«No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre», y «ama a tu prójimo como a ti mismo». (Mt 19,18b-19)
Cuando el dolor llega a una familia, puede referirse tanto al duelo por la pérdida de un ser querido, como al abandono, la separación o el divorcio. Ese sufrimiento, ya sea físico o espiritual, es una realidad que se hace presente en nuestras vidas de manera inesperada, recordándonos nuestra fragilidad y nuestra necesidad de Dios.
El dolor de una pérdida afecta a toda la familia, pues la respuesta emocional influye en el comportamiento de todos sus miembros. Es un proceso en el que cada uno manifiesta el dolor de distinta manera: unos con enojo, otros con tristeza, algunos con confusión, y otros se aíslan y guardan silencio.
Aceptar y procesar el dolor es muy importante, al igual que hablar sobre la pérdida. Ya sea por abandono o por la muerte de un ser amado, incluso es sanador mencionar a esa persona con nombre propio, mostrando el amor que teníamos por ella.
Acompañar con paciencia, ofreciendo compañía y ayuda práctica —como colaborar en las tareas domésticas o cuidar a los niños pequeños— contribuye a mitigar el dolor y la ausencia del ser amado. Por lo general, el apoyo se ofrece en los primeros momentos, pero con el paso de los días suele disminuir, y es entonces cuando más necesario resulta, para que los dolientes no caigan en la soledad, que puede llevar a la depresión o a un sentimiento aún más profundo de abandono.
Los amigos y familiares que comprenden la situación pueden ser un gran soporte. Hacer presencia, compartir recuerdos y anécdotas puede convertirse en un modo de ayudarse mutuamente, recordando que aún forman parte del núcleo familiar, que siguen siendo amados e importantes, y que Dios tiene un propósito para sus vidas.
«Les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito.» (1 Co 1,10)
Hay un dolor que no se ve, pero que muchos llevan en el corazón: un dolor silencioso de quienes se preocupan por el bienestar de los demás. Así también, hay quienes no son sensibles ante el dolor ajeno y les cuesta comprender lo que otros viven; toman una postura egoísta en lo que hacen, dicen o piensan, mostrándose indiferentes, sin darse cuenta de que esa actitud puede herir aún más a quienes atraviesan una pérdida.
Cuando el dolor se vuelve insoportable, el corazón clama en oración, lamento y lágrimas. Buscar a Dios y reconocer su presencia constante nos sostiene: en Él encontramos fortaleza, consuelo y la certeza de que nos escucha. Su mirada eterna nos abre una perspectiva más allá del sufrimiento presente.
Oración
Señor, dame la confianza de que estás conmigo incluso en los momentos más difíciles, para no sentir angustia ni soledad, porque Tú me fortaleces y me sostienes con tu mano victoriosa.
Ayúdame a aceptar el dolor como parte de mi crecimiento y de mi acercamiento a Ti. Enséñame a vivirlo, sentirlo y abrazarlo, para que me aleje del pecado y pueda estar más en comunión contigo.
Por Luce Bustillo Schott




