“Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar”. (Éxodo 20,12)
Después de Dios, la mayor caridad es honrar a nuestros padres, reconociendo el amor y el sacrificio que hacen por sus hijos, siendo ellos instrumentos de Dios para dar vida.
Honrar a nuestros padres es una base fundamental del Evangelio, que nos enseña cómo debe ser nuestra relación con Dios Padre, y que también debemos reflejar a nuestros hijos, para que ellos, a su vez, desarrollen esa relación divina con el Padre celestial.
Además de ser central en el Evangelio, honrar padre y madre está presente en las tablas de la Ley dadas por Dios a Moisés. Es el cuarto mandamiento, y resalta el espíritu de las relaciones familiares, que deben ser expresiones sublimes de amor e interés mutuo. Comprendemos la importancia de estas relaciones al reconocer que muchas de nuestras mayores alegrías y dolores en esta vida provienen de nuestra familia.
Este mandamiento también implica la responsabilidad de los padres: acoger a los hijos, criarlos, educarlos en la fe y darles bases firmes para que sean buenos esposos y padres, preparando así futuras generaciones con sentido de trascendencia y eternidad.
Por su parte, los hijos deben honrar a sus padres: amarlos, respetarlos, confiar en ellos, ser considerados y expresarles aprecio. Todo esto se demuestra al seguir sus buenos consejos y vivir conforme a los mandamientos de Dios.
El apóstol Pablo reafirma esta enseñanza cuando dice:
“Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor” (Colosenses 3,20).
El respeto se manifiesta tanto en lo que decimos como en la manera en que lo decimos. Es cierto que, en ocasiones, algunos padres no se comportan como deberían, y a sus hijos puede costarles respetarlos. Sin embargo, aun en esas circunstancias, es posible honrarlos evitando hablarles o tratarlos con desprecio.
“Al ojo que se burla de su padre y desprecia la vejez de su madre, lo sacarán los cuervos del valle y lo devorarán los aguiluchos”. (Proverbios 30,17)
Hablar a los padres con falta de respeto o abandonarlos con indiferencia es una grave ofensa y un pecado contra el cuarto mandamiento:
“Porque Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y el que maldiga a su padre o a su madre, será condenado a muerte”. (Mateo 15,4)
Al envejecer, los padres pueden necesitar más ayuda de sus hijos, especialmente ante las limitaciones propias de la edad. En ese momento, estamos llamados a tratarlos con amor, paciencia y dignidad. Honrarlos en la vejez implica procurar su bienestar, acompañarlos y evitar que se sientan solos o abandonados. Esto agrada profundamente a Dios.
Lo más importante es que honrar a nuestros padres manifiesta el amor de Cristo. Fortalece los lazos familiares, puede sanar relaciones heridas y nos ayuda a crecer como cristianos. Es también una oportunidad concreta para reflejar el amor de Dios en nuestra vida.
Si tus padres han sido hirientes, aún estás llamado a honrarlos: perdonando, orando por ellos y amándolos de manera sana, como Cristo nos ama. Y al llegar a la adultez, esfuérzate por ser la persona —o el padre o madre— que quizás no tuviste. Rompe los ciclos de dolor y permite que Dios llene con su amor y restauración aquello que estuvo herido.
“Sed bondadosos y misericordiosos unos con otros, perdonándoos como Dios os perdonó en Cristo”. (Efesios 4,32)
Oración
Señor, te pido que cuides a mis padres, especialmente en su ancianidad. Dales salud, fuerza y paz en sus corazones. Que nunca les falte tu amor ni tu compañía.
Que sus días estén llenos de serenidad y bendición, y que yo pueda ser para ellos consuelo, compañía y apoyo constante.
Dame la gracia de perdonar sus errores, reconociendo el amor, el sacrificio y la entrega que me dieron a lo largo de mi vida. Permíteme atenderlos con paciencia y amor hasta el último suspiro.
Por Luce Bustillo – Schott




