Conoce estas actitudes básicas para tener un reencuentro a la vida cotidiana más gozoso: sin culpas, sin excusas y con una alma despierta
Hay gente que cree que la alegría es un acontecimiento: un viaje, una buena noticia, una cuenta pagada, una tarde libre, un amor que llega.
Como si la vida fuera una sala de espera y la felicidad fuese el «turno» que nos toca cuando la suerte, el destino o Dios deciden llamarnos por nuestro nombre.
Pero la alegría verdadera es esa que no depende de la agenda ni del clima emocional del mundo; no es un premio que se recibe, es una forma de vivir. Y esa mirada no se compra, no se exige, no se mendiga… se elige.
¿Nuevo año, nuevas metas?
En este inicio de año, muchos están reacomodando su agenda externa: metas, proyectos, dieta, disciplina, limpieza del clóset. Pero quizá el ajuste más importante no está en el horario, sino en el corazón. Porque hay una manera de vivir que drena la vida, aunque todo esté «bien aparentemente».
Y hay otra que la llena de música, aunque falten muchas cosas. La diferencia no es lo que nos pasa. La diferencia es lo que hacemos con lo que nos pasa.
1 Dejar de pelear con lo inevitable
¿Cuántas veces arruinamos el día por algo que no tenía por qué convertirse en tragedia? La fila larga, el tráfico, el calor, el «ya sucedio otra vez», el «siempre me pasa lo mismo». Nos volvemos jueces del mundo: dictamos sentencia contra el clima, el gobierno, la familia, el vecino, el cuerpo, la edad, el pasado.
Y mientras más discutimos con la realidad… más nos desgastamos. Hay personas que caminan por la vida como si estuvieran en guerra con el destino. Y no se dan cuenta de algo simple: lo inevitable no se vence, se abraza. No se humilla, se integra. No se derrota, se acepta.
2 Dejar de culpar, la queja tiene una seducción sutil
Nos hace sentir inocentes. Si todo es culpa del exterior, entonces yo no tengo que cambiar nada, solo tengo que resistir. Es fácil culpar a la vida, al pasado, a la pareja, al sistema, al «así soy yo».Cuando uno asume la responsabilidad, no se condena: se rescata. Porque el responsable no es el culpable; el responsable es el que tiene poder de decisión. Y en ese pequeño acto de soberanía interior, la vida comienza a florecer otra vez.
3 Recuperar el asombro perdido
La alegría se alimenta de lo que sabemos ver. Y una de las tragedias silenciosas de la adultez es que dejamos de mirar como niños: no porque seamos más maduros, sino porque estamos más distraídos. Nos hemos vuelto expertos en sobrevivir, pero analfabetas del milagro cotidiano.
¿Qué fue lo último que te hizo sonreír sin motivo? ¿Cuándo fue la última vez que te sorprendió el cielo de la ciudad? ¿Cuánto hace que dejaste de mirar a tu familia como un regalo y no una simple relación?
4 Permitir la diversión sin sentir culpa
Muchos confunden «seriedad» con «profundidad». Y no: la seriedad excesiva suele ser una coraza. La alegría, en cambio, es una sutil inteligencia. Es la habilidad de no endurecerse. Hay quienes están tan ocupados demostrando que valen, que olvidan vivir. En vez de encontrar diversión por doquier.
5 La gratitud no es negar lo que duele
Hay quien vive como si la vida le debiera algo: una disculpa, una compensación, una justicia perfecta, un trato especial. Y mientras esa deuda imaginaria no se paga, el corazón se amarga. La amargura es una forma de orgullo herido: no perdona que la realidad no sea como uno quería.
6 Hacer las paces con el presente
La alegría no vive en el «cuando». Vive en el «ahora». Hay personas que posponen la vida como si tuvieran un contrato eterno con el tiempo: «cuando termine esto», «cuando me vaya de aquí», «cuando tenga más», «cuando cambie tal cosa». Y de tanto negociar con el futuro, se pierden el único lugar donde Dios suele pasar: el instante. El presente es imperfecto, sí. Pero también es el único sitio donde puede germinar algo nuevo.
Por Guillermo Dellamary
es.aleteia.org




