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El Espíritu Santo asiste a la Iglesia


17 julio 2008
Sección: El Calendario litúrgico

Como lo había prometido Jesús antes de marcharse de nuevo al cielo, desde allá nos envía, junto con su Padre, al Paráclito

Como lo había prometido Jesús antes de marcharse de nuevo al Cielo, desde allá nos envía, junto con su Padre, al Paráclito. Es san Lucas quien nos relata su venida: "Llegado el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa. Y aparecieron unas como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2, 1-5).

El Espíritu Santo:

a) Iluminó el entendimiento de los Apóstoles en las verdades de la fe, y los transformó de ignorantes, en sabios.

b) Fortificó su voluntad, y de cobardes los transformó en valerosos defensores de la doctrina de Cristo, que todos sellaron con su sangre.

El Espíritu Santo no descendió sólo para los Apóstoles, sino para toda la Iglesia, a la cual enseña, defiende, gobierna y santifica.

Enseña, ilustrándola e impidiéndole que se equivoque- Por eso Cristo lo llamó "Espíritu de verdad" (Juan 16, 13).

La defiende, librándola de las asechanzas de sus enemigos.

La gobierna, inspirándole lo que debe obrar y decir.

La santifica con su gracia y sus virtudes.

Es muy significativo que los Apóstoles, en el primer Concilio, en Jerusalén, invocaron la autoridad del Espíritu Santo como fundamento de sus decisiones: "Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros. (Hechos 15, 28).

Ejemplos prácticos de esta asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia hay muchos:

Ningún Pontífice Romano ha errado en sus decisiones dogmáticas;

Siempre se han desencadenado contra ella graves males, pero entonces suscita eminentes varones que los contrarresten;

Los perseguidores de la Iglesia nunca han podido hacer daños irreparables, y han tenido un fin desastroso

Nunca han faltado cristianos de eminente santidad.

Su acción en la Iglesia es permanente: "Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros eternamente" (Juan 14, 16). Tal fue la promesa de Cristo.

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