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Las discípulas de Jesús

Enrique Cases
14 junio 2008
Sección: Vida de Jesús

Jesús trata siempre con extremada delicadeza y respeto a la mujer. Vive las medidas de prudencia adecuadas para no escandalizar y dar buen ejemplo; pero no deja de conceder atención e importancia a la mujer en su predicación y en el nuevo reino.

"Sucedió, después, que él recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la buena nueva del Reino de Dios; le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido libradas de espíritus malignos y de enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; y Juana, mujer de Cusa, administrador de Herodes; y Susana, y otras muchas que le asistían con sus bienes"(Lc).

 

Muchas otras reciben el trato delicado de su caridad como Marta la hermana de Lázaro, las madres de diversos apóstoles: María Cleofé y Salomé, la mujer siriofenicia, la mujer adúltera, y la hija de Jairo son las más conocidas. Pero lo que llama la atención es que forman un grupo separado de los discípulos, que también siguen al Señor y le ayudan de diversas maneras. Ellas se saben bien tratadas por Jesús, y esto contrasta con la consideración que recibían en aquellos tiempos en casi todas las culturas, y de un modo especial en Israel.

 

Sorprende la discriminación, – casi el desprecio-, con que son tratadas las mujeres en la Roma y en Grecia clásicas, tan avanzadas en otros aspectos. Pero lo mismo se puede decir de otras culturas de aquel tiempo. En Israel la religión era, sobre todo, una cuestión de varones. La mujer no podía estudiar la Torá; era indigna de participar de la mayoría de las fiestas; la mayoría eran analfabetas, y eran consideradas una carga para la familia, alguien a ignorar, un mal inevitable, además de imputarles una peculiar maldad femenina. Estaban obligadas permanentemente a un ritual de purificación. No se podía hablar con alguna mujer en público. Las leyes de repudio las perjudicaban ostensiblemente. Las viudas tenían una vida difícil, a expensas de otros familiares de buen corazón; sin los cuales estaban abocadas a la miseria.

 

Todo esto contrasta con la conducta de Jesús. El hecho de llevar un grupo de discípulas es bien diferente de la costumbre de los rabinos que sólo hombres admitían como discípulos. Jesús enseña y se deja servir de ellas, prácticamente lo único que podían hacer por Él, además de creer y seguirle.

 

En su predicación abundan los ejemplos extraídos del entorno femenino, como la que pone la levadura en el pan, la que busca la moneda perdida, las vírgenes que se preparan para la boda, la viuda y el juez inicuo; y habla con estima de las mujeres del Antiguo testamento. Este respeto y consideración son más notorios cuando se trata de extranjeras en las que elogia su fe; y contrapone la generosidad de la viuda ante la ostentación de los fariseos.

 

Jesús enseña con su actitud lo más positivo de la mujer: su fortaleza para amar, y su fe sencilla y profunda. Rechaza el desprecio y la marginación indisimulada en lugares secundarios. La mujer tiene un papel distinto del varón, en unas cuestiones del mismo valor, en otras distinto. Cierto que Jesús no las elige para ser sacerdotes de la nueva Alianza, pero también es cierto que tienen una primacía en el orden del amor, como se verá al pie de la cruz y en la resurrección. Desde el principio María, su Madre, ocupa en la salvación un lugar privilegiado: el primero después de Cristo. Ella es la representante de la humanidad en el momento previo a la Encarnación, y llega ser la Madre que engendra en el tiempo a la persona del Verbo. Ella será la Madre de todos los hombres por especial designio divino. No cabe mayor grado de dignidad.

 

Sin embargo, la actitud de Jesús respecto a la mujer será criticada y le acusan, con mente pervertida, de aceptar y comer con pecadores y prostitutas. Sucio modo de mirar el amor limpio y sano.

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Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias

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