¿Alguna vez te has sentido incomprendido o rechazado por tu propia familia? Te explicamos qué pasa cuando nos sentimos excluidos en nuestro círculo familiar
En las familias, como en las casas antiguas, hay habitaciones iluminadas y rincones donde se acumula el polvo por las viejas heridas. Basta una invitación que no llega, un asiento que no se reserva, una llamada que nunca se recibe, para que algo doloroso se mueva dentro de nosotros. No siempre duele el hecho en sí; duele lo que imaginamos que significa: «No me quieren», «no me toman en cuenta», «me hicieron a un lado, no valgo para mi familia»…
Esto suele ocurrir con mayor frecuencia en momentos importantes, como las bodas, donde la pareja organiza la celebración con cierta selectividad; y por razones muy particulares, hacen su lista de invitados a su modo y con sus criterios. En este ejemplo, varias personas de la familia no fueron incluidas, y por ello, se sintieron muy dolidos, se llenaron de enojo y reaccionaron con dureza. Sus palabras salieron como piedras encendidas. Se retiraron del grupo familiar y uno llamó basura a quienes, en realidad, también cargaban sus propias tensiones, prudencias y silencios.
La decisión detrás
Muchas veces no conocemos toda la historia detrás de las decisiones de los organizadores. Creemos ver una falta de amor, cuando quizá hay una relación difícil, un conflicto matrimonial, una nuera complicada, un hijo sensible, una abuela que no quiere intervenir o una suegra no grata que, para no empeorar las cosas, ni se mete.
Desde afuera parece cobardía o traición; desde dentro puede ser prudencia. Desde la herida parece desprecio; desde la realidad quizá sólo fue una decisión torpe, limitada por recursos.
La familia no siempre actúa como quisiéramos. A veces excluye, selecciona, calla, evita, improvisa. Pero el amor fraterno no consiste en reaccionar con la primera llamarada del orgullo herido. La caridad empieza -precisamente- cuando respiramos antes de condenar.
Cuando dejamos de convertir las omisiones en una ofensa personal o una sentencia contra nosotros. Está bien expresar que nos dolió, pero no por ello.
Sentirse excluido es humano
Victimizarse para siempre es otra cosa. Una cosa es reconocer el dolor; otra es usarlo como antorcha para incendiar la casa común. En muchas familias hay personas que, ante una pequeña herida, sacan el archivo completo de antiguos agravios. Entonces ya no se habla de la boda o fiesta, ni de la invitación, ni del niño recién nacido. Se habla de toda una historia no sanada.
Por eso conviene preguntarnos con humildad: ¿mi reacción corresponde al hecho presente o es una vieja herida que todavía sangra? ¿Estoy buscando comprensión o me quiero castigar y de paso a toda mi familia? ¿Quiero acercarme y perdonar o quiero tener la razón?
La fe nos invita a mirar más alto
Una boda no debería convertirse en campo de batalla, sino en recordatorio de la gracia. Una unión llega al mundo y nos enseña, sin hablar, que la vida comienza de nuevo. Quizá también nuestras familias necesitan renovar los lazos familiares interiormente: y lavar nuestros resentimientos, purificarnos de nuestro orgullo, y sobre todo suavizarlo con la misericordia.
Cuando no nos inviten, cuando no nos tomen en cuenta, cuando sintamos que nos dejan fuera, quizá podamos responder de otra manera: con una llamada tranquila, una amable pregunta, una distancia prudente, una oración silenciosa. No todo se resuelve reclamando. A veces se sana comprendiendo.
La madurez espiritual no consiste en no sentir ofensa, sino en no dejar que la ofensa gobierne nuestra lengua, nuestro corazón y nuestros vínculos. L familia, imperfecta y contradictoria, sigue siendo ese árbol donde a veces una rama lastima a otra, pero todas reciben la misma savia invisible. Y esa savia, cuando dejamos que Dios la purifique, se llama amor.
Por Guillermo Dellamary
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