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La vocación de Leví el publicano

EnriqueCases
4 junio 2008
Sección: Vida de Jesús

Además de la predicación sigue la acción proselitista de Jesús como se ve cuando buscó a Leví el publicano.

Escuchemos de él mismo la narración de su vocación: "Cuando partía Jesús de allí (Cafarnaúm), vio a un hombre sentado en el telonio, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme. El se levantó y le siguió"(Mt).

 

Jesús, al pasar frente a su mostrador donde alineaba las monedas de los tributos, sólo dice: Sígueme. Y él lo deja todo: dinero, oficio, vida, para hacer lo que le acaba de mandar. Ya no se llamará Leví, sino Mateo, que significa "don de Dios", don de su propia vida a Dios, pero más aún regalo de Dios para un afortunado que ha recibido la vocación de labios del mismo Cristo.

 

¿Cómo era Leví antes de la llamada? Sólo sabemos una cosa: era publicano. En la actualidad decir publicano equivale a pecador público, pero la realidad tiene más matices.

 

La situación económica de Israel en tiempos de Jesús era desastrosa: existía una gran pobreza. Para muchos, una de las causas principales de la pobreza consistía en los pesadísimos impuestos con que estaba gravada Palestina. Tanto los romanos, como sus delegados y los sucesivos reyezuelos, como Herodes, rivalizaban en añadir nuevos impuestos, que se sumaban a los que se tributaban al Templo según la Ley.

 

Pero lo que hacía más insoportables los impuestos era el modo de cobrarlos. Los distintos organismos arrendaban a ricos personajes, o a compañías, el cobro de dichas cargas. Éstos, para asegurarse el beneficio, reclamaban a los contribuyentes el pago de cantidades mayores. Así, de ordinario, hacían fortunas escandalosas. Los subalternos seguían el ejemplo de sus superiores y añadían sobretasas, con lo que se agravaba la mala situación en una cascada difícil de controlar, pues nadie tenía autoridad, ni deseos, de establecer una justicia y una equidad en este terreno. Cuando los que ejercían este oficio eran judíos, eran muy mal vistos por sus compatriotas, que los asimilaban a los pecadores de la peor ralea, y, con frecuencia, acertaban ante la cadena de pecados que suele darse en los que abandonan la Ley de Dios.

 

¿Abusaba Mateo de su trabajo como publicano? No lo sabemos. Pero sí es posible asegurar que recibiría el desprecio de los demás judíos, que veían en él a un chupador de sangre, aunque no lo fuera, y le cubrirían con los más groseros improperios, o, al menos, con el desprecio y el vacío.

 

Ese vacío social era superable. La vida acomodada lleva a no dar demasiada importancia a esos detalles molestos. De hecho, es notorio que los publicanos estaban bastante unidos entre sí, pues tanto en la vocación de Mateo como en la conversión de Zaqueo, lo primero que les viene a la cabeza es organizar un convite con numerosos invitados. Muy solos no debían estar, teniendo en cuenta que el dinero facilita muchas amistades, aunque, a menudo, demuestren su fragilidad cuando falta. Pero mientras tanto: comamos y bebamos que mañana moriremos….

 

Por otra parte, Mateo percibe la vibración del ambiente ante Jesús. Está bien informado y muchas de las palabras del Señor caen en su alma como la semilla que crece poco a poco, imparable.

 

Es muy posible que sintiese un vacío en el alma que los bienes materiales no conseguían llenar. Con frecuencia, oraciones de los salmos brotarían en su alma espontáneas: "Desde lo hondo grito a Ti grito, Señor; escucha mi voz; estén atentos a la voz de mi súplica. Si llevas la cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que el centinela la aurora".

 

Esta preparación previa en el interior de Leví hace más comprensible la rápida y generosa respuesta cuando es llamado. Responder era llenar el vacío, reparar los errores, si los hubo, salir de una vida sin sentido, aunque cómoda, para embarcarse en lo divino. Pero algo muy difícil le quedaba a Leví todavía después de ser perdonado y acogido por Dios. Perdonarse a sí mismo. El pecado, como la vida frívola, dejan su huella y el recuerdo de los anteriores desvaríos intenta intranquilizar. Y sufre. A pesar de la sonrisa del Señor, que le anima una y otra vez a olvidar la vida pasada, le cuesta. Hasta que se instale en su interior, con hondas raíces, la realidad de haber sido acogido y perdonado del todo. Y se hace vida en su interior lo que dice Ezequiel: “Acércate confiadamente al Señor, que no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva”.

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Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias

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