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Cuando siento miedo me ayuda recordar que nada me pertenece, todo es un don inmerecido que suplico de rodillas y pido sobre todo confiar en Dios

Tengo miedos ocultos. Miedos que brotan en el corazón al pensar en el futuro. Quizás porque el que ama siempre tiene miedo. El que sueña, el que se entrega.

Miedo a perder lo que amo y a quien amo. Es lo más humano, lo más verdadero. No tener miedo es propio de una máquina, de alguien sin sentimientos.

Tener miedo a lo que pueda suceder es lo que me hace más creatura. Incapaz de controlar la vida, el futuro, lo que va a suceder.

Trato de torcerle la mano al futuro con mi oración, pidiéndole a Dios que no permita que suceda lo que más temo. Pero al final, sucede y sólo me queda un camino: confiar.

Necesito confiar

La súplica más ardiente en mi vida es pensar que Dios puede lograr en mí una confianza sagrada.

Quizás ahí es donde nacen los santos. En ese momento en el que se abandonan dejando que el timón de la barca lo tome Dios en sus manos.

Cuando rezo el padrenuestro en la intimidad del alma lo suplico. Pido confiar en esa voluntad que puede no ser la mía. Que crea en ese amor que no me va a dejar nunca aunque parezca que nada es como yo deseo.

Mis miedos son reales y pueden concretarse. O puede ser el miedo por cosas que no llegan nunca a suceder.

Dios tiene el control

Me gustaría cambiar el pasado para que no siga doliendo. Y sé que sólo desde el perdón como don, como gracia, así podré seguir construyendo.

Me gustaría alterar mi presente y sé que sólo mi sí incondicional y valiente puede hacerlo.

Me gustaría determinar lo que va a suceder para no vivir siempre en la incertidumbre.

Tengo miedo a confiar demasiado. Miedo a soltar el control y dejar que sea Dios quien me saque de mi atolladero.

¿Cómo vivir en paz con tantos miedos?

Es duro el miedo que se mete bajo la piel y me paraliza. ¿Qué es lo peor que me puede suceder, cuál es el peor escenario imaginable?

Mi imaginación inventa desastres posibles y tiene miedo. Como esos niños que lejos de la mano de su padre vagan sin rumbo.

Miedo a una guerra que crea incertidumbres. A una muerte posible y terrible. Miedo a una pandemia que no acaba de pasar y sigue alterando mis planes. A que mis sueños no se hagan realidad.

Miedo a no ser aceptado por las personas a las que amo. Miedo al rechazo y a la soledad. Al fracaso y al olvido del mundo.

¿Cómo lo hago para vivir en paz en medio de mis miedos?

Falsas seguridades cayendo

Se acerca la Semana Santa y siento el miedo en los discípulos, en María, en aquellos que querían a Jesús y temían por su vida, por su propia vida también.

Y yo sigo con miedo, a sufrir, a perder, a ser juzgado, condenado, criticado. Miedo a no ser valorado. Decía el papa Francisco:

«La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, proyectos, rutinas y prioridades. Cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad y pone al descubierto todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad. Nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa. Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo».

En medio de las tempestades del tiempo presente experimento que soy vulnerable y débil. No soy mi salvador, no salvo a nadie.

Volverse al Padre

Estoy en las manos de ese Dios que me quiere y yo me olvido de tanto amor y cuidado.

Vuelvo la mirada hacia Dios. No quiero vivir sin miedo, porque así valoro más lo que tengo y soy más agradecido.

Pero le pido a Dios que me enseñe a confiar más, a dejarme llevar en sus manos de Padre.

Quiero comprender que no puedo añadir un día más de vida a mi historia, ni a la de aquellos con los que camino.

No puedo cambiar el destino forzando la mano. No puedo pretender vivir seguro el presente.

Sólo me queda la confianza en el miedo y eso es un don que pido.

Todo es un regalo de amor

La paz en el alma es un don que busco. Esta guerra y esta pandemia alteran mi ánimo. Y parece que todo se tambalea y cae.

Como una torre aparentemente firme que se derrumba. Ya nada me pertenece, todo es un don inmerecido que suplico de rodillas.

Vivir un día más, amar unas horas más, descansar en el amor de Dios cada día de mi vida. Es sencillo y a la vez me parece imposible…

No me ato al presente que disfruto. Vivo al día sin querer forzar el mañana. Sólo sé que la vida se juega en las decisiones que hoy tomo.

Y decido así vivir confiado y sonriéndole a la vida. Amando hoy porque mañana no sé si podré hacerlo. Dando la vida hoy porque el futuro no me pertenece.

Doy gracias a Dios por lo vivido y no me amargo cuando las cosas no salen como tenía previsto.

Sencillamente confío y creo que Dios no se baja nunca de mi barca en medio de las peores tormentas. Sujeta mi mano y me pide que crea, que confíe, que sepa que nada me va a pasar.

Esa paz es la que suplico. Nada podrá alterar mi ánimo. Porque Jesús camina conmigo.

Por Carlos Padilla Esteban 
es.aleteia.org

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