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Carolina Kózka: El cuerpo de una mujer no es una cosa

Pbro. Dr. Rafael Arce Gargollo
5 agosto 2008
Sección: Santos recientes

Beata Carolina Kózka Una jovencita que nos enseña la altísima dignidad que tiene el ser humano, el ser mujer, y el ser virgen.

Carolina Kózka (1898-1914)

Si ves un mapa de Polonia, tardarás en encontrar la ciudad de Tárnow. Seguramente no has oído hablar nunca de esta población que, hace diez años, tuvo el mérito de haber reunido en dos horas, como no había sucedido en ese país en toda su larga historia, a tantos hombres, mujeres y niños alrededor de una misma persona. Más de millón y medio se congregaron junto a Juan Pablo II, durante la tercera visita a su patria, el 10 de junio de 1987 para honrar y poner en alto a una joven campesina de 16 años, durante una emocionante ceremonia. En su mayoría, los asistentes eran agricultores de los pueblos vecinos. Tárnow está cerca de las fronteras de las repúblicas checa y eslovaca, en las faldas de los Montes Cárpatos. Es tierra de extensos cultivos y zonas montañosas. El encanto de su paisaje y los valles que corren parejos con los riachuelos, afluentes del Río Vístula, son un orgullo de Tárnow, casi tan grande como el que ahora tienen de Carolina.

Una niña de pueblo

¿Qué puede ser ejemplar en la vida de una joven, casi niña, de pueblo? Hay millones y millones como ella en el mundo. Su vida es tan sencilla que no da casi ni para escribir una biografía. Pero esto es lo de menos. Carolina tiene el mérito, como muchas otras mujeres de la historia, de haber muerto heroicamente.

Había nacido el 2 de agosto de 1898 cerca de Tárnow, en las llanuras del pueblo de Wal-Ruda. La vida del hogar era la de cualquier familia católica del campo, en la Polonia de entonces: el trabajo duro de todos los días, oracio­nes en común a las horas de las comidas, rezo diario del rosario, ir a la Misa del domingo. Y siempre, intensos ratos de convivencia, en una estrecha casa donde caben apretados los padres de esa familia y sus once hijos.

Carolina no es niña mustia, encogida, tímida, aunque su fotografía —casi la única que se conserva— nos la muestre un poco seria. Tal vez el fotógrafo no tuvo suerte o ella traía ese día alguna preocupación o enfado, porque más bien la recuerdan de carácter abierto, con sus ojos muy negros y vivos y con una sonrisa franca y alegre que, si se la quitaran, dejaría de ser Carolina Kózka. A pesar de las distancias, además del domingo, otros días va a Misa acompañando a su madre. Se le ve también visitar a los enfermos del pue­blo y ayuda a enseñar el catecismo a sus hermanos más pequeños.

Al comenzar la Primera Guerra Mundial (1914), tropas rusas invaden suelo polaco. En Tárnow, como en tantos otros sitios, la situación de sus habi­tantes se hace muy insegura, debido a los varios cambios de frente. Todos los animales y los cereales que se encuentran en las granjas son requi­sados. La familia Kózka vive en constante tensión pues se oyen continuamente pasar, cerca de casa, contingentes de soldados que patrullan la zona. No es nada oportuno salir afuera, menos aún los niños. A partir del 13 de noviembre, fiesta de San Estanislao de Kózka, Ca­rolina comienza una novena recibiendo diariamente la Comunión.

El día 18, por la noche, toda la familia está en casa reunida junto al fogón. Hace frío. Afuera, el viento va y viene. Se oye silbar fuerte entre los pinos; algunas ráfagas se meten por los huecos de las ventanas. A lo lejos, se ven res­plandores de hogueras de campamentos militares. De pronto, son las nueve cuando llega a la puerta, medio ebrio, un exaltado soldado ruso. Parece pedir ayuda, pero rechaza molesto el pan que le ofrecen. Apuntando con su arma, obliga con amenazas a Carolina y a su padre a ir con él para llevarlos a la jefa­tura. En el camino, a la orilla del bosque, el soldado obliga al padre, a que regrese al pueblo. Su padre aterrorizado, se arrodilló: —Yo iré contigo, le dijo al soldado, pero deja que mi hija vuelva a casa. Fue inútil. El agresor le amenazó de muerte si no obedecía. Entonces el soldado arrastró a la muchacha hacia los árboles tupidos para abusar de ella.

Estamos mal acostumbrados

Algunas personas piensan que no es para tanto… Como los tiempos han cambiado, hay que dar una visión más positiva de todo lo que se refiere al sexo y enseñar “todo lo que se puede hacer con él”, pues —dicen— antes “nos enseñaron que era algo malo, dañoso, vergonzoso, de lo que no se ha de hablar, sino sólo lo indispensable”.

Otros muchos sostienen que no se ha de poner freno a los instintos, que son “naturales”, sino dejar que sigan su curso y hacer lo que a cada uno en privado le siente bien a su cuerpo, sin inhibiciones y, si hay “amor” de por medio, y no se hace “daño a nadie”, entonces “… no tiene nada de malo”.

Algo nos dice en el fondo de la conciencia que esos argumentos no son convincentes. ¿Será verdad que, por tener menos “sensibilidad” hacia esas conductas, exaltar tanto el sexo y soltar las riendas de sus  impulsos, la sociedad ha recibido grandes beneficios?  ¿Ha sido positivo para las mismas mujeres? ¿Somos, por esta nueva cultura sexual sin límites, más auténticos, hay más paz en la sociedad? A la vuelta de los años vemos todo lo contrario.  Nunca como hoy  se suman cada año cientos de miles de jóvenes, casi niñas, embarazadas y abandonadas; hay más violencia cobarde contra la mujer en las calles, más pornografía al alcance de todos los ojos y manos, a los precios más baratos. Y, el otro lado de la moneda es que eso lo promueven unos cuantos que se enriquecen millonariamente con industrias de cuerpos desnudos,  denigrados.  Tienen clientes de por vida, con una mercadotecnia sofisticada y eficaz que llega a todos los domicilios: videos, teléfonos celulares, correo electrónico, y un número escalofriante de millones de páginas de internet. El mismo producto, sin pasar de moda ni cansar, está de oferta y también se regala por doquier.  Es triste:  se ha devaluado tanto lo que “es una mujer”, que ya nos hemos vuelto insensibles. Y estamos pagando caras las consecuencias.

Seis heridas mortales en todo el cuerpo

A Carolina la perdimos de vista, de noche, en aquél bosque. Casualmente, dos jóvenes que se hallaban escon­didos entre los matorrales, con dos caballos que salvaron de ser requisados, observaron cómo el soldado ruso empujaba a Carolina delante, mientras ella trataba por todos los medios de escapar y corría, pero era alcanzada de nuevo por el soldado. Carolina se oponía como podía, pero era inútil. Y los jóvenes, por más que quieren seguirles, los pierden de vista. Los muchachos corren al pueblo para dar noticia de lo ocurrido. Desgraciadamente la búsqueda de la joven no tiene ningún éxito. En su casa sus padres y hermanos lloran desconsolados.

Por fin, el 4 de diciembre, un hombre que anda por el bosque recogiendo leña encuentra, entre un montón de hojarasca, el cadáver mutilado de Caro­lina. Al examinar su cuerpo se advirtió que aquella noche tuvo lugar una lucha violenta entre ella y el soldado: heridas de bayoneta en la cabeza, piernas, costado y cuello. Entre las heridas, desta­caban sobre todo las de ambas manos, con las que intentaba defenderse de las agresiones. Fue recibiendo aquellos ultrajes mientras corría, hasta que el soldado, enfurecido, la mató al no conseguir su propósito. Por eso fue asesinada: porque Carolina logró defender su virginidad, con golpes, uñas y dientes. Después, al parecer, cayó en una ciénega y allí mismo murió desangrada. Cientos de personas asistieron al entierro en la convicción que Caro­lina había muerto como mártir de la pureza. Desde entonces, se le comenzó a llamar la “Estrella del Pueblo”.

La muerte de Carolina nos muestra con un ejemplo vivo que el cuerpo humano tiene un valor y dignidad inmensas que no se pueden abaratar. Hablado Juan Pablo II de esta niña decía: Carolina Kózka era consciente de esta dignidad. Consciente de esta vocación (…) entregó su vida joven, cuando fue necesario en¬tregarla, para defender su dignidad de mujer .

La sexualidad tiene un valor altísimo en la vida humana, porque es, entre otras cosas, cauce de la expresión de un amor limpio, auténtico, pleno y comprometido. Defender esa dignidad hoy en día parece menos que imposible, porque los medios masivos de comunicación nos están mostrando obsesivamente otro tipo, deformado y muy parcial, de lo que es una “mujer”:  es sólo “un cuerpo”, en el que se destaca lo que tiene de bello o de placentero a los sentidos, o lo que satisface sexualmente. Y esto es un grave error: el cuerpo de una mujer, como el de un hombre, tiene una belleza admirable, pero no es sólo materia, ni sólo carne. No es el estuche de alguien. No es una cosa que yo uso. El cuerpo “soy yo”, y por eso no se ha de manipular, como se maniobra un juguete, una muñeca…. No es algo para someterlo al capricho, algo que se puede "usar y tirar".

Por poner un ejemplo similar, pienso que nos ofenderíamos si alguien dijera que un ser humano es sobre todo un estómago; y que en su vida lo más importante es lo que come y el placer que le produce —con perdón— sólo tragar cosas..   En otro orden, también a una persona cualquiera le molestaría que a su madre, a su hermana  o a su hija las miraran como objetos, o que ellas se desvistieran en público. No se entiende cómo a un varón “le parece bien” que otras mujeres hagan lo que él mismo no toleraría nunca en las mujeres de su propia familia. 

Una vez más, algo dentro de nosotros nos dice que el cuerpo humano tiene un gran valor y por eso se protege y se respeta. No se debiera destacar en primer lugar en él lo sensual o sexual. Y no porque el sexo sea malo, sino porque es parte esencial de toda la persona y con él se expresan los propios sentimientos, la capacidad de tener un amor grande y duradero, que, si es auténtico, quiere ser eterno, no compartido, y fiel para siempre.

Por material que sea el cuerpo —son palabras de Juan Pablo II—no es un objeto como otro cualquiera. Es, ante todo, alguien: en el sentido de que es una manifestación de la persona humana, un medio de presencia entre los demás, de comunicación, de expresión extremadamente variada. El cuerpo es una palabra, un lenguaje: ¡Qué maravilla y qué riesgo al mismo tiempo! ¡Muchachas y muchachos, tened un gran respeto a vuestro cuerpo y del cuerpo de lo demás!.. ¡Que vuestros gestos, vuestras miradas, sean siempre reflejo de vuestra alma!  [2]

Las mujeres tienen mucho que aportar a la sociedad

El ataque frontal de nuestra cultura para degradar el cuerpo de la mujer,  no ha hecho más que ocultar la gran riqueza que ella podría aportar a la vida de la humanidad.  Por haber silenciado lo que es esencial en la feminidad, se nos olvida que ella es “santuario de cada vida concebida  -es decir una persona humana- en su seno”, luego guía de sus primeros pasos, apoyo, punto de referencia en su existencia.  La mujer es quien tantas veces da cohesión y firmeza al hogar, sea madre o abuela, más incluso que el padre o el abuelo.  Por eso, se ha de poner más en alto a la mujer.  Se ha de destacar su belleza física siempre y cuando no se la separe de esa otra belleza, interior. 

El 29 de junio de 1995, Juan Pablo II en su Carta a las mujeres explica que la dignidad de la mujer ha sido ignorada con demasiada frecuencia y sus prerrogativas, tergiversadas. Se las ha relegado al margen de la sociedad y se las ha reducido a simples siervas, lo que ha conducido a un empobrecimiento espiritual de la humanidad.  Y en otro momento explicaba lo que él denominó lo que es y significa “el genio femenino”.  No se refería al “mal genio” que a veces tienen las mujeres, dicho sea de paso…,  sino  ”,  a que la sociedad es deudora de “la genialidad” de las mujeres por muchos motivos:  Por ejemplo: tienen un sexto sentido para demostrar cariño de modo inmediato y sensible; detectan mejor las necesidades de los demás, porque son muy intuitivas;  poseen ternura,  saben cómo atender un enfermo, estar en los detalles y procurar lo que hace la vida más agradable a otros.  Aunque parezca que son más débiles físicamente, son más fuertes que los varones en muchos aspectos. Cada mujer, por sus dotes naturales, tienen un don, que quizá no ha descubierto o desarrollado suficientemente; si diera ese paso, se asombraría ella misma su alta misión en un hogar, en cualquier trabajo profesional y en toda la sociedad.

Por todo esto, hemos de indignarnos si a la mujer se le desviste para retratarla o filmarla y con eso hacer negocios. Eso es marginarlas, discriminarlas, ser anti-feminista. Y eso ha empobrecido moralmente al mundo.  Se dice que hay que liberar a las mujeres. De acuerdo. Comencemos porque conquisten la plenitud de sus derechos y el reconocimiento de todo lo que son. Que sean mujeres, y sólo mujeres para que en todos los ámbitos de la vida profesional, social, política, artística, aporten lo que sólo ellas pueden dar.

Es muy probable que el ejemplo de Carolina Kózka choque frontalmente con la mentalidad actual. Es inevitable pero necesario para descubrir o para redescubrir la justa jerarquía de valores. Resulta necesario para todos nosotros, ancianos y jóvenes. Esta joven hija de la Iglesia de Tárnow (…), habla con su vida y con su muerte sobre todo a los jóvenes. A los chicos y a las chicas. A los hombres y a las mujeres. [3].

Perfume de mujer

Si estamos de acuerdo que el cuerpo de la mujer no es una cosa, sino que es “el cuerpo de una persona” , por lo mismo ha de vestirse de acuerdo a tal dignidad. El vestido es expresión de la persona, de lo que es y se sabe por dentro. Se puede decir que quien no se viste bien, tampoco sabe o no se valora a sí mismo.

Si las mujeres valoraran más su cuerpo, lo vestirían mejor, lo cuidarían, no lo exhibirían tontamente a otros, porque les pertenece en primer lugar a ellas. Por eso cuanto más rica es su personalidad, protegen más su intimidad y se hacen más atractivas.

En cambio, las que son frívolas, con poca interioridad, necesitan urgentemente descubrir su epidermis porque —aunque les cueste mucho reconocerlo— no tienen mucho más que ofrecer. Y al poco tiempo eso que enseñan ya no atrae casi a nadie; se va quedando vacías. Un cuerpo sin vestido se pudre. Un cuerpo sin pudor se muere. A esas mujeres les sucede lo que al frasco de perfume: se les escapa el aroma, que es lo mejor que tenían dentro, por dejarlo abierto. No se dieron cuenta a tiempo de que su belleza física era importante pero pasajera. Pensaban que eran más mujeres por enseñar más centímetros de piel. Desconocían esa otra belleza más duradera, sobre todo espiritual, y no supieron cultivarla a tiempo. Por eso, con más inteligencia, si ellas quisieran, podrían hermosearlo todo con su sola presencia, sus maneras, sus virtudes, su sonrisa, y, lógicamente, con su vestido, que no tiene por qué estar fuera de moda o feo. Al contrario. Las mujeres son más femeninas cuando destacan por su sencillo,  elegante y variado atuendo.

Carolina Kózka hizo sólo los estudios de Primaria y dejó sin terminar los de Secundaria. No sabía con profundidad ni nadie le enseñó en los libros todas estas cosas. Tampoco sabría explicarlas, pero las defendió como nadie. Y animó con su ejemplo a que las mujeres sean lo que son y aprendan a denunciar, a gritos si es preciso, que están hartas de los abusos que se cometen contra sus cuerpos.

Carolina nos dice que a la mujer hay que promoverla para que despliegue toda su potencialidad.  Únicamente así la sociedad cambiará radicalmente y será más humana, el mundo será hogar, porque la mujer es pieza clave y fundamental en la vida de todos los seres humanos.  Por esto y muchas cosas más, por algo que es muy grande y trascendente, Dios no sólo creó varones, sino también mujeres. Si no fuera así, todos los habitantes del planeta tendríamos el mismo sexo.


[1] Juan Pablo II, Homilía en la Beatificación de Carolina Kózka, 10 de junio de 1987.

[2] Juan Pablo II, Homilía en su viaje a Francia, 4 de junio de 1980.

[3] idem..

Comentarios
6 Comentarios en “Carolina Kózka: El cuerpo de una mujer no es una cosa”
  1. Marleny Peralta Dijo:

    Es una realidad, lamentablemente la mujer ha perdido el enfoque de su valor e importancia dentro de la sociedad.

  2. Marleny Peralta Dijo:

    Es una realidad, lamentablemente la mujer ha perdido el enfoque de su valor e importancia dentro de la sociedad.

  3. Marleny Peralta Dijo:

    Es una realidad, lamentablemente la mujer ha perdido el enfoque de su valor e importancia dentro de la sociedad.

  4. irma b morales Dijo:

    Realmente hermoso la forma de referirse a la mujer de Juan Pablo II y que gran ejemplo de vida de Carolina Kozca para nosotras.

  5. Carmen María Dijo:

    Que pena que se ha perdido ese sentido de pudor, de pertenencia a Dios, y el cuerpo es tratado tanto en hombres como mujeres como objeto desechable, olvidándose de que somos templo del Espíritu Santo. Señor, perdónanos, porque no tenemos en cuenta que Tu eres nuestro dueño, que eres nuestro hacedor, te pertenecemos como toda la Naturaleza. Y todo lo estamos destruyendo. Ten piedad de la Humanidad.

  6. Javier LLanos Dijo:

    la dignidad de la mujer y del hombre viene desde el mismo momento de la creación, cuando fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. todos estos dones recibidos se perdieron por el pecado.
    Este testimonio de Carolina, sirve para reafirmar la dignidad de la mujer, que a semejanza de santa Maria Goretti, prefirieron la muerte antes que pecar, antes que mancillar su pureza, su virginidad.
    El mundo necesita urgentemente este tipo de mujeres que luchen por su dignidad, afrontando todos los riezgos que esta buena actitud conlleva, denunciando el acoso sexual y cualquier otro acto que denigre su calidad de persona y de ser hija de Dios.




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