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La Celebración


20 marzo 2009
Sección: El Calendario litúrgico

I. El contenido de la celebración. Hoy celebramos una Eucaristía marcada por dos peculiaridades: por una parte, la aclamación a Jesucristo, que empieza su misterio pascual y al que nosotros reconocemos ya como Señor; por otra, la contemplación del camino de este Señor que aclamamos, un camino que es de dolor y de abandono, el camino de la cruz. De hecho, pues, podríamos decir que hoy contemplamos la pasión del Señor con la fe de los que creemos en su resurrección.

II. Las asambleas masivas de hoy. En las misas del mediodía de hoy, los asistentes que se reúnen acostumbran a ser en buena parte gente que no asistirán a ningún acto de la Semana Santa.

Este hecho puede ser una invitación a convertir la bendición, la procesión y la misma misa en un acto de anuncio y proclamación de lo que creemos los cristianos: seguimos a Jesucristo, porque creemos que de su muerte, su entrega, nace la Vida. Estas celebraciones más masivas es preciso que tengan, más bien, un tono popular, con cantos vibrantes y conocidos, sin pretensión de muchos silencios, asegurando mucho la megafonía y la buena lectura (lo mismo en la bendición que en la lectura de la pasión)…

III. Las asambleas de asistentes habituales. Algunas misas de este día (las vespertinas del sábado y domingo, las del domingo a primera hora de la mañana) tendrán, a diferencia de las otras, una asamblea más habitual, de gente que ha ido siguiendo el camino de la Cuaresma y que ahora vivirá los próximos días santos con intensidad. Convendría evitar que, ocupados por el atolondramiento de las misas masivas, estas misas de gente más habitual quedasen poco preparadas. Cuando podría ser precisamente al revés: vivir, en estas misas, todos los ritos del día (incluyendo la entrada solemne con los ramos), con una profundidad que en las misas masivas no será tan posible.

IV. Dejar hablar a la Palabra. Hoy, todos los elementos de la celebración, si se hacen bien y adaptados al tipo de asamblea, resultan más expresivos que muchas reflexiones muy elaboradas.

Para ello hay que procurar una buena realización de la celebración . En la bendición, en la procesión, en la Liturgia de la Palabra. Concretamente, en la Palabra, es preciso atender especialmente dos elementos: el salmo responsorial (Hay que aprender la música del "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" que resonará en el evangelio, y no sustituirlo por otra antífona; e intentar cantar las estrofas del salmo), y la lectura de la Pasión (con tres lectores con el texto fotocopiado para cada uno, con una aclamación a Jesucristo antes de comenzar, con interrupciones con breves antífonas, haciendo sentarse a la asamblea antes, por ejemplo, de "El primer día de los ázimos" y haciendo que se levante desde "Y llevaron a Jesús al Gólgota" hasta el final, y acabando la lectura con el canto de la antífona "Victoria"; si no se sabe otra, puede cantarse también el "Victoria" antes de comenzar la lectura).

LA HOMILÍA

Precisamente porque hoy hablan muy claro los signos y la Palabra, la homilía tendrá que ser sobre todo "interpretativa", y no irse por las ramas en temas que salen de lo que es central. Y tendrá que ser también, desde luego, breve.

I. Mirar los gestos y las palabras. Una homilía posible hoy sería repasar (¡brevemente!) los gestos y las palabras que hemos vivido y escuchado y los que viviremos en la segunda parte de la misa.

Hemos aclamado al Señor uniéndonos a una gente débil como nosotros que no será capaz de mantener la adhesión a él a la hora de la verdad; hemos visto a Jesús entrando como Señor victorioso pero de la manera más poco "guerrera" imaginable, montado en un pollino; hemos escuchado un anuncio profético que nos habla de un Siervo con unas actitudes dignas de ser reflexionadas (se pueden repasar brevemente); hemos oído cómo Pablo nos explicaba aquello que es central en nuestra fe, la fidelidad de Jesús hasta anonadarse, hasta morir en la cruz, y cómo esta fidelidad hace que él sea para nosotros el único camino, y viva ahora victorioso para siempre; hemos escuchado, finalmente, con emoción, el relato tan detallado de los últimos momentos de Jesús, la culminación de su amor, hasta aceptar el sentirse abandonado del mismo Dios, y nos hemos quedado contemplando, con las mujeres, el sepulcro, llenos de una confusa y difícil esperanza. Y ahora celebraremos la eucaristía. Se nos hará presente Jesús.

Será la afirmación de la fe en la espera de celebrar, con toda la alegría, la Eucaristía de Pascua.

JOSÉ LLIGADAS

MISA DOMINICAL 1988, 7

www.mercaba.org

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