Encuentra.com
inicio
Contacto RSS

Untitled Document
Untitled Document

La Inquisición Española

Luis AlonsoSomarriba
23 junio 2008
Sección: Leyendas Negras

Antes de enjuiciar cualquier hecho o institución en la Historia es preciso conocer bien la época en que acontecieron, y, sobre todo, intentar comprender la mentalidad de la sociedad en la que tuvieron lugar.

SUMARIO:

 

1. ¿Por qué nació la Inquisición?

2. La Inquisición española.

3. Procedimiento legal de la Inquisición española.

 

1. ¿Por qué nació la Inquisición?

 

Antes de enjuiciar cualquier hecho o institución en la Historia es preciso conocer bien la época en que acontecieron, y, sobre todo, intentar comprender la mentalidad de la sociedad en la que tuvieron lugar, teniendo en cuenta que aquellos valores sociales pueden ser, en parte o totalmente, distintos a los de nuestro tiempo.

 

Si esta actitud debiera estar siempre presente a la hora de estudiar la Historia, lo es más cuando se trata de una de las instituciones del pasado que más han dado que hablar, y sobre la cual han escrito mayor número de folios los novelistas y los guionistas de cine y televisión que los propios historiadores. La imaginación apasionada y la necesidad de morbo, generación tras generación, han ido deformando la verdad, creando un mito y dejando de lado el buen hacer de los historiadores.

 

La Inquisición, que nació en la Edad Media, responde plenamente a la mentalidad de la Europa de aquellos siglos.

 

El hombre del Medievo, cualquiera que fuese su estamento social (nobles, clérigos, campesinos, burgueses), poseía unas profundas creencias cristianas, si bien éstas no necesariamente se traducían siempre en su obrar cotidiano.

 

La Europa de la Edad Media se había ido construyendo, desde la caída del Imperio Romano, en el siglo V, sobre los restos de la civilización grecolatina y las aportaciones de los pueblos bárbaros, utilizando como fundamento y elemento aglutinante una misma religión, el cristianismo; razón por la cual, la Europa de entonces fue conocida como la Cristiandad. Todos los aspectos de aquella civilización medieval, desde el arte hasta la economía, pasando por la política o el orden social, estaban inspirados o relacionados con la fe transmitida por la Iglesia.

 

Un mundo así no podía entender o tolerar que ciertos individuos aislados mantuvieran ideas contrarias a los dogmas de esa fe. Las personas que inventaban o transmitían tales ideas eran los llamados herejes, grupo en el no se incluían las pequeñas comunidades de judíos, miembros de otra religión no cristiana. El hereje era siempre un bautizado.

 

La sociedad medieval en su conjunto -y en especial los niveles sociales más humildes, como la gran masa de campesinos- se sentía amenazada ante el fenómeno de la herejía, como también ante la brujería. Por ello mismo se demandaba de las autoridades protección y una tajante represión, como si de la peste se tratara. En muchas ocasiones se produjeron linchamientos populares contra sospechosos de herejía. Las autoridades civiles (reyes, señores feudales) actuaron con energía contra lo que se consideraba un peligro público. Sin embargo, los tribunales ordinarios generalmente no estaban cualificados para tratar asuntos religiosos, siendo común que ideas inofensivas fueran tildadas de herejía, con lo que muchos inocentes sufrieron trágicos castigos.

 

Fue entonces cuando surgió el Tribunal de la Inquisición (del latín inquirere: inquirir, buscar), formado por personal -mayormente clérigos- experto en teología, cuya función era investigar a fondo y determinar si un acusado era o no culpable de herejía u otro delito religioso. Los primeros tribunales inquisitoriales empezaron a funcionar en el sur de Francia, en torno a 1231, a raíz del problema suscitado por la extensión de la herejía cátara o albigense.

 

La Inquisición estableció un procedimiento legal con ciertas garantías para el acusado. Es verdad que se cometieron excesos, pero, con todo, su actuación fue modélica si la comparamos con los brutales ejercicios de la justicia civil en aquella época.

 

2. La Inquisición española.

 

En España la Inquisición se estableció en 1480, durante el reinado de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón.

 

Durante la Edad Media los reinos hispano-cristianos (Castilla-León, Navarra, Aragón-Cataluña, Portugal), inmersos en las guerras de Reconquista contra los musulmanes, no habían conocido especiales problemas con las herejías.

 

Fue a partir del siglo XIV, cuando, por diversos factores, la convivencia -o más bien la coexistencia-, de suyo nunca fácil, entre la población mayoritariamente cristiana y la minoría judía se fue desmoronando hasta desembocar en los asaltos y matanzas en las juderías (barrios judíos). En este clima de hostilidad las conversiones de hebreos al cristianismo se hicieron cada vez más frecuentes.

 

Algunos conversos -los llamados cristianos nuevos- adinerados aprovecharon su nueva condición para acceder a destacados cargos, que antes como judíos les estaban vedados, lo que fue visto con recelo y envidia por los cristianos viejos, desatándose nuevas luchas sociales.

 

El problema se complicaba aún más. Las conversiones no siempre eran sinceras, y ciertos conversos fueron acusados de judaizar, es decir, de practicar secretamente el judaísmo. Por otra parte, los auténticos conversos, cansados de que se tuviera bajo sospecha a todo el colectivo, demandaron de las autoridades civiles y religiosas medidas que solucionaran aquella injusticia. Para averiguar la verdad, y poner orden sobre una realidad a la vez religiosa, social y política, los Reyes Católicos solicitaron del Papa el establecimiento del Tribunal de la Inquisición (1480). El primer inquisidor general fue Fray Tomás de Torquemada, de probable origen converso. La Inquisición sólo podía juzgar a bautizados, no tenía poder alguno contra los que se declaraban judíos o musulmanes.

 

Décadas más tarde, a partir de 1521, cuando las herejías del protestantismo se extiendan por Europa, la Inquisición se encargará de extirpar de raíz cualquier brote que de las mismas se produzca en los dominios de la Monarquía hispánica.

 

En sus, aproximadamente, 350 años de historia, la Inquisición española, con tribunales en la Península y en las posesiones europeas y americanas, aplicó la pena de muerte a unos 3000 reos, de un total de 200.000 procesados.

 

El llamado Santo Oficio o Tribunal de la Inquisición perdurará durante toda la Edad Moderna (siglos XV-XVIII) en diversos países católicos.

 

Sin embargo, también es preciso recordar, que, en este tiempo, en los Estados donde se implantó el protestantismo (Inglaterra, Holanda, centro y norte de Alemania, Escandinavia, parte de Suiza, etc.) el poder político vigiló y actuó reprimiendo, con igual celo que la Inquisición, cualquier rebrote del catolicismo, aplicando sin ningún reparo la pena de muerte. Así, por ejemplo, sólo en la ciudad de Ginebra, en los diez años en que gobernó Calvino, quinientas personas fueron condenadas a muerte a consecuencia de la intolerancia religiosa, entre ellas el español Miguel Servet (1553), descubridor de la circulación de la sangre.

 

Además del catolicismo, el protestantismo también persiguió otras ideas o conductas religiosas consideradas nocivas, sobre todo la brujería, calculándose que en el conjunto de los países protestantes fueron quemadas en la hoguera más de 25.000 brujas.

 

En el siglo XVIII la Inquisición española entró en declive. Las hogueras se fueron apagando y sus actuaciones se dirigieron cada vez más a la censura de libros. Su poder e influencia se redujeron, quedando cada vez más sometida a la Monarquía que la había creado. Y es que, aunque hoy pueda parecernos extraño, el Santo Oficio fue, antes que una institución religiosa, una pieza, elemento esencial de un Estado y de una sociedad.

 

La Revolución Francesa de 1789 abrió una nueva era de cambios políticos, sociales y económicos, en la que el viejo Tribunal no tenía cabida. De este modo, en España, las Cortes de Cádiz decretaron en 1813 la abolición de la Inquisición. Resucitada posteriormente por Fernando VII, el histórico Tribunal fue clausurado definitivamente en 1834.

 

3. Procedimiento legal de la Inquisición española.

 

El procedimiento a seguir por la Inquisición era siempre el mismo. Cuando en algún lugar se detectaban problemas, eran publicados dos edictos: el de Fe, que imponía a cada cristiano, bajo pena de excomunión, la obligación de denunciar a todos los herejes que conociera, y el de Gracia, que otorgaba un mes de plazo para los que voluntariamente decidieran presentase a confesar sus faltas y errores. La mayoría de las veces dicha confesión suponía el perdón y castigos menores, pero el penitente debía dar a conocer el nombre de sus cómplices.

 

Ambos edictos, al imponer la delación, convertían a buena parte de la comunidad en agentes de la Inquisición, creando una situación que se prestaba a serios abusos. Piénsese, por ejemplo, en las posibilidades que ofrecía para dar salida a las tradicionales envidias, odios y venganzas personales.

 

Si las acusaciones eran finalmente aceptadas, el acusado ingresaba en prisión, sin llegar a conocer la identidad de los acusadores y de los testigos. No obstante, podía escribir una lista de sus enemigos, y si entre éstos había alguno de los acusadores no se tomaba en cuenta su declaración. Asimismo, al enjuiciado se le asignaba un abogado de oficio, que podía cambiar por otro, y recibía un consejero cuya misión era convencerle para que realizara una confesión sincera.

 

Como otros tribunales de su tiempo, la Inquisición podía recurrir a la tortura para obtener confesiones y pruebas. Contrariamente a lo que se piensa, el empleo de la tortura no era frecuente por parte del Santo Oficio, y cuando se optaba por estos trágicos procedimientos, se establecía la presencia de un médico y ciertos límites, principalmente evitar llegar al derramamiento de sangre y procurar no causar daños que pudieran dejar lesiones permanentes.

 

La Inquisición empleó tres métodos de tortura: el potro, las argollas colgantes y el tormento del agua. Este último consistía en obligar a tragar agua hasta el límite de la capacidad de cada individuo.

 

Reunidas todas las pruebas y obtenido el informe de los teólogos, se llegaba a la sentencia. Si durante el juicio el acusado confesaba su culpa antes de la sentencia, y dicha confesión era aceptada, entonces se le absolvía aplicándole solamente un castigo ligero. En caso contrario, el proceso podía concluir con una sentencia condenatoria o absolutoria. Si el reo era declarado culpable, el castigo -que lógicamente dependía de la gravedad del delito- podía ir desde una multa o unos azotes hasta la confiscación de bienes o las galeras. Pocas veces se dictaba la pena de muerte.

 

Cuando se llegaba a la pena capital, ésta se aplicaba, generalmente, a los que no se retractaban de la herejía o eran herejes reincidentes. Los que persistían en la herejía o en su recusación de culpabilidad eran quemados en la hoguera. El que, después de la sentencia, abjuraba en el último momento, moría estrangulado, siendo después quemado su cuerpo en la hoguera.

 

Las ejecuciones no eran competencia de la Inquisición sino de la autoridad civil.

 

(*) Luis Alonso Somarriba

 

Licenciado en Filosofía y Letras, sección Historia. Profesor de

Geografía-Historia en el I.E.S. “Miguel Herrero”, de Torrelavega

(Cantabria).

 

Publicado por Arvo Net 09.10.2007

Comentarios
No hay comentarios en “La Inquisición Española”


css.php