La ruptura entre oriente y occidente

El papa procuraba mantener la unidad de la Iglesia como auténtico y único sucesor de San Pedro.
 

San Sixto III

 

Sixto era ya un personaje importante en el grupo que rodeaba a Zósimo. Hubo un tiempo en que parece que llegó a simpatizar con las ideas de Pelagio acerca de la gracia, hasta el punto de preocupar a san Agustín. Tras un intercambio de cartas con el obispo de Hipona, renunció Sixto a toda veleidad y dio desde entonces muestras inequívocas de su ortodoxia.

 

Como su presencia y su influencia se fueron acentuando durante los pontificados de Bonifacio y de Celestino, a nadie sorprendió que fuera elegido para la silla de san Pedro. Fue el 31 de julio del 432, cuatro días después de morir Celestino l.

 

Su primera preocupación se centró en apoyar la tarea de apaciguamiento llevada a cabo por Teodosio II con los obispos de Oriente después de la crisis del nestorianismo. Pero, celoso también de los derechos de Roma, defendió sus prerrogativas sobre Iliria contra las pretensiones del patriarca de Constantinopla.

 

Sixto III fue, sobre todo, un gran constructor: Roma le debe la basílica de Santa María la Mayor, que hizo levantar en el lugar que antes ocupara el templo construido por Liberio. También mandó edificar el baptisterio de Letrán y la basílica de San Lorenzo, alzada al lado de la que había hecho con la misma advocación el emperador Constantino.

 

Murió Sixto III el 19 de agosto del 440. Junto con sus inmediatos predecesores había preparado el camino al que había de ser el papa más grande de los primeros siglos: san León Magno.

 

San León Magno

 

Archidiácono de Roma bajo el pontificado de Celestino, fue luego el hombre de confianza de Sixto III. Cuando éste murió se hallaba León en la Galia con la misión de servir de árbitro en un conflicto entre el patriarca Aecio y el prefecto del pretorio, Albino. Como León era el más indicado para sucederle, ni siquiera se esperó a que regresara para elegirle.

 

Vuelto a Roma en septiembre del año 440, fue consagrado obispo el día 29. El nuevo pontífice iba a conducir al papado a la primera gran cumbre de su historia.

 

Sin poseer la envergadura intelectual de un san Ambrosio o de un san Agustín -no sabía griego, por ejemplo, ni tenía gran afición a la filosofía, ni solía citar a los clásicos, según se comprueba en los cientos de sermones suyos que se han conservado hasta hoy, León tenía, en su más alto grado, una clara conciencia de la dignidad del obispo de Roma, dignidad que concebía, esencialmente, como un servicio y como un deber.

 

Justificando el primado del obispo de Roma por su condición de sucesor de Pedro, explícitamente otorgaba el privilegio a la función antes que a la persona que la asumía y desempeñaba. Ésa es la razón de que mantuviera como algo intocable el fundamento de la institución papal, que no se pondría en tela de juicio durante mucho tiempo, pese a que muchas de las figuras más perturbadoras de la época pretendieran mancillar su prestigio.

 

Al advenimiento de León, la preeminencia de la sede romana era un hecho aceptado en toda la Iglesia latina. En el año 445 Valentiniano III, el emperador de Occidente que residía en Rávena, reconoció oficialmente la primacía de jurisdicción del papa. Pero faltaba que esa misma primacía fuera reconocida, sin reticencias, por la Iglesia de Oriente.

 

Las polémicas acerca de la persona y la naturaleza de Jesucristo brindarían a León la oportunidad de imponerse a los teólogos bizantinos. El 13 de junio del 449, en una carta a Flaviano, patriarca de Constantinopla, expone con una claridad magistral la doctrina de la unicidad de la persona de Cristo, subsistente en dos naturalezas: la humana y la divina. No se hubiera podido objetar con más eficacia y acierto a los monofisitas.

 

Eutiques y sus seguidores, sin embargo, no se dieron por vencidos: ocuparon las tribunas en el sínodo imperial reunido en Éfeso en el 449 e impidieron resueltamente la intervención de los legados pontificios. «Se han comportado como unos bandoleros», gritó el papa al conocer la noticia. Aquel sínodo pasaría a la historia como el «latrocinio de Éfeso».

 

El triunfo de Eutiques no duraría mucho. En el año 450 murió Teodosio Il y le sucedió la emperatriz Pulqueria, una mujer tan enérgica al menos como su esposo Marciano. Convocaron el concilio de Calcedonia, y cuando los allí reunidos escucharon la famosa carta de León a Flaviano, puestos en pie en su gran mayoría, proclamaron al unísono: «Creemos lo que han creído nuestros Padres, aceptamos la fe de los apóstoles. Sí, es Pedro quien habla por boca de León».

 

El papa ganaba la batalla, al menos en el campo de la doctrina. Sin embargo, no todo salió bien en el orden jurídico porque, basándose en el tercer decreto del concilio de Constantinopla del año 381, el concilio de Calcedonia, en su canon 28, establecía la igualdad de rango de las sedes de Roma y Constantinopla, ciudades imperiales ambas.

 

Evidentemente, León no podía aprobar tal decisión: para él, la primacía del obispo de Roma procedía, no del prestigio de la ciudad, sino de su condición de sucesor de Pedro. El desconocimiento de este principio por parte de Oriente iba a suponer, aunque todavía en germen, la gran ruptura de la cristiandad, que se consumaría con estrépito en el año 1054.

 

Venturosamente ese hecho estaba aún lejos. El papa, calibrando la importancia de estar siempre presente en Constantinopla, de alguna manera que le asegurara una información constante de lo que aconteciera en Oriente, creó una especie de legación permanente cerca del emperador. El representante del papa en Constantinopla se llamaría el Apocrisario.

 

El enorme prestigio moral que había supuesto para el papado la acción consecuente de los tres últimos pontífices daría pronto sus frutos. En el 452, una nueva oleada de las invasiones bárbaras amenazaba la ciudad eterna: la de los hunos. León les salió al paso, encontrándose con Atila en Mantua en el otoño de aquel año. Impresionado por la majestad del papa, el bárbaro consintió en retirarse y prometió que firmaría la paz con el emperador. Es la escena que Rafael inmortalizó en las estancias vaticanas.

 

Tres años más tarde fueron los vándalos los que invadieron Roma. Aunque el papa no pudo impedir el pillaje -un pillaje que duró quince días- obtuvo al menos de Genserico que renunciara a incendiar la ciudad y a masacrar a sus habitantes.

 

León I murió el 10 de noviembre del 461. El imperio romano de Occidente estaba en trance de desplomarse y los bárbaros terminarían por ocupar toda Europa. La Iglesia, conducida por un papado fuerte, salvaría la civilización.

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