«Todos se dan cuenta de lo que amamos»

Hace doscientos cincuenta años, el 1 de julio de 1769, San Junípero Serra llegó al puerto de San Diego, después de haber viajado a pie durante más de cinco meses desde Loreto, México.

Él celebró una Misa de Acción de Gracias al día siguiente, y la primera de las 21 misiones de California -San Diego de Alcalá- quedó establecida dos semanas más tarde, para servir a los pueblos indígenas Kumeyaay.

Serra era un fraile franciscano que tenía 56 años cuando llegó a California y que sufría de asma y de una infección crónica de la pierna que casi lo discapacitaba. Había llegado al Nuevo Mundo, proveniente de España, hacía casi 20 años, dejando atrás a su familia y una cómoda carrera de maestro de teología.

Cuando él miró por primera vez a los pueblos nativos de California, besó literalmente la tierra y le dio gracias a Dios. En sus diarios y cartas, dejó hermosas descripciones sobre la creatividad y dignidad de ellos, sobre su amor por la tierra y su culto al Creador.

Hacia el final de su vida, él escribiría: “La confianza que tienen en nosotros se basa en el hecho de que… los hemos hecho nacer en Cristo. Todos hemos venido aquí y hemos permanecido en este lugar buscando un único propósito: el de su bienestar y salvación. Y creo que todos se dan cuenta de que los amamos”.

Como se los he compartido anteriormente, yo le tengo una gran devoción a San Junípero. Por lo mismo, me dio tristeza leer recientemente que la Universidad de California, en Santa Cruz, ha quitado de su campus la campana de la misión de El Camino Real, diciendo que es un símbolo del racismo y de la “deshumanización” de los pueblos nativos.

San Junípero ha sido malinterpretado por mucho tiempo y, en mi opinión, se le ha utilizado equivocadamente como un símbolo de los trágicos abusos cometidos contra los pueblos originarios de California.

La Arquidiócesis de Los Ángeles es hogar de muchos pueblos nativos, inclusive de las cuatro naciones cuya patria sagrada se encuentra dentro de nuestras fronteras: los Chumash, los Tataviam, los Tongva y los Acjachemen.

Y desde que llegué aquí, sigo enterándome y discerniendo sobre las profundas injusticias sufridas por los pueblos originarios de California, sobre las dolorosas pérdidas y la destrucción de su antigua forma de vida, sobre las heridas espirituales que han sufrido y que se remontan a muchas generaciones.

Espero que las recientes disculpas que el gobernador Gavin Newsom le ofreció a los pueblos originarios de California ayuden en el largo proceso de sanación de estas heridas históricas. Espero también que esto inspire una nueva reflexión sobre nuestra historia.

Las disculpas del gobernador están fundamentadas por hechos bien documentados. En la década de 1850, el gobierno secular de California implementó lo que el primer gobernador del estado llamó “una guerra de exterminio… que había de enfrentar a las dos razas hasta que la raza india se extinguiera”.

Esta es la verdad. Pero es importante recordar que esta historia no tiene nada que ver con San Junípero ni con las misiones. Para el tiempo en que California declaró su “guerra racial” y para cuando la caballería estadounidense fue llamada a apoyar estas políticas genocidas, San Junípero había muerto desde hacía mucho tiempo ya, y las misiones habían sido cerradas o “secularizadas” casi por dos décadas.

De hecho, al haberse perdido una voz cristiana autorizada en la sociedad californiana, los pueblos indígenas de la década de 1850 no tuvieron a nadie que defendiera sus derechos ante la violencia autorizada por el estado y frente a los apetitos despiadados de los rancheros, de los soldados y los ocasionados por los intereses mineros.

La historia nunca es simple. Los hechos importan, la verdad importa y las distinciones son necesarias. No podemos aprender las lecciones de la historia ni sanar las heridas del pasado, a menos que entendamos primero lo que realmente sucedió y por qué sucedió.

Los misioneros no eran perfectos y el sistema misional tampoco lo era. Los misioneros cometieron errores y causaron verdaderos daños a la gente. Sus motivos, sin embargo, eran evangélicos y humanitarios. Ellos aprendieron las lenguas y tradiciones de los pueblos a quienes servían y tenían la intención de mejorar sus vidas.

Estas son las conclusiones de los mejores estudiosos de San Junípero y de las misiones, incluyendo las del arqueólogo nativo americano Rubén Mendoza,las de los historiadores Rose Marie Beebe y Robert Senkewicz, y las de Gregory Orfalea, quien ha escrito sobre este santo tanto una hermosa biografía, como un excelente libro para jóvenes.

La verdad que aprendemos de estos eruditos es que San Junípero pasó todo el tiempo en California, defendiendo valerosamente los derechos de los pueblos indígenas a quienes él amaba.

Cuando los Kumeyaay atacaron la misión de San Diego en 1775, matando a tres personas, inclusive a uno de los amigos cercanos del Padre Serra, la ley lo expresó claramente: los atacantes habían de ser ahorcados.

Fue San Junípero quien apeló, solicitando misericordia. “En cuanto al asesino, déjenlo vivir para que pueda salvarse, ya que ese es el propósito de nuestra venida aquí y la única justificación para ella”, escribió.

Esta es la única razón por la que vino a California, para compartir el don más grande que podría imaginar ofrecer: el conocimiento de Jesucristo y su salvación.

Oren por mí esta semana y yo oraré por ustedes.

Y pidámosle a Nuestra Señora de Guadalupe, la Madre del Nuevo Mundo, que nos ayude a todos a seguir avanzando juntos como una única familia, puesto que cada uno de nosotros somos hijos de Dios. VN

5 de Julio de 2019

Los escritos, homilías y discursos del arzobispo se pueden encontrar en ArchbishopGomez.com


Archbishop José H. Gomez

El obispo José H. Gomez es actualmente Arzobispo de Los Ángeles, California, la comunidad católica más grande en USA. Es también Vicepresidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos y forma parte de la Comisión Pontificia para América Latina.

En su ministerio, el Arzobispo José Gómez anima a la gente a seguir a Jesucristo con alegría y sencillez de vida, buscando servir a Dios y a sus vecinos en sus actividades diarias ordinarias.

Ha desempeñado un papel decisivo en la promoción del liderazgo de los hispanos y las mujeres en la Iglesia y en la sociedad estadounidense. Es miembro fundador de la Asociación Católica de Líderes Latinos y de ENDOW (Educación sobre la Naturaleza y la Dignidad de las Mujeres).

Durante más de una década, el Arzobispo Gómez ha sido una voz clara sobre cuestiones morales y espirituales en la vida pública y la cultura estadounidense. Ha desempeñado un papel principal en los esfuerzos de la Iglesia Católica para promover la reforma migratoria y es autor, entre otros libros, del titulado: Inmigración y la próxima América: renovando el alma de nuestra nación.

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