Encuentra.com
inicio
Contacto RSS

Untitled Document
Untitled Document

Las mujeres al pie de la Cruz de Cristo

Pbro. Dr. Enrique Cases
9 julio 2008
Sección: Sin categoría

Los Apóstoles eran valientes y generosos, pero no fueron capaces de seguir a Cristo hasta el suplicio de la Cruz. Pedro hiere a Malco para defender al Señor pero huye al detener Jesús la pelea y entregarse sin resistencia. Los discípulos querían y aclamaban al Maestro, pero el Viernes Santo o gritaron contra El o callaron si salir en su defensa, fueron sorprendidos por la rapidez de la conjura ya que Jesús es detenido en la madrugada, conducido a las dos farsas de juicio en la noche y en la mañana, que hacia las doce le conducen al patíbulo.

En todos se advierte que falta algo que les aleja de la Cruz. Tienen una fe demasiado humana que no comprende un sacrificio tan grande. No comprenden un amor que se humilla tanto sin defenderse pudiendo hacerlo, esperan una acción milagrosa que deshiciese todos los enredos de los enemigos del Señor. Quizá fuese una mezcla de todas estas razones. Lo cierto es que Jesús está sólo cuando le detienen, todos le abandonan. Jesús realizará sólo el Sacrificio de la Cruz.

Pero no totalmente sólo. Las mujeres están en el Calvario. Los cuatro evangelistas narran la presencia de algunas mujeres al pie de la Cruz. Juan Pablo II lo expresa así: a los pies de la Cruz estaban en primer lugar las mujeres. De los Apóstoles sólo Juan permaneció fiel; las mujeres eran muchas. No sólo estaba la Madre de Cristo y la "hermana de su madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena"(Jn 19,25), sino que "había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle" (Mt 27,55). Como podemos ver, en ésta que fue la prueba más dura de la fe y de la fidelidad, las mujeres se mostraron más fuertes que los Apóstoles; en los momentos de peligro, aquellas que "aman mucho" logran vencer el miedo. Antes habían estado la mujeres en la vía dolorosa, "se dolían y se lamentaban por él" (Lc 23,27). Y antes aún había intervenido también la mujer de Pilato, que advirtió a su marido: "No te metas con ese justo, porque hoy he sufrido mucho en sueños por su causa"(Mt 27,19) [544].

Reflexionemos sobre esta presencia de las mujeres al pie de la Cruz. Quizá hubo un flujo de idas y venidas, y por eso los evangelistas coinciden en algunas y difieren en otras, o simplemente citan las que más les impresionaron, o las que se lo contaron a ellos. La primera es María Santísima, la nueva Eva; otra es María Magdalena citada expresamente por tres evangelistas, ya que el cuarto sólo habla genéricamente de las mujeres; dos hablan de otra María, la madre del apóstol Santiago y José, luego la madre de los hijos de Zebedeo, que son Juan y el otro Santiago, Marcos habla de Salomé que parece ser el nombre de esta mujer, y Juan nombra a María mujer de Cleofás y la hermana de María Santísima.

A pesar de la poca precisión, lógica por el tumulto y los diversos movimientos en un tiempo tan largo, destacan junto a la Madre del Señor, María Magdalena, la madre de Santiago y José, y después otras tres que son nombradas por su nombre, aunque pudieron ser más.

Una característica de la mayoría de ellas es que servían al Señor y le acompañaban desde Galilea, da la impresión de que forman un grupo parecido al de los discípulos y siguen al Señor de cerca, pero sin convivir con él como hacían los hombres. La enumeración de las personas sólo nos revela dos cosas: todos coinciden en la presencia de la Magdalena la antigua pecadora; y en algunas madres de Apóstoles y discípulos del Señor, lo que indica que habían educado a sus hijos muy bien, no sólo con palabras, sino viviendo lo que enseñaban.

Los hombres no fueron capaces de perseverar ante la humillación de la Cruz. Es muy posible que hubiesen sido capaces de morir matando en una lucha, pero allí se estaba realizando una batalla muy distinta. La muerte de Jesús en la Cruz es un Sacrificio de amor, que supera con creces el desamor del pecado.

Veamos el nucleo de la lucha. El pecado se origina en la desobediencia, en el orgullo y el desamor, y sus frutos son la muerte y el dolor. Jesús vencerá la desobediencia obedeciendo, vencerá la soberbia con una humillación total, vencerá a la muerte pasando por ella con todos los dolores físicos y anímicos y superándola con la resurrección. Ellos no están preparados para comprender tanto amor y tanto entregamiento, ésta es la causa de su huída y de su abandono del Maestro.

Las mujeres entienden mejor que los hombres, quizá porque saben mejor que el amor y el dolor son inseparables. Aquí esta la raíz de su perseverancia. Son fuertes porque aman más y mejor. Se les puede aplicar lo que dice Camino: "Más recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor.- ¡María de Magdala y María de Cleofás y Salomé! "Con un grupo de mujeres valientes, como esas, bien unidas a la Virgen Dolorosa, ¡qué labor de almas se haría en el mundo! [545].

No se trata de pensar que todas las mujeres sean más recias que todos los hombres. De hecho el mismo evangelio nos muestra casos de degradación verdaderamente graves como el de Herodías y de su hija Salomé que pide la cabeza del Bautista ante el corrompido rey Herodes. La libertad es personal y cada uno debe responder ante Dios de su santidad o su pecado, en eso son iguales hombres y mujeres. Pero llama la atención que sean tan numerosas las mujeres al pie de la Cruz, y sólo el adolescente Juan esté presente en aquel lugar. El pensamiento no puede dejar de considerar que es muy posible que la femineidad esté mejor dotada para el amor fiel.

Juan Pablo II en la Carta apóstolica Mulieris dignitatem habla de lo que aporta la femineidad a lo humano. Dice quela mujer es aquella en quien el orden de amor en el mundo creado halla un terreno para su primera raíz [546]. Ser la primera raíz del amor humano es la característica principal de la femineidad. Es como una manifestación específica y característica de la vida íntima de Dios, que es Amor. Más adelante añade que la dignidad de la mujer es medida en razón del amor, y amplía esta misma idea diciendo que la mujer no puede encontrarse a sí misma si no es dando amor a los demás . De ahí la fuerza de la mujer cuando sabe amar, por ella Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano . Y afirma con claridad que la mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de que Dios "le confía el hombre" [547] .

Con estas ideas generales nos es más fácil entender la fortaleza de tantas mujeres en el momento de la Cruz. Se puede decir que están actuando realmente como mujeres, es decir, amando y cuidando al hombre, en este caso Jesús. En ellas se percibe el sentido hondo de la palabra inspirada en el Cantar de los Cantares: el amor es más fuerte que la muerte[548]. Ellas servían a Jesús y a los suyos en su actividad de anuncio del Reino, tantas veces agotadora. Cuando llega el momento supremo de la entrega total y del enfrentamiento pleno con el mal se crecen, no dudan, se entregan sirviendo al Hombre, que es Jesús, de la manera que más le puede consolar: siendo fieles hasta el fin.

Aquellas mujeres ven con los ojos de la carne el Cuerpo destrozado de Jesús, los clavos que le atan al madero atravesando sus manos y pies, su respiración angustiosa propia del tener el cuerpo suspendido sobre los tres clavos que oprime con fuerza los pulmones, ven las heridas de los múltiples latigazos recibidos pocas horas antes, ven la corona de espinas cubriendo su rostro de sangre y sudor, ven el barro unido a la sangre coagulada que oculta aquella mirada misericordiosa tan bien conocida por ellas. Se cumple detalladamente la profecía de Isaías: Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay en él nada sano. Heridas, hinchazones, llagas podridas, ni curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite[549].

Sus ojos de carne ven un auténtico destrozo que muestra a Jesús como un fracasado. Los ojos de la inteligencia ven ese fracaso a otro nivel, ven a un rey derrotado, ven a un hombre humillado hasta el extremo. Las esperanzas de un reino de paz, justicia, amor y libertad se presentan lejanas o quiméricas para la pura razón. Pero los ojos del corazón van más lejos y ven a uno que ama y sufre de una manera nueva, comprenden que está allí libremente y captan, con más o menos claridad, que se trata de un Sacrificio nuevo. Bien sabían ellas las múltiples maneras de eludir la Cruz que Jesús hubiera tenido, o los modos de luchar que suelen usar los guerreros de este mundo y no quiso usar el Señor; ellas se dan cuenta de su entrega total al Padre y su amor misericordioso. Las mujeres sienten que, a pesar de su entrega total y de estar dispuesto a apurar el cáliz del dolor hasta la última gota, le tiene que agradar y consolar su presencia al pie de la la Cruz, su ternura, sus lágrimas, su fidelidad, así como la compañía a su Madre Corredentora.

La mujeres aman según el modo que Dios ha inscrito en su naturaleza. Aman por amar, aman como si todas y cada una fuesen las madres del Hijo que sufre y las necesita. Algunas escucharon de Jesús: no lloréis, pero ¿cómo no llorar por aquél que es Víctima inocente de un odio realmente demoníaco?.

La mujer es más fuerte si ama como madre, aunque sea virgen. La maternidad no es sólo algo biológico, es también una actitud del alma. El hombre también debe amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, pero no es necesario que lo haga de una manera maternal, esa característica es lo propio del amor femenino, aunque no se sea madre según la carne, eso es lo que la hará fuerte en los momentos de dolor.

La pérdida del amor maternal puede ser la causa de que degeneren tanto muchas mujeres, pues al perder sus características femeninas esenciales caen mucho más bajo. Se renueva aquel corruptio optimi pessima, "la corrupción de lo óptimo es la peor de todas".

Los atentados contra la dignidad de la mujer son de terribles consecuencias si consiguen su objetivo, aunque no sea fácil. Hoy en día se ataca a la mujer en los puntos más esenciales: privarles de ser dadoras de vida con la anticoncepción, convertirlas en asesinas de sus propios hijos con el aborto, hacerlas objetos de deseo más que portadoras de belleza. Se les priva de la maternidad del cuerpo o del alma; así la degradación llega a los puntos más esenciales de la sociedad; muchas mujeres pierden lo más característico de su femineidad y toda la sociedad se deshumaniza.

Volver a las raíces es la solución. Volver al designio creador de Dios. Cierto que muchos pecados que se ha acumulado sobre el de Eva; pero Cristo ha restaurado la condición humana empezando por su Madre que es Hija, Virgen y Madre. Si se encuentran mujeres que permanezcan al pie de la Cruz consolando y comprendiendo al Hijo de Dios, muchos problemas del mundo y de la Iglesia tendrán soluciones humanas y divinas.

Todo ser humano debe pasar por el dolor. Ese dolor le purificará si lo lleva con amor, le hundirá si lo lleva con orgullo o rebeldía. El dolor purifica del egoísmo. "el egocentrismo se infiltra en todo afecto inicial bajo velos más o menos honorables y dignos: afán de satisfacción personal, deseo de sobresalir, saciar la propia hambre de absoluto. La misma preocupación personal, el celo apóstolico , pueden llevar consigo el contrapeso de considerables cargas egóticas, que sólo el tiempo, las sequedades, las oscuridades, la prosa diaria, la inflexibilidad de las estructuras sociales, la tentación la desilusión, la soledad afectiva, poco a poco, van llevando al amante imperfecto hacia aquel vacío saludable que los místicos llamaron noche de los sentidos y del alma, crisis existencial. La entrega sólo crece y se purifica a lo largo de la entrega personal. Pero es necesario entender bien lo que se vive en esas crisis y no eludirlas. Se tiene miedo del abismo porque en el fondo se encuentra Dios "[550]. Es muy cierto lo que decía Frankl que "el hombre madura en el dolor y crece con él. La plenitud del dolor no significa ni mucho menos el vacío de la existencia"[551] . San Pablo lo expresa con gran fuerza: he sido crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí [552]. Pablo no murió en la cruz, pero vivió la entrega de un modo total en lo que Dios le pedía, eso es estar crucificado con Cristo.

Las mujeres al pie de la Cruz de Cristo experimentaron esa maduración humana y sobrenatural. Nosotros les podemos agradecer su valentía y fortaleza para imitarlas en los momentos difíciles que nos sean dados vivir.


[544] Juan Pablo II. Mulieris dignitatem. n.25

[545] Camino n.982

[546] Juan Pablo II. Mulieris dignitatem. n. 29

[547] ibid. n.30

[548] Cant 8,6

[549] Isaías 1,6

[550] Joan Bautista Torelló. Psicología abierta. p. 84

[551] Viktor Frankl. El hombre en busca de sentido. p.103

[552] Gal 2,19

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Mujeres valientes 3ª ed Eunsa pedidos a eunsa@cin.es

Comentarios
No hay comentarios en “Las mujeres al pie de la Cruz de Cristo”
  1. sebastian Dijo:

    Que ejemplo el de las Santas mujeres al pie de la cruz infame, que valentia y fidelidad al Cristo, cuando los hombres fueron cobardes y huyeron, ellas asumieron el Fiat de Santa Maria en la encarnacion y repetido durante toda su vida hasta incluso despues del sacrificio redentor. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Asi sea.




css.php