“El amigo fiel es seguro refugio, el que le encuentra, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, no hay peso que mida su valor. El amigo fiel es remedio de vida, los que temen al Señor le encontrarán. El que teme al Señor endereza su amistad, pues como él es, será su compañero.” (Eclesiástico 6, 14-17)
Un amigo fiel es un bien invaluable e incalculable, comparable a un tesoro por su protección, valor y el apoyo que brinda en momentos difíciles y de oscuridad; ese que está vigilante, que si te ve que vas a caer en pecado o salirte del camino del bien, como un salvavidas te socorre y sostiene fuerte para rescatarte.
Hoy el mundo llama “amor” a la complicidad y “respeto” a dejar que el otro se pierda sin advertirle el peligro. Pero esos amigos que aprueban tu pecado, lo permiten y lo comparten, realmente no son tus amigos, porque quien te ama de verdad te corrige y te ayuda a crecer y a acercarte a Dios.
El que aprueba tu pecado sólo te entretiene mientras te destruyes, porque permitir o animar el pecado es perjudicial para el alma y es alejarte de tu salvación eterna. Por lo tanto, una persona que te ve caída en el pecado no sólo es cómplice y se daña a sí mismo, sino que en lo único que colabora es en acompañarte en tu autodestrucción, sin importarle realmente tu futuro.
El verdadero amigo no te aplaude cuando eliges el mal; te corrige con amor y busca tu bien, aunque le duela. Jesús no nos llamó a ser populares, sino a ser santos. Y a veces, ser santo significa alejarse de quien sólo te hunde más en tu error.
Rodéate de quienes te acerquen a Dios, de los que te animen y desafíen a ser mejor, a confesarte, comulgar y a llevar una vida que agrade a Dios y te haga verdaderamente feliz.
La amistad verdadera no es permisiva ni cómoda, es santa, y eso siempre vale más que cualquier aprobación del mundo. Las personas que te aman buscan tu bienestar, lo que incluye corregirte cuando te equivocas o actúas mal, aunque a veces sea difícil escucharlo.
“Si descubres algún defecto en el amigo, corrígele en secreto […] Las correcciones, en efecto, hacen bien y son de más provecho que una amistad muda. Si el amigo se siente ofendido, corrígelo igualmente; insiste sin temor, aunque el sabor amargo de la corrección le disguste.” San Ambrosio
La amistad también requiere misericordia y paciencia. Pidamos a Dios la sabiduría para saber llegar al corazón del otro y ser buenos testigos de su amor. Si la persona no reconoce su pecado, sigamos orando por ella y por su conversión, acompañándola con paciencia y esperanza. Recordemos que no somos nosotros quienes convertimos, sino Dios mismo; por eso le pedimos a Él por esa persona. Amar no es aprobar el pecado, sino permanecer como testigos fieles del amor de Dios que transforma y salva.
“La forma más eficaz de amar a alguien es orar por él; pedir que se convierta y que esté en gracia cuando Dios lo llame.” San Pío de Pieltrecina.
Luce Bustillo Schott


