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Una comida con los fariseos

EnriqueCases
29 abril 2008
Sección: Vida de Jesús

"El fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida".

Un día, "cuando terminó de hablar, cierto fariseo le rogó que comiera en su casa. Habiendo entrado, se puso a la mesa" Jesús no rechaza a nadie. Había criticado, suavemente, algunas actitudes farisaicas, pero era creciente entre ellos la oposición a Jesús. La mayoría no acepta su mesianismo y quienes le critican tienen cada vez más adeptos. No pueden entender una religión tan interior y de sinceridad tan exigente. Sin embargo, no hay una ruptura externa, aunque disuaden a muchos para que crean en Jesús. Fácilmente, ya que la autoridad que tenían entre el pueblo era grande, por el prestigio de cumplidores de la Ley. Hemos visto como algunos le acusan a Jesús de endemoniado y le piden una señal del cielo. El ambiente era tenso, estudian todos los gestos y palabras de Jesús. Por este, la invitación del fariseo no parece un convite guiado por el cariño, y menos por la fe.

Nada más empezar "el fariseo se quedó extrañado al ver que Jesús no se había lavado antes de la comida". Este era un precepto fácil de cumplir y muy visible; pero un precepto humano, al fin. Si Jesús no lo cumple no es por inadvertencia, ni por ánimo de ir contra lo mandado; menos aún por querer ofender a Dios. Lo hace para dar una lección sobre algo importante. Lo cierto es que el clima es desagradable, y Jesús no aguanta más la hipocresía, y estalla en unos lamentos que son latigazos para las conciencias encallecidas. No son maldiciones, sino llamadas fuertes a la conversión. No les han servido para convertirse las palabras dulces que les dejan insensibles, ni les sirven los continuos milagros. Necesitan una medicina fuerte. La caridad debe ser siempre fuerte, y, en ocasiones, es el único remedio cuando el mal es muy hondo. Este era el caso de aquellos fariseos.

"Pero el Señor le dijo: Así que vosotros, los fariseos, purificáis por fuera la copa y el plato, pero vuestro interior está lleno de rapiña y maldad. ¡Insensatos!, ¿acaso quien hizo lo de fuera no ha hecho también lo de dentro? Dad, más bien, limosna de lo que guardáis dentro y así todo quedará purificado para vosotros. Pero, ¡ay de vosotros, fariseos, porque pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de todas las legumbres, pero despreciáis la justicia y el amor de Dios! Esto es lo que hay que hacer sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, porque apetecéis los primeros asientos en las sinagogas y los saludos en las plazas! ¡Ay de vosotros, que sois como sepulcros disimulados, sobre los que pasan los hombres sin saberlo!"(Lc)

Se hizo el silencio entre todos los reunidos. Se sienten insultados. No ven las palabras del Señor como una invitación a profundizar en la realidad de un legalismo sin vida; y en examinar si han introducido la hipocresía en su quehacer, o si buscaban sólo beneficios personales, lejos del amor a Dios que es el acto religioso fundamental. Debían revisar esos preceptos pequeños, por si eran realmente palabra de Dios, ley divina, o sólo interpretaciones humanas que podían ocultar lo fundamental.

Y, "entonces, cierto doctor de la Ley, tomando la palabra, le replica: Maestro, diciendo tales cosas, nos ofendes también a nosotros". Muchos doctores de la Ley eran fariseos, aunque no todos. Pero el peligro parecía el mismo, o muy semejante. Jesús sigue por el camino de la denuncia profética y de la valentía y dijo: "¡Ay también de vosotros, los doctores de la Ley, porque imponéis a los hombres cargas insoportables, pero vosotros ni con un dedo las tocáis! ¡Ay de vosotros, que edificáis los sepulcros de los profetas, después que vuestros padres los mataron! Así, pues, sois testigos de las obras de vuestros padres y consentís en ellas, porque ellos los mataron, y vosotros edificáis sus sepulcros. Por eso dijo la sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles, y matarán y perseguirán a una parte de ellos, para que se pida cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas, derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el Templo. Sí, os lo aseguro: se le pedirá cuentas a esta generación. ¡Ay de vosotros, doctores de la Ley, porque os habéis apoderado de la llave de la sabiduría!: vosotros no habéis entrado y a los que estaban para entrar se lo habéis impedido"(Lc). Era terrible la acusación de tener la llave de la sabiduría, utilizarla mal y cerrar de este modo la puerta del amor de Dios. Es frecuente que los intelectuales se envanezcan de lo que saben; pero es grave, cuando se trata del estudio de la Sagrada Escritura.

El enfrentamiento ya es directo. Podía haber sido una llamada a la conversión. Pero, de hecho, produjo rencor, resentimiento y furia. Todos los rostros están contraídos. Jesús les ama, pero, por eso mismo, tiene que decir la verdad, aunque le acarree duras persecuciones.

"Cuando salió de allí, los escribas y fariseos comenzaron a atacarle con vehemencia y a acosarle a preguntas sobre muchas cosas, acechándole para cazarle en alguna palabra"(Lc). Este es el fruto de la soberbia que no acepta la corrección ni la verdad. A partir de ese momento la oposición a Jesús, por parte de muchos fariseos y escribas, va ser frontal, cada vez más fuerte y contraria. La razón última es que no quieren convertirse. Jesús lo sabe

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias

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