Saber mirar el mundo | Nuestra verdad más profunda

1) Para saber

“Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad. —Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?” (San Josemaría, Forja, 987).

Continuando con la Catequesis sobre el Concilio, el Papa León XIV siguió con la reflexión sobre el Documento “Dei Verbum” (La Palabra de Dios) que trata sobre la Revelación divina. Se había visto que Dios, a lo largo de la historia, le habla al hombre y lo invita al diálogo. Su plenitud viene al encarnarse su Hijo en la Virgen María. Así, no sólo nos transmite verdades, sino que Él mismo se nos muestra. Y al mostrarse cómo es Él, nos hace ver quiénes somos. Es decir, Dios al descubrirnos que es un Padre, nos hace conocer nuestra verdad más profunda: que somos sus hijos. Adquirimos la filiación divina gracias a que el Hijo se hizo hombre. Por ello, es gracias a Jesucristo que conocemos la verdad de Dios Padre, y nos descubrimos como hijos en el Hijo.

2) Para pensar

La filiación divina nos ha de llevar a confiar plenamente en Dios que es Padre y toda Bondad y Amor. Algunos santos han luchado por vivirlo. Uno fue San Josemaría Escrivá que fundo su vida espiritual en saberse hijo de Dios. Un suceso de su vida nos muestra su confianza en Dios. Sucedió en otoño de 1968 en que Josemaría, radicando en Roma, tenía que ir a España. Para ganar tiempo aceptó la sugerencia de ir en barco en vez de ir por carretera. Así que fue en auto desde Roma a Nápoles para embarcarse ahí. Pero sucedió que al llegar encontraron que había una huelga del personal de la compañía naviera con lo que tuvo que esperar. Se demoraba su salida un día tras otro, hasta una semana. Luchaba por no impacientarse. Por fin se embarcó. Al llegar a España comentó: “Me parecía absurdo, con todo lo que hay que trabajar, estar una semana en Nápoles… Pero ya tengo la experiencia de que muchas veces en la vida me han ocurrido cosas que en aquellos momentos no entendía, y al cabo de los años el Señor me hizo ver que sí tenían sentido. Si Dios quiere, esto de Nápoles ya lo entenderé. Y si no… ¡Ya me lo explicarán en el Cielo!”

3) Para vivir

Jesús, pues, nos enseña lo que somos: hijos de Dios. Y como Él es el Hijo por naturaleza, nos enseña cómo ha de comportarse un hijo con su padre. Lo hace no sólo de palabra, sino compartiéndonos su modo de vivir en el mundo, su manera propia de percibir la realidad, dice el Papa. Por ejemplo, Jesús nos invita a compartir su mirada: «Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos?» (Mt 6,26). Para tener una mirada como la de Jesús, San Josemaría solía rezar una jaculatoria: “¡Qué yo vea con tus ojos, Cristo mío, Jesús de mi alma!”

Al leer el Evangelio aprenderemos a tener los mismos sentimientos de Jesús y nos abandonamos con confianza en el amor infinito del Padre. La consecuencia será llenarnos de la gran alegría de sabernos amados por el Padre. (articulosdog@gmail.com)

6 de febrero de 2026

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Padre José Martínez Colín: Ingeniero en Sistemas por la UNAM, Licenciado en filosofía por la Universidad Panamericana y Doctor en Filosofía por la Universidad de Navarra.

Capellán del Colegio Chapultepec en Culiacán.

Lleva más de 20 años dando clases sobre todo de Lógica y Gnoseología en el Seminario de Culiacán.

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