«Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.» (Mateo 6,33)
Muchas personas y muchas cosas son importantes para nosotros en la vida. A esto lo llamamos prioridades, y solemos establecer un orden según el valor que les damos. Pero ¿qué sucede cuando una prioridad entra en conflicto con otra? Solo podremos responder con sabiduría a la pregunta: ¿qué o quién debe encabezar nuestra lista de prioridades?, si nos guiamos por las enseñanzas de nuestra fe y de la doctrina de la Iglesia.
Cuando vivimos nuestra fe con autenticidad, la respuesta es clara: Dios siempre ocupará el primer lugar, por encima de cualquier persona o cosa. Así cumplimos el primer mandamiento y evitamos caer en la idolatría, que consiste en poner en el lugar de Dios aquello que solo a Él le corresponde.
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Mateo 22,37-39).
Establecer correctamente nuestras prioridades nos da la dirección y la estructura necesarias para vivir con coherencia y alcanzar los objetivos que nos proponemos. Como católicos, ese orden debe ser siempre: Dios en primer lugar; después la familia; luego el trabajo y las responsabilidades propias del estado de vida; y, finalmente, el cuidado de uno mismo y el servicio a los demás.
¿Y cómo se vive ese amor a Dios sobre todas las cosas? Mediante la oración diaria, la participación frecuente en los sacramentos y teniendo la Santa Eucaristía como el centro de nuestra vida cristiana. Cuando damos a Dios el lugar que le corresponde, todas las demás responsabilidades reciben la luz y la paz necesarias para ser vividas con equilibrio y rectitud.
Después de Dios, nuestra prioridad es el cónyuge y los hijos, pues constituyen la primera responsabilidad de amor, entrega y cuidado dentro de la familia, según el designio de Dios y su plan de salvación. Los padres y los hermanos ocupan un lugar de honor, respeto y gratitud, pero sin desplazar las obligaciones propias del hogar que Dios nos ha confiado.
«Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.» (Génesis 2,24).
Luego viene el trabajo y las responsabilidades propias del estado de vida que nos permite administrar los talentos recibidos de Dios para proveer el sustento del hogar, servir a la sociedad y colaborar con el bien común. Sin embargo, el ámbito laboral nunca debe invadir, y mucho menos reemplazar, el tiempo que corresponde a Dios y a la familia.
Vivir conforme al orden querido por Dios no debería convertirse en motivo de conflictos o rivalidades. Cuando tenemos claro que por encima de Dios nunca podremos poner a nadie ni a nada, nuestras decisiones encuentran unidad, paz y sentido.
Entonces se cumple la promesa del Señor: «Todo lo demás se les dará por añadidura.» Ese “todo lo demás” incluye también el descanso físico y mental, tan necesario para conservar la salud y cumplir fielmente nuestros deberes cotidianos, así como el servicio a los amigos, a la comunidad y a la parroquia, que brotará de manera natural cuando nuestro corazón y nuestras prioridades estén bien ordenados.
No poner a Dios en el primer lugar es como abotonarse mal una camisa: si el primer botón queda mal, todos los demás también quedarán desalineados. Pero la buena noticia es que, cuando el primer botón está bien colocado, todos los demás encuentran su lugar. Así sucede también con nuestra vida: cuando Dios ocupa el primer lugar, todo lo demás comienza a ordenarse según su voluntad y para nuestro verdadero bien.
Oración
Señor, ayúdame a tenerte siempre presente como mi Creador, mi Padre y el dueño de mi vida. Enséñame a ponerte a Ti en el primer lugar, por encima de cualquier persona, proyecto o deseo.
Que cada día pueda entregarte mis planes, mi familia, mi tiempo, mis decisiones y mis pensamientos, sin confiar únicamente en mis propias fuerzas, sino abandonándome con confianza en tu divina voluntad.
Pon sabiduría en mis labios, dirección en mis pasos y prudencia en mis decisiones. Quita de mí el afán, la prisa y todo aquello que me robe la paz. Si algo distrae mi corazón o me aleja de Ti, ordénalo con tu gracia para que busque siempre, antes que nada, tu Reino y tu justicia.
Amén.
Por Luce Bustillo Schott

