“No se hagan tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corrompen, sino háganse tesoros en el cielo.” Mateo 6, 19-20
Llega un momento en la vida en que restar en lugar de sumar se convierte en una invitación a quitar cargas, a despojarnos de lo superfluo, de lo mundano y de todo aquello que nos distrae y nos aleja de nuestra relación con Dios.
Muchas veces llenamos nuestra vida de cosas materiales que, aunque creemos que nos harán felices, terminan dejándonos un vacío. Pensamos que necesitamos tener más, poseer más y acumular más, cuando en realidad lo esencial no está en tener todo el oro, las joyas o el dinero del mundo, sino en aprender a compartir de corazón lo mucho o poco que tenemos con quienes más lo necesitan.
Jesús nos advierte sobre el peligro de la avaricia:
“Miren y guárdense de toda avaricia, porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” Lucas 12, 15
Comprender esta verdad nos ayuda a reconocer que nada material nos llevaremos cuando llegue el momento de partir y ser llamados a la presencia de Dios Padre. Así como llegamos a este mundo sin nada, también partiremos sin nada material.
Pero sí llevaremos aquello que verdaderamente tiene valor ante Dios: el bien que hayamos hecho, el amor que hayamos entregado, el perdón que hayamos sabido otorgar, la misericordia que hayamos tenido con los demás y la fe con la que hayamos vivido nuestra misión. Eso sí vale oro ante los ojos de Dios.
Por eso, si estamos demasiado apegados a las cosas materiales, a nuestros propios deseos, al control o incluso a determinados afectos, debemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Qué estoy acumulando y qué debería comenzar a soltar?
Porque llegará el momento en que tendremos que presentarnos ante Él y entregarle la cosecha de la misión que nos encomendó. Entonces comprenderemos que todo aquello que un día consideramos tan importante dejará de brillar frente a la luz de Dios.
La Palabra de Dios nos exhorta:“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.” Hebreos 12, 1
Debemos mantener siempre la mirada puesta en lo alto, en nuestra verdadera meta: el cielo. No podemos permitir que las distracciones del mundo nos hagan perder de vista aquello para lo cual fuimos creados.
Restar también significa hacer espacio para lo esencial. Significa reconocer qué hábitos, preocupaciones, ambiciones, bienes materiales o incluso actitudes nos roban la paz, nos distraen y terminan separándonos de Dios.
Debemos aprender a restar el egoísmo, el orgullo, la soberbia, la vanidad, la ambición desmedida y todo aquello que no edifica nuestra vida espiritual. Y cuando descubramos el pecado en nuestro corazón, acudir humildemente al Sacramento de la Reconciliación, porque una buena confesión no solo nos libera del pecado: nos devuelve la gracia y purifica nuestro corazón para volver a Dios.
San Pablo nos recuerda: “Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo… y las cuento por basura, para ganar a Cristo.” Filipenses 3, 7-8
Qué importante es aprender a restar para ganar, restar lo que sobra para ganar libertad, restar el apego para ganar paz, restar el orgullo para ganar humildad, restar el egoísmo para ganar amor y restar lo mundano para ganar a Cristo.
Tal vez hoy Dios nos está invitando a hacer una limpieza profunda de nuestra vida y preguntarnos con sinceridad: ¿qué necesito soltar para poder acercarme más a Él?
No esperemos al último día para descubrir qué era verdaderamente importante.
Hoy es el momento de restar todo aquello que nos aleja de Dios y sumar todo aquello que nos acerca al cielo.
Oración
Señor, que nunca descuide lo verdaderamente importante y que no permita que las cosas triviales ocupen el lugar que solo Tú debes ocupar en mi vida.
Ayúdame a soltar el apego a las cosas materiales, al deseo de controlar, a mis propios planes y a todo aquello que me impide confiar plenamente en Ti.
Dame la gracia del desprendimiento y la libertad interior para comprender que nada de lo que poseo en este mundo me pertenece para siempre y que todo lo que tengo es un regalo que debo aprender a compartir.
Señor, ayúdame a despojarme de todo aquello que me impide seguirte: de los bienes que acumulo sin necesidad, de las ambiciones que me alejan de lo esencial, de los afectos que me atan en lugar de acercarme a Ti y de todo pecado que pueda apartarme de Tu gracia.
Purifica mi corazón, Señor, y enséñame a vivir con los ojos puestos en el cielo.
Que pueda restar de mi vida todo aquello que no te agrada y sumar cada día más amor, misericordia, generosidad, humildad, perdón y fe.
Dame la gracia de poner siempre lo importante primero y de buscar, por encima de todo, aquello que sea de Tu mayor agrado.
Amén.
Luce Schott




