“Hombre y mujer los creó: el amor conforme al corazón de Dios”

Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó. Varón y hembra los creó.

Dios los bendijo, diciéndoles: «Sean fecundos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla. Tengan autoridad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se mueve sobre la tierra». (Génesis 1, 27-28)

Dios, nuestro Padre, creó al hombre a su imagen y semejanza. Pero, viendo que no era bueno que estuviera solo, creó a la mujer como su complemento, compañía y ayuda, para que fueran uno solo, unidos en una sola carne. De esa unión nace la familia, que está llamada a ser reflejo de la unidad de Dios en la Trinidad.

Hoy, en un mundo convulsionado, donde el concepto de amor, derecho y moralidad ha sido distorsionado y reinventado, es urgente volver a las enseñanzas claras, verdaderas y sin relativismos de la Biblia, la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios nos enseña que ciertos comportamientos sexuales, como el adulterio, las prácticas homosexuales, la transexualidad, la pornografía, la violación, la pedofilia, y otras formas de desorden sexual, no son simplemente “opciones” o “diversidad”, sino actos que contradicen el plan de Dios para la dignidad humana, el amor y la vida. Estos actos, lejos de acercarnos a la plenitud, nos alejan del verdadero amor y de la gracia divina.

«¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el Reino de Dios».
(1 Corintios 6, 9-10)

Cualquier unión fuera de la establecida entre un hombre y una mujer es un pecado grave, que queda fuera del orden divino y distorsiona la verdadera esencia del amor, el cual ha sido definido únicamente por Jesucristo, quien es la verdad absoluta. Él mismo establece que el amor de unión íntima debe ser exclusivamente monógamo, permanente y entre un hombre y una mujer, el amor conyugal está llamado a ser fiel, exclusivo, duradero y abierto a la vida, vivido dentro del sacramento del matrimonio.

Amar es obedecer a Jesucristo y a sus mandamientos, los cuales se resumen en amar a Dios sobre todas las cosas y con todo nuestro ser poniéndolo en el centro de nuestras vidas. Este amor refleja el verdadero amor que Dios nos ha mostrado según Su voluntad, y nos conduce a vivir en verdad, justicia y obediencia.

Volver al diseño de Dios no es retroceder, no es ser anticuado, es cumplir su voluntad en medio de tanta confusión, el plan divino para el amor y la sexualidad sigue siendo fuente de luz y libertad. No estamos llamados a seguir las tendencias del mundo ni agradarlo, sino a vivir en fidelidad a Dios que nos ama y nos quiere plenos, santos y verdaderamente libres.

Pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine, nos fortalezca y nos conduzca a vivir el amor con pureza, fidelidad y obediencia, según el plan perfecto de Dios. Que nuestras vidas reflejen el amor verdadero: aquel que se entrega, se purifica y se construye sobre la verdad.

Luce Bustillo Schott

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