Tu hijo adolescente no quiere estudiar

¿Tu hijo adolescente no quiere estudiar? Dile lo siguiente

¿Le explicas, le das razones, le recuerdas que tiene un examen y, como respuesta, solo oyes un portazo? No es por pereza ni por malicia. Los investigadores han analizado el cerebro de los adolescentes y saben por qué los buenos consejos rebotan en ellos como en una pared

El niño que hasta hace poco era «un angelito» de repente deja de hacer caso, incluso cuando se trata de su propio bien. A los papás les parece que algo se ha echado a perder. Sin embargo, se trata de una etapa normal del desarrollo que nos exige cambiar la forma de comunicarnos. Los psicólogos demuestran que, a veces, basta con reformular una petición para que el adolescente haga por su propia voluntad lo que hace un momento se negaba rotundamente a hacer.

Una cucharada de esa pasta asquerosa

David Yeager, psicólogo de la Universidad de Texas y autor del libro «Cómo motivar a los jóvenes», les pidió a 184 personas que se comieran una cucharada colmada de Vegemite. Se trata de una pasta australiana hecha de levadura de cerveza que nadie en su sano juicio come a cucharadas, especialmente por su sabor tan salado. A la mitad de los participantes se les dijo: «Esta pasta es sumamente saludable, por eso debes comerla. Trata de ignorar el sabor». A la otra mitad se les dijo que el sabor era realmente asqueroso y que nadie lo cuestionaba. Sin embargo, su participación es muy importante para la ciencia, y la decisión depende exclusivamente de ellos; nadie les guardará rencor si se niegan.

En el primer grupo, el 47 % de las personas se comió una cucharada de pasta; en el segundo, el 66 %. La cosa se puso más interesante cuando a los participantes con bajos niveles de testosterona se les administró, antes de la conversación, una hormona en aerosol nasal, lo que les devolvió temporalmente al estado de un adolescente, en el que las hormonas están en ebullición. Entre ellos, la orden solo convenció al 32 por ciento, mientras que la petición que respetaba su libertad convenció al 68 por ciento. Cuanto más «adolescente» es una persona, más se rebela contra las órdenes que le vienen de arriba.

Sabían que causaba cáncer. Y siguieron fumando

En 1998, Florida recibió millones de dólares de las empresas tabacaleras para una campaña antitabaco. Los expertos del gobierno querían convencer a los jóvenes de que los cigarrillos causan cáncer, enfisema y dientes amarillos. Alex Bogusky, director creativo de una pequeña agencia de publicidad, primero envió a sus empleados más jóvenes a centros comerciales y parques de patinaje. Resultó que los adolescentes con cigarrillos en la mano sabían perfectamente sobre el cáncer y la enfisema. Solo que para ellos, esos eran riesgos lejanos, a décadas de distancia.

Bogusky entendió por qué los jóvenes fumaban. En una sociedad sin ritos de iniciación, fumar era una declaración pública: yo decido sobre mi propio cuerpo, tengo los derechos de un adulto. Las advertencias de que los cigarrillos matan solo reforzaban esa declaración. Y el eslogan del gobierno «Piensa. No fumes» contenía un insulto oculto, porque daba por sentado que el destinatario hasta entonces no había pensado.

¿Qué pasa en el cerebro cuando nos quejamos?

Un experimento más, antes de pasar a los consejos concretos. Jennifer Silk y Ron Dahl les pidieron a las mamás de niños de entre 9 y 17 años que grabaran una frase que comenzara con las palabras: «Lo que me molesta de ti es…». Luego les reprodujeron las grabaciones a los adolescentes, mientras escaneaban sus cerebros. Cuando los adolescentes escuchaban las críticas, se activaban las áreas relacionadas con la ira. En cambio, se desactivaban aquellas responsables de la planificación de acciones, es decir, precisamente aquellas a las que las madres intentaban llegar. También se atenuaba la región responsable de comprender qué es lo que realmente quiere decir la otra persona.

Cuando las madres transmitieron el mismo mensaje en un tono neutral, como una simple información sobre el problema, los cerebros de los niños funcionaron sin problemas. El mensaje llegaba y se activaba la planificación. ¿Por qué sucede esto? Alrededor de los diez años, se activa una hipersensibilidad hacia todo lo que les quita respeto, libertad y baja su estatus. No es una rebelión por principio, sino una etapa del desarrollo.

«¿Para qué tengo que hacer esto?» Y tiene razón

Esta pregunta empieza a ser la más frecuente entre los adolescentes. Los adultos suelen responder de manera racional: «Aprenderás a valerte por ti mismo, te servirá en la universidad». Solo que esa perspectiva es tan lejana como los dientes amarillos de un fumador. Le pedimos a un joven de quince años que renuncie a un beneficio seguro hoy (una noche libre, su juego favorito) a cambio de uno incierto dentro de unos años.

Un maestro de historia con experiencia sugiere otro camino: «Dile a la clase que deben aprender sobre la Segunda Guerra Mundial porque es importante o porque habrá un examen, y los niños obedientes lo harán. Diles que dentro de tres semanas entrevistarán a un veterano al que nadie le ha preguntado hasta ahora por sus recuerdos, y que ellos serán los primeros en poder preservar su historia. Entonces empezarán a leer como locos y ellos mismos pedirán consejos para sus preguntas. Sería una vergüenza decepcionar a ese hombre».

Kurt Hahn, fundador de Outward Bound, lo expresó así: a los jóvenes se les puede convencer, pero eso es como un anzuelo sin cebo. Se les puede obligar, pero eso es como un cuartel. Se les puede decir «te necesitamos», y ese llamado casi nunca falla.

Por Bogna Białecka
es.aleteia.org

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