El complejo mundo de las sectas

Por Julio de la Vega-Hazas, catedrático del Departamento de Antropología del Centro Universitario Villanueva adscrito a la Universidad Complutense de Madrid.

 

1) ¿QUÉ SON?

Aunque parezca mentira, hay que empezar diciendo, en un trabajo dedicado a las sectas, que no existe ninguna definición completamente satisfactoria de “secta”. Las acepciones que proporciona el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (como la primera: “conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”) pueden servir para cualquier religión, e incluso, en otros casos, se pueden aplicar a grupos con un ideario común como partidos políticos o incluso asociaciones constituidas para defender una idea. De hecho, al tratar de este tema se suelen eludir las definiciones precisas, y se suelen sustituir por descripciones a partir de unas propiedades: “secta es un grupo religioso en el que se cumplen las siguientes características: …”. En realidad, es un concepto bastante ambiguo, del que se tienen los elementos, pero cuando se intenta definir resulta que siempre encontramos alguno de los elementos que queda fuera de la definición, e incluso que pueden entrar otros grupos no considerados como secta. O sea, que no están todos los que son, y puede que no sean algunos de los que están.

Esa dificultad se refleja en los escasos documentos de la Iglesia Católica que aluden a esta cuestión. Se es consciente de la ambigüedad del término “secta”, y se acompaña de otras palabras que hacen hincapié en la novedad. Así, el documento que redactó en 1986 el Secretariado para la Unidad de los Cristianos, junto con otros tres organismos pontificios (Secretariados para los No Cristianos y para los No Creyentes, y Consejo Pontificio para la Cultura), llevaba por título Desafíos pastorales. Sectas o nuevos movimientos religiosos. Y la reciente Exhortación Apostólica Ecclesia in America, de Juan Pablo II, habla de “sectas y nuevos grupos religiosos” (n.73). Los documentos sobre el tema de varias Conferencias episcopales emplean también una terminología semejante. En España, el trabajo más riguroso de catalogación y descripción de las sectas, a cargo del Prof. Manuel Guerra Gómez, lleva por título Los Nuevos Movimientos Religiosos (Eunsa, 1993), y con este término los designa. Posteriormente, el mismo autor ha publicado el Diccionario enciclopédico de las sectas (BAC, 1998), aunque en este caso el título, centrado en el término “secta”, puede deberse más a razones comerciales que de rigor científico.

En todo caso, es patente que situar el criterio definitorio en la novedad no resuelve el problema de la imprecisión. En primer lugar, porque se basa en un criterio muy circunstancial, aunque digno de tenerse en cuenta. Y, en segundo lugar, porque es evidente que hay nuevos movimientos religiosos que no pueden calificarse de sectas. Además, la “novedad” tiene límites muy imprecisos: ¿cuánto tiempo se necesita para dejar de ser “novedad”? ¿Un siglo? ¿Y por qué un siglo, y no medio, o siglo y medio? De todas formas, la novedad es un factor a considerar, pero como consecuencia: no hay mucha continuidad histórica, pero no porque no haya habido sectas en el pasado, sino más bien porque tienden a ser efímeras, a no durar mucho. Es un producto defectuoso, y por eso tiende a durar poco.

En el aludido Diccionario enciclopédico de las sectas, Guerra da una definición de secta. Una secta –escribe (pag. 818)- es la clave existencial, teórica y práctica, de los que pertenecen a un grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista, exaltador del esfuerzo personal y expectante de un cambio maravilloso, ya colectivo –de la humanidad-, ya individual o del hombre en una especie de superhombre. Hay algunos puntos de particular interés en esta definición. Uno es que, aunque la “clave existencial” es lo que corresponde a la religión, evita la palabra “religión” o sus derivados. El motivo es la existencia de sectas que pretenden ocupar el lugar de la religión con una explicación pseudocientífica que no hace referencia a divinidad alguna, aunque por otra parte mantengan rasgos propios de las religiones. Otro punto interesante es el de su carácter no cristiano. No significa que Jesucristo carezca de un lugar relevante en su doctrina –también lo tiene en el Islam, y nadie lo considera cristiano-, sino que no se le considera Dios. Y resulta lógico que así sea, pues, aunque bastantes sectas se autoproclamen cristianas, desde el momento en que la doctrina de Jesucristo es alterada por el advenimiento de un “profeta” o equivalente posterior, es éste quien ocupa el lugar supremo, desplazando, quiérase o no, a Cristo, que por ello no puede ser considerado como Dios encarnado. De todas formas, hay algunas excepciones, y una explicación para ellas. En las sectas de origen cristiano, la secta supone una degradación con respecto al grupo de origen. Cuando éste es, como sucede en la mayoría de los casos, protestante, el grupo desgajado, al simplificar todavía más un cristianismo ya de por sí carente de varios elementos sobrenaturales, se sale del tope a partir del cual ya no puede considerarse cristiano. En las pocas que surgen del catolicismo, no suele llegar a tanto, y es lo grotesco, en vez del carácter no cristiano, lo que suele caracterizarlas. En España, por ejemplo, se suele considerar como secta el grupo exótico y un tanto grotesco nacido alrededor del Palmar de Troya, registrado como “Iglesia Cristiana Palmariana” y bajo el liderazgo del autocoronado “papa” Clemente Domínguez. Es indiscutible que ese grupo está totalmente desgajado de la Iglesia Católica y que tiene rasgos sectarios: el tono estrafalario que adopta y lo grotesco del grupo y de su creador, un curioso visionario, pues por otra parte, considerado el hecho en sí mismo, no pasa de ser un cisma.

En donde no hay excepciones es en el carácter autónomo de las sectas. Por eso, este rasgo indica que no puede haber sectas dentro de las Iglesias cristianas. Esto es inequívoco: aunque puede darse el caso de grupos extremistas, o incluso de un cierto “espíritu sectario”, en el seno de una Iglesia, no pueden calificarse de sectas. En el caso de la Iglesia Católica, Juan Pablo II ha dejado bien claro que el apostolado católico debe estar bien lejos de la metodología agresiva de bastantes sectas; la Iglesia censura, en concreto, “un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige una determinada propaganda religiosa” (Ecclesia in America, 73).

Este rasgo de separación nos sitúa ante otra de las características utilizadas para calificar a un grupo como secta. La segunda acepción de la palabra “secta” que ofrece el Diccionario de la Real Academia se centra en este aspecto: “doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra”. De hecho, la raíz etimológica del término concuerda con este significado. “Secta” procede del latín, de una raíz de la que proceden otras palabras como “seccionar” o “secesión”; viene a significar “lo que se ha seccionado”. De hecho, varias de las sectas más conocidas han surgido como una secesión de un grupo religioso mayor.

De todas maneras, todos estos rasgos, con ser frecuentes e incluso importantes, no acaban de dar una respuesta clara a la pregunta de qué es una secta. Hace falta una definición más precisa. La que proporciona Guerra tampoco acaba de ser convincente, y el mismo autor señala que “no puede pasar de descriptiva”. Pero es que, de una parte, hay sectas que no son fanáticamente proselitistas –las hay que sólo quieren congregar una élite de “elegidos”-; ni que exaltan el esfuerzo personal, o al menos no más que cualquier religión; ni tampoco todas tienen un carácter apocalíptico; ni todas proceden de una escisión de otro grupo preestablecido. Y, de otra parte, es evidente que hay nuevos movimientos de carácter religioso que no pueden ser considerados sectas, así como que puede haber grupos con alguna de las características arriba enumeradas que tampoco lo son.

Entonces, ¿cómo podemos definir una secta? Puede aventurarse una definición que, si bien no es perfecta, sirve para encuadrar las que se mencionan aquí, y se centra en lo que parece ser las características esenciales: entendemos por “secta” un grupo autónomo estructurado sobre un sucedáneo de religión que tiene su origen en la doctrina de un visionario.

Y es que, efectivamente, si nos remontamos al origen de una secta siempre nos encontramos con una especie de “iluminado”, que asegura haber recibido una “luz” sobre las cuestiones más propiamente religiosas: el origen y el destino del hombre. Puede tratarse de una supuesta revelación, en cuyo caso se presenta como profeta de la divinidad; en este caso se suele partir de una religión, que queda así “superada” con la nueva “revelación”. Puede asimismo alegarse otro origen, como puede ser las pretendidas dotes personales excepcionales, el entronque con sabidurías antiguas, e incluso los extraterrestres; en estos casos, se suelen presentar como originales, aunque, como es lógico, no carezcan de influencias. No hay, en ningún caso, más motivo razonable para seguir al creador de una secta que su “carisma personal”, que se mezcla con una argumentación que va desde una pseudociencia –una “gnosis”- hasta la tergiversación de textos y fuentes de las religiones, y en particular de la Biblia. El resultado es un conjunto de creencias muy poco razonable –con frecuencia, llamativamente irracional-, lo cual tiene sus consecuencias. La primera es la falta de racionalidad en lo que se cree; de ahí que sea frecuente el hecho de que, cuando uno se encuentra con algún propagador de una secta e intenta razonar, su reacción suela ser la huida o el enquistamiento. También explica por qué el objetivo principal de muchas sectas sean personas con un escaso nivel cultural y una menor preparación en materia doctrinal. Lo más lógico, cuando se intenta una expansión en serio, sería ir prioritariamente a personas influyentes; de hecho, algunas las buscan, pero más bien entre personas famosas por motivos ajenos a su nivel cultural –deportistas, artistas, etc.-, no entre intelectuales. En cambio, cuando los miembros son gente de cierto nivel social, sucede lo contrario: un fuerte elitismo reservado a un selecto y reducido grupo de elegidos, en el que la racionalidad suele ser sustituida por la “visión” o la pasión.

Otra consecuencia es que sucede lo mismo a nivel colectivo. No se apela a que sea razonable lo predicado, sino a la autoridad incontestable del fundador. Por eso todo viene como instrucción desde arriba, sin otro margen para el seguidor que el aceptarlo sin que quepa pedir explicación alguna fuera de la que oficialmente se da. No se trata de que no haya espacio para la contestación –al fin y al cabo, no deja de ser razonable: o lo aceptas, o te vas-: es que tampoco lo hay para la teología o la filosofía. Y aquí podemos hallar un elemento diferenciador: si en algún grupo religioso hay un teólogo distinto al jefe supremo, salvo que sea su “mano derecha” (algo equivalente al “ideólogo del partido” en política) aquello no es una secta.

Todo esto motiva el tan achacado fanatismo de las sectas y sus miembros. Y es que, en efecto, el fanatismo se caracteriza por la falta de racionalidad, ante la cual la adhesión debe basarse en la visceralidad, en el apasionamiento del que no quiere entrar en razón, muchas veces porque se sabe vulnerable –o lo intuye- si lo hace. Por el mismo motivo, ya que el único argumento acaba siendo el de autoridad, se explica la fuerte cohesión y disciplina del grupo.

Como es lógico, la rareza de las ideas se suele corresponder con la rareza del personaje que las proclama. Conocer la vida de los creadores de sectas suele ser un buen antídoto para no dejarse embaucar por ellas. Suelen ser personas de frenética actividad propagadora de su doctrina, pero no personas de una conducta ejemplar, y menos aún de una marcada espiritualidad personal. No es sorprendente, además, que una teoría poco racional provenga de un sujeto con problemas de racionalidad, o, en otras palabras, con trastornos psíquicos. Por dar algunos ejemplos, encontramos que el fundador de los Testigos de Jehová vendía a sus seguidores “trigo milagroso” a sesenta veces su precio de mercado (fue condenado por estafa), y resulta tanto más difícil explicar en qué iba a consistir ese carácter milagroso en cuanto que lo vendía a un año escaso del fin del mundo según su propia profecía. O que el fundador de la Iglesia de la Cienciología la fundase como tal cuando su “método de curación” empezara a estar amenazado por demandas de intrusismo en la medicina, y se le presente como venido de Venus (o sea, que un grupo que pretende basarse en la ciencia asegura que viene de un “edén” consistente en un yermo estéril a quinientos grados centígrados y cien atmósferas de presión). O que el creador de la llamada “secta Moon” diga de sí mismo que “el mundo entero está en mis manos” o que “si algo deseo se cumplirá”, lo que, aparte de absurdo, no es precisamente un buen cartel para atraer adeptos.

Se explica así que lo que ofrece una secta sea, más que una religión, un sucedáneo de ésta. En realidad, y esto ha sucedido siempre en la historia, se trata de subproductos que tienen auge sólo en la medida en que las crisis en el seno de las que merecen llamarse propiamente religiones les dejan un hueco. Cuando se esparcen las dudas, las vacilaciones, las mentalidades relativistas, o se cercena el mensaje religioso dejando en la penumbra lo más esencial, es cuando se produce un deseo de respuestas sostenidas con certeza, y se está dispuesto a creer hasta lo inverosímil. Ése es el caldo de cultivo donde florecen las sectas, con unas doctrinas que de otro modo serían tenidas por extravagancias o chifladuras. Juan Pablo II así lo señala, cuando escribe que “hay que preguntarse si una pastoral orientada de modo casi exclusivo a las necesidades materiales de los destinatarios no haya terminado por defraudar el hambre de Dios que tienen esos pueblos (de América latina, en este caso), dejándolos así vulnerables ante cualquier oferta supuestamente espiritual” (Ecclesia in America, 73).

2) QUÉ NO SON

El término “secta” se está utilizando en la actualidad con demasiada profusión y demasiada poca precisión. Por el carácter peyorativo que hoy connota –no siempre ha sido así, ni mucho menos-, hay una tendencia a utilizarlo como arma arrojadiza para desprestigiar a los grupos religiosos que no gustan, o cuyos métodos no gustan. Hay personas agnósticas que califican de secta a todo grupo religioso que muestra convencimiento y espíritu proselitista, simplemente porque desde su óptica son incapaces de distinguir convencimiento de fanatismo. “Proselitismo” se está convirtiendo en una palabra maldita, cuando en realidad sólo significa ganar adeptos, y el problema, si lo hay, está en el modo de conseguirlos, no en el hecho de conseguirlos. Porque está claro que, en una sociedad libre, como la que presumimos con razón de tener, uno de los derechos más elementales es el de exponer las ideas propias, y por tanto, el de tratar de convencer. Ahí está la publicidad como muestra patente; publicidad que puede hacerse molesta –casi todos tenemos experiencia de ello-, pero que no puede considerarse ilegítima por esta razón. Cosa distinta es que sí sea ilegítima por falta de ética, como cuando socava la libertad de elección con la mentira o con métodos subliminales. Pues con el tema que nos ocupa sucede lo mismo.

Con la cabeza más libre de prejuicios, es más fácil delimitar el campo de las sectas. Aquí se ha optado por atenerse a una definición que resulta algo más restrictiva de lo que es más usual, en pro de la precisión. De todas formas, siempre nos encontraremos con unos límites algo borrosos. Por un lado, no siempre resulta fácil distinguir con claridad una secta de una religión establecida. Como veremos, esto sucede con bastantes sectas orientales. La solución fácil, adoptada por muchos, es utilizar un criterio temporal –la secta es algo nuevo, lo que lleva siglos existiendo es religión-, pero la duración no deja de ser algo circunstancial y por ello poco riguroso como criterio. En otros casos, tampoco es del todo clara la distinción entre una secta y un grupo político extremista, precisamente porque los fanatismos suelen fundir política y religión. Y todavía quedan otros casos en los que la dificultad reside en catalogar algo como secta o como negocio, ya que hay algunos grupos en los que la religión (o similar) parece no ser más que la tapadera de un negocio, e incluso se ha llegado a dar el caso de alguna entidad comercial que adopta una especie de ideario y métodos propios de sectas para crear una cohesión y propiciar un fervor y una dedicación cuasirreligiosos. Aquí consideramos sectas a las que tienen –o al menos parecen tener- primariamente un carácter religioso o cuasirreligioso, descartando así a las que tienen un objetivo principal de naturaleza política o comercial. Lo que no se descarta es que una secta tenga negocios –a veces poco limpios, o de ganancias desmesuradas-, o tenga un objetivo político, que en ocasiones es uno bien sencillo de formular: conquistar el mundo.

Como ya se ha señalado, no se pueden considerar sectas los grupos pertenecientes a una iglesia, comunidad eclesial o religión ya establecida. Esto excluye no sólo cualquier institución o comunidad católica, sino también los grupos protestantes. En concreto, no son propiamente sectas los grupos evangélicos protestantes, aunque tengan algún rasgo de semejanza con las sectas, se les considere como tales con frecuencia, o incluso, curiosamente, se denominen a sí mismos –como sucede en ocasiones, al menos en España- con el término con el que se designa a las sectas en Estados Unidos (cult, “culto”). Coinciden con varias sectas en un método de captación claramente parasitario de la confesión cristiana más extendida –en España, el catolicismo-, de modo que lanzan una propaganda que incide sólo en lo que de común tienen –seguir a Jesucristo, cumplir los mandamientos-, para, después de presentarse como lo auténtico del cristianismo –con esa ambigüedad calculada-, ir poco a poco desvelando sus verdaderas creencias y las diferencias con la Iglesia Católica, y acabar por suscitar una fuerte inquina contra ésta (la pintan como satánica, y al Papa de “anticristo”, etc.). Coinciden también en dirigirse a capas sociales de poca cultura y preparación, como pueblos indígenas en América latina o poblados gitanos en España (un terreno muy desatendido pastoralmente, en el que han conseguido que un 60% aproximadamente de los gitanos pertenezcan al “culto”, aunque bastantes de esas conversiones sean todavía bastante superficiales). Pero, aunque constituyan una de las versiones más simplificadas del cristianismo, son cristianos, herederos de la corriente de fundamentalismo evangélico que surgió a mediados del siglo pasado en el protestantismo como reacción al llamado “protestantismo liberal”.

Tampoco se incluyen aquí entre las sectas organizaciones como la masonería, aunque haya especialistas en sectas que sí la incluyen. Aunque tenga, en sus diversas variantes y obediencias, una organización interna semejante a las sectarias (no siempre, de todas formas, con la cohesión que se pretende y se aparenta), una especie de culto parecido al de alguna secta, y una cierta “gnosis” en la “sabiduría” que en ella se adquiere, lo que se cree y se predica no es propiamente una doctrina religiosa, y menos aún procedente de “iluminados”, sino el racionalismo agnóstico –a veces ateo- propio de la Ilustración. Lo cual no obsta para poder encontrar, alguna vez, una auténtica secta –teosófica, gnóstica, satánica, o de otro tipo- formada alrededor de una logia masónica.

Sí que se incluyen aquí, en cambio, las sectas orientales, a pesar de que en más de un caso puedan ser integradas dentro de una religión. La peculiaridad de las principales religiones del extremo Oriente permite que esa integración sea compatible con la autonomía del grupo, así como con la dependencia de las “iluminaciones” de una persona. Por esta razón, caen dentro de la definición de secta. Además, hay que tener en cuenta que, en numerosas ocasiones, al trasladar las creencias orientales a Occidente, éstas se mezclan con aportaciones occidentales, dando lugar a doctrinas y grupos bastante singulares, y en ocasiones bastante fantasiosos y alejados de su matriz religiosa.

 

3) QUIÉNES SON

Es un hecho conocido que hay una gran cantidad de sectas. La variedad abarca todos los aspectos. Hay algunas con miles de adeptos por todo el mundo (aquí hay que advertir que casi nunca son de fiar los datos que proporciona la propia secta, aunque sea sólo para sus adeptos; si fueran ciertas las cifras de seguidores y los índices de crecimiento, hace ya años que las religiones tradicionales estarían agonizando, y más de medio mundo sería sectario), mientras que otras apenas son un puñado de personas en un mismo lugar. Hay algunas que tienen cierta implantación en algunos países, mientras que en otras naciones son otras las más importantes. Hay algunas que duran muchos años, y otras que son mucho más efímeras. En otro sentido, hay algunas cuya doctrina es tan inverosímil que cuesta creer que alguien se sume a ella –de hecho, se suele pensar que ocultan algo más inconfesable, que hay “gato encerrado”-, y otras con un credo menos disparatado.

Con todo este panorama, hacer una clasificación no resulta tarea fácil. Lo que parece más razonable en un espacio limitado es ofrecer una clasificación que abarque al menos una mayoría –siempre queda alguna que se escapa-, y, dentro de cada apartado, detenerse en aquellas que tienen una mayor implantación. De este modo, se pone al menos un ejemplo significativo de cada categoría, con lo que se puede entender mejor su naturaleza; y, a la vez, se da una exposición sucinta de las más importantes o las más conocidas, que son las que podemos encontrarnos con mayor probabilidad en forma de propaganda, “abordaje callejero”, templo en el vecindario, noticia de prensa, etc.

Se hace así una clasificación cuatripartita. Hay que aclarar que los ejemplos se ponen en relación con la realidad española de hoy. Así, por ejemplo, se dedica poco espacio a la Iglesia de la Unificación (la llamada “secta Moon”) pues, aunque en otros ámbitos geográficos –Estados Unidos, Corea (su tierra de origen), etc.- tenga importancia, su implantación en España es insignificante. Tampoco parece útil detenerse en la conocida como “Niños de Dios”, pues, aunque tuvo su importancia y, sobre todo, generó preocupación, hace una veintena de años, hoy ha sido prácticamente desmantelada (se demostró en juicio que era corruptora de menores), y carece por tanto de relevancia alguna. (¿Puede trasladarse el cuadro a América latina? En cierto modo sí, con la diferencia de que aquí encontramos una mayor variedad y, sobre todo, unas cifran mayores, tanto absolutas como relativas. ¿Motivos? El principal es la existencia de mayores sectores de población vulnerables. Pero también cuentan otros dos. Uno es la “temporalización” de la predicación católica en bastantes zonas, con pérdida del sentido trascendental de la religión. El otro es la cercanía de Estados Unidos, país de origen de gran cantidad de sectas, y, sobre todo, país en el que cuentan algunas de ellas con mucho dinero. Es tanto lo que algunas sectas y otros grupos protestantes gastan en latinoamérica, que han dado que pensar a más de uno que se trata de un verdadero intento centralizado de colonización religiosa).

 

a) Sectas de origen cristiano

Se trata de sectas originadas a partir de confesiones cristianas (protestantes casi siempre), que resultan ser una deformación del cristianismo, de forma que se mantienen formas cristianas a la vez que se vacía el credo de contenido hasta acabar en muchos casos rechazando la verdad central que identifica al cristianismo como tal: la creencia en que Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado. Las sectas de este tipo son, con mucho, las más importantes, al menos si nos atenemos al número de adeptos. Aquí se exponen sobre todo las dos principales; hay, desde luego, muchas más, pero el examen de estas dos ya proporciona una cierta idea general que sirve para identificar al resto.

a.1- Testigos de Jehová

La denominación es apropiada, pues en España están registrados como “Testigos cristianos de Jehová” (aunque la sociedad norteamericana que tiene la propiedad intelectual se denomina Watch Tower Bible & Tract Society, “Sociedad de la Biblia y de los Tratados de la Atalaya). Es la secta más numerosa en España; las cifras no son muy fiables: han llegado a dar la de unos ciento cincuenta mil, pero está más que probablemente abultada, y algo menos de cien mil es un número más próximo a la realidad. En el mundo, sus seguidores suman unos cinco millones.

Dos nombres señalan el nacimiento y consolidación de la secta: Charles Taze Russell (1852-1916), el fundador; y Joseph Franklin Rutherford (1869-1942), el que la organizó y estructuró. La secta tiene un marcado carácter apocalíptico –en todos los sentidos de la palabra- desde el principio hasta hoy. Russell era un hombre particularmente hábil en los negocios, aunque inestable en su vida familiar e incluso religiosa, pues pasó por varias confesiones para asentarse solamente en la que él fundó alrededor de sus “revelaciones”. Éstas tenían su centro en el libro de Apocalipsis, en el que cree ver el fin del mundo en el año 1914; en ese año, tras la “batalla de Armagedón”, 144.000 elegidos irían al cielo con Jesús (“los cielos nuevos”), mientras que el resto de auténticos creyentes –sus seguidores- quedarían viviendo en un paraíso terrestre (“la tierra nueva” que menciona el Apocalipsis); el resto de la humanidad sería destruida. Este es el núcleo de su creencia, que se ha mantenido inalterable, con una lógica excepción: la fecha (pasó a ser 1918, 1925, 1941, 1975, y ahora es indeterminada, pero próxima).

¿Cuál era el papel de Russell en este panorama? Creyó encontrarlo en unos versículos del evangelio de San Mateo: “¿quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así” (Mt 24, 45-46). Convierte así una enseñanza de estilo parabólico (eso sí, en un contexto profético) en una profecía literal que se refiere… a él. Russell fundó una sociedad –la Zion’s Watchtower Society, “Sociedad de la Torre de Vigilancia de Sión” o “Sociedad de la Atalaya de Sión”-, una revista –Zion’s Watchtower, hoy Watchtower, “La Atalaya”, que sigue siendo su principal publicación-, y se lanzó a propagar su organización, y a vender todo tipo de propaganda, rasgos estos que se mantienen. El resto de su doctrina consiste en una particular explicación –sobre todo, en materia moral- de pasajes sueltos de la Biblia, que han ido modificándose con el paso de los años y los diversos liderazgos de la secta. En cualquier caso, reniegan de toda iglesia constituida (pervierten la doctrina, son “satánicas”), y no consideran a Cristo como Dios (dependiendo de los momentos, le pueden conceder una cierta divinidad, pero nunca en pie de igualdad con Dios Padre).

El sucesor de Russell, Rutherford, fue quien dio a la secta el carácter y el “estilo” que la identifica. Rutherford (se suele mencionar como “el Juez Rutherford”, aunque sólo fue juez suplente en alguna ocasión aislada) era un hombre de carácter despótico, con una rígida mentalidad puritana (lo que no obstaba para haber tenido algún problema con el alcohol; quizás por ello, y en plena época de la “ley seca”, no lo prohibió a los adeptos). A él se debe la configuración de la secta como una entidad de rígido centralismo y fuerte burocratización y control. Él perfiló meticulosamente un fuerte código moral. Él fue también quien introdujo el nombre de “Jehová” como único de Dios (procede de una antigua lectura del hebreo: pronunciar “Yahvé” con otras vocales –en el hebreo clásico sólo se escriben las consonantes- para no pronunciar el Nombre santo).

En términos generales, los rasgos arriba mencionados explican su moral. Como el fin del mundo está cerca y sólo se salvan los “testigos”, hay urgencia en desarrollar un proselitismo frenético. No hay interés por un mundo de inminente destrucción: “no somos de este mundo” (se prohibe, no ya el servicio militar, sino incluso votar en elecciones políticas, y hasta reconocer o saludar una bandera). Lo cual lleva a una segregación en la vida social: la única sociedad que interesa es la teocrática posterior al evento final, y mientras tanto procuran adelantarla (admiten el término “sociedad teocrática”). Deben evitar todo lo que pueda suponer avaricia o apego a este mundo (se prohibe, por ejemplo, todo juego de azar, incluida la lotería), y tienen una moral sexual bastante exigente (aunque sólo en la conducta externa, y por lo demás no se excluye la masturbación). Por supuesto, se debe evitar todo contacto con lo que suponga una influencia en las ideas ajena a la que proviene de la secta (ha incluido hasta hace muy poco la prohibición de ir a la Universidad), y con quienes han abandonado la secta (últimamente parece admitirse en caso de familiares muy próximos, pero sin que pueda hablarse de religión). Por lo demás, se ha de creer y practicar… lo que diga La Atalaya desde la sede central en Brooklyn (Nueva York). Es conocido que han cambiado de ideas en bastantes cosas (la más conocida es la famosa prohibición de transfusiones de sangre, que aparece en 1950), justificando los cambios –y los fiascos en las profecías- con las teorías más peregrinas, como compararse con un velero que, para navegar hacia un puerto, debe hacer virajes según sople el viento; o, más en consonancia con su doctrina, afirmar que la luz de la verdad se va haciendo más brillante a medida que el Gran Día del Dios Todopoderoso se acerca. Esto ha motivado continuas retiradas de libros y revistas, y su sustitución por nuevas publicaciones; incluso los escritos del fundador mismo, Russell, están fuera de circulación.

La historia de la organización ha sido azarosa, con rápidas expansiones y contracciones. En la cúpula, a la muerte de Rutherford le sucedió N.H. Knorr, que murió poco después, sucediéndole Frederick W. Franz. Éstos siguieron detentanto el control absoluto, aunque su tono era menos personalista, y las declaraciones y publicaciones se hacían a nombre de la “Organización de Dios” o la “Sociedad del Nuevo Mundo” (el término es de Knorr). El problema llegó en 1975, para el que estaba profetizado el nuevo mundo y la caída del viejo. Evidentemente no llegó, lo que provocó una fuerte sacudida entre los “testigos”, que perdieron en poco tiempo un tercio de sus adeptos. Esto provocó algunos cambios. Siguió habiendo un presidente (el actual es Milton Henschel), pero asistido por un “consejo de ancianos” –su número varía: entre 11 y 18, y por supuesto son “ungidos” que entran en los 144.000 privilegiados-, cuya función anterior era más nominal que real (con Rutherford ni existía). Ya no se ha vuelto a dar una fecha para el fin del mundo, aunque se sigue diciendo que será “muy pronto” (la excusa que se dio por el fallo y la falta de nueva fecha concreta era que ¡no podía calcularse el tiempo entre la creación de Adán y la de Eva!). En todo caso, siempre la cúpula ha reivindicado una inspiración directa desde el cielo: Jesús mismo interpreta la Biblia, y la comunica a “la Sociedad”; lo único que ha variado es la intermediación celeste: con Russell era el “Espíritu de Jesús”, con Rutherford los ángeles, después volvió el “espíritu de Dios”. Así, sus enseñanzas, en especial las que aparecen en La Atalaya, son tan sagradas e indiscutibles como la Biblia misma.

La cúpula jehovista tiene su sede central y editorial (“Betel”) en Brooklyn, en un centro donde trabajan más de dos mil “betelitas”. En el otro extremo de la organización, la célula básica es la “congregación” (unas 27.000 en el mundo), a cargo de unos “ancianos” (elders), con varios cargos jerarquizados y alrededor de una especie de templo o “Salón del Reino”. La escala sube a través de “distritos”, “circuitos” y “grupos”, a cargo de supervisores (“superintendentes”) de rango creciente, hasta llegar a la sede central neoyorkina. Los ancianos tienen la misión de controlar la doctrina y la integridad moral de los testigos, y la propagación de la secta.

Quienes tachan a esta secta de particularmente nociva esgrimen principalmente dos argumentos: el daño espiritual provocado en los miembros, que quedan con una personalidad anulada poco menos que irrecuperable en muchos casos (se habla incluso de “síndrome disociativo atípico” para caracterizar el fenómeno); y, en segundo lugar, la explotación económica de los mismos por sus jerarcas, de forma que es frecuente hacerse la idea de que toda esta organización no es más que un montaje que busca en realidad el enriquecimiento a costa de unos infelices. ¿Qué hay de verdad en ello? Para ser honrados, es difícil dar una respuesta con total precisión y certeza. Hay bastantes dificultades: desde la falta de transparencia de la propia organización, hasta el riesgo de convertir casos particulares en reglas universales, pasando por el hecho de que un grupo que se segrega tanto como los testigos de Jehová suele producir juicios muy encontrados –incondicionales adhesiones por un lado, radicales detracciones por el otro- con el consiguiente peligro para la objetividad. No obstante, son cosas que no pueden pasarse por alto, y hay que intentar responder con verdad. Hay datos que permiten una aproximación bastante objetiva.

Lo primero que aparece como cierto es que un testigo de Jehová, y en particular si es un “Publicador de las Buenas Nuevas” –el militante de base-, está sometido a una tensión bastante fuerte. La misma segregación es el primer factor de tensión: es vivir en una sociedad en la que se participa muy a medias y frecuentemente con personas con las que se pueden compartir pocas cosas. Si se trata de una sociedad perversa cuyo fin es inminente, esa separación resulta más comprensible y tolerante, pero lo cierto es que los años transcurren y ese final apocalíptico no acaba nunca de llegar. Además, cuando alguien se segrega, tiende a ser considerado por los de alrededor como un “bicho raro”, y se le señala con el dedo como tal.

Este factor se exacerba cuando las diferencias están dentro del seno familiar, y sobre todo cuando uno de los cónyuges es testigo de Jehová y el otro no. El carácter mismo de la organización produce un distanciamiento, y la dedicación a la secta, unida al control de ésta, es un serio foco de conflictividad. De hecho, son matrimonios con un altísimo porcentaje de separaciones. Y puede comprobarse que la mayor parte de relatos de exmiembros que se exponen para afirmar el carácter inhumano de la secta, tratan de dramas familiares y familias rotas por ser uno de los cónyuges seguidor de la secta.

La dedicación que se pide al militante es un segundo factor importante. Aquí hay que tener en cuenta que se trata de una dinámica basada más en las ilusiones y aspiraciones humanas básicas que en la obligación estricta. Un seguidor de la secta tiene cerradas muchas puertas en la vida: muchos trabajos y ascensos le están de hecho vedados, no podía hasta hace poco enviar a su hijo a la Universidad, la vida social fuera del ámbito de la organización es muy limitada, etc. Sus expectativas, por tanto, se centran dentro de la misma organización. Y, en primer lugar, si quiere recibir el bautismo (ritual, no sacramental: los testigos de Jehová no reconocen la gracia ni sacramento alguno; no tiene reconocimiento como sacramento); y, posteriormente, si aspira a ser depositario de responsabilidades, tiene que “merecerlo”. Esto significa ponerse a disposición de una organización local con unos ambiciosos objetivos traducidos en metas programadas, lo que supone gastar todo el tiempo disponible a la propagación de la secta. Hay que tener en cuenta que la organización local –la congregación- está a su vez presionada por el escalón superior para conseguir unos resultados, y así sucesivamente hasta la cúspide, lo que motiva que con facilidad se den excesos de celo en los dirigentes locales, que exigen y presionan. De todo esta actividad se lleva un minucioso registro, y la estadística resultante sube todos los escalones hasta la central.

A todo esto hay que añadir que la mayoría de los jehovistas son lanzados a una actividad propagadora para la que no están bien preparados, salvo en lo que respecta a su determinación. La imagen de unos testigos de Jehová que abordan a la gente armados de unas sofisticadas “técnicas de captación” que dominan es bastante fantasiosa, excepto en lo del abordaje en sí mismo. La realidad más frecuente es la de unas personas con poca cultura que han recibido unos cursillos, con una sesión semanal de actualización, en los que se proporcionan unas instrucciones y argumentos que se aprenden casi de memoria, y que, sin una capacidad de razonar y dialogar fundamentando sus creencias, hace que salgan a la calle con una actitud acomplejada –se nota a primera vista muchas veces- y cohibida, teniendo que poner mucha fuerza de voluntad para superarlo. Escenas como la protagonizada por un testigo, que en un autobús urbano no se atrevió a hablar con nadie, y cuando se bajaba gritó de repente “¡Jehová es el único Dios!”, para poco menos que irse corriendo por la calle, son más habituales que la puesta en práctica de las complejas técnicas que algunos les atribuyen. E incluso los más veteranos y preparados suelen dar media vuelta cuando se encuentran con alguien medianamente bien preparado en cuestiones religiosas.

También ha de tenerse en cuenta la presión económica, con colectas y peticiones de todo tipo. Aunque se mitigue por el hecho de que pueden desprenderse con más facilidad de un dinero que no pueden gastar en muchas cosas en las que otros gastan, no deja de ser considerable, e incluso ha sido este hecho objeto de quejas entre los miembros de la secta que, lógicamente, no suelen trascender fuera de su ámbito. Este aspecto, no obstante, se tratará con más detalle un poco más adelante.

Sin embargo, el principal foco de tensión no proviene de los motivos analizados, sino del tipo de control que ejerce la secta sobre sus miembros. La rigidez y la burocracia que imprimió Rutherford se mantienen sustancialmente. Aquí no existe nada parecido al confidencial tribunal de misericordia que es el sacramento de la Penitencia, sino un juicio exterior a cargo de los “ancianos”, del que se hace acta, que se eleva y se conserva. Si se trata de algo grave, puede suponer la expulsión sin posible retorno, que en la creencia de los testigos significa la condenación irreversible, aparte del extrañamiento que supone de lo que hasta entonces ha constituido el círculo de relaciones, incluso familiares. Cabe un arrepentimiento público, sobre todo si es la primera vez –a fin de cuentas, a pesar de la imagen de un Dios implacable y vengador que tienen, en la Biblia también se habla de perdón-, pero, al igual que ser hallado culpable en asuntos de menor importancia, suele suponer la pérdida de cargos dentro de la organización, que también es irreversible por lo menos en muchos años. La perspectiva de una expulsión o de una pérdida de confianza permanente debe ser para muchos de los testigos algo muy preocupante, si no aterrador.

Previa al juicio es la denuncia, normalmente a cargo de otro seguidor de la secta. Por la proximidad y el conocimiento que ésta proporciona, no es extraño que provenga de un familiar o de un amigo. La moral que sostienen convierte en cómplice a quien no denuncie algo grave de lo que tiene certeza, con las consecuencias que cabe fácilmente figurarse. Se busca una cierta garantía procesal en el juicio, de forma que haya certeza de la culpabilidad del acusado. Esto implica la necesidad de testigos, lo que a su vez implica que, ante la duda, se decrete por los jueces –el tribunal es colegiado- el seguimiento del implicado para comprobar los hechos. No es necesariamente ocultado: en ocasiones se comunica al propio interesado que se le va a seguir. Pero, en todo caso, queda siempre en el aire la sombra de haber podido ser denunciado y de ser vigilado.

Todo este sistema puede provocar reacciones distintas, según el talante de cada persona. Pero indudablemente genera un mayor o menor ensimismamiento, ya que en la práctica no se puede tener una confidencialidad completa con nadie. Y si se tiene –por ejemplo, con el cónyuge-, puede provocar con facilidad conflictos internos. Con todo, peor aún puede ser lo que sucede cuando se cae en una conducta reprobable, lo cual, conociendo la debilidad humana, no puede considerarse algo muy extraño. Se entiende con facilidad que el sistema empuje, no a buscar la misericordia y el perdón, sino a esconder la falta. Lo que sigue es fácil de entender: la ocultación, la simulación, la posible ruptura interior y conciencia de vivir en la mentira, incluso la doblez, sobre todo si se ocupa un cargo de responsabilidad. No se pretende decir con esto que todo testigo de Jehová viva así, pero sí que no debe ser nada infrecuente. Y esto, mantenido durante años, hace un auténtico daño a la persona.

Cuando se analiza todo este panorama, se comprende la razón del deterioro espiritual e incluso psíquico que no es infrecuente encontrar entre testigos y ex testigos, sin necesidad de tener que recurrir a una especie de siniestras técnicas ocultas. Ante un cúmulo de motivos para vivir en una constante tensión, si bien se puede llevar mejor o peor según los casos, también es cierto que, estadísticamente, el precio que se paga por ello es constatable. Es la consecuencia de vivir en una especie de frenesí apocalíptico con una rígida mentalidad puritana.

La otra cuestión importante es la referida a las finanzas de la organización. Se suele decir, con bastante razón, que se trata de una gigantesca empresa de venta de propaganda religiosa con vendedores a título gratuito y gran dedicación –algunos con dedicación exclusiva-, con el consiguiente resultado de unos enormes ingresos que fundamentalmente van a parar a la central neoyorkina. Aparte de lo ingresado por las colectas, se barajan unas cifras de unos quinientos millones de revistas –La Atalaya y ¡Despertad!- y unos cincuenta millones de libros –su versión de la Biblia incluida- al año. La cifra impresiona, pero un análisis más detallado impresiona un poco menos. Si cada miembro es un activo vendedor, la venta per capita arroja un saldo de unas cien revistas y diez libros al año, lo cual no equivale a una “máquina de vender” muy eficaz. Suponiendo que cada testigo está personalmente suscrito a las dos revistas, el resultado aproximado es que cada mes compra cuatro y vende otras cuatro; en libros, es diez veces menos: no llega a uno al mes. Son, desde luego, cálculos bastante rudimentarios e inexactos, pero sirven para hacerse una idea. Hay, además, otro factor a tener en cuenta que no figura en las estadísticas. Y es que, si se considera por una parte la reticencia de la gente a comprar este tipo de productos; y, por otra, la conveniencia de vender para situarse bien dentro de la secta, se concluye que no es descabellado pensar que hay un porcentaje de estas ventas que son en realidad regalos que se informan como ventas. Corre así con el gasto el propio testigo (que en todo caso paga por adelantado todo lo que recibe); pensándolo bien, aunque sea una contribución extra, no es excesivamente caro quedar bien, o al menos no quedar mal. Y esto concuerda con lo que es experiencia común acerca de los testigos de Jehová por parte de los extraños: se regala bastante material impreso, y se vende muy poco. En resumidas cuentas, parece que la “máquina de vender” que muchos ven en los testigos no es una imagen muy certera; lo es mucho más la de “máquina de comprar”.

¿Y qué hace la cúpula de Brooklyn con los millones de dólares que ingresa? Está difundida una idea bastante cercana a la estafa, que presenta a una cúpula, quizás descreída, embolsando millones a costa de los pobres ingenuos que dan su vida al servicio de una causa que cínicamente inventan. No parece ser exactamente así en realidad. En 1990 dejó la secta –fue expulsado: se adujo la excusa de ¡cenar con un apóstata!, pero en realidad fue por atreverse a disentir- uno de los miembros del Consejo de gobierno supremo, Raymond Franz, sobrino nada menos que del entonces Presidente, Frederick Franz, y autor principal de una importante obra, un diccionario bíblico titulado Ayuda para entender la Biblia. Cuando, separado de la secta, tuvo que iniciar una nueva vida, necesitó pedir ayuda a algún amigo –precisamente el que había cenado con él- para poder instalarse, y vive una vida bastante modesta. No hay rastro de sumas embolsadas desde la cúpula de la organización. Y de su relato se deduce con claridad que, cuando era testigo de Jehová, creía en lo que hacía. Desde luego, aunque lógicamente la cúpula tiene mayores ingresos que los demás, los testimonios sobre los sueldos pagados en la central de Brooklyn coinciden en señalar que eran muy bajos. Incluso la casa que se hizo construir Rutherford en San Diego para esperar la resurrección de los Patriarcas (una de las profecías fallidas del “juez”), y que utilizaba él mientras tanto, a pesar de llamarse Beth Sharim (“casa de los príncipes” en hebreo) y de todo lo que se ha dicho sobre ella, se parecía más a un chalet de persona acomodada que a un palacio de príncipes orientales. Tampoco se conoce ningún templo fastuoso; y, desde luego, los “salones del Reino” de las congregaciones suelen ser bastante pobres.

Lo que sucede es que, junto a los ingresos, hay que considerar los gastos. A las más de dos mil personas cobrando de la organización sólo en Brooklyn, súmense los gastos de otros muchos con dedicación completa, los que supone abrir nuevos frentes, los viajes, los congresos, los edificios, y lo que cuesta la edición y distribución de tanta publicación y de una minuciosa burocracia, y la cuenta saldrá bastante abultada. No puede olvidarse qué tipo de organización es. Por la posición de sus afiliados, recauda muchos pocos, para alimentar a una estructura que, debido a su fuerte centralismo, control y dinamismo, es necesariamente compleja. Y necesita explotar a sus miembros (fuera de ellos, es evidente que no encuentra simpatías) para seguir sobreviviendo. Aunque no sea ésa precisamente la imagen que la propia organización quiere dar de sí misma.

Por lo demás, la historia del jehovismo pone de relieve que no es una realidad estática, que no cambie nada. Hay una evolución. La convulsión que siguió al año 1975 ha obligado a replantear algunas cosas. La tendencia actual parece dirigirse hacia la consolidación de la secta, al constatar sobre todo que en lugares donde llevan más tiempo se está produciendo una regresión. En España, por ejemplo, el techo parece que se tocó hacia 1997, donde es posible que se alcanzara la cifra de 100.000 miembros; desde entonces, está disminuyendo el número de adeptos. Ese deseo de consolidación se manifiesta, en primer lugar, en un intento se suavizar formas, y cuidar más las relaciones públicas. Atrás quedan desde luego los tiempos de Rutherford, en los que entraban en barrios católicos estadounidenses en coches con altavoz arremetiendo a gritos contra la Iglesia y el Papa. Hoy van formando incluso equivalentes a oficinas de relaciones públicas, en las que con la mayor simpatía intentan rectificar informaciones de prensa y explicar sus puntos de vista. Se ha llegado a dar el caso insólito de participación en algún congreso interreligioso. Pero también se intenta dar un rostro más humano de puertas adentro. En la versión actual del manual para la guía de congregaciones, dirigido a los “ancianos” –y, por supuesto, de circulación estrictamente restringida a éstos-, y titulado Presten atención a sí mismos y a todo el rebaño, se insiste más en buscar el arrepentimiento, se habla de misericordia, se insta a que se pasen por alto detalles de poca importancia.

La suavización parece que también afecta, no ya a las formas, sino también a la sustancia en lo concerniente a las reglas de conducta, y particularmente a la segregación. Pueden relacionarse más con personas ajenas a la secta, acudir a juzgados en determinadas ocasiones, recibir un décimo de lotería siempre que no lo paguen…etc. También, como ya se ha mencionado, pueden ya acceder a la Universidad. Sólo hay un punto que se ha endurecido: el trato con los “apóstatas”, los que han dejado la secta.

De todas formas, esta suavización tiene un límite y un margen no muy ancho, más allá del cual se desnaturaliza –y probablemente se disgrega- la secta misma (de hecho, ha aparecido ya alguna disidencia, sobre todo intentando presionar para que se acepten de nuevo las transfusiones de sangre). Su carácter apocalíptico le ha permitido una rápida expansión… y es a la vez su espada de Damocles. Se pueden mitigar, alterar o modificar muchas cosas, pero hay una que no puede cambiar: la convicción de que el fin del mundo –del actual, por lo menos- está cerca*. Pero el caso es que no acaba de llegar…

a.2- Mormones

“Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” es un nombre demasiado largo para el uso común incluso de sus propios adeptos, por lo que el nombre común con que se les conoce es el de “mormones”. Deriva de El libro de (no “del”) Mormón (en adelante, LM), nombre de un libro que completaría los dos Testamentos de La Biblia. Por su duración, estabilidad, prestancia y respetabilidad parece que nos encontramos ante lo más parecido a una religión establecida, pero su origen y su doctrina son propios de secta.

Como en el caso del jehovismo, aunque casi un siglo antes, aquí también hay un fundador y un posterior consolidador, sin el cual la secta habría quedado en un pequeño grupo que no habría salido de Estados Unidos, como ha sucedido con algunas ramas desgajadas del tronco principal en sus comienzos. El fundador es Joseph Smith (1805-1844). Según los mormones, es “el profeta escogido para restaurar en la tierra la verdadera Iglesia de Jesucristo” (LM, Apéndice, pag. 195). La brevedad de su vida se debe a un final violento. La versión oficial dice así: “Dondequiera que se establecían José Smith y los santos, eran duramente perseguidos. El 27 de junio de 1844, José Smith y su hermano Hyrum murieron como mártires en Carthage, Illinois” (LM, Apéndice, pag. 196). Efectivamente, murieron asesinados cuando estaban en la cárcel de Carthage, linchados por una multitud.

La cuestión que queda en el aire, sin embargo, es qué hacían en la cárcel, y a qué se debió el linchamiento. Las actas del juicio por este asesinato revelan que las dotes de seductor de Smith tuvieron más que ver que sus creencias religiosas, aunque había una conexión: creía en la poligamia, y la practicaba (no se conoce el número exacto de esposas que tomó, pero supera las treinta; un estudio reciente, publicado en Salt Lake City en 1997, que documenta bastante bien el tema, identifica 33 conocidas: cfr. Todd Crompton, In Sacred Loneliness: The Plural Wives of Joseph Smith). La acusación que le llevó a la cárcel a la espera de juicio comprende algunos delitos más. La versión oficial afirma que se trasladó a Illinois para confortar a sus seguidores, que estaban siendo acosados. Hostigados sí que estaban, y es posible que tuviera la intención de confortarlos, pero el traslado estaba motivado principalmente por su expulsión de Missouri decretada por el gobernador Boggs. Debió parecerle algo humillante a Smith, pues lo que declaró es que se iba por propia voluntad: “he pensado que es procedente y prudente dejar el lugar por un corto periodo, por mi propia seguridad y la seguridad de esta gente” (Doctrina y Convenios, sec. 109, ApB 1b*). No parece tampoco que fuera dispuesto a afrontar cualquier peligro, incluido el martirio; más bien parece que Illinois era sólo una escala –habla del acoso en los dos estados-, y pensaba ir más hacia el Este. Es también significativo que en esa misma carta (ApB, 1c) promete saldar sus deudas “a tiempo”: parece un indicio de lo que le llevó a la cárcel.

Smith perteneció a una familia cuyos padres se dedicaban a la adivinación y magia, y que cambió a un presbiterianismo estricto. Joseph no parece haberlo asimilado bien, pues se pasa pronto al metodismo, que tampoco acabó de convencerle. Aquí llegó la visión: Dios le elegía para fundar la auténtica iglesia, pues el resto eran falsas. Poco después hay una nueva visión: el ángel Moroni le habla del Libro de Mormón, escrito en planchas de oro y oculto en el Cerro Cumarah, que debía desenterrar y traducir en parte. Así lo hizo y… el ángel se llevó las planchas.

El poder de persuasión de Smith era indudable. A su temprana muerte, aparte del disperso harén, tenía numerosos seguidores, con una cierta organización; incluso se le acusaba de tener una milicia en Missouri (aunque en todo caso no sería muy poderosa si no pudo evitar su destierro). Una de sus profecías era que el “nuevo Sión” se establecería en Missouri. No se cumplió, y el principal responsable de ello fue el sucesor de Smith, quien dio a la secta su fisonomía y organización: Brigham Young. Con fundamento los mormones le llaman “el nuevo Moisés”. Viendo los problemas que se les echaban encima, tomó una decisión drástica (según los mormones, dictada por Dios): con sus veintisiete esposas, sus doce mil seguidores y todos sus arreos organizó un éxodo hacia el Oeste.

Parecía que iba a acabar en California, una verdadera “tierra prometida” para muchos por aquella época. Pero cuando pasaban por el valle del Lago Salado, una tierra árida con un gran lago de agua salada que nadie quería, Young decretó: “es aquí”. Y allí se quedaron. Fundaron la ciudad de Salt Lake City y colonizaron una tierra que con el tiempo se convertiría en el Estado de Utah. Era el año 1848. En retrospectiva, puede afirmarse que esa decisión los salvó: California era y es una tierra rica con muchas posibilidades, pero es seguro que hubieran tropezado con más dificultades que en Illinois; Utah, en cambio, era para ellos solos, y allí se pudieron organizar bien, alejados del resto del mundo.

Young demostró ser un hombre tenaz, autoritario y buen organizador. Estuvo treinta años al frente de la comunidad mormona, que se convirtió en una sociedad organizada que empezaba a prosperar. Consiguió vivir en paz con los indios y los blancos. Incluso tuvo dotes de diplomático, llegando a un acuerdo con la Unión cuando el presidente Buchanan le envió un pequeño ejército para apagar cualquier sueño secesionista. Cuando más tarde los mormones se lanzaron a propagar sus creencias, tenían una retaguardia y un respaldo del que no ha gozado ninguna otra secta.

Cualquier estudio sobre el mormonismo, sea a favor o en contra, acaba remitiendo a la misma cuestión: la autenticidad de las escrituras que, además de los dos testamentos de la Biblia, tienen por inspiradas. Las integran tres escritos. Uno es La Perla de Gran Precio, que, según los mormones, “contiene traducciones inspiradas de algunos de los escritos de Moisés, Abraham y Mateo; extractos de su historia y testimonio personal; y trece afirmaciones de la doctrina y las creencias de la Iglesia” (LM, Apéndice, pag. 196); o sea, unos añadidos y retoques al Antiguo Testamento, un relato autobiográfico, y los llamados “trece artículos” que compendian la fe mormona. El segundo es Doctrina y Convenios, que recoge, sobre todo, disposiciones doctrinales, ceremoniales y organizativas de Smith, como reveladas directamente por Dios a éste. También incluye algún escrito posterior a Smith, por lo que se considera un libro abierto, con posibilidad de posteriores revelaciones. Pero el más importante de los escritos es el Libro de Mormón. Éste sería un tercer testamento, colocado junto al Antiguo y al Nuevo. El papel de Smith sería aquí el de traductor; inspirado, eso sí.

El estudio externo de la “revelación” de Smith es complejo, y no permite sacar muchas conclusiones con nitidez. En los relatos autobiográficos de Smith se han hallado imprecisiones y errores en fechas, y faltas de concordancia entre relatos. Tres seguidores de Smith atestiguaron con su firma que habían visto las planchas del Libro de Mormón, pero le abandonaron, por lo que recurrió a una segunda tanda de ocho testigos. Posteriormente dos de la primera tanda volvieron a él, y alguno de la segunda dejó de seguirle. Como fuente histórica todo esto resulta farragoso, sin que permita concluir la falsedad de los testigos con absoluta certeza. Pero, a la vez, tampoco resulta una fuente muy consistente para ser alegada a favor de su autenticidad.

Hay, sin embargo, una prueba documental. Smith compró a un tratante de antigüedades, entre otras cosas, dos papiros que aportó como prueba de la autenticidad de su revelación, ya que según él estaban escritos en una variante del antiguo egipcio y contenían fragmentos del llamado Libro de Abraham, que forma parte de La Perla de Gran Precio. En la década de los 30 del siglo XIX no había medios para verificar o traducir los papiros, pero hoy día sí los hay. El resultado de su estudio es que son auténticos papiros antiguos (entre los papirólogos se conocen como “papiros Joseph Smith 1 y 11”, o “PJS 1 y 11”), fragmentos ambos de un único documento, y escritos en jeroglífico egipcio. Pero su contenido tiene poco que ver con Abraham, y mucho con los rituales funerarios de los antiguos egipcios, en concreto con el llamado Libro de respiraciones (un fragmento describe el entierro, el otro transcribe hechizos para el muerto). La investigación fue propiciada por los mismos mormones, pero tras el resultado no hablan ya más de este asunto, y los papiros descansan en algún lugar inaccesible de la Universidad Brigham Young de Salt Lake City.

Mayor interés tiene, sin embargo, el examen del contenido de los mismos libros mormónicos. El núcleo de éstos, y en particular del Libro de Mormón, consiste en el desplazamiento del centro de gravedad de la historia de la salvación obrada por Jesucristo a América del Norte. El nexo de una tesis semejante con la Biblia cristiana, aparte de alguno de los añadidos de Smith, sería el texto del Evangelio de San Juan en el que Cristo, tras decir que Él es el buen pastor, añade: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn. 10, 16). Estas palabras, para los mormones, no se referían a los gentiles –los paganos en general-, sino a un pueblo peculiar: los nefitas. Nefi era –siempre según el libro mormón- un judío que fue instado por Dios para salir de Jerusalén con su casa hacia el año 600 a.C., hacia una nueva tierra prometida, que alcanzó en barco tras cruzar la península arábiga. Por supuesto, se trataba de América del Norte. El Libro de Mormón narra, en quince libros, la historia de ese pueblo desde su origen hasta su destrucción en el 421 de nuestra era a manos de sus eternos enemigos, los lamanitas, por causa de su infidelidad y sus pecados, y a la espera de la promesa divina de un nuevo resurgir cuando Dios lo dispusiera (con Smith, claro está). Según la narración, fueron visitados por Jesucristo tras su Resurrección.

Un análisis de detalle pone de manifiesto la existencia de anacronismos –el mismo hecho de que aparezca dividido en capítulos y versículos ya lo es-, por mucho que se camuflen en un pretendido estilo bíblico en el que se repiten pasajes bíblicos enteros. El relato pinta a Nefi viajando hacia América con una especie de brújula milagrosa (LM,1 Nefi 18, 12 y 21; 2 Nefi 5, 12), curioso objeto en aquella época y en manos de alguien que no sabía bien hacia dónde se dirigía. Al llegar, encontró una fauna sorprendente para tratarse de norteamérica: no hay mención de bisontes o ciervos, y sí en cambio de asnos, caballos, vacas y cabras (LM, 1 Nefi 18, 25); incluso, en una ocasión, aparecen elefantes (LM Éter 9, 19). Por aquí y por allá surgen expresiones de conceptos insólitos, no ya en la América anterior al siglo V, sino en cualquier parte del mundo en esas épocas; algunos ejemplos pueden ilustrarlo:

– “Y cuando llegaron a su tierra, he aquí, para su asombro hallaron que los zoramitas habían edificado sinagogas, y que se congregaban un día a la semana” (LM, Alma 31, 12). Puede compartirse fácilmente el asombro, entre otras cosas porque cuando supuestamente salió Nefi de Jerusalén no existían allí todavía sinagogas, que comenzaron a erigirse a partir del exilio babilónico.

– “Y el resto de aquellos disidentes, más bien que caer a tierra por la espada, se rindieron al estandarte de la libertad” (LM, Alma 51, 20). La referencia es del año 67 a.C., y en esa época es difícil ver a alguien luchar por el “estandarte de la libertad”, y más difícil aún verle rendirse ante él.

– “Al grado de que se vieron obligados a entregar sus armas y rendirse como prisioneros de guerra” (LM, Alma, 56, 54). En esos años (65-63 a.C.), nadie podía soñar con un concepto tan civilizado como “prisionero de guerra”: el que se rendía quedaba como esclavo

– “Y sucedió que Moroni se irritó contra el gobierno a causa de su indiferencia en lo concerniente a la libertad de su país” (LM, Alma, 59, 13). Es verdaderamente asombroso encontrar una irritación de este género y en estos términos en el año 62 a.C.

– “Pues por causa de tantas guerras y contenciones (por “contiendas”), se había hecho necesario que de nuevo se hiciera una reglamentación en la iglesia” (LM, Alma 62, 44). Aquí el año es el 60 a.C., donde, si el concepto de “iglesia” resulta extraño, más extraña todavía es la noción de “reglamentación”.

– “Y no había sino muy poca madera sobre la superficie de la tierra, por lo que la gente que fue allá se volvió sumamente experta en obras de cemento; por tanto, construyeron casas de cemento en las cuales habitaron” (LM, Helamán 3, 7). Cualquiera que sepa algo de historia de la arquitectura puede decir lo reciente que es la construcción de cemento, y lo inaudito de una transformación así, y aparentemente instantánea, en el año 46 a.C. y en América.

– “Y no había abogado, ni juez, ni sumo sacerdote, que tuviera el poder para condenar a muerte a una persona, a menos que el gobernador de la tierra firmara la sentencia” (LM, 3 Nefi 6, 22). Se puede suponer que “abogado” es una mala traducción de “lawyer”, que puede significar “experto en leyes”, y que en el año 30 ya habían logrado un concepto tan afortunado como el de “persona”; pero lo de “firmar una sentencia” excede ya de lo admisible.

De todas formas, conviene que los árboles no impidan ver el bosque. Resulta ilógico que, mientras aparecen artículos en revistas mormonas sobre el descubrimiento en Omán –en un extremo de la península arábiga- de un lugar que encaja con la descripción de una etapa del viaje inaugural de esta historia, no haya rastros tangibles en la propia Norteamérica. El Libro de Mormón habla de una civilización con ciudades, murallas, un templo del tamaño del de Salomón; llega a decir textualmente que “toda la superficie de la tierra había quedado cubierta de edificios” (LM, Mormón 1, 7), muchos de ellos por lo visto de cemento; hace aparecer ejércitos organizados que combatían con espadas (se mencionan también cimitarras, un arma extraña en la Biblia: cfr., por ejemplo, LM, Mosíah 9, 16), y hasta con carros de guerra (cfr. LM, Alma 18, 10); y no se haya descubierto absolutamente nada de esto. No se ha hallado ni una espada, una tumba, una lápida, unas ruinas: nada. De todos los pueblos bíblicos se conservan y de descubren restos; de los mormónicos sólo aparece un papiro, que en cualquier caso no se tuvo nunca por americano, pero que además no tiene nada que ver con el mormonismo.

Hay algún aspecto polémico más. Quizás el más ventilado sea la poligamia. Los mormones renunciaron a ella cuando, a finales del siglo XIX –en 1890-, se les impuso como condición para que Utah ingresara como Estado en la Unión. Son monógamos desde entonces, salvo algún disidente que vive en Utah con dos o tres esposas (parece que se les tolera de mala gana). La explicación que suelen dar es una equivalencia con la época bíblica patriarcal, en la que Dios la permitía para el crecimiento del pueblo elegido, para después abolirse en tiempos del tercer sucesor de Smith, Wilford Woodruff, que “recibió una revelación en la que se puso fin al matrimonio plural en la Iglesia” (LM, Apéndice, pag. 212). Puede parecer más o menos razonable, pero el caso es que no encaja con lo que dice su propio libro: “Por tanto, yo, el Señor Dios, no permitiré que los de este pueblo hagan como hicieron los de la antigüedad. Por tanto, hermanos míos, oídme y escuchad la palabra del Señor: Pues entre vosotros ningún hombre tendrá sino una esposa; y concubina no tendrá ninguna” (LM, Jacob 2, 26-27). El texto es claro, y tendría que haberlo sido también para Smith cuando lo puso por escrito.

Hay además algún rasgo que refleja el ambiente donde vivió Smith. Es llamativa la ausencia de mujeres en las escrituras mormónicas. Genéricamente sí están presentes, pero no hay nombres propios –salvo el de la Madre de Cristo, y en contadas ocasiones-, ni el más mínimo protagonismo. Del mismo modo, en los escritos epistolares de Smith que forman la mayor parte de Doctrina y Convenios, aparecen muchos nombres propios, pero ninguno es de mujer; hay revelaciones dirigidas a muchos seguidores de Smith, pero nada dirigido a ninguna de las que había tomado por esposas. Puede debatirse si el fundador del mormonismo respetaba o no a las mujeres –en Carthage indudablemente pensaban que no-, pero lo que resulta patente es que de hecho no contaban para nada distinto a la maternidad.

Peor cariz tiene lo que ha sido una continua acusación hacia los mormones: el racismo. En los Estados Unidos de la tercera década del siglo XX había estados esclavistas y otros que no lo eran, pero la superioridad de la raza blanca era algo que pocos discutían. Y en el Libro de Mormón hay reflejos de ello. Expresiones como las siguientes dejan poco lugar a dudas: “¡Oh hermanos míos, temo que a no ser que os arrepintáis de vuestros pecados su piel (de sus enemigos lamanitas) será más blanca que vuestra piel, cuando seáis llevados con ellos ante el trono de Dios!” (LM, Jacob 3, 8); “Y la piel de los lamanitas era obscura, conforme a la señal que fue puesta sobre sus padres, la cual fue una maldición sobre ellos por motivo de su transgresión y su rebelión en contra de sus hermanos Nefi, Jacob, José y Sam, que fueron hombres justos y santos” (LM, Alma 3, 6); “Y aconteció que aquellos lamanitas que se habían unido con los nefitas fueron contados entre éstos. Y les fue quitada su maldición, y su piel se tornó blanca como la de los nefitas” (LM, 3 Nefi 2, 14-15); “… porque este pueblo será dispersado, y llegará a ser una gente de color obscuro, inmunda y repulsiva, sobrepujando a la descripción de cuanto se haya visto entre nosotros; sí, y aun lo que haya habido entre los lamanitas; y esto a causa de su incredulidad y su idolatría” (LM, Mormón 5, 15).

La historia posterior confirma el tono racista –eso sí, nada violento- con que se inició el mormonismo. En Utah tuvieron bastante buenas relaciones con los indios de los alrededores, pero no hicieron intento alguno de ganarlos para su fe, a pesar del carácter misional que manifestaban desde el principio. Sus misiones, empezando por Gran Bretaña –elección lógica, por el idioma y ser la tierra natal de Brigham Young-, se dirigieron exclusivamente a pueblos de raza blanca hasta hace relativamente poco tiempo. En teoría se aceptaba a todo el mundo, pero una “profecía” de Joseph Smith III en 1865 que se recoge en Doctrina y Convenios dice textualmente: “No te apresures a ordenar hombres de raza negra para oficios de mi iglesia, porque en verdad te digo que no todos me son aceptables como siervos; quiero sin embargo que todos los hombres se salven, pero cada uno en su propio orden, y hay algunos escogidos como instrumentos para ser ministros para su propia raza. Queda contento, Yo el Señor lo he dicho” (sec. 116, 4). Esto se ha traducido en que sólo muy recientemente han sido admitidos hombres de color al sacerdocio mormónico. Hoy en día se sigue notando: por ejemplo, hay un solo templo mormónico en África y, significativamente, está en la República Sudafricana. Los actuales mormones quieren renegar de todo esto, y, siguiendo con el ejemplo anterior, tienen prevista la construcción de un templo en Ghana. No es justo, desde luego, achacarles en exclusiva lo que era un prejuicio generalizado hace más de siglo y medio, pero, a la vez, no es muy razonable tomar como inspirados unos escritos que recogen ese tipo de prejuicios.

Si se pasa a examinar nociones más específicamente teológicas, aparecen reparos más importantes, sobre todo los relativos a la historia global que ofrece la fe mormona, por cuanto no se refieren ya a lo recogido en tal o cual pasaje, sino al conjunto de los escritos. Aparte de lo inverosímil de la historia, resulta que, al parecer, la misión de Jesucristo mismo es un fracaso… mientras no aparezca el profeta Joseph Smith. Porque resulta que la Iglesia fundada sobre los doce apóstoles fracasa desde el principio: desemboca, según su fe y las profecías del Libro de Mormón, en “la formación (“entre las naciones de los gentiles”) de una grande iglesia… la formación de una iglesia que es la más abominable de todas las iglesias (parece una alusión velada a la Iglesia Católica)… y vi que el diablo fue su fundador” (LM, 1 Nefi 13, 4-6). Ahora bien, a la fundada sobre la “rama americana” no le fue mucho mejor: dura casi exactamente cuatro siglos, para desaparecer por su iniquidad. Hace falta un tercer intento, lo cual, quiérase o no, supone no ya el fracaso de los hombres, sino el fracaso del mismo Jesucristo. Más aún: ¿cuál es el papel de un Joseph Smith, cuando resulta que Cristo, por sí mismo, funda dos iglesias que fracasan, mientras que cuando la funda a través del profeta es cuando por fin prospera?

Smith es, además, un profeta singular. Si se atiende a lo que escribió y a otros testimonios, la profecía no se limitaba a transmitir una doctrina, pues todo lo que hacía, disponía o quería era directa voluntad de Dios. Si se atiende a Doctrina y Convenios (DC en adelante), Dios revelaba hasta que le prepararan una casa, o que su padre no se moviera de la que tenía. Cuando pedía en matrimonio a una chica –adolescentes en buena proporción-, lo hacía en nombre de una revelación divina, aunque en este caso no lo ponía por escrito, en parte para que no se enterara su legítima esposa. Por supuesto, también revelaba todo tipo de maldiciones divinas para quien se interpusiera en el camino de Smith. No hay un profeta semejante en la Biblia, y no es de extrañar que los mormones sean más reticentes a difundir este libro que el de Mormón. Las predicciones tampoco se salvan. La mayoría que figura en los libros mormónicos son recogidas en los dos Testamentos bíblicos –en muchos casos textualmente (de la Biblia del rey Jacobo, una versión inglesa de 1611)-, pero hay unas pocas originales. La más clara es la que se refiere a la “nueva Sión”, donde se iba a edificar la “nueva Jerusalén” apocalíptica. El tono puede ser ilustrado con este texto: “He aquí que yo, el Señor, os he juntado para que la promesa pueda ser cumplida, para que los fieles de entre vosotros sean guardados y disfruten juntos en la tierra de Missouri. Yo, el Señor, lo prometo a los fieles y no puedo mentir” (DC, sec. 62, 6); y completado con este otro: “y esa ciudad será construida, empezando por el Templo, que ha sido señalado por el dedo del Señor, en los límites occidentales del Estado de Missouri, y dedicado por la mano de Joseph Smith, Jr., y otros con los que el Señor está complacido” (DC, sec. 83, 1c). Lo que parece tener pocos límites es la autocomplacencia de Smith y un protagonismo que pone en boca de Dios. Eso no es propio de la literatura profética. Es también interesante que, dando mandatos con nombre propio a diestro y siniestro, aquí prefiere omitir nombres. Al parecer, las defecciones habidas no lo hacían prudente. Pero, evidentemente, lo más importante es que en Missouri no hay nada parecido a una nueva Jerusalén o una nueva Sión. De hecho, por causa de esta profecía hubo un sector de mormones que se desgajó del tronco principal y no quiso emigrar con Young al Oeste, permaneciendo hasta hoy como una rama independiente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Estos son los motivos principales que sitúan al mormonismo entre las sectas. Si sólo se miran, por ejemplo, Los Artículos de Fe (incluidos en La Perla de Gran Precio), no hay, salvo la añadidura del tercer testamento y la apertura a posibles revelaciones futuras, muchas diferencias con algunas confesiones protestantes. Lo mismo puede decirse del mismo Libro de Mormón. Lo que parece deducirse de sus palabras es que hay un Dios; se admite la Trinidad, aunque parece interpretarse en sentido modalista (o sea, que más que tres personas son una sola que se presenta de tres modos diferentes); que Jesucristo es el Redentor universal, y es Dios; que existe la gracia, y que el Bautismo la confiere (prohiben el bautismo de niños, alegando que no hay pecados que perdonar: la doctrina del pecado original es ajena al mormonismo); admiten la “cena eucarística” en memoria de la Pasión, pero no como un sacramento propiamente dicho y, como los protestantes, menos aún con carácter sacrificial; reconocen un doble sacerdocio escalonado: el de Aarón primero, el de Melquisedec después; creen “en la misma organización que existía en la Iglesia Primitiva, o sea: apóstoles, profetas, pastores, doctores, evangelistas, y así en adelante” (Los Artículos de Fe, 6); y la moral es, básicamente, la que se encuentra en la Biblia. Hasta aquí, parece tratarse de una más entre tantas confesiones cristianas.

Pero, con una herencia de Smith acerca de una revelación abierta, unos profetas de fácil inspiración y un mayor énfasis en las novedades que en la Biblia, el problema es que toda esta doctrina se complicó tras su muerte. Las aportaciones de Brigham Young fueron delirantes. Empezó a hablar de unos dioses corporales –una especie de “Olimpo bíblico”-, de los que uno de ellos era Adán (bajó trayéndose a una de sus esposas: Eva), que resultó ser al final… ¡el padre carnal de Jesucristo!, que, a su vez, dejó descendencia directa, fruto de la poligamia (entre otras, con las dos hermanas de Betania). Lo que añadieron otros “profetas” y “apóstoles” es, cuando menos, fuente de ulteriores confusiones. Hasta se llegó a cambiar en la “cena eucarística” el vino por agua. Y no podían faltar, en todos estos añadidos, visiones apocalípticas de mucho efectismo.

El mormonismo de hoy, ante la imposibilidad de contradecir este cúmulo de visiones, intenta al menos olvidarlas, al menos las más estrafalarias, y centrarse en sus escrituras originales, aunque no le faltan oponentes que las recuerdan. Ya han dejado de ser una comunidad aislada en un territorio remoto. Ahora tienen unos siete millones y medio de adeptos en todo el mundo. De todas formas, su reparto es desigual: el centro sigue siendo el Estado de Utah –aunque la movilidad interna que hay en Estados Unidos motiva que la proporción de mormones en Salt Lake City disminuya-, y más de dos tercios de los mormones son estadounidenses. No es de extrañar que su afán misionero lo quieran orientar prioritariamente en dar una imagen de iglesia y no de secta. Eso significa, en primer lugar, un esfuerzo para establecerse en los cinco continentes y, hasta cierto punto, evitar parecer un producto norteamericano para norteamericanos.

De ahí el despliegue de medios para establecerse sólidamente en muchos lugares, con la profusión de misioneros y la construcción de vistosos templos. En España se han puesto de manifiesto ambas cosas. Cuando se escriben estas líneas se ha inaugurado recientemente un grandioso templo en el barrio de Moratalaz de Madrid, con instalaciones realmente vistosas. Forma parte de un programa de construcción que se extiende por todo el mundo libre. La imagen de los misioneros se ha hecho familiar: parejas de jóvenes de buena presentación, siempre varones: ellos solos deben prestar un servicio misionero de dos años -costeado normalmente por ellos mismos- tras convertirse en “élders” (término que han optado por castellanizar sin traducir), lo que sucede cuando reciben el segundo sacerdocio –“de Melquisedec”-, a partir de los dieciocho años. Están bien trajeados, con pelo corto, educados y correctos (a veces puede que un poco arrogantes, pero eso se debe más a ser norteamericanos que mormones), y desde hace unos años con una plaquita identificatoria. Su objetivo es que la persona abordada asista a una reunión explicatoria, para introducirse en las escrituras mormonas y pedir luces al Espíritu Santo para aceptarlas como inspiradas. Cuando acaban su periodo misional, vuelven a la vida normal.

En otro orden de cosas, han hecho también un esfuerzo para dar una imagen más razonable. La presidencia sigue siendo única –no puede ser de otro modo: es la sucesión de Smith a todos los efectos-, pero con dos consejeros adjuntos, y más filtros para admitir algo como profecía revelada. La organización es muy centralizada, aunque se han anunciado algunas medidas descentralizadoras. Por debajo de la presidencia y los dos adjuntos, hay un consejo de doce “apóstoles”, y otro inferior de 70 miembros. Por otra parte, han procurado –sobre todo en Salt Lake City- crear entidades y revistas de estudios mormónicos, distintos de los genealógicos (por tomar las palabras de San Pablo a los Corintios que aluden a un “bautismo por los muertos” en un sentido retrospectivo, que sirve para el rescate de un antepasado, han creado unos estudios genealógicos de tal dimensión que en Salt Lake City ocupan a más de 600 personas), a semejanza de los estudios bíblicos y teológicos de las iglesias cristianas.

Lo más respetable que ofrecen los mormones es la moral que predican. Personalmente son austeros: se prohibe el alcohol, el tabaco y hasta el café (por excitante), se ayuna una vez al mes, etc. Pero donde destacan más es en el aprecio a la familia y la moral familiar. El matrimonio es algo sagrado, que cuando es santo –“sellado” en su templo- pervive en el más allá. El divorcio es raro, y sólo por causas extremas, sobre todo por infidelidad. Y no han cedido, como lo han hecho tantas confesiones protestantes, a la presión ambiental para que acepten los anticonceptivos. Han organizado congresos en pro de los valores familiares, a los que invitan a otras personas que comparten estos valores.

¿De dónde sale el dinero para tanto despliegue: templos, casas, revistas, libros regalados, etc.? La historia lo explica bien. Desde el principio, asumieron la disposición bíblica que exige pagar el diezmo –el 10%- de lo que ganan a la iglesia. Cuando empezaron a prosperar en Utah, todavía en el siglo XIX, se empezó a acumular así un dinero que la organización decidió invertir, primero en compañías de ferrocarriles y más tarde en otras inversiones. Esto ha dado lugar a un verdadero emporio financiero, que actualmente está a cargo de tres “obispos” supervisores. Es, en definitiva, un dinero correctamente adquirido.

El gran impulso misionero que están manifestando los mormones está dando sus frutos, aunque por otra parte distan mucho de ser espectaculares. En España, la cifra actual de adeptos está ligeramente por debajo de los veinte mil, y no consiguen crecer. Comparado con los testigos de Jehová, no son muchos. Su excesivo “americanismo” constituye, sin duda, un obstáculo para su aceptación. A largo plazo, sin embargo, su talón de Aquiles es otro. Con los medios actuales de investigación, sus escrituras no resisten un examen serio y sus orígenes históricos quedan cada vez más en evidencia. No se trata principalmente de los ataques que en este sentido puedan recibir de fuera, sino de los previsibles resultados de los estudios que el mismo mormonismo está propiciando. Lo ocurrido con el papiro de Smith, estudiado por un grupo paritario de mormones y no mormones, es una advertencia de lo que puede suceder en el futuro.

a.3- Otros

Las dos entidades analizadas son, con mucha diferencia, las de mayor envergadura, y su número de seguidores supera con mucho el de cualquier otra secta que pueda encontrarse en España. Por esta razón, se hace sólo un somero repaso de otras dos (en realidad, sólo una es auténtica secta) de menor envergadura, siempre dentro de este apartado de sectas de origen cristiano. Hay alguna más, pero de muy escasa importancia, que en España no superan los trescientos miembros cada una.

Es frecuente ver incluida entre las sectas a la llamada Iglesia Adventista del Séptimo Día, aunque no hay unanimidad al respecto: Guerra la incluye en su primer libro (Las sectas, pags. 134-141), pero en su segundo duda, situándola en la frontera entre iglesia y secta (Diccionario…, pags. 35-36); los sociólogos Díaz-Salazar y Giner (Religión y sociedad en España) no la mencionan entre las sectas; Salarrullana (Las sectas) la considera repetidamente como tal. En España tiene unos seis mil fieles, aunque tiene mucha actividad, y difunden profusamente –la reciben, por ejemplo, todas las ONGs- la revista ADRA, acrónimo de la sociedad asistencial del mismo nombre (“Adventist Development and Resources Agency”). Pero mucha mayor implantación tiene en América latina, donde sus fieles constituyen el grueso de los diez millones aproximadamente de adventistas que hay en el mundo. En Estados Unidos, donde tienen su sede central, no llegan al millón.

Nació en Estados Unidos, a mediados del siglo pasado. Debía haber bastante ambiente apocalíptico en la tercera década del siglo XIX, pues por los mismos años en los que nacía el mormonismo, surgió en el estado de Nueva York un baptista llamado William Miller que anunció en fin del mundo para el año 1844, y reunió bastantes seguidores. Resulta superfluo decir que la profecía no se cumplió, pero Miller no se rindió. Dijo –como suele ser habitual en estos casos- que el cálculo estaba mal hecho, pero que el fin del mundo estaba cercano de todos modos, y fundó una iglesia. Por esta espera del pronto advenimiento de Jesucristo, se les llamó adventistas. En 1849 murió Miller, y su fundación se fue dispersando en pequeños grupos. Así hubieran quedado, si en uno de ellos no hubiera surgido alguien que dio un fuerte impulso, cohesión y organización al adventismo, creando su único grupo numeroso. Era una mujer: Ellen G. White. A ella se debió el nombre completo: añadió la referencia al “último día” porque retornaban a la celebración del “shabbat” judío en vez del domingo cristiano.

En cuanto a sus creencias en sí, el adventismo, aunque tenga rasgos propios, acusa su origen baptista. Pertenece al grupo de lo que viene a llamarse “iglesias congregacionalistas”, con un cristianismo que es tal aunque sea muy simplificado, y con las características del fundamentalismo protestante (llamado así por sus propios protagonistas por buscar una vuelta a los fundamentos), incluida una particular aversión a la Iglesia Católica; de hecho, se autodefine como “un grupo conservador”, lo que aplicado a una iglesia en Estados Unidos tiene un significado inequívoco. Por esta razón, se trata de una confesión protestante más que de una secta. Corrobora este hecho el que en España la Iglesia Adventista del Séptimo Día haya sido admitida en la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, aunque en algún otro país los demás evangélicos no han querido admitirla, por considerarla un puritanismo extremista más que por cualquier otra razón doctrinal.

Se puede también mencionar aquí a la Iglesia de la Unificación, conocida generalmente como “secta Moon”, por su fundador, el coreano Sun Myung Moon –conocido por sus seguidores como “reverendo Moon”-, pero más a causa de su importancia a nivel mundial, con unos dos millones de fieles (es la cifra oficial que se da, aunque probablemente no llegue a esa cifra), que por sus logros en España, donde apenas hay un brote en Cataluña y una oficina en Madrid, con menos de medio millar de adeptos. Aquí se juntan rasgos orientales y cristianos, aunque se incluye en este capítulo porque su esqueleto sigue siendo la Biblia. Es una secta reciente, ya que Moon la fundó en 1954 y todavía vive. Su protagonismo es absoluto: los rasgos de la secta son los rasgos de Moon.

El aspecto doctrinal está muy centrado en una peculiar interpretación del mandato bíblico al primer hombre: “creced, multiplicaos y dominad la tierra”. De entrada, Moon le da un sentido cronológico. “Creced” –el primer mandato- tiene aquí un sentido de alcanzar la madurez personal. Y aquí es donde entroncan principalmente las ideas orientales, ya que no se trata de nada parecido a un crecimiento de la gracia o en la gracia, sino a una armonía interior con perfecto autodominio, propios de las espiritualidades y de las técnicas orientales, y en particular de las tradiciones de origen chino. “Multiplicaos” es el segundo mandato, y de hecho es llamativa la insistencia en los escritos del moonismo sobre el sexo y la familia. Casarse es considerado obligación, pero que debe cumplirse sólo después de alcanzar el primer objetivo (en tres etapas: “formación”, “crecimiento” y “madurez”); de hecho, llegan a decir que la desobediencia original de Adán consistió en pretender la unión sexual antes de tiempo. Aquí cabría objetar: ¿y Cristo? La respuesta no carece de originalidad –otra cosa es la solidez-: fue asesinado antes de poder casarse, cuando ya alcanzó la perfección. Queda “dominar la tierra”, que significa… precisamente eso: el dominio universal. Y de ello, claro está, se iba a encargar él, Moon, comenzando por fundar una iglesia llamada a unificar todas las demás (de ahí el nombre de “Iglesia de la Unificación”).

Por lo demás, conocer a la persona y el país de procedencia de la secta –donde tiene la mitad de sus seguidores-, ayuda mucho a entender su cariz. Los verdaderos delirios de grandeza de Moon explican el tono de sus declaraciones, su belicosidad (patente, por ejemplo en la “solución” que da para la homosexualidad: una cura a base de palizas), y la celebración de espectáculos como la boda simultánea de más de cuarenta mil parejas en un estadio deportivo, probablemente lo más conocido del grupo en España hasta la reciente boda de un obispo africano por su rito, por su cobertura de prensa. Sobre el visceral anticomunismo que profesan basta decir que Moon estuvo encarcelado en Corea del Norte. Y queda el rasgo que constituye el blanco de la mayoría de las acusaciones contra el moonismo: la extraña mezcolanza entre religión, política y economía de la secta, que cuenta en la actualidad con un entramado de empresas e instituciones varias de todos los tipos. Ahora bien, quien conozca la realidad coreana sabrá que desde la postguerra las personas más admiradas han sido los creadores de las “chae-bol”, los grandes conglomerados empresariales que fabricaban y vendían desde jabón hasta coches y satélites, alcanzaban mayor influencia que un ministro y se inmiscuían en cualquier sector del país, con maniobras un tanto oscuras si la situación lo requería. También sabrá que la realidad de los bonzos budistas dista mucho de parecerse a esa imagen de idílico lama tibetano que más de uno tiene, y se entrometen en la vida política y económica del país, incluso a bofetada limpia, como lo ha testimoniado alguna imagen reciente aparecida en periódicos e informativos de televisión. En ese ambiente, una figura como Moon no resulta tan sorprendente como lo es en Occidente.

Pero, a pesar de su poder, el futuro del moonismo es bastante incierto. Al “reverendo” no le queda mucha vida (ha cumplido 80 años en 2000), y no parece haber nadie con un carisma como el suyo del que su grupo es dependiente. De entrada, Moon mismo la disolvió oficialmente en 1996, para trasladar el centro de gravedad de la organización a otras dos creaciones suyas concéntricas: la “Iglesia de las familias por la unificación”, que recoge el testigo de la anterior, es el nuevo núcleo; y la “Federación de las familias por la paz y la unificación mundial”, entidad catalogada como asociación cultural, que tiene como fines propagar su visión de la familia, y permitir una adhesión progresiva a la secta. Sin embargo, la visión de modélica familia que ha querido ofrecer se ve cada vez más comprometida por sucesos como el suicidio de un hijo en octubre de 1999 (niegan que fuera un suicidio, pero es difícil buscar otra explicación para una caída desde la decimoséptima planta de un hotel sin signo de violencia alguno). El anticomunismo –quizás su principal banderín de enganche- será un recuerdo si sucede la previsible caída del comunismo en Corea. Y, cuando se asiste al declive de las “chae-bol” coreanas (Daewoo ha suspendido pagos y se está desmantelando, Hyundai sufre una fuerte crisis), parece bastante razonable predecir una crisis semejante para el montado por Sun Myung Moon tras la desaparición de éste.

b) Sectas neopaganas

Se agrupan bajo este epígrafe sectas muy dispares, precisamente porque no tienen su raíz en ninguna religión –alguna influencia es inevitable de todos modos-, salvo, en su caso, las que buscan su origen en antiguas religiones ya extinguidas, o aquellas que, más que una raíz, han copiado un cierto patrón de una religión pero sostienen unas creencias que nada tienen que ver con ella. En las obras sobre sectas es frecuente presentar este grupo dividido en varias categorías, en buena parte por la gran variedad que presenta. Díaz-Salazar y Giner, en cambio, también utilizan una sola categoría, que denomina “científico-filosóficas, basadas en el gnosticismo y el ocultismo esotérico” (Religión y sociedad en España, pag. 113). La idea está bien captada, pero no tan bien definida. En realidad, se las podría clasificar como “sectas gnósticas”, pero el problema aquí es que todas o casi todas las sectas tienen algo de gnosticismo, por ser fundadas por algún tipo de “iluminado”. Se opta así por agruparlas como “sectas neopaganas”, lo cual tiene la ventaja lógica de situarse en la misma línea –atendiendo al origen- que el grupo precedente y el posterior.

Otros autores se refieren a la mayoría de sectas de esta clase como grupos del “New Age” (la Nueva Era). Pero el New Age es más una mentalidad difusa con algunos rasgos de pensamiento comunes –y una etiqueta comercial- que algo organizado. La mayoría de estas sectas no están organizadas por arquetipos de ese movimiento. Sectas de esta clase, por otra parte, han existido siempre. Lo que ocurre es que el New Age origina una mentalidad, con sus características de naturalismo, irracionalismo, búsqueda de algo nuevo y sincretismo, que propicia el acercamiento al tipo de sectas que aquí se incluyen. No es tanto el movimiento New Age el creador de estos grupos, sino más bien un caldo de cultivo que facilita su arraigo. Aunque puede decirse que en cierto modo facilita asimismo su desarraigo. En efecto, la mentalidad “New Age” tiene también un fondo de escepticismo que motiva los abandonos con la misma facilidad que las adhesiones; en realidad, tiene bastante de consumista: se prueba, se disfruta y se tira. Por eso, en sectas que han tenido más aceptación, hay más movimiento del que parece; el censo tomado en dos fechas con cinco años de separación puede arrojar la misma cifra, pero eso no quiere decir que sean las mismas personas, salvo un “núcleo duro” que sí permanece.

Este grupo abarca muchas sectas, pero más bien poco numerosas. En algunos casos no son más que grupos aislados casi desconocidos típicamente gnósticos: un grupo de “elegidos” alrededor del “iluminado” que les proporciona la auténtica sabiduría que está fuera del alcance de la masa plebeya. En otros casos hay un esfuerzo divulgador, lo que hace que sean más, y, además –y este es un dato a tener en cuenta- suelen tener proporcionalmente más influencia que los demás grupos. Hay dos motivos para ello. El primero deriva de sus ideas: aquí se encuentra lo más extravagante, lo más exótico y, en ocasiones, también lo más peligroso, lo cual despierta tanto la curiosidad individual como la atención de los medios de comunicación. Aquí están los grupos que suscitan reacciones del tipo “¿pero cómo puede haber alguien que se crea eso?”. Pero, contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, y aquí radica el segundo motivo, los seguidores de estas sectas son frecuentemente personas con una posición social superior a la media. La vanidad intelectual –más sutil y peligrosa que otras más aparentes- juega aquí un importante papel. De modo especial para personas que tienen una posición superior a su cultura real, resulta siempre atractivo ingresar en el club selecto de “los que verdaderamente saben”. Se repite así la fábula narrada en el Conde Lucanor sobre el rey al que presentaron un arcón vacío diciéndole que contenía un valioso traje que sólo podía ser visto por las personas inteligentes; tras comprarlo a gran precio, decidió estrenarlo en una fiesta de palacio, y, ante la hilaridad general al ver al rey en paños menores, éste reaccionaba con desprecio pensando que “ya decía yo que son todos unos imbéciles”.

Aquí se presentan algunos ejemplos: con particular detenimiento en la secta de mayor proyección mundial dentro de este grupo.

b.1- Iglesia de la Cienciología

 

Es difícil encontrar en una entidad un nombre menos apropiado que éste. Los dos términos son equívocos. Se trata de una “iglesia” que no cree en Dios. Y de una “cienciología” (etimológicamente “ciencia sobre la ciencia”) que tiene muy poco que ver con la ciencia y mucho con una desbordante fantasía. Este curioso empleo de las palabras ya proporciona una pista de la realidad que hay bajo este nombre.

La clave para entender todo el entramado de la cienciología es, como suele suceder con las sectas, su creador, el estadounidense Lafayette Ronald Hubbard (1911-1986). Una de las características más comprobadas de este peculiar personaje es el hecho de que muy raramente sus palabras coinciden con la verdad, hasta el punto de poder sospecharse una incapacidad patológica de ser veraz. En la demanda de divorcio de su segunda mujer (la engañó desde el momento de casarse, pues aún era legalmente válido su matrimonio anterior; y era la segunda vez que lo hacía), ésta declaró ente el juez que sufría esquizofrenia paranoide, y su hijo lo calificó de paranoico. Puede pensarse que estas palabras podrían estar motivadas o demasiado influidas por desavenencias familiares (la mujer firmó posteriormente un papel retractándose, al parecer para que la dejaran en paz), pero mayor peso tienen las palabras cuando es el juez quien las incluye en la sentencia, en este caso un juez de la Corte Superior de California en 1984: “La organización es claramente esquizofrénica y paranoica, y semejante combinación parece ser un reflejo de su fundador LRH”; “La pruebas dibujan un hombre que ha sido virtualmente un mentiroso patológico cuando se trata de su historia, procedencia y logros”.

En la última guerra mundial Hubbard sirvió como oficial de la reserva naval. Tras licenciarse al acabar la guerra, se dedicó a escribir novelas de ciencia-ficción. En 1950 publicó Dianética (término que en griego viene a significar “por medio de la mente”), que anunció como un revolucionario método de curación de todo tipo de males por medio del control mental sobre el cuerpo. Como prueba de ello, aseguraba que le había curado de unas heridas de guerra que le habían dejado desahuciado. También ha afirmado que hundió dos submarinos japoneses, y sus adeptos le pintan como “el héroe de guerra”. Lo que cuentan los archivos de la Marina estadounidense es otra historia. Hubbard mandaba un patrullero de costa, y, en su segunda salida, al oírse en el “asdic” (el primitivo sonar de la guerra mundial) un sonido sospechoso, lo tomó sin más comprobaciones como un submarino –en el transcurso de la acción serían dos-, y le soltó todas las cargas de profundidad que tenía. Con ese rasgo que le caracterizaría de tomar la imaginación por realidad, los dio por hundidos los dos (no había ninguno), y solicitó una medalla por ello (le fue denegada; sólo recibió las medallas generales concedidas a todos los que entraron en acción). Lo cierto es que a las pocas semanas fue relevado del mando, y no volvió a recibir un puesto a bordo de un barco. No hay registro alguno sobre heridas –sí sobre una caída en una escalera-, pero de todas formas muy difícilmente podía ser herido en combate quien se limitó a hacer algunas salidas para patrullar la costa de Oregón.

Inesperadamente, Dianética triunfó, vendiendo más de 150.000 ejemplares en poco tiempo, y Hubbard empezó a aprovecharse de ello con la puesta en práctica de sus ideas. En 1954 funda la Iglesia de la Cienciología. Hay algún testimonio sobre haberle oído decir “me gustaría empezar una religión. Ahí es donde está el dinero”. Se utilizan mucho en su contra, y es cierto que el dinero aquí cuenta mucho, pero ni siquiera esas palabras reflejaban la verdad, o al menos toda la verdad. Lo que ocurría es que, si había habido varios psiquiatras que le tildaban de curandero por su libro, cuando pretendió ejercer la dianética movieron a las asociaciones profesionales de médicos a demandarle por intrusismo y práctica ilegal. Convertirla en religión le ponía a salvo de sus detractores.

A partir de ese momento, se dedica a construir la organización, a la vez que escribe y pronuncia conferencias y lecciones, que la secta difunde con ocasión y sin ella. Con su firma salen decenas de libros –incluso una enciclopedia-, que tratan de todo: desde poesía y música, hasta cartillas para aprender a leer, física, filosofía –la suya, muy particular-, mundos extraterrestres, control mental y aplicaciones prácticas de su sistema: en total, más de 100.000 páginas. Hubbard se presenta –o lo presentan- con un nutrido curriculum académico. Tampoco esto responde a la verdad: la única carrera propiamente dicha que consta que empezó fue ciencias físicas, pero no pasó del primer año. Donde sí se inspiró fue en sus numerosos viajes en la preguerra, sobre todo en el extremo Oriente.

La organización que creó tenía una doble cara, aspecto éste muy familiar en todo lo relacionado con la cienciología. O, quizás, sea más preciso hablar de dos caras y una careta.

La careta es el aspecto de “iglesia”. Hay unas iglesias, unos “reverendos”, una cruz de dibujo particular como emblema, un “servicio dominical”, unas ceremonias de “bautismo” y matrimonio, incluso un “Credo de la Iglesia de Cienciología” que menciona a Dios. Pero en las iglesias el espacio dedicado al templo propiamente dicho es reducido; bonito, pero escaso. Los “reverendos” se ponen un alzacuello para la foto. No hay insistencia ninguna en recibir el “bautismo”, un remedo del cristiano. El “servicio” no va más allá de una plática sobre teorías de la secta. Aparece el término “Dios” en la declaración, y en ningún otro sitio, y en ésta su uso es ambiguo: no hay nada parecido a “creer en Dios”, ni nada de lo que se pueda deducir; el contenido es una especie de declaración de derechos humanos (acomodados en algún caso a sus pretensiones), sin ningún fundamento en nada trascendente. Más que hablar de fe, lo hacen de técnica, y definen la cienciología como “filosofía religiosa aplicada”. Incluso el término “iglesia” resulta ser un postizo cuando se examina lo que se escribe y dice para consumo interno: se habla sólo de “cienciología”. Es, en definitiva, una careta, una operación de imagen por parte de quienes quieren gozar del reconocimiento y los derechos de una religión.

Las caras son algo más interesantes. La primera, más conocida, es la de una organización que aplica la dianética, la “tecnología” diseñada por Hubbard. Cada ser humano lleva en germen, por así decirlo, un superhombre. Esto es así porque en cada uno, junto con el cuerpo y la mente, habita un “espíritu” –un thetán, en términos cienciológicos-, que adviene al hombre de fuera de él, con la fuerza del espíritu puro y la experiencia de otras vidas vividas. Pero también hay una herencia negativa –de lo negativo anterior- que se concreta en unos factores de distorsión que llaman engramas. Con la dianética se trata pues de liberar al hombre, liberando el thetán de las engramas. En esto consiste la salvación para un cienciólogo.

¿Cómo se lleva a cabo? Mediante una “carrera de purificación” consistente en un tratamiento que dura una larga serie de cursos y cursillos. En primer lugar, se libera el cuerpo de engramas mediante un tratamiento consistente básicamente en una serie de saunas y la ingestión de fuertes dosis de vitaminas y de aceite vegetal. Más complejo es librar la mente, que por culpa de las engramas se encuentra en un penoso estado de “mente reactiva”, causante de todas las infelicidades humanas. Aquí el instrumento principal es la llamada “auditación”, que en palabras de Hubbard “puede elevar a cualquier persona, de una condición de ceguera del espíritu, a la dicha esplendorosa de la existencia espiritual”. Se trata de una larguísima serie de entrevistas personales con un/una auditor/a, que se vale de un aparato conocido como “E-Metro” (por “electrómetro”), una especie de pequeño detector de mentiras, que, cuando el sujeto auditado sostiene un electrodo en cada mano, transmite una suave corriente eléctrica. Se asegura que sirve para detectar perturbaciones emocionales del pasado a la vez que thetáns corporales. Lo cierto es que, con ese aparato y tras muchas horas de “auditación”, lo que sale a relucir es la vida entera de quien se somete a ese tratamiento*. Al completarse esta “carrera de purificación”, liberado ya de elementos negativos, se llega al estado de “claro” (clear, que aquí se podría traducir mejor como “esclarecido”). Pero no acaba aquí la cosa: esto es sólo el primer paso hacia el “Puente hacia la Libertad Total”. Queda aflorar todas las posibilidades del thetán: ser “Thetán Operativo”. Hay ocho grados, con los correspondientes cursos, cada vez más complejos y caros. El penúltimo –junto con el máximo grado de auditor- sólo puede hacerse en un hotel reconvertido de Clearwater (Florida) (la propaganda lo presenta como un retiro religioso). Y el último, el “Thetán Operativo VIII”, sólo se adquiere en un lujoso barco de unos 150 m. de eslora, el Freewinds, mientras realiza cruceros por el Caribe.

Los cienciólogos atribuyen resultados extraordinarios a estos métodos, hablan incluso de “salvación” y “eternidad”. Al final queda un superhombre libre de trabas y de todo elemento física o moralmente torcido, capaz incluso de dominar otros objetos con su mente. Pero la evidencia de esos adelantos no aparece por ninguna parte. ¿Puede haber algún efecto positivo? En lo físico, las vitaminas generalmente sientan bien –aunque en exceso puede haber algún peligro-, y la sauna es relajante. Lo psíquico es más complejo. Sí puede decirse que, en general, sincerarse suele ser algo bastante conveniente para la tranquilidad interior, e incluso en algunos casos tiene efectos terapéuticos. Pero, a la vez, es importante escoger bien a la persona con quien sincerarse y de la que recibir consejo. Se confía nada menos que la intimidad personal, y acudir a la persona equivocada puede tener consecuencias desastrosas.

Por lo demás, no es difícil ver en todo esto influencias de las teorías reencarnacionistas propias de las religiones orientales, que Hubbard conoció gracias a sus viajes en barco antes de la guerra mundial.

La segunda cara de la cienciología, complementaria de la primera, es más compleja y se hace más patente conforme se ahonda en el interior de la organización. El punto de gravedad se desplaza de la liberación del individuo a la liberación de la humanidad. Se parte de que el mundo está en irreversible decadencia, y al filo de la catástrofe. Sólo lo puede salvar –y llevar a la inmortalidad- la cienciología, y hay prisa. También hay oposición, pero “ni todos los simios de la prensa con sus alaridos, ni los sádicos de sangre fría que gobiernan las «sociedades cultas» es probable que sean capaces de detener la primera posibilidad que tiene el Hombre de lograr la inmortalidad y llegar hasta el sol” (Hubbard, Diario mensual del Auditor, n. 44). En consecuencia, el cienciólogo está en guerra, aunque, también, por supuesto, seguro de la victoria. Todo esto supone la existencia de unas ideas que fundamentan su actividad, y cuenta para la lucha con una compleja organización y personas preparadas. En ella hay una curiosa mezcla de “jugar a soldados” y a la conquista del universo, con la carencia de escrúpulos en los medios para conseguir sus objetivos. Todo vale para salvar al mundo. Y eso se traduce en traspasar el campo de la legalidad cuando se considera necesario y la inclusión de medios bastante poco éticos. A esto se le llama fair game, “juego limpio”: es evidente a quién hay que atribuir la paternidad de la expresión. Por último, para este juego también hay que tener enemigos definidos, y los tienen señalados.

Primero, las ideas. Conforme se va avanzando en los grados de “thetán operativo”, el cienciólogo está preparado para conocer toda la verdad. Ésta consiste en una compleja historia, no muy diferente de las que aparecen en películas de ciencia-ficción sobre luchas intergalácticas. Resulta que hace noventa y cinco millones de años se fundó una Federación Galáctica de setenta y seis planetas. Veinte millones de años después tenía un grave problema de superpoblación, y al malvado dirigente de la Federación, Xenu, se le ocurrió la ingeniosa idea de que unos renegados se llevaran a cientos de millones de “almas” –los thetáns- a un planeta llamado Teegeeack (la Tierra). Las arrojaron en volcanes, para hacer explotar una bomba termonuclear en cada uno a continuación. “Manchadas” y debilitadas por este procedimiento, podían ser intoxicadas mediante hipnosis (con falsas imágenes distorsionantes, una de las cuales es la de Dios), y metidas en cajas que se “empaquetaron” en dos zonas volcánicas: Hawaii y Canarias. La historia sigue, pero lo importante es este origen del hombre, junto al hecho de que sólo la técnica cienciológica es capaz de reintegrar al thetán a su prístina condición. Si antes se ponía de manifiesto la influencia de los viajes a Oriente de Hubbard, ahora se trasluce su anterior profesión.

La organización es compleja. No hay una única entidad aglutinante, sino un complejo de entidades vinculadas entre sí, de forma que “cienciología” no es ninguna en particular y es todas a la vez. A primera vista parece que la que engloba todo es la llamada Church of Scientology International (Iglesia de Cienciología Internacional), y que por tanto su presidente –Heber Jentzsch- encabeza la cienciología, y así tiende a considerarse por la prensa, pero no es así. En realidad, su misión se centra en constituir la imagen y llevar las relaciones públicas de la organización, pero no está ahí el centro de decisiones, sino en el llamado Centro de Tecnología Religiosa, con base en Los Angeles, que ejerce el control a través de los derechos de propiedad intelectual de Hubbard (todo, hasta la mínima insignia, se patenta), de los que es depositario (aunque hay de hecho una cadena de mando más directa).

Montar un entramado de sociedades en vez de una sola aglutinante tiene varias ventajas. Hay interdependencia –o subordinación- cuando conviene, y cuando no se asegura que una nada tiene que ver con la otra. De cara a exigir responsabilidades es indudablemente una ventaja. Puede hacerse, dentro del complejo, una clasificación que divide la entidades en dos: las pretendidamente religiosas, y las pretendidamente civiles. Las primeras tienen la ventaja de una mayor protección legal y de la exención de impuestos. Las segundas, como Narconón –dedicada a la prevención y tratamiento de la drogadicción- o Bridge Publications Inc. –empresa editoral-, tienen la ventaja de ofrecer servicios técnicos o asistenciales –cursos sobre drogas, campañas de alfabetización o de técnicas de estudio- sin aparecer conectadas con la cienciología –siendo básicamente los cursos elementales de la “dianética” lo que dan – y poder obtener subvenciones públicas que no podría obtener una entidad religiosa. El problema está, entre otras cosas, en el hecho del trasvase de fondos de las segundas –fondos públicos en ocasiones- a las primeras –exentas de impuestos-: según la legislación de cada país, es posible, es ilegal o incluso es delictivo. Y, desde luego, se hace en todo caso: viven de ello.

En las diversas organizaciones, los cuadros de mando están formados por personas con dedicación exclusiva a la organización, reclutados cuando son jóvenes de por vida, con un contrato por un billón de años (prorrogables, es de suponer). Forman la llamada “Organización del Mar” (Sea Org), que es considerada una “orden religiosa”*. Son la élite de la cienciología. Visten uniformes al estilo de la marina, con grados, galones, condecoraciones… Toda esta terminología naval (la entidad donde reciben los últimos grados en su formación se llama Flag Service Organization; el Freewinds es el “flagship”, que en inglés significa “buque insignia”) es el reflejo del apasionamiento del Hubbard por el mar. Una vez en sus puestos, en la “diseminación” (“siembra” sería mejor traducción) de la cienciología, se expresan en sus informes en términos de conquista del mundo y tonos triunfalistas, lo que ha alarmado a más de un periodista y le ha hecho ver más de lo que hay en la realidad. Abundan términos como “supresión”, “toma de posiciones en… (la institución o el país que corresponda), “contraofensiva”, “estrategia”, etc. Hasta hace no muchos años, eran frecuentes las declaraciones de que en el año 2000 el mundo sería suyo; la realidad les ha hecho últimamente algo menos pretenciosos.

No hay conquista ni armas militares, pero eso no quiere decir que carezcan de peligro. Cuando se trata de combatir al enemigo, se utilizan todo tipo de medios, legales –lo que no significa éticos- o ilegales. Los preferidos son las acciones legales –alegando violación de propiedad intelectual o de otros derechos-, y la contratación de detectives privados para sacar “trapos sucios” que se pueden esgrimir como arma. Cuando no se puede conseguir nada por ese medio, se ha recurrido a la difamación, incluso calumniosa. Se han llegado a dar casos como el de una ciencióloga que se disfraza de prostituta y se arrima al objetivo para que se saque la correspondiente fotografía. En el terreno de lo delictivo, ha habido sustracción de documentos tanto de entidades privadas como públicas, y puesta en práctica de técnicas de espionaje, como infiltraciones y colocación de micrófonos. Hubbard creó un organismo especializado para estas tareas en 1966, al que llamó “Oficina del Guardián” (Guardian’s Office), a cuyo frente colocó a su tercera mujer, Mary Sue, que de hecho era la segunda en jerarquía dentro del complejo cienciológico.

¿Quiénes son los enemigos a combatir? Son los periodistas que no simpatizan con los cienciólogos, quienes les investigan, los desertores que quieren hablar, los que quieren demandarles, los que quieren imitar o sacar provecho de sus técnicas por su cuenta, y… los psiquiatras. La inquina contra éstos, transmitida por Hubbard, llega a límites que cuesta creer. Han creado una sociedad, la Citizens Commission on Human Rights (“Comisión Cuidadana por los Derechos Humanos”) con el solo fin de combatir y denigrar la psiquiatría. En el discurso inaugural del templo de Washington, David Miscavige –a cargo del Centro de Tecnología Religiosa- incluía palabras como éstas: “Y si alguien se pregunta alguna vez quién apagó las luces en este periodo más bien oscuro, fue también en 1955 (poco después de que Hubbard fundara la “iglesia”) cuando los agentes de la Asociación Psiquiátrica Americana se reunieron en el Capitolio para preparar en detalle la infame Ley Siberia, que proponía un campo de concentración secreto en la desolada Alaska” (¡!); “Tras la derrota de su querida Ley Siberia, los psiquiatras se unieron al gobierno de EE.UU., principalmente con el IRS (Hacienda), ¡y dio comienzo una guerra que ha durado casi 40 años!”. A principios de los noventa, se da noticia en la revista Scientology News de un discurso de Heber Jenztsch en el que “reveló planes para erradicar totalmente este moribundo engendro (la psiquiatría) para el año 2000”, y anunció la publicación de dos libros: Psiquiatría, la traición final, y Psiquiatras, los hombres detrás de Hitler (¡!). Los ejemplos son necesarios para entender la intensidad y el tono del ataque. Los motivos, en cambio, no son tan difíciles de adivinar.

Todo este montaje, en el que la imagen está muy cuidada para connotar un alto nivel, cuesta bastante dinero. ¿De dónde sale? Fundamentalmente de la venta de sus productos. Los libros de iniciación –de Dianética solamente se han vendido millones de ejemplares- se venden más o menos a un precio normal. Los cursillos iniciales resultan ya caros, sobre todo si se atiende a lo que dan. Pero a partir de aquí los precios se van disparando rebasando con mucho el límite de lo razonable. “Cruzar el puente” –el curso completo- cuesta unos trescientos mil dólares (más de cincuenta millones de pesetas). Un brazalete de clear se sitúa, según el modelo, entre treinta y cinco mil pesetas y ciento cincuenta mil. Un libro de Hubbard para ya iniciados como The Skills of a Theta Being (“Las destrezas de un ser thetán”) se les vende a ochocientos dólares (unas ciento treinta y cinco mil pesetas). Un “E-Metro”, que a precio de mercado saldría probablemente por menos de diez mil pesetas, cuesta más de diez veces más (el equipo completo se acerca al millón de pesetas). Es fácil deducir que más de uno se ha dejado sus ahorros en el intento por llegar a ser el inmortal superhombre que se anuncia, en más de un caso quedándose a mitad de camino por falta de fondos. Si son jóvenes, esta circunstancia ha propiciado su firma para el ingreso en la “Organización del Mar”. A su vez, los que viven de la organización reciben una buena parte de sus ingresos –según el puesto- en forma de comisiones sobre ventas (entre el 10% y el 35%), convirtiéndose así en activos y agitados vendedores, la base que hace funcionar la maquinaria de la cienciología.

Son precios que habrán desanimado a más de uno. Por eso, para atraer a inciados o retener a quienes han llegado a la condición de clear, han puesto en marcha en los últimos años programas nuevos, que se presentan como más asequibles, como el llamado Havingness Rundown, “Recorrido de Havingness” (el término inglés es difícil de traducir: es algo así como “la condición de quien tiene”). Así, para quienes lo sigan se pueden presentar como un atajo, mientras que a los que tienen una cuenta corriente nutrida se les puede decir que es algo de segunda categoría. En todo caso, el esfuerzo que están poniendo los cienciólogos para intentar conseguir candidatos a los cursos de auditores revela que debe haber bastantes iniciados que no están muy convencidos.

Falta por conocer un dato importante: ¿cuántos son? No es fácil responder. En primer lugar, porque no es fácil definir qué es un cienciólogo; en segundo lugar, porque los datos oficiales no son fiables. Suponiendo que se considera cienciólogo el que ha llegado al estado de clear y sigue participando activamente en las actividades de la organización, es disparatado aceptar la cifra de unos diez millones que dicen ser; es posible que esa cifra corresponda a los que en alguna ocasión han participado en los cursos que imparten. Aunque en este aspecto ninguna fuente es del todo fiable, la cifra de doscientos mil en todo el mundo parece aproximada a la realidad. También es interesante, para conocer la fuerza de la organización, la cifra de los integrantes de la “Org del Mar”. Aquí se baraja la cifra de unos quince mil, aunque hay que tener en cuenta que, debido a los contratos por un billón de años, se niegan a reconocer los abandonos, por lo que el número debe ser menor, posiblemente la mitad.

La historia de la cienciología es breve, pero bastante azarosa. Hubbard, cuando pudo, empezó a dirigir la organización desde un barco (el original “Flagship”), el Apollo. En 1966, inesperadamente, anunció que dejaba la presidencia de la cienciología. Los motivos no son claros: quizás se enteró de que se le empezaba a investigar, y en todo caso debía sentirse perseguido (a la vez que sucedía esto, creaba la “Oficina del Guardián”). Pero, una vez más, era falso: siguió dirigiendo la organización en la sombra. Se puso de manifiesto en 1977, con el mayor golpe recibido por la cienciología. El FBI irrumpió simultáneamente en las sedes de la “Oficina del Guardián” en Los Angeles –la central- y Washington. Ante un Gran Jurado se pusieron de manifiesto varios delitos, entre ellos el robo de documentos oficiales (concernientes a ellos mismos: no eran, como a veces se ha dicho, secretos de defensa o papeles de la CIA). El principal personaje sentado en el banquillo era Mary Sue Hubbard. Al final, se llegó a una solución negociada: ella aceptaba la culpabilidad de algunos cargos –por los que recibió una sentencia no muy dura-, y a cambio se retiraba la acusación a su marido, que a la luz de los documentos incautados era evidente que seguía manejando los hilos en la sombra.

El FBI, de todas formas, no renunció a capturar a Hubbard. Pero, ¿dónde estaba? Se había hecho construir un cuartel general secreto cerca de Los Angeles. Siguieron su pista hasta dar con el sitio en 1980. Pero cuando iban a entrar, un chivatazo alertó a Hubbard, y al llegar el FBI encontró… una productora de cine en funcionamiento (Golden Era Productions: la habían creado años antes, y allí estaba su material casi abandonado, pero aquel incidente la revitalizó, y empezaron a producir películas cienciológicas). Cuando pasó el peligro, Hubbard volvió al lugar.

Por aquellos años, empezó a cobrar una creciente importancia dentro de la organización un joven nacido en 1960 en el seno de una familia católica de Nueva Jersey, que a los 16 años dejó los estudios para dedicarse por entero a la cienciología: David Miscavige. Cercano a Hubbard casi desde el principio, comenzó en los ochenta a convertirse en el brazo ejecutor de sus órdenes. La salud de Hubbard se iba deteriorando, y cuando murió en 1986 Miscavige se convirtió en su sucesor. Ya antes había arreglado el problema creado con la persecución del FBI, y se había quitado de encima a la única persona que podía hacerle sombra: Mary Sue Hubbard. La versión oficial refiere que la “Oficina del Guardián” se había convertido en una organización que se había separado de la cienciología y estaba haciendo la guerra por su cuenta, siendo necesario suprimirla y apartar de la cienciología a Mary Sue y sus principales colaboradores. Aparte de ser un argumento poco consistente –quien no quiere obedecer no suele querer disolverse-, la realidad conocida cuenta otra historia diferente. Miscavige, con la aprobación de Ronald Hubbard, convenció a Mary Sue de que no podía seguir, y aceptó un dorado retiro. A continuación, se fue deshaciendo de quienes como ella estaban “quemados” por la información del FBI, apartándolos o enviándolos a las sucursales europeas –las más fuertes son las de Dinamarca y Gran Bretaña-. Oficialmente se cerró la “Oficina del Guardián”, pero a la vez se creaba la “Oficina de Asuntos Especiales”, que heredaba sus cometidos y sus procedimientos, aunque con más cautela que anteriormente.

Miscavige, a la muerte de Hubbard, se hizo con el control total, que ejerce a través de su puesto como Presidente de la Junta del Centro de Tecnología Religiosa, con sede central en Los Angeles, verdadero centro de la cienciología –él vive en la antigua finca de Hubbard-. Es el organismo que posee toda la propiedad intelectual de la cienciología, y del que depende la “Red del Inspector General”, que supervisa el funcionamiento de toda la pléyade de organismos cienciológicos. Miscavige mostró desde el principio ser hábil y resolutivo. Repitió la jugada que había hecho con la “Oficina del Guardián” cuando supo que había otra investigación en curso por parte de la Hacienda norteamericana. Es más consciente que Hubbard de hasta dónde puede llegar, se deja ver más y ha demostrado saber cuidar las relaciones públicas. Pero esencialmente nada ha cambiado.

Desde el Centro de Tecnología Religiosa se dirige la principal guerra que sostiene la cienciología: la judicial. Aquí no se repara en medios o en gastos. Es difícil encontrar una organización que demande más a la vez que sea tan demandada. Demandan en pro de su reconocimiento como entidad religiosa exenta de impuestos, y contra todo el que informa en su contra, en especial cuando es el los medios de comunicación: periódicos, revistas y websites de Internet. Son demandados por algunos delitos como los fiscales, y por daños y perjuicios. En términos generales, lo más frecuente ha sido que la cienciología ha ganado los procesos “abstractos” –reconocimientos generales-, y ha perdido los concretos –referidos a casos particulares-. Acabó por ganar la larga batalla por ser reconocida como religión en los Estados Unidos, lo que se está repitiendo en otros países de Europa Occidental. En cambio, contra los medios informativos no suele haber tanto éxito. De todas formas, hay alguna excepción, y un fallo puede ser fatal: la revista Time ganó un pleito por un artículo titulado cult of greed (que significa, a la vez, “secta de la codicia” y “culto a la codicia”), en el que se le pedía una indemnización de aproximadamente ¡setenta mil millones de pesetas!, cantidad que, a pesar del victimismo de la secta, parecía confirmar el titular. En 1996 se puso de manifiesto este peligro, al culminarse la guerra que mantenían en los tribunales contra una entidad antisecta llamada Cult Awareness Network, contra la que habían interpuesto, de un modo u otro, en uno u otro Estado, nada menos que más de cincuenta demandas; bastó una sola para hundirla. Volveremos sobre este episodio más adelante. En cambio, cuando es la parte demandada, la cienciología ha tenido que pagar considerables cantidades por daños causados en las personas, o fraudes con los productos que ofrece.

Comparativamente con otros países occidentales, en España la implantación de la cienciología es más bien escasa. Han tenido serios reveses. En 1988, la Iglesia de la Cienciología Internacional montó una convención en un hotel de lujo de Madrid. Se trataba de impulsar la organización y de causar una buena impresión. Sucedió lo contrario. Cuando llegó Heber Jentzsch para presidirlo, se encontró conducido a la comisaría de policía en vez del hotel. La policía llevaba nueve meses investigando concienzudamente, con ayuda de la Interpol, y esperó a la convención para hacer una redada de 69 personas. Jentzsch esposado era una imagen suculenta para la prensa, y se difundió por todo el mundo. Pasaron a disposición del Juzgado de Instrucción nº 21 de Madrid. Más tarde se trasladaron diligencias a la Audiencia Nacional, por la magnitud de la organización, pero las devolvieron a los Juzgados de Instrucción. Jentzsch, después de decir, en su línea de siempre, que todo se debía a una conspiración de psiquiatras, quedó en libertad bajo fianza, y abandonó el país para no volver. El fiscal pedía para él nada menos que treinta años de cárcel. Por increíble que parezca, tras varios aplazamientos, al final se celebró la vista a principios de 2001, más de doce años después de las detenciones. Todavía no hay sentencia en el momento en que se escriben estas líneas, pero en todo caso no se esperan condenas muy fuertes: el fiscal rebajó mucho sus pretensiones, tanto en número de imputados como de delitos. Jentzsch quedaba ya fuera de la lista, pero, por si acaso, no estaba allí para escucharlo.

De los cargos, el más fácil de probar era el fraude fiscal de Narconón, que era probablemente la más floreciente de las ramas cienciológicas en España. Tenía concedida la condición de asociación benéfica, y algunas residencias para rehabilitación de toxicómanos. Los métodos eran los de Hubbard –no podía ser de otro modo-, la dotación de personal mínima, la de servicios muy pobre –por no decir adjetivos peores-, los precios del orden de 180.000 pts./mes, los beneficios millonarios –en la de Cercedilla (Madrid) 134 millones en un año-, y no declaraban a Hacienda. Además, el fiscal y el juez instructor lo han considerado estafa. El intrusismo en la medicina era otra acusación. No tendría demasiada importancia si no fuera porque hubo algún incidente serio. Se impartían los cursos de Hubbard por parte de la asociación “Dianética”. Se apuntó un diabético, y le convencieron del milagroso poder de sus métodos; acabó con un coma diabético. Otros cargos surgieron porque, sin saberlo, la policía había colocado micrófonos en sus sedes, y de allí salieron los correspondientes cargos por las amenazas, coacciones… el fair game de Hubbard, en una palabra.

Todo esto les ha supuesto un serio retroceso. De entrada, no han conseguido, a pesar de la contratación de los mejores abogados –cobrando minutas muy considerables-, el ansiado reconocimiento como entidad religiosa. Cienciología en España está representada sobre todo por “Dianética”, con el status de asociación civil. Tiene tres establecimientos, y otros tres Narconón. Las cifras oficiales de diez mil cienciólogos y cien miembros de la “Org del Mar” vuelven a ser poco fiables. Un tercio de cada cifra posiblemente se acerque más a la realidad. Es poco, pero es previsible que la organización no se conforme con la situación española, y vuelva a la carga como en los años 80.

Después de todo este examen de la cienciología –algo extenso por necesidad, ya que la organización es compleja-, queda la pregunta sobre su futuro. Aparentemente, su balance es de expansión, consolidación y victoria en las principales batallas legales –y cuando las pierden tienen aguante para sobrevivir y volver a pelear-. A corto plazo, pues, parece que sus perspectivas son buenas. Sin embargo, su agresividad puede ganarles batallas, pero también les crea enemigos. El principal es la prensa. Y la prensa tiene en sus manos un arma que puede resultar letal para los cienciólogos: la “ciencia secreta” para los iniciados. Muestra de ello es la sorprendente virulencia con que atacan a quien divulga las doctrinas de circulación restringida de la secta, aunque lo exponga por exotismo y sin censurarles. Son fantasías que sólo pueden ser creídas tras una concienzuda “preparación”. Si de antemano se conocen, en frío, el posible atractivo que puede presentar la secta desaparece. Como decía Dennis Erlich, un antiguo supervisor del Flag Service Organization –un instructor de alto nivel, que les conoce bien- convertido en adversario: “¿Quién ganará? Ya hemos ganado. Hemos sacado el genio de la botella”.

b.2- Otras

Dentro de este grupo, no hay ninguna otra organización de tamaño, dinamismo o complejidad comparable a la cienciología. De las muchas que hay, se repasan algunas de las más significativas, que sirven para hacerse una cierta idea del grupo, siempre imperfecta, porque la variedad es muy grande.

Aparentemente, pocos grupos organizados encajan mejor con la llamada mentalidad “New Age” como Nueva Acrópolis. Sin embargo, se creó mucho antes de que se oyera hablar de “New Age”, y tiene unos antecedentes que se remontan mucho más atrás.

Hay dos círculos concéntricos de personas alrededor de Nueva Acrópolis. El exterior figura como una asociación cultural (“Asociación Cultural Nueva Acrópolis”), y lo es. Tiene socios, publicaciones, y unas actividades centradas sobre todo en conferencias, que versan sobre todo tipo de temas del gusto del neopaganismo, el esoterismo, el ocultismo, y en general el gusto por lo exótico: civilizaciones y culturas de la antigüedad, pensamiento y simbolismos de arcanas civilizaciones, religiones extinguidas o poco conocidas, ocultismos, poderes mentales y parapsicología, gnosticismos de todo tipo, etc. El círculo interior lo constituyen personas dedicadas en mayor o menor grado a la organización, que profesan unas ideas determinadas, han completado unos estudios en el Centro de Formación Filosófica, y forman un conjunto disciplinado. Sólo respecto de este círculo interior puede hablarse de secta.

El origen remoto se remonta a 1875, cuando bajo la inspiración de la rusa Helena Petrovna Blabatsky se funda en Londres la Sociedad Teosófica (la fundó un masón, el coronel Olcott). La propaganda de Nueva Acrópolis, donde veneran a Blabatsky, la define como una mujer que “a través de una filosofía ecléctica, buscó la verdad oculta en las Artes, Ciencias, y Religiones de la Antigüedad y la unión entre todos los hombres”. Era en realidad una especie de “vidente” gnóstica y esotérica, una especie bastante común en la Rusia del pasado siglo. Nueva Acrópolis hereda esos rasgos fundamentales de su pensamiento: ocultismo esotérico (doctrina reservada a los iniciados del círculo interior), clecticismo neopagano (se combinan elementos de cualquier paganismo antiguo, sin preocuparse mucho de su compatibilidad), y una especie de ideal de fraternidad universal neopagano (elemento claramente procedente de la masonería).

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre el ideario de Blabatsky y el de los acropolitanos. Mientras aquélla se apoyaba fundamentalmente en las antiguas religiones orientales, éstos encuentran su apoyo principal en la filosofía pagana occidental, con elementos tomados del pitagorismo (Pitágoras, además de sus aportaciones a las matemáticas como el famoso teorema de su nombre, fundó una especie de secta esotérica), el platonismo y el neoplatonismo. De hecho, Nueva Acrópolis no quiere ser etiquetada, no ya como secta, sino tampoco como religión: no quieren ser más que una filosofía. Sólo que esta filosofía lo engloba todo.

El fundador del grupo es el “profesor” –parece que no acabó los estudios universitarios- argentino Jorge Ángel Livraga Rizzi (1930-1991). El propósito de su “filosofía” es alcanzar el “yo superior” –el superhombre, aunque no se le llame así-, despertándolo –se encuentra ya potencialmente en el espíritu- por los medios familiares al esoterismo: sabiduría oculta, simbolismo, imaginación, estudio de los sueños, y –esto es menos común- una vida físicamente sana. La consecución de ese “yo superior” es la puerta al “yo cósmico o universal”, realidad colectiva arquetípica. Cuando haya muchos que lo consigan, el “yo universal” aparecerá como una conciencia colectiva, lo que dará lugar a una nueva sociedad, regida por los ideales que propugna. Se traslucen aquí, efectivamente, ideas platónicas: el alma degradada por el cuerpo mortal, que procede del “mundo de las ideas” o “cosmos noetós” (“cosmos” en griego no es simplemente “universo”: es “universo ordenado”, armónico), y a él tiene que volver liberándose de los condicionamientos materiales; y neoplatónicas: el “alma del mundo”. Todo ello envuelto en un ambiente esotérico con influencias orientales, pero que también estaba presente en Pitágoras.

Hasta aquí, la cosa no pasa de ser un esoterismo neopagano más, con la particularidad de ser más “occidentalizado” que lo habitual. Pero resulta que los sueños de Livraga incluían sueños imperiales. Organizó su grupo con algunos caracteres de milicia –quiso haber sido militar, pero no fue admitido en la Academia-, con la idea de que esa nueva sociedad sería un imperio regido por sus ideas. Como los griegos, salvo el efímero reinado de Alejandro Magno, no construyeron un imperio universal, Livraga buscó su simbología en el imperio romano: los hachones característicos, el saludo romano –incluido el “Ave, César”-, etc. El problema es que a la misma fuente habían acudido los fascistas italianos de Mussolini (el mismo término “fascismo” procede de esos hachones, símbolos de la potestad en la Roma clásica, y denominados “fasces”), y que esa nueva sociedad imperial suena al “nuevo orden” propugnado por los grupos neonazis. Si a esto se añade la existencia de un cuerpo de seguridad con uniformes negros que practican artes marciales y el empleo de un vocabulario cuasimilitar –Livraga estaba al frente del “comando mundial”-, la catalogación de Nueva Acrópolis como grupo neonazi estaba bastante servida.

¿Es así? Ellos lo niegan, pero a la vez indicios no faltan. Por otra parte, como grupo neonazi su comportamiento es extraño. No difunden propaganda de ese género, ni participan en actos característicos de esos grupos. La simbología misma es más cercana a la fascista italiana que a la alemana nazi, lo cual tampoco es habitual*. Si todo fuera en el fondo una tapadera para una organización “ultra” neofascista, parece que no acaban de salir nunca de la tapadera, y sobra veneración a personajes como Madame Blavatsky mientras que falta a otros conocidos personajes que constituyen símbolos de la extrema derecha. Más bien parece que se ha llegado a un resultado análogo por vías distintas. Es posible que en su juventud Livraga, a quien sus seguidores presentan como dedicado “a promover la fraternidad entre los individuos y los pueblos”, haya estado cercano a grupos de la extrema derecha argentina –en realidad más pasional que extrema-, pero lo que sí es seguro es que estaba más influido por ideales masónicos, y que si no perteneció a esa organización –cuantitativa y cualitativamente poderosa en los círculos intelectuales argentinos de la época-, al menos no estaba lejos de ella y la conocía bien.

Livraga, a pesar de ser el supremo “comandante”, parece que confiaba más es su carisma que en la organización, y no dejó a su muerte una organización excesivamente centralizada. Nueva Acrópolis está configurada como una federación de entidades nacionales (32 con el tamaño suficiente para ser miembros, y con representación de otros diez países). La Federación, con sede en Bruselas, se dedica sólo a la representación y la organización de un congreso anual. La presidencia está ostentada por uno de los presidentes nacionales elegidos. Actualmente lo es la presidenta de la Asociación española, Delia Steinberg, prueba de España es uno de los lugares donde más ha cuajado la organización, al menos relativamente, aunque también la elección se debe a la cercanía con Livraga, pues vivió con él en Madrid. Madrid parece ser, por tanto, el principal centro de decisión de la secta.

De hecho, Livraga la escogió como residencia en los últimos años de su vida –murió en Madrid-, a pesar de ser consciente de que la policía seguía sus movimientos (al final fue llevado ante en juez por llevar él y su guardaespaldas sendas pistolas sin licencia; no es gran cosa). En España han tenido su apogeo, con más de mil miembros de la secta, pero ese número ha bajado, y posiblemente ahora esté en torno a la mitad; adquirieron en su día y arreglaron un castillo en Guadalajara –el de Santiuste-, pero lo tuvieron que dejar por no poder mantenerlo. Este descenso de afiliados ha sido la tónica general de estos años, de forma que no deben superar los diez mil en el mundo; en buena lógica, los países con mayor implantación deben ser aquellos en los que han fundado instituciones docentes: Perú, El Salvador y Paraguay (es llamativo el contraste de los nombres: “Colegio Giordano Bruno” en Perú, “Universidad San Jorge” en El Salvador; es probable que en alguno de estos casos haya habido apoyo masón). La causa parece radicar en la curiosa mezcolanza de creencias, símbolos y estructuras. La predicción más razonable es que no tardarán en desaparecer, a menos que dejen de lado esa especie de organización paramilitar con simbología parafascista que la peculiar idiosincrasia de Livraga montó.

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También es un argentino, Mario Luis Rodríguez Cobos (nacido en 1938), el creador de una secta conocida hoy como Movimiento Humanista. El nombre es lo de menos, pues, al igual que los símbolos, ha cambiado varias veces. En España hace años se presentaba como “La Comunidad”. El cambio es oportunista, ya que sirve para parasitar a las distintas organizaciones que se definen como humanistas, de forma que, por ejemplo, si se busca algo “humanista” en Internet lo más probable es que se encuentre uno con la tupida red de websites de esta organización. Hace unos años se presentaron a las elecciones políticas europeas como “Verdes Ecologistas”, que llegó incluso a formar parte de Izquierda Unida –hasta que se dieron cuenta de quiénes eran-, y dividió el voto ecologista. Esto, lógicamente, ha irritado tanto a los ecologistas como a los “otros” humanistas. Ahora se siguen presentando en varios países como “Partido Humanista” –incluso han creado lo que llaman “la Internacional Humanista”, donde se encuentran sólo ellos-. Ya se sabe que no ganan un solo puesto, pero sirve como plataforma propagandista, da una cierta carta de ciudadanía, y pone a su disposición el censo electoral para poder enviar su propaganda. Todo esto da una idea del carácter oportunista y escurridizo del argentino.

Pero lo que éste ha montado no es un partido político, sino una secta. Rodríguez Cobos es conocido y firma como “Silo”; se considera el pistoletazo fundacional del grupo un discurso suyo en Argentina (se habló del “nu

2 pensamientos sobre “El complejo mundo de las sectas

  1. hay una secta y la del tal sr mun es una secta muy basura q ase q asus seguidores a trabajar para favorecerce ellos mismos tenga cuidado mi enmorada esta ayi y le han lavado el cerebro

  2. SOMOS UN GRUPO DE DESERTORES DE UN GRUPO QUE PROPAGA INICIALMENTE TECNICAS DE RESPIRACION PARA EL MANEJO DEL STRESS LLAMADO «EL ARTE DE VIVIR». CUANDO LOS CURSANTES SON ALECCIONADOS A INVOLUCRARSE EN RANGOS MAYORES DENTRO DE LA ORGANIZACION (INSTRUCTORES), RECIBEN ADOCTRINAMIENTOS CONSISTENTES EN RENUNCIA A SISTEMA EXISTENTE DE CREENCIA RELIGIOSA Y ABRAZO AL CULTO AL LIDER DE LA ORG., DEPRIVACION DE SUEÑO Y DIETA POBRE, SESIONES DE ALECCIONAMIENTO, PROCESOS DE HUMILLACION Y CRISIS DE VALORES DE IDENTIDAD PARA REEMPLAZARLOS X NUEVOS VALORES. EN ALGUNOS CASOS LA ADOCRTINACION SE REALIZA EN LUGARES CONFINADOS Q IMPIDEN LA HUIDA DE LOS ESTUDIANTES. FINALMENTE, LA FORMA EN LA QUE ESTAN ADQUIRIENDO MAS Y MAS POPULARIDAD CONSISTE EN HACER PARTICIPAR DE LA PARTE «INICIAL» DE LAS TECNICAS, LAS CUALES SON AGRADABLES Y GENERAN GRAN REPERCUSION, ESPECIALMENTE ENTRE LAS FIGURAS PUBLICAS Y DE INFLUENCIA EN LA OPINION PUBLICA, QUIENES INOCENTEMENTE PROMOCIONAN LAS BONDADES DE LA «CASCARA» DE ESTA ORGANIZACION, SIN SABER QUE TODO AQUEL QUE NO GOCE DE POPULARIDAD MEDIATICA Y DESEE ADENTRARSE ALGO MAS, HABRA DE QUEDAR EXPUESTO A UN PROCESO TRAUMATICO DEL QUE POCA GENTE SALE. QUEDO A LA ESPERA DE SU AMABLE RESPUESTA Y NUESTROS ATENTOS SALUDOS.

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