1) Para saber
La Cuaresma nos invita a mirar la obra realizada por Jesucristo. El Papa León XIV reflexionó sobre los últimos momentos de la vida de Jesús en este mundo: su muerte en la cruz. Y se detuvo en un detalle muy valioso que los Evangelios recogen y merece ser contemplado con la inteligencia de la fe: en la cruz, Jesús no muere en silencio, sino que deja la vida con un grito: «Jesús, dando un fuerte grito, expiró» nos dice san Marcos (15,37). Ese grito encierra todo: dolor, abandono, fe, ofrenda total. No es solo la voz de un cuerpo que cede, sino la última señal de una vida que se entrega.
El grito de Jesús va precedido por una pregunta inquietante: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Se han dado varias interpretaciones a esta pregunta que aparece en el primer versículo del Salmo 22. Aunque el Hijo siempre ha vivido en íntima comunión con el Padre, quiso sentir las consecuencias del pecado: además de la muerte, quiso experimentar la ausencia de Dios. No era una crisis de fe, sino la última etapa de un amor que se entrega hasta el fondo, dice el Papa. El grito de Jesús no es desesperación, sino sinceridad, confianza que resiste incluso cuando todo calla.
2) Para pensar
Santa Gema Galgani se caracterizó por su piedad y su amor a Cristo y la Eucaristía. Relata en su autobiografía una de las revelaciones que tuvo de Jesús. Antes ya había tenido otra revelación de Jesús sangrante, de la surgió un gran deseo de amarlo hasta el sacrificio:
“Le decía yo a Jesús que lo quería amar muchísimo, pero que tengo el corazón pequeño y no lo sé hacer. Jesús se me mostró cubierto de llagas, y me dijo: “Hija mía, mírame y aprende cómo se ama: ¿no sabes que a mí me ha matado el amor? Mira estas llagas, esta sangre, esta cruz, todo es obra del amor. Mírame, hija mía, y aprende cómo se ama”. Yo le respondí: “Pero, Jesús mío, entonces, si yo sufro, ¿es señal de que te amo?” Jesús me contestó que la señal más clara que puede ofrecer a un alma predilecta suya, es el sufrimiento y hacerla caminar por la vía del Calvario. Le decía Jesús: “La cruz es la escalera del paraíso y el patrimonio de todos los elegidos, en esta vida. ¿Te desagradaría que yo te diese a beber mi cáliz hasta la última gota?” Yo le respondí: “Jesús, hágase tu Santísima Voluntad” (Cartas a mons. Volpi, n. 13).
3) Para vivir
En la Semana Santa la liturgia de la Iglesia nos lleva a contemplar a Cristo en la Cruz: Una vez que Cristo grita y muere, el cielo se oscureció y el velo del templo se rasgó (cf. Mc 15,33.38). Es como si la creación participara de ese dolor y al mismo tiempo revelara que Dios ya no habita detrás de un velo, su rostro es ahora plenamente visible en el Crucifijo. Es allí, en aquel hombre desgarrado, donde se manifiesta el amor más grande. Es allí donde podemos reconocer a un Dios que no permanece distante, sino que atraviesa hasta el fondo nuestro dolor.
Jesús no gritó contra el Padre, sino hacia Él, y lo hace porque cree en Él, porque lo ama y no ha perdido la esperanza. Así nos enseña, en nuestras noches oscuras, a ofrecerle nuestros gritos de dolor al Padre, que nos ayudan a confiar y a abrirle el corazón. Jesús nos enseña que un grito no es inútil si nace del amor, y nunca es ignorado si se entrega a Dios. (articulosdog@gmail.com)
27 de marzo de 2026
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Padre José Martínez Colín: Ingeniero en Sistemas por la UNAM, Licenciado en filosofía por la Universidad Panamericana y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra.
Capellán del Colegio Chapultepec en Culiacán.
Lleva más de 20 años dando clases sobre todo de Lógica y Gnoseología en el Seminario de Culiacán.

