El pasado 16 de noviembre, el Arzobispo Gomez pronunció su segundo discurso como presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos en Baltimore, Maryland. Lo que sigue es una adaptación de sus comentarios, que se pueden leer en su totalidad en ArchbishopGomez.org.

En 1889, el Arzobispo John Ireland, de St. Paul, Minnesota, dijo: “El próximo siglo de la vida de la Iglesia en Estados Unidos será lo que nosotros hagamos de él.… La historia será como nosotros queramos que sea. ¡Por lo que respecta a la Iglesia y al país, hay muchas cosas en juego, tanto en relación a Dios como en relación a las almas!… En este momento tenemos el deber de buscar comprender nuestra responsabilidad y hacer todo el trabajo que el cielo nos ha confiado… Con nuestra participación esto logrará realizarse; sin ella no se hará”.

Cada uno de nosotros, como obispo, se da cuenta del apremio que experimentó el Arzobispo Ireland hace más de un siglo. Nos damos cuenta de que Dios nos está llamando a llevar almas a Cristo, a construir su reino y a permear nuestra cultura y nuestra sociedad con los valores del evangelio.

Nuestro desafío es llegar a comprender de qué modo puede la Iglesia llevar a cabo su misión de manera más eficiente en nuestro país, que está ahora tan secularizado.

Bajo todas las nubes de la pandemia y en medio de toda la incertidumbre acerca del rumbo al que se dirige nuestro país, está surgiendo un despertar espiritual en Estados Unidos. La gente está empezando a analizar lo que realmente cree y lo que valora más profundamente en su vida. ¡Se están abriendo nuevas oportunidades para el evangelio!

Eso se debe a que estamos viviendo en un tiempo en el cual la sociedad estadounidense parece estar perdiendo su “historia”.

Durante la mayor parte de nuestra historia, la narración que le dio sentido a nuestras vidas estuvo basada en una cosmovisión bíblica y en los valores de nuestra herencia judeocristiana. Era la historia de la persona humana creada a imagen de Dios y dotada de la vocación terrena de construir una sociedad en la que la gente pudiera vivir en libertad, con igualdad y dignidad.

Esta historia fue la que estuvo en la base de los documentos fundacionales de Estados Unidos. Fue la que moldeó los argumentos de nuestras leyes e instituciones, la que le dio solidez a nuestros ideales y acciones cotidianos.

Lo que vemos a nuestro alrededor ahora son señales de que este relato puede estarse colapsando.

Ésta es una de las consecuencias de vivir en una sociedad secular. Sin Dios no podemos darle sentido a nuestras vidas. Como resultado de ello, gran parte de nuestro prójimo está en una búsqueda, está tratando de encontrar una nueva historia que le dé sentido a su vida, que les explique para qué y por qué están viviendo.

Pero nuestro prójimo no necesita de una nueva historia. Lo que necesitan es escuchar la verdadera historia: la hermosa historia del amor de Cristo hacia nosotros. Necesitan mirar su muerte y su resurrección de entre los muertos por nosotros y la esperanza que él trae a nuestra vida.

El Arzobispo Ireland habló sobre “el deber del momento”. Creo que el deber del momento en que estamos es la responsabilidad que tenemos de narrarle nuevamente a la gente de nuestro tiempo la historia cristiana.

Por eso creo que las iniciativas que estamos emprendiendo como conferencia de obispos son absolutamente esenciales. En especial, nuestro documento sobre el misterio eucarístico y nuestro plan pastoral para una revitalización eucarística.

Todos somos conscientes de que la salvación no se obtiene a través de otro documento o programa de la Iglesia. Solo podemos salvarnos a través del encuentro personal con Jesucristo.

Pero la revitalización eucarística es un proyecto misionero. Su objetivo es que nuestra gente profundice en lo que es el corazón del misterio de la fe, para suscitar lo que el Papa Juan Pablo II llamó el “asombro eucarístico”.

La Eucaristía es algo profundamente personal, es nuestro encuentro íntimo con el Dios vivo que viene para ser nuestro alimento y nuestra fuerza en el camino de la vida. La Eucaristía es también la clave para la civilización del amor que nosotros anhelamos crear.

Jesús prometió que él estaría verdaderamente presente en el sacramento del altar, pero también en la carne y en la sangre de nuestro prójimo, especialmente de los pobres y de los que sufren.

Si esperamos alguna vez lograr ponerle fin a la indiferencia humana y a la injusticia social, entonces es necesario que veamos la imagen del Dios vivo en cada persona humana con la que nos encontramos, desde el bebé que está aún en el seno materno, hasta nuestros padres ancianos que están por exhalar su último suspiro.

Nuestra hermosa tarea es la de seguir dando a conocer la historia católica, la de revelarle a Jesús a nuestra gente, la de poner las manos de ellos en la de él para que puedan caminar con su luz y seguirlo por el camino de la eternidad, del amor que nunca termina.

Como lo dijo hace más de un siglo el Arzobispo Ireland, por lo que respecta a la Iglesia y al país, hay muchas cosas en juego, tanto en relación a Dios como en relación a las almas. “La historia será como nosotros queramos que sea”.

Dentro de unas cuantas semanas celebraremos el 490 aniversario de la aparición de la Virgen María a San Juan Diego, lo cual constituye la verdadera fundación del continente americano.

Así pues, en este momento, elevemos la mirada hacia Nuestra Señora de Guadalupe y encomendemos todas nuestras pruebas a su corazón maternal.