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La samaritana, pecadora y apóstol

EnriqueCases
4 junio 2008
Sección: Vida de Jesús

"¿Cómo tú siendo judío, me pides a mí, que soy una mujer samaritana?"

Tras la segunda estancia en Judea, en la que ha tenido lugar la conversación con Nicodemo, Jesús se pone de nuevo en camino; "cuando supo que los fariseos habían oído que él hacía más discípulos y bautizaba más que Juan (aunque Jesús mismo no bautizaba sino sus discípulos) abandonó Judea y se marchó de nuevo a Galilea. Tenía que pasar por Samaria. Llegó, pues a una ciudad de Samaria, llamada Sicar, junto al campo que dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta"(Jn) Jesús estaba cansado. Llevaban bastantes horas caminando, seguramente desde el alba hasta el mediodía. Su cansancio era debido a la larga caminata, pero había algo más; ese algo más que se intuye al considerar que comenzaba a verse la hostilidad a su predicación de la buena nueva. Jesús leía en los corazones y podía ver el rechazo de muchos.

Fue entonces cuando llegó una mujer samaritana a buscar agua, y se encuentra en el pozo con Jesús. Parece casual ese encuentro, pero no lo es: está previsto en la providencia divina. La samaritana debió sorprenderse al encontrar un forastero junto al pozo. Le pareció hombre pacífico, y se atrevió a acercarse para buscar agua. No se sabe si se intercambiaron algún saludo; pero es Jesús quien comienza la conversación de una manera normal, adecuada a las circunstancias; pues le dijo: "Dame de beber". El pozo tenía unos treinta metros de profundidad y era necesario tener cuerdas, que quizá estaban allí, y también algún recipiente. Jesús no tenía ni lo uno ni lo otro. Cristo se ha saltado los convencionalismos al hablar con una mujer, que además es samaritana y hablará con ella de religión, tercera libertad que entonces era considerada excesiva.

La samaritana, al mirar a Jesús, se dio cuenta de que era judío, y le responde con una actitud antipática y discutidora "¿Cómo tú siendo judío, me pides a mí, que soy una mujer samaritana?" La mujer comienza de una manera poco educada la conversación. Quizá pensó en su interior que todos los hombres son iguales; y, además, éste era judío.

Jesús no respondió en el mismo tono, ni con la misma actitud, no discute. Le habló con mansedumbre. No nos es posible conocer ni el tono de su voz, ni sus inflexiones, ni la mirada; pero algo notó la samaritana que la invita a reconsiderar su actitud agresiva y a la defensiva. Para Jesús aquél tono era connatural, porque es manso y humilde; y eso desarma a la samaritana, al menos en parte. Parte del muro que la separa de Jesús cae ante los buenos modos del Señor.

Una vez superada la primera dificultad, Jesús le respondió: "Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice dame de beber, tú le habrías pedido y él te habría dado agua viva"(Jn).

Primero Jesús ha disculpado su contestación ineducada diciendo que en realidad no sabe quién es Él. Después, advierte que desconoce un don de Dios, que llamará agua viva. Pero, al mismo tiempo, mueve la curiosidad de la samaritana; busca algo que le interese, una puerta, que permita proseguir el diálogo, y hacerle entender las realidades sobrenaturales. Sin un interés mínimo es imposible un diálogo. De hecho, Jesús con su mansedumbre, con su disculpa y con la curiosidad de la samaritana por aquella agua extraña, (¿existe acaso un agua viva?), consigue continuar la conversación, aunque el tono sea aún algo desafiante.

La mujer dijo "¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebió él, sus hijos y sus ganados?" Ella sigue tratándole en un plano de igualdad, puesto que no le conoce, pensaría que era un hombre como los demás. Pero ya no se da la actitud belicosa que se solía dar entre samaritanos y judíos. Además, ha hablado de algo que era común a los dos, la ascendencia de Jacob.

El Señor aprovecha aquella mínima buena voluntad, y continúa la conversación. "Todo el que bebe de esta agua tendrá sed de nuevo, pero el que beba de agua que yo le daré, no tendrá sed nunca más, sino que el agua que yo le daré se hará en él fuente de agua que salta hasta la vida eterna"(Jn).

Sin duda, la mujer estaría sorprendida del giro sorprendente que estaba dando aquella conversación que, en el mejor de los casos, estaba destinada a acabarse en las primeras palabras. Su curiosidad debió crecer; pero antes trata a Jesús con respeto, pues se da cuenta que no está hablando con un hombre cualquiera: el tono de sus palabras revelan sabiduría y amabilidad.

Quizá la samaritana no hizo demasiados razonamientos, pero sí sabía que tenía que ir muchas veces a buscar aquella agua que se acababa siempre. El agua viva que aquel forastero le ofrecía quitaría la sed para siempre, ¿Será un mago o tendrá una receta desconocida?.

Entonces la samaritana advierte que está ante alguien importante, no sólo es un hombre educado y respetuoso, sino alguien que le habla de cosas sorprendentes e interesantes, y, en vez de dar agua a Jesús, es ella la que pide le calme su sed diciendo: "Señor, dame de beber". Hubiera sido hermoso que su petición hubiese acabado aquí, pues hubiese indicado que entendía lo que Jesús estaba diciendo; pero no fue así, y añade "para que no tenga sed ni tenga que venir aquí a sacarla". Cierto que le ha llamado Señor, lo que indica respeto, e, incluso, lo considera como alguien muy importante, pero no entiende el sentido de las palabras de Cristo; sólo piensa en el agua que siempre ha bebido. No escucha todo lo que Jesús le está diciendo, no se da cuenta de que le está hablando de la eternidad. Podía pensar que el agua era un símbolo que reflejaba una realidad sobrenatural, pues Jesús la llama agua viva y fuente de vida eterna. Pero no es así. Existían otras barreras a superar, además de los malos modos, para que entendiese lo que Jesús le estaba diciendo. La barrera estaba ahora en una visión demasiado materialista de la vida. Piensa tanto en el agua material, que no capta el símbolo del agua que salta hasta la vida eterna.

Ante esa ceguera espiritual Jesús da un golpe de timón a la conversación, y le dice: "anda, llama a tu marido y vuelve aquí". La mujer debió sentir como un sobresalto en su interior. Su seca respuesta lo revela; "¿a qué viene que hables de mi marido?", "mi vida es privada, no tienes derecho a meterte en mis cosas". Una cierta mirada de recelo aparece en su rostro; da la impresión de querer concluir la conversación. Y contesta cortante: "No tengo marido", que es como decir: "déjame en paz, dame agua si quieres o no me la des, pero no te metas en mis cosas". La visión materialista le impedía entender la existencia de un agua viva que surge de una fuente eterna, y Jesús quiere destruir esa barrera moral con la sinceridad plena.

Jesús le contestó de nuevo con mansedumbre, pero con una mirada que indicaba que conocía bien su vida: "Bien has dicho no tengo marido, pues cinco has tenido y el que ahora tienes no es tu marido; en esto has dicho verdad"(Jn). La mujer debió quedar estupefacta; quizá, enrojeció. La barrera que le impedía entender queda al descubierto: era la impureza. Quizá alguno de los hombres anteriores fue, realmente, su marido en sentido propio, pero otros no; y el actual, desde luego, no es su marido, ni ante Dios ni ante los hombres. El Señor ya había recordado que los limpios de corazón verán a Dios; o dicho a la inversa, los impuros tendrán dificultades para entender las cosas espirituales. Era necesario vencer la impureza con la sinceridad. Y puesto que ella no habla, es Jesús quien tiene que abrir la puerta de aquella conciencia. A partir de este momento, la conversación ya adquiere un tinte distinto. La puerta ya está abierta, Jesús puede entrar, puede limpiar y, sobre todo, puede iluminar Por así decir, comienza la conversión de aquella mujer de mal carácter y poco sentido espiritual una vez que se ha desvelado la naturaleza de su pecado.

Aún no ha descubierto que es el Mesías; ni mucho menos que es la Verdad hecha Hombre; pero reconocerlo como profeta le permite elevar la conversación a un nivel espiritual. Así, un poco por interés verdadero, y otro poco para desviar la conversación del enojoso tema de los maridos, dice: "Nuestros padres adoraron a Dios en este monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe adorar está en Jerusalén". La cuestión era un punto central de litigio entre judíos y samaritanos; pero en el fondo escondía otra cuestión más importante como es la interpretación demasiado humana de la Escritura, y revela lo poco que conocen a Dios unos y otros, aunque hablen mucho de Él, e, incluso, organicen toda su vida en torno a lo religioso.

Jesús no quiere que la conversión de aquella mujer se eche a perder por una discusión teórica que, como cortina de humo, esconda los verdaderos problemas de sinceridad ante Dios; y eleva de nuevo el punto de mira de la samaritana, que está realmente cautivada por la palabra del Señor. Le respondió Jesús: "créeme mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre". Jesús llama Padre a Dios, revela que la antigua Alianza está superada, y precisa que es más ortodoxa la doctrina de los judíos que la de los samaritanos; "vosotros adoráis lo que no conocéis, nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos". Es decir, no es más cierta la postura judía porque ellos sean mejores o más inteligentes, sino porque ha sido profetizado que la salvación llegará a través de la descendencia de Judá y de David; por eso Dios ha protegido la verdad en ese pueblo de una manera especial.

En seguida añade que han comenzado los tiempos nuevos. "Pero llega la hora, y es esta, en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Dios es espíritu, y los que le adoran deben adorar es espíritu y en verdad"(Jn).

Mientras Jesús iba haciendo estas revelaciones, bulle el interior de aquella mujer. Es cierto que vivía moralmente mal; pero también es cierto que era consciente de ello y tenía una cultura religiosa; quizá, le vinieron a la mente las profecías sobre el Mesías, que también reconocían los samaritanos. Una tenue luz debió hacerse en su interior. Por eso, metida ya de lleno en la órbita espiritual de Jesús, pregunta: "Sé que el Mesías, el llamado Cristo, va a venir. Cuando El venga nos anunciará todas las cosas".

Ya no hay en la samaritana la actitud hostil del comienzo, más bien habla con una insinuación, llena de respeto, propia de la persona que empieza a ver, y no se atreve a preguntar lo que en realidad está pensando.

Le respondió Jesús: "Yo soy, el que contigo habla"(Jn). Ahora, cuando la mujer está bien dispuesta, Jesús se revela con más claridad que al mismo Nicodemo o a los miembros del Sanedrín. Le dice: "Yo soy", expresión que evoca a Yavé cuando revela el nombre de Dios a Moisés. Jesús está desvelando a la samaritana su mesianidad y veladamente su divinidad. Cristo revela su intimidad y la pecadora se arrepiente y cree: se convierte. Dios habla y la mujer acepta con fe la palabra de Jesús.

La mujer samaritana ha pasado de ser una pecadora, llena de amargura y mal carácter, a ser apóstol. Su palabra tiene tal fuerza, que arrastra a que otros conozcan a Jesús como el Salvador. Su conversión es realmente una transformación.

La samaritana no necesitó ningún milagro; sólo vio el entusiasmo y la fuerza de Jesús. Esta fuerza se transparenta en su respuesta a los apóstoles al volver cuando le dicen: "Rabbí, come". Pero él les dijo: "Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Decían los discípulos entre sí: ¿Acaso alguien le trajo de comer? Jesús les dijo mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra". Jesús que había comenzado pidiendo agua para beber, no llegó a beber, llevado por el proceso de conversión de aquella mujer. Jesús estaba cansado y se le pasa el cansancio volcándose en los que acuden a él. Jesús tiene hambre y no come. La alegría interior le lleva a despreocuparse de las necesidades del cuerpo. El hambre, la sed, el cansancio se superan con la conversión de aquella mujer. Jesús tiene sed y hambre de almas; por ello descansa cuando las almas responden; más que la fatiga del cuerpo, le consume la sed de almas. Por esto, al llegar la samaritana, aquella mujer pecadora, el corazón sacerdotal de Cristo se vuelca, diligente, para recuperar la oveja perdida: olvidando el cansancio, el hambre, la sed.

Pero fijémonos en otro detalle. Jesús abandona momentáneamente una de sus cautelas habituales como es la de no hablar a solas con una mujer. Jesús vivía esta cautela para evitar las posibles murmuraciones, pero también para dar ejemplo a los que quieren vivir la castidad con delicadeza. El celo por las almas hace que ponga por delante la conversión de la samaritana a un posible escándalo farisaico. En este caso, la caridad va por delante de otras consideraciones. No en vano la prudencia lleva a decidir en cada caso concreto lo que es mas oportuno en esa situación irrepetible.

La conversión de la samaritana permitió que Jesús abriera su alma a sus discípulos. Se le pasa el cansancio; ya no tiene importancia satisfacer el hambre; está entusiasmado, y les habla del Padre con auténtica alegría. Jesús ha venido a salvar almas y detrás de aquella mujer ve multitud de almas que descubrirán a Dios en los caminos de la tierra a través de su mensaje de salvación.

"A continuación llegaron sus discípulos, y se admiraron de que hablara con una mujer. Pero ninguno le preguntó: ¿Qué buscas?, o ¿qué hablas con ella? La mujer dejó su cántaro, fue a la ciudad y dijo a la gente: Venid, ved a un hombre que me ha dicho cuanto hice. ¿No será éste el Cristo? Salieron de la ciudad y venían a él.

Entre tanto los discípulos le rogaban diciendo: Rabbí come. Pero él les dijo: Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis. Decían los discípulos entre sí: ¿Acaso le trajo alguien de comer? Jesús les dijo: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra. ¿No decís vosotros que después de cuatro meses viene la siega? Pues yo os digo: Levantad vuestros ojos y mirad los campos que están dorados para la siega; el segador recibe ya su jornal y recoge el fruto de cara a la vida eterna, para que se gocen juntos el que siembra y el que siega. Pues en esto es verdadero el refrán de que uno es el que siembra y otro el que siega. Yo os envié a segar lo que vosotros no habéis trabajado; otros trabajaron y vosotros os habéis aprovechado de su esfuerzo"(Jn).

Están en época de siembra, de oculto crecimiento, pero ya son visibles los frutos. La alegría del segador es también la del sembrador. Jesús es ambas cosas y quiere que su gozo sea patente a los suyos. "Muchos samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer que atestiguaba: Me ha dicho todo cuanto hice. Así que, cuando vinieron a él los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Entonces creyeron en él muchos más por su predicación. Y decían a la mujer: Ya no creemos por tu palabra; nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo"(Jn). Allí se quedó Jesús dos días antes de seguir su camino hacia Galilea. La conversión de samaritanos es importante pues indica la apertura del reino de Dios a miembros de otros pueblos diversos a los judíos.

Dos días después marchó de allí hacia Galilea. Le recibieron los galileos que ya creían y muchos otros que habían visto todo cuanto hizo durante la fiesta en Jerusalén, pues también ellos habían ido a la fiesta.

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias

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