Reflexión para considerar “el fin” de las propuestas espirituales

«¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?». Con estas dos preguntas iniciaba el gran San Juan Pablo II, en el año 1986, una serie de catequesis en torno a la creación, Dios, los ángeles y el pecado original. Las anteriores son las preguntas universales que actualmente se hacen millones de personas cada día, especialmente desde que a partir del año 2002 se vive lo que para muchos se ha convertido en un despertar en la búsqueda de la “Verdad”.

Existe un interés extraordinario por esto, sobre todo, en los más jóvenes y en personas que no llegan aún a los 60 años. Es como si el mundo desorientado estuviera en la búsqueda de una nueva forma de ser y comprender que significa ser persona y de concluir a dónde va cada uno, cuál es nuestro propósito.

Estoy escribiendo esto con un sentido de urgencia en mi corazón al ver a tantos católicos confundidos, muchos abandonando la fe, invitados por propuestas de espiritualidad en las que siente que logran un despertar, una iluminación, un sentido de felicidad que según ellos mismos nunca encontraron en su fe católica.

 ¿A qué se debe esta fuga de católicos? Desde mi muy humilde opinión es debido al mal ejemplo que algunos les damos, a una profunda falta de formación en los principios fundamentales de su fe y al poco conocimiento que tienen de Cristo.  No es lo mismo conocer su historia, que conocerlo a Él. Esto último te cambia para siempre.

El ser humano viene de un Padre Dios y va hacia la casa de este Padre para vivir eternamente con Cristo y todos los santos. Sin olvidar las cortes celestiales, los arcángeles y querubines… Todas estas maravillas que este Padre ha reservado y dispuesto para cada uno de nosotros.

El mundo se ha llenado de múltiples propuestas espirituales. Como católicos que hemos decididó seguir a Cristo, a pesar de las dudas y dificultades, es importante que estemos conscientes e inconmovibles ante esto que creemos para que al salir y convivir con otras corrientes de espiritualidad comprendamos que tú y yo no somos un tipo de energía, ni de vibración, ni de respiración, ni de luz.

Somos hijos de Dios, soldados de Cristo y nuestra misión es mostrarles a todos el camino, iluminar las vidas de los que caminan en tinieblas, ser un reflejo del Amor incondicional de Dios en este mundo.

De algo estoy segura: Tenemos libre albedrío y podemos escoger qué camino de espiritualidad seguir. Para un católico, el camino escogido es simple, seguimos los pasos de Cristo porque en Él comprendes tu dolor, te llenas de una dulce esperanza y profundizas en el llamado que palpita en tu corazón para ser luz y sal de la tierra. Tú y yo tenemos una vocación, una tarea, una gran misión, un destino señalado por Dios para cada uno de sus hijos amados.

San Juan Pablo II escribe en su catequesis. “No se trata sólo de saber cuándo y cómo ha surgido materialmente el cosmos y ha aparecido el hombre, cuanto más bien en descubrir qué sentido tiene tal origen, si lo preside el caso, el destino ciego o bien un Ser transcendente, inteligente y bueno, llamado Dios”.

Tenemos una esperanza de liberación en Cristo tal y como nos dice el Salmo 8, 5 «¿qué es el hombre para que de él te acuerdes?»

Resuena en mi mente esta canción que de niños coreábamos en la misa: Somos los peregrinos, miembros de una iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor” que vamos. Ese es nuestro destino. Cristo en las creencias, Cristo en los pensamientos, Cristo en el corazón.  Nuestro Hogar. El Paraíso prometido con El, los santos y los arcángeles, los querubines, los ángeles.

Jesus venti!

FIRMASHEILA

Sheila Morataya
Austin, TX
www.sheilamorataya.com
Ordena mi nuevo libro YO SOY ÚNICO E IRREPETIBLE aquí

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *