“Porque en Él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y ustedes alcanzan la plenitud en Él, que es la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad”.
(Colosenses 2, 9-10)
A menudo se afirma, frente a asuntos importantes en los que la Iglesia ha permanecido como gendarme en el mundo y ha conservado intactas las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo, que la “Iglesia debe modernizarse”. Sin embargo, considero que, en todo aquello que se refiere a la preservación de la vida, la familia y la necesidad de vivir conforme a las enseñanzas de Dios en todos los ámbitos de la existencia, reveladas por Jesús, la Iglesia no debe ajustarse a lo que el mundo pretende imponer. Por el contrario, está llamada a mantenerse fiel a Jesucristo y a ser un faro que proteja a la humanidad de aquello que la daña en su integridad.
La Iglesia puede y debe modernizar los medios por los cuales llega a las personas: aprovechar las nuevas tecnologías, comprender las culturas de los pueblos y de cada individuo, y anunciar el Evangelio mediante diálogos que respeten la libertad humana.
No obstante, en lo que respecta a la doctrina, la Iglesia “no tiene que modernizarse”, sino, más bien, cuidarse con esmero de no permitir su mundanización ni contemporizar con costumbres que, aunque se vuelvan ampliamente aceptadas, contradicen las enseñanzas de Jesús.
La sociedad, en muchas ocasiones, pretende vivir según su propio acomodo y conveniencia, en lugar de someterse a lo que nuestro Señor estableció y dejó, a través de sus apóstoles, para que viviéramos conforme a su voluntad y para la salvación de nuestras almas.
La modernización de la Iglesia Católica, entendida por muchos como una adaptación al “espíritu del mundo”, exige un serio discernimiento, pues implicaría el riesgo de una desviación de la verdad única de Jesucristo. La Iglesia no busca una reforma estructural ni un cambio doctrinal, sino una conversión interior de los fieles. La esencia de su doctrina, los dogmas de fe y la moral cristiana no pueden cambiar ni adaptarse al mundomoderno, ya que están fundamentados en verdades inmutables reveladas por Dios y transmitidas por la Tradición apostólica.
La enseñanza católica se basa en la Revelación divina, no en votos, consensos ni modas pasajeras. Por ello, sus dogmas y enseñanzas morales fundamentales son inmutables. La Iglesia puede, ciertamente, ajustar su lenguaje y sus métodos pastorales para anunciar el Evangelio en el mundo contemporáneo, pero nunca alterar su fe.
La Iglesia está llamada a una constante renovación y conversión, tanto del clero como de los fieles, con el fin de acercarlos cada día más a Dios y vivir según sus enseñanzas. Su fin último es la salvación de las almas, proclamando el Evangelio de nuestro Señor a todo el mundo: haciendo discípulos, bautizando y enseñando a vivir conforme a sus mandamientos, para instaurar el Reino de Dios y reflejar su amor y su salvación.
“Amados, sometámonos a nuestro Señor Jesucristo, para que gocemos de victoria en todo el camino, porque sin Él no podemos estar completos”.
En la actualidad existe una polarización interna entre tradicionalistas y progresistas respecto a la velocidad y el alcance de los cambios. El argumento de atraer a nuevas generaciones resulta profundamente equivocado cuando implica alterar aquello que Cristo ya dejó establecido, pues Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
La Iglesia Católica debe permanecer firme en la defensa de sus dogmas y enseñanzas, porque son verdades eternas. Su única prioridad es la santificación de los fieles mediante el poder del Espíritu Santo, no la adaptación a los cambios culturales que impliquen faltas éticas o morales contrarias a lo enseñado por Jesús.
“Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!”
(Gálatas 1, 8)
Luce Bustillo Schott




