«Mas el Dios de toda gracia, el que os ha llamado a su eterna gloria en Cristo, después de breves sufrimientos, os restablecerá, afianzará, robustecerá y os consolidará.» (1 Pedro 5,10)
Como hijos de Dios no debemos perder de vista la importancia de recordar permanentemente la vida eterna, que es vivir en comunión con Dios aquí y ahora. Es vivir enfocados en la fe en Jesús, en la gracia, practicando los mandamientos y los sacramentos, y el amor al prójimo. La vida eterna es un don gratuito que transforma nuestra vida con esperanza, sabiendo que la muerte no es el final, sino el paso a una plenitud de amor y presencia con Dios.
Cada domingo en la Santa Eucaristía, cuando oramos el Credo, reafirmamos con alegría la promesa de la vida eterna, posible gracias a la resurrección de Cristo. La vida eterna no es sólo una realidad futura; es la esperanza y la participación en la vida de Dios que comienza, al conocerlo y amarlo, y que se vive plenamente desde el presente.
«Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú enviaste». (Juan 17,3)
La vida eterna es un regalo de Dios, pero requiere nuestra respuesta de fe y nuestras obras de caridad, pues «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti», (San Agustín). Esta esperanza da propósito a la vida terrenal, fortaleza ante la adversidad y una perspectiva de alegría eterna, no de tristeza. La certeza de la vida eterna nos fortalece en los momentos de sufrimiento y pérdida, recordándonos que no estamos solos y que la muerte no tiene la última palabra.
«No todo el que me diga: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial”. (Mateo 7,21)
Podemos perder la vida eterna y las delicias del cielo junto a Nuestro Señor a causa del pecado, del rechazo voluntario de Dios (negación de la fe) y de su mensaje de salvación, ya que esto rompe la comunión con Él y conduce a la separación eterna. Por ello, es necesario mantenernos firmes en la fe y en la obediencia a sus enseñanzas, para no «dormirnos espiritualmente» ni negar a Cristo.
La causa principal de la pérdida de la vida eterna es el pecado mortal. Aquellos que pecan deliberadamente y persisten en su pecado, aún después de conocer la verdad y saber que su conducta los aleja de Dios, se ponen en riesgo de una condena eterna, privándose de vivir junto a Él en el cielo. No se trata de perder la salvación por una caída, sino de la condena de quienes se apartan conscientemente de Dios.
Hebreos 10,26-29 nos hace una advertencia severa contra el abandono deliberado de la fe en Jesucristo. No es una amenaza para los creyentes que luchan contra el pecado, sino una descripción del destino de quienes, con pleno conocimiento, rechazan la única solución que Dios ha dado a través de su perdón.
«¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios?¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios» (1 Corintios 6,9-10)
Por Luce Bustillo Schott

