3 comentarios en “Que se deben evitar los juicios temerarios”
Luis Armando
Aprendamos a escuchar y más aún, a entender y comprender lo que nos dice nuestro interlocutor: no necesariamente tiene que ser compatible con nuestra manera de ser o de pensar. Efectivamente, es nuestro amor propio a donde queremos llevar a nuestro prójimo egoístamente; abrámos nuestra mente y nuestro corazón al amor de Dios, y será Él quien nos guíe a la comprensión de lo que nos quiere transmitir nuestro interlocutor… Amén…
Hay que estar abiertos a la opinión de los demás y dispuestos a aceptar sus razones después de un análisis objetivo de la misma; no somos dueños de la verdad y, por ende, aceptemos que podamos estar equivocados o solo tener parte de ella. Pidámosle a Dios que nos ilumine para andar siempre en el camino de la verdad iluminado por Su Luz… amén…
Antes de juzgar o de actuar, preguntémonos que haría o pensaría Cristo en nuestro lugar y dejémoslo actuar abandonándonos en Sus manos. Tengamos conciencia permanentemente de que Cristo está en mí y yo en El; de lograrlo, nuestros actos serán reflejo de su presencia en nosotros, pudiendo decir como Pablo: «… no vivo yo, es Cristo quien vive en mí…»
Aprendamos a escuchar y más aún, a entender y comprender lo que nos dice nuestro interlocutor: no necesariamente tiene que ser compatible con nuestra manera de ser o de pensar. Efectivamente, es nuestro amor propio a donde queremos llevar a nuestro prójimo egoístamente; abrámos nuestra mente y nuestro corazón al amor de Dios, y será Él quien nos guíe a la comprensión de lo que nos quiere transmitir nuestro interlocutor… Amén…
Hay que estar abiertos a la opinión de los demás y dispuestos a aceptar sus razones después de un análisis objetivo de la misma; no somos dueños de la verdad y, por ende, aceptemos que podamos estar equivocados o solo tener parte de ella.
Pidámosle a Dios que nos ilumine para andar siempre en el camino de la verdad iluminado por Su Luz… amén…
Antes de juzgar o de actuar, preguntémonos que haría o pensaría Cristo en nuestro lugar y dejémoslo actuar abandonándonos en Sus manos.
Tengamos conciencia permanentemente de que Cristo está en mí y yo en El; de lograrlo, nuestros actos serán reflejo de su presencia en nosotros, pudiendo decir como Pablo: «… no vivo yo, es Cristo quien vive en mí…»