«Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante Él y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”» (Mc 10,17; Mt 19,16).
Jesús nos dice, como le dijo al joven rico, que para ganarse el cielo debemos guardar, cumplir y vivir los mandamientos de la ley de Dios: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre, etc. Solo así podremos heredar la vida eterna.
No basta con ser buenos para llegar al cielo; necesitamos creer en Jesucristo y vivir de acuerdo con sus enseñanzas: amar a Dios sobre todas las personas y cosas, amar al prójimo, ser obedientes a Sus palabras y llevar una vida de fe y de obras.
Jesús es el camino, la verdad y la vida, y solo a través de Él podremos llegar al Padre que está en los cielos. A esto deben unirse nuestras obras, como evidencia de la fe: amar al prójimo en actos de compasión y servicio, que son esenciales en la vida cristiana.
La fe en Cristo, la confesión y el arrepentimiento son partes importantes del camino de salvación, que se recibe como un don de Dios a través de su gracia, y no por méritos propios ni por ser simplemente buenos. Esto implica vivir con integridad, ayudar a edificar el Reino de Dios y estar siempre dispuestos a servir.
Dios nos invita a vivir y buscar la santidad. Solo reconociendo nuestra miseria y nuestros pecados, acercándonos a Él con un corazón humilde y siguiendo Sus caminos a través de la comunión y de los sacramentos —que nutren nuestra fe— podremos lograrlo.
“Abre mis labios, Señor, y mi boca proclamará tu alabanza. Los sacrificios no te satisfacen; si ofrezco un holocausto, no lo aceptas. Mi sacrificio es un espíritu contrito; tú no desprecias el corazón contrito y humillado.” (Sal 51,17-19)
Un corazón arrepentido, lleno de tristeza por las faltas cometidas y de humildad al reconocer que no hemos actuado correctamente, es un gran paso para entender que nuestra salvación no se gana por méritos propios, sino que es un regalo de la gracia de Dios a través de la fe, de la obra de Cristo y de Su muerte en la cruz.
Seamos buenos, sí, pero aspiremos a ser cada día mejores: vivir en obediencia a las enseñanzas de Cristo, practicar el desprendimiento de las cosas terrenas que nos atan y no nos permiten elevar el alma hacia lo eterno, y aspirar a ser santos, como nuestro Padre nos pide:
«Sean santos, porque yo soy santo».
“Señor, pongo mi vida en tus manos para que me guíes y me ayudes a pensar, hablar y actuar conforme a tu voluntad. Que tu Espíritu Santo me inspire y fortalezca mi corazón para amar lo santo, defenderlo y vivir de manera que sea tu imagen en el mundo, ayudándome a superar el pecado y a elegir el bien en todo momento. Amén.”
Luce Bustillo Schott

