La fundadora del colectivo de Madres Buscadoras de Sonora que busca a dos hijos desaparecidos difundió –en un video del 24 de marzo de 2026–, que encontró –en la carretera 26 de Hermosillo, Sonora, México–, los huesos de uno de ellos, desaparecido en Sonora en 2019.
Dedico este texto con respeto, admiración y solidaridad a la señora Cecilia Flores Armenta, valiente madre buscadora cuyo amor invicto por su hijo es poesía heroica purísima, y cuya mano cerrada se aferra a un resto que es reliquia, esperanza y fe, ante la indiferencia cruel de gobiernos y de tantos mexicanos que vegetan en la frivolidad.
No murió del todo, amigos míos, porque las palabras de la madre buscadora que encuentra un puño de huesos de su hijo y que abraza con mano cerrada y que lleva de vuelta a casa, no son nota de periódico que pasa por terrible que sea, no son archivo escrito para el olvido.
No, son ellas poesía trágica, ternura triste y maternal, arte homérico y horaciano que pervive, que sublima e inmortaliza esas sus palabras y lo que le queda a la madre en el puño apretado de amor puro, aunque tanto suyo le falte porque animales dieron rienda suelta a su instinto, aunque la magnitud de ese kilómetro 46 no le contenga, a un hijo desaparecido el 4 de mayo de 2019.
Idea de la inmortalidad concedida a un hecho de muerte terrible por la poesía que hace remontar el alma al cielo, retomada por Gutiérrez Nájera en Non omnis moriar, y por poeta joven de hoy, Federica Ortiz, en Vuelven los muertos pero en otras formas, donde la poeta joven se estremece de piedad ante semejantes palabras maternales, ante el retorno al hogar del hijo en mano cerrada, y que se pregunta por la diferencia entre nota de papel y poema.
Y cuya respuesta descubre en talento natural de su madre Federica, de su hermana Teresa y de su hermano matemático, y en el poeta mexicano que quiso morir cuando declinara el día, en alta mar y con la cara al cielo, donde pareciera un sueño la agonía, y el alma un ave que remonta el cielo.
Ahora queridos amigos míos lectores, con profundo respeto, con solidario sentimiento, con admiración sin límite, reproduzco las palabras de la ejemplar madre buscadora. Les ruego que se sirvan oír la voz que se quiebra en el desierto de la Señora Cecilia Flores Armenta:
«Yo no creo que ninguna madre merezca recoger solamente huesos… abrazar solamente huesos dispersos en todo este lugar.
Creo que por lo mínimo yo merecía encontrar un cuerpo completo… pero lamentablemente no, solamente he encontrado huesos dispersos.
Creo que los animales dieron rienda suelta a su instinto y faltan muchísimos restos que encontrar, pero solamente quiero saber si hay alguna prueba de ADN que me dé una confronta que si es mi hijo, que me dé una evidencia que si es mi hijo el que estaba aquí y trabajar este lugar lo más que se pueda, aunque sabemos que con la magnitud del problema que hay aquí no sabemos si pudiéramos encontrar algo más, pero por lo pronto solamente me resta abrazar un puño de huesos que he encontrado y que al parecer puede ser Marco Antonio.
¡Vamos a casa hijo!
Después de luchar contra todo, contra el olvido, contra la apatía, contra la tierra dura, seca por el sol que siempre estuvo ahí, dejando parte de nuestra sangre y piel, llorando para quitarnos el polvo que nos cegaba, porque no había tiempo, porque creía que con cada paso te iba a encontrar con vida, que llegaría a tiempo para protegerte, para abrazarte y darte los besos más bonitos que sólo sabe dar una madre.
Yo siempre supe que te encontraría, pasara el tiempo que pasara porque no tenía otro motivo en la vida; me robaron el miedo con tu ausencia, se llevaron mi cansancio con tus heridas.
Hoy localicé a mi niño en la carretera 26 Km 46, en Hermosillo, Sonora, y más que nunca se siente la fatiga. Abrazo tus restos, es lo que me queda, es lo que me dejaron.
Vámonos a casa hijo, de donde nunca tuviste que partir, he cumplido mi promesa de encontrarte». (24 de marzo de 2026).
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Termino este texto con estos poemas que hacen ahondar en la tragedia de los huesos veraces que hablarán siempre a una madre cuyo amor al hijo muerto es de una grandeza heroica, poblada de amor, misterio y tragedia:
Los huesos veraces hablarán.
Marcados, fracturados, astillados, rotos,
estos huesos nos dirán más que los libros de historia o los archivos escritos para el oscuro olvido.
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¿Qué significa morir toda esta muerte
en un lugar donde la oscuridad juega todo este silencio?
¿Qué significa encontrarse ahora con tus seres queridos
con todos estos vacíos?
¿Devolverle a tu madre
en la ocasión de su muerte
un puñado de huesos
que te había dado
en la ocasión de tu nacimiento?
Partir sin certificado de defunción ni de nacimiento
porque el dictador no da recibos
cuando te quita la vida.
El dictador también tiene un cráneo, uno enorme
no como cualquier otro cráneo.
Resolvió por sí solo un problema matemático
que multiplicó una muerte por millones
para igualar la patria.
El dictador es el director de una gran tragedia.
También tiene público,
un público que aplaude
hasta que los huesos empiezan a resonar
los huesos en las bolsas,
la bolsa llena finalmente en su mano,
a diferencia de su vecina decepcionada
que aún no ha encontrado la suya.
José Mauro González-Luna Mendoza
Publicado en: La Gironda https://lagirondablog.wordpress.com/




