«Yo tampoco te condeno. Vete; desde ahora no peques más«. (Jn 8,11)
El perdón de Jesús es siempre un llamado a la conversión. Después de recibir su misericordia, se nos invita a un cambio radical de vida: abandonar las malas acciones para vivir conforme a los mandamientos y a las enseñanzas del Señor.
Con su perdón, Cristo nos anima a llevar una vida recta y piadosa, dejando atrás el pecado. Esta frase nos recuerda que, aunque caigamos una y otra vez, nuestro corazón debe estar siempre dispuesto a volver a Dios en un proceso constante de conversión.
San Pablo exhorta:
“Despójense del hombre viejo, que se corrompe siguiendo sus malos deseos, y renuévense en el espíritu de su mente. Revístanse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la verdadera justicia y santidad.” (Ef 4,22-24)
Dios, que nos conoce, sabe de nuestras debilidades y caídas. Pero Él cuenta nuestras levantadas, no nuestras caídas. Por eso nos dejó el sacramento de la confesión: para que, al pecar, podamos lavarnos, ser restaurados en su gracia y vivir reconciliados con Él. Así, si la muerte nos sorprende, podremos alcanzar la purificación y la vida eterna.
¿Qué significa estar en gracia de Dios?
Es vivir en una relación de amor y amistad con Dios, sabiendo que por la fe en Jesucristo somos perdonados de nuestros pecados y llamados a responder con obediencia, oración, participación en los sacramentos y vida conforme al Evangelio.
El pecado mortal rompe esa amistad: es un acto grave contra la ley de Dios que, cometido con pleno conocimiento y consentimiento, separa al alma de la gracia divina. Quien muere en pecado mortal, permanece para siempre separado de Dios en el infierno, sin posibilidad de redención.
“No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.” (Mt 10,28)
Sin embargo, nunca debemos perder la esperanza. Dios siempre ofrece su amor y misericordia. Por eso es vital arrepentirnos con humildad y acudir a la confesión, para volver al estado de gracia.
Oración
Señor, reconociendo tu infinita bondad y misericordia, me acerco a Ti con humildad y arrepentimiento. Consciente de mi debilidad, te pido que me concedas tu gracia a través del sacramento de la confesión, para vivir siempre conforme a tu santa voluntad. Y si la muerte me sorprendiera, concédeme gozar de la vida eterna junto a Ti en el cielo. Amén.
Por Luce Bustillo Schott



