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Unidad de vida
Trayectoria espiritual de fray Lorenzo
Pablo Arce Gargollo
La experiencia espiritual de fray Lorenzo de la Resurrección se articula en torno a una intuición central que da unidad a toda su existencia: la vida cristiana no se divide en ámbitos separados, sino que debe vivirse como una totalidad orientada a Dios.
Esta orientación integral del corazón, sostenida por la fe y ejercida en las ocupaciones ordinarias, constituye el núcleo de su trayectoria espiritual y permite hablar, con propiedad, de una auténtica unidad de vida.
Esta unidad no surge como resultado de una elaboración teórica, sino como fruto de una experiencia de vida.
Siendo aún joven, fray Lorenzo recibió una luz decisiva al contemplar un árbol despojado de hojas en invierno, a partir de la cual concibió «una idea tan elevada de la divina Providencia y del cuidado particular que Dios tiene de todas las cosas, aun de las más pequeñas», idea que «le permaneció durante varios años» y que dio origen a «una fe tan viva y tan operante que desde entonces nunca lo abandonó» (Elogio).
Este primer conocimiento de Dios no fue solo intelectual, sino existencial: Dios no es una realidad distante, sino presente y activo en lo concreto. A partir de aquí, toda la vida de fray Lorenzo quedará estructurada por una referencia constante a Dios como origen, acompañante y fin de cada acción.
Esta experiencia inicial desemboca en una decisión radical que él mismo narra en la Carta 5. Allí afirma que, al entrar en religión, tomó «la resolución de entregarme por completo a Dios, en satisfacción de mis pecados, y de renunciar por su amor a todo lo que no fuera Él» (Carta 5). Esta resolución marca el inicio de su unidad de vida: ya no hay para él bienes paralelos, intereses autónomos ni fines divididos. Todo queda subordinado a una sola intención fundamental.
Teológicamente, esta decisión supone una purificación del fin último. Fray Lorenzo no busca ya la perfección como un ideal abstracto ni la salvación como una preocupación ansiosa, sino que se abandona a Dios mismo. Él mismo lo expresa con fuerza al afirmar que, después de esta entrega, creyó «no tener ya nada más que hacer durante el resto de mis días que vivir como si solo existieran Dios y yo en el mundo» (Carta 5). Esta afirmación revela una concentración radical del corazón, que no excluye al prójimo, sino que ordena toda relación desde Dios.
Sin embargo, esta orientación unificada no se tradujo inmediatamente en consuelo sensible. Durante cerca de diez años, fray Lorenzo atravesó un largo período de sequedad y combate interior. Confiesa que sufrió «mucho» y que «solo la fe estaba a mi favor» (Carta 5). Este dato es teológicamente relevante: la unidad de vida no se apoya en sentimientos, sino en una opción sostenida por la fe. Fray Lorenzo no modifica su camino cuando desaparecen las consolaciones; permanece fiel a su resolución inicial.
Este periodo de purificación interior es decisivo para comprender la pedagogía espiritual que propone. La presencia de Dios no se adquiere por técnicas, sino por perseverancia. Él mismo explica que, en medio de sus distracciones y caídas, no hacía otra cosa que «confesar humildemente mi falta y volver tranquilamente a mi ejercicio» (Costumbres). Aquí se revela un principio práctico fundamental: no dialogar con la propia miseria, sino volver sin demora a Dios.
El eje concreto de esta unidad de vida es la práctica de la presencia de Dios. En las Máximas, fray Lorenzo afirma con claridad doctrinal que «la práctica más santa, más común y más necesaria en la vida espiritual es la presencia de Dios» (Máxima 5). No se trata de una devoción particular, sino de la forma misma de la vida cristiana vivida en plenitud. Esta presencia consiste en una atención amorosa, simple y continua, que no depende del lugar ni de la ocupación.
Desde un punto de vista práctico, fray Lorenzo enseña que esta presencia se adquiere mediante actos frecuentes y sencillos. Recomienda «acostumbrarse poco a poco a
conversar familiarmente con Dios» (Máxima 6), y precisa que basta «elevar el corazón de vez en cuando hacia Él» (Carta 4).
La pedagogía espiritual es clara: no exigir de entrada una atención continua, sino formar el hábito mediante retornos frecuentes y humildes.
Esta práctica se inserta plenamente en la vida ordinaria. Fray Lorenzo rechaza toda oposición entre oración y acción. Afirma de modo explícito que «el tiempo de la acción no es diferente del de la oración» (Costumbres), y testimonia que posee a Dios «con la misma tranquilidad en el ajetreo de mi cocina» que en los momentos de recogimiento (Costumbres). Teológicamente, esto supone reconocer que Dios es igualmente accesible en lo profano y en lo sagrado, porque su presencia no depende del objeto de la acción, sino de la intención del corazón.
La unidad de vida se manifiesta aquí como integración: las ocupaciones ordinarias no distraen de Dios, sino que se convierten en materia de unión con Él. Fray Lorenzo explica que sus actos interiores estaban «tan unidos a sus ocupaciones, y estas le proporcionaban la materia, que lejos de distraerle de su trabajo, le ayudaban a hacerlo bien» (Costumbres). Para una persona ordinaria, esta enseñanza es decisiva: no es necesario cambiar de estado ni de actividades para vivir en presencia de Dios, sino cambiar el modo de realizarlas.
Las Cartas aportan un testimonio particularmente personal de esta experiencia. En la Carta 3, fray Lorenzo afirma: «me mantengo retirado con Él en el fondo y centro de mi alma tanto como puedo; y cuando estoy así con Él, nada temo» (Carta 3). Esta expresión revela una antropología espiritual precisa: el centro del alma es el lugar de la presencia de Dios, y la vida exterior debe brotar de esa interioridad habitada.
La progresiva fidelidad a esta práctica conduce a una transformación estable. Las Costumbres describen cómo, con el tiempo, «sus diferentes y múltiples actos se transformaron en una vida sencilla, en un amor iluminado, en un disfrute sin interrupción» (Costumbres). Esta transformación no suprime la multiplicidad de acciones, pero las unifica desde dentro. La unidad de vida no consiste en hacer menos cosas, sino en hacerlas todas por el mismo amor.
Desde el punto de vista práctico, fray Lorenzo ofrece indicaciones muy concretas para mantener esta presencia durante todo el día. Antes de actuar, invocaba la ayuda de Dios; después, le daba gracias; y cuando advertía una falta, «le pedía perdón, confesándola sin discutir con Dios» (Costumbres). Esta secuencia —invocación, acción, acción de gracias, humildad— constituye una verdadera regla de vida accesible a cualquier cristiano.
Finalmente, fray Lorenzo insiste en que este camino no es exclusivo de religiosos ni de almas retiradas. Afirma que «todo el mundo está obligado a adorar a Dios y amarlo» y que esta relación continua con Él «no solo no es difícil, sino que es fácil y necesaria para todos» (Costumbres). La unidad de vida que él vivió en el claustro puede y debe ser imitada en el mundo, en medio de las responsabilidades familiares, profesionales y sociales.
En conclusión, la trayectoria espiritual de fray Lorenzo de la Resurrección muestra que la presencia de Dios se adquiere y se conserva mediante una unidad de vida fundada en la fe, sostenida por el amor y ejercida en lo ordinario.
Su experiencia ofrece una verdadera pedagogía espiritual: comenzar con actos sencillos, perseverar en medio de la sequedad, integrar la acción y la oración, y mantener el corazón orientado a Dios en todo momento. Esta enseñanza, lejos de ser excepcional, se presenta como una vía segura y practicable para todo cristiano que desee vivir en la presencia de Dios.
Pablo Arce Gargollo
9 de enero de 2026
Perfil biográfico
FRAY LORENZO DE LA RESURRECCIÓN
(Nicolas Herman, 1614–1691)
Por: Pablo Arce Gargollo

Nicolas Herman, más tarde conocido como Fray Lorenzo de la Resurrección, nació en 1614 en Lorena (Francia), en el seno de una familia humilde, y recibió una educación sencilla. No fue un hombre de letras ni un teólogo de escuela; su formación intelectual fue limitada, dato decisivo para comprender tanto el tono como el contenido de su enseñanza espiritual.
Durante su juventud participó como soldado en el ejército francés, en el contexto de la Guerra de los Treinta Años. Esta experiencia lo marcó profundamente. Él mismo aludirá más tarde a los horrores de la guerra y a los peligros constantes de la vida militar como ocasiones en las que aprendió a elevar breves actos interiores hacia Dios, incluso en medio del combate. No consta que haya desempeñado ningún papel relevante en el ejército: fue un soldado raso, expuesto a la precariedad y al sufrimiento propios de su condición.
Tras abandonar la vida militar y pasar un tiempo como criado, ingresó en 1640 en el convento de los Carmelitas Descalzos de París, situado en la calle de Vaugirard. Permanecerá en este convento más de cincuenta años, hasta su muerte, ocurrida el 12 de febrero de 1691, a la edad de setenta y seis años. Nunca ocupó cargos de gobierno ni desempeñó funciones destacadas dentro de la comunidad.
En el convento realizó durante muchos años oficios humildes, primero como como cocinero y más tarde zapatero. Él mismo insistía en que no había diferencia entre el tiempo dedicado a la oración y el tiempo dedicado al trabajo manual, pues en ambos procuraba mantenerse en la misma atención amorosa a Dios. Esta convicción constituye el eje central de toda su enseñanza espiritual.
Fray Lorenzo no escribió tratados ni buscó dejar una obra sistemática. Es probable que redactara breves textos, posteriormente conocidos como «Máximas», que enviaba a algunas personas. Sabemos de su existencia porque él mismo los menciona en sus Cartas.
Joseph de Beaufort, sacerdote que conoció y trató a Fray Lorenzo durante varios años, recibió de él esas «Máximas» y recopiló, además, recuerdos de cuatro conversaciones mantenidas en 1666, así como dieciséis cartas escritas por el propio fraile. Tras la muerte de Fray Lorenzo, Joseph de Beaufort publicó estos textos en París, en 1692, bajo el título La práctica de la presencia de Dios, con el sugerente subtítulo: La mejor regla para una vida santa.
La espiritualidad de Fray Lorenzo se caracteriza por una simplicidad radical. Su enseñanza central puede resumirse en una idea: vivir continuamente en la presencia de Dios mediante una atención interior sencilla, amorosa y perseverante. Esta presencia no se apoya en razonamientos complejos, métodos elaborados ni prácticas extraordinarias, sino en una disposición habitual del corazón que vuelve a Dios una y otra vez, tanto en la oración como en las ocupaciones ordinarias.
Durante los primeros años de su vida religiosa, Fray Lorenzo atravesó un largo período de sequedad, temor y lucha interior, marcado por la memoria de sus pecados y por una intensa conciencia de su indignidad. Él mismo habla de años de sufrimiento espiritual antes de alcanzar una paz estable. Esta paz no la atribuye a ningún mérito propio, sino a la misericordia de Dios, recibida mediante el ejercicio perseverante de la fe.
Con el paso del tiempo alcanzó un estado de profunda paz interior, acompañado de una viva conciencia de la presencia
de Dios. Esta experiencia no lo condujo al aislamiento ni a la búsqueda de singularidades, sino a una mayor humildad, obediencia y sencillez. Continuó desempeñando los mismos oficios modestos y sometiéndose plenamente a la vida común del convento.
A pesar de su discreción, su fama de hombre espiritual se extendió. Sacerdotes, religiosos y laicos acudían a él en busca de consejo. Fray Lorenzo, lejos de presentarse como maestro, insistía en su propia miseria y se mostraba siempre dispuesto a someter su experiencia al juicio de otros, especialmente de sacerdotes. Esta actitud de humildad es una constante en sus cartas.
En sus últimos años sufrió enfermedades prolongadas, que aceptó con notable serenidad. Murió en París el 12 de febrero de 1691, tras una larga vida religiosa vivida en lo oculto. No dejó discípulos organizados ni fundó ninguna escuela espiritual, pero su influencia se extendió ampliamente después de su muerte.
La práctica de la presencia de Dios conoció una difusión extraordinaria, primero en Francia y luego en toda Europa y más allá. Ha sido leída y apreciada por católicos, protestantes y cristianos de diversas tradiciones, precisamente por la pureza evangélica y la sobriedad doctrinal de su mensaje. Sin apartarse nunca de la fe católica, su enseñanza se sitúa en un nivel profundamente humano y accesible.
Fray Lorenzo de la Resurrección representa una de las expresiones más claras de la mística de lo cotidiano, en la que la santidad no se identifica con lo extraordinario, sino con la fidelidad amorosa en lo ordinario. Su legado no consiste en una doctrina nueva, sino en una manera concreta de vivir el Evangelio: estar con Dios en todo momento y hacerlo todo por amor a Él.
En diciembre de 2025, la Librería Editora Vaticana publicó en italiano una nueva edición de La práctica de la presencia de Dios, con un valioso Prólogo del Papa León XIV. En él, el Pontífice presenta esta obra como un libro profundamente sencillo y, al mismo tiempo, transformador, pues —afirma— «este pequeño libro se centra en la experiencia, o mejor dicho, en la práctica de la presencia de Dios», tal como la vivió Fray Lorenzo de la Resurrección.
El Papa subraya que no se trata de una espiritualidad reservada a especialistas o a místicos excepcionales, sino de un camino accesible, hecho de gestos pequeños y constantes, que consiste en «recordar continuamente a Dios» en la vida diaria, «en cada acción y en cada pensamiento». Ofrece además un testimonio personal de gran cercanía al afirmar: «este es uno de los textos que más han marcado mi vida espiritual y me han formado en lo que puede ser el camino para conocer y amar al Señor».
Este camino —explica el Papa— es «sencillo y arduo al mismo tiempo: sencillo porque puede vivirse en lo cotidiano, y arduo porque «exige un camino de purificación, de ascetismo, de renuncia y de conversión de lo más íntimo de nosotros mismos». Vivido con humildad y confianza, conduce a una relación viva y personal con Dios, en la que «crece la alegría de estar con Él» y hasta las tareas ordinarias «se vuelven fáciles y ligeras».
Por ello, el Papa concluye que «toda la ética cristiana puede resumirse realmente en este recordar continuamente que Dios está presente: Él está aquí», una experiencia que supera el moralismo y permite, ya desde ahora, «saborear un anticipo del Paraíso».
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