sus estudios de filosofía en Poitiers, Francia, perdió el poco fervor que tenía y se dedicó a una vida totalmente mundana.  Sin consultar a nadie de su familia, se metió de militar, luego quiso trabajar como empleado público, sin lograrlo.  Fue entonces cuando le recomendaron que visitar unos días a un tío sacerdote que tenía fama de santo.  Allí llegó Andrés al cambio total de su comportamiento y modo de pensar y se dedicó a los estudios eclesiásticos y a la oración. 

Fue ordenado sacerdote y ayudaba a su tío en su parroquia.  Pero le gustaba predicar con palabras muy elegantes que nadie entendía. Un día se le olvidó todo el sermón y su tío le aconsejó que dejara de querer lucirse y predicara con palabras sencillas al corazón de la gente, y así lo empezó a hacer.

Cuando fue párroco, se dedicó a vivir con el mayor lujo posible y a invitar a comer a sus parroquianos más distinguidos.  Un día el Señor, en la persona de un pordiosero, le hizo ver que eso no era de su agrado, y otra vez hizo caso Andrés y se dedicó a atender más a los pobres y vivir con sobriedad. 

Durante la Revolución Francesa tuvo que huir a España, pero luego volvió a su querida parroquia de Maillé y se dedicó a reavivar el fervor de sus parroquianos predicando misiones y dedicando muchas horas a confesar.  Todos lo querían.

Fundó la comunidad de las Hermanas de la Santa Cruz y hasta su muerte fue el director espiritual de esa comunidad.

La vida de San Andrés es un ejemplo de cómo, aunque tenga uno muchas limitaciones y errores, si es dócil a la gracia, el Señor lo irá guiando por caminos de santidad.

Beatos Cristobal, Antonio y Juan, mártires mexicanos (+1527 y 1529)

En 1523, junto con Hernán Cortés, llegaron a tierras tlaxcaltecas los primeros evangelizadores franciscanos y dominicos, quienes tuvieron grandes problemas para enseñar el Evangelio, ya que los adultos eran muy religiosos y politeístas y practicaban la poligamia, especialmente los caciques.  En Tlaxcala los franciscanos tuvieron la feliz idea de convocar a los hijos de los caciques, sin excluir a los niños plebeyos, a aprender la Doctrina cristiana, y fue así como el pequeño CRISTOBAL, nacido en Tlaxcala hacia el año de 1514 e hijo del cacique, acogió la Doctrina cristiana con tal arraigo, que comenzó a tirar los ídolos de sus mayores, así como el pulque con el que se embrutecían.  Su padre lo golpeó, le quebró los brazos y las piernas, y luego lo quemó en una hoguera.  Cristobalito murió sólo después de encomendarse a Dios y de perdonar a su padre.  Su cuerpo fue hallado incorrupto un año después de sepultado.

ANTONIO y JUAN fueron otros dos niños que quisieron acompañar a los dominicos a la evangelización de Oaxaca, partiendo de Tlaxcala.  Nacieron en Tizatlán, Tlaxcala, hacia el año 1516-17.  En un poblado de Puebla fueron sorprendidos tirando ídolos y fueron matados a palos, después de haberles dicho a los mayores que «los ídolos son diablos y no dioses».  Estos tres niños son considerados los protomártires de la Nueva España, así como las primicias de la primera evangelización de México, y ejemplo para la niñez y juventud de Tlaxcala y de México.  Fueron beatificados por S.S. Juan Pablo II, en mayo de 1990.

*  Los cristianos necesitamos tener fe de niños y doctrina de teólogos.  El día  de hoy lee o repasa una parte del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica.

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