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Nuestra vida habla, no solo con nuestras palabras sino con nuestras acciones. Una bonita reflexión de Luisa Restrepo en torno al ejemplo de Juan Bautista

En la vida a veces tenemos la sensación de que estamos en juicio (y a veces lo estamos) sin saber de qué se nos acusa. Se multiplican las sentencias, las condenas y los juicios.

A menudo también suceden en lugares donde no nos hubiéramos imaginado, donde incluso pensamos que estábamos protegidos o amados.

Nuestra vida siempre habla: con nuestros gestos, con nuestros silencios, con nuestras miradas; hablamos. Nuestra vida es inevitablemente un testimonio y una referencia para los demás. Siempre estamos diciendo algo y somos responsables de ello.

1 LA PRUDENCIA

Es peligroso tener que volver cada vez para justificarnos diciendo, ¡pero no quería decir eso! Por eso necesitamos expresarnos con prudencia, no solo con las palabras, sino más aún, con los gestos y con las elecciones que hacemos. De lo contrario, mientras nos creemos testigos o jueces, de repente nos damos cuenta de que nos hemos convertido en acusados.

Si vemos algo estamos llamados a testificar, es decir: podemos hablar (si hemos visto); de lo contrario nuestras palabras son charlatanería, fantasías, difamaciones. Y, si hemos visto, somos responsables, somos citados y llamados a declarar. Tenemos una responsabilidad que no podemos eludir.

En el Evangelio vemos el ejemplo de Juan el Bautista. Él sabe testificar cuando le corresponde y sabe hacerse a un lado cuando entiende que no es su lugar. Él es el testigo. No le corresponde juzgar, no le corresponde ser el centro de atención.

Jesús es quien está delante de él y Juan da testimonio a su favor, porque el testimonio es también, y sobre todo, para ayudar al otro, para hacerlo crecer.

Juan Bautista no se entrega a las habladurías y no hace alusiones hasta que no sabe. Habla solo después de haber conocido, se ha informado, ha tenido la experiencia, ha reflexionado.

2 PASAR POR EL CORAZÓN

Somos testigos porque hemos hecho un camino, hemos visto, nos hemos encontrado, lo hemos meditado y ahora lo anunciamos.

Es un camino, porque las cosas se meditan, se sopesan, se reflexionan; no salen de nuestra boca sin haber pasado por el corazón.

Como testigos tenemos la tentación de desgastarnos en palabras, pasarnos la vida haciendo y haciendo cosas, y nunca interiorizamos lo que hemos visto, lo que sabemos. Tenemos la tentación de pasar superficialmente por la vida cuando estamos en contacto con ella.

3 EL VALOR DEL TESTIMONIO

Estamos invitados a reflexionar sobre el valor de dar testimonio. No podemos tomarnos nuestra vida, ni la de otras personas, a la ligera. Muchas veces somos testigos falsos o poco creíbles.

Pensar en lo que testimoniamos, puede ser una oportunidad para tomar conciencia y pedir perdón por todas las veces que nos hemos entregado a chismes, insinuaciones, o juicios superficiales.

Asímismo, es una oportunidad para no apropiarnos de la verdad, sino siempre manifestarla a los demás con humildad. Como dice Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi:

El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros, es porque son testigos.

Por Luisa Restrepo
es.aleteia.org

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