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El juicio ante Pilatos

EnriqueCases
4 julio 2008
Sección: Vida de Jesús

Al acabarse el juicio ante el Sanedrín todo ha quedado claro. Jesús ha manifestado la verdad ante la máxima autoridad de Israel y con todas las garantías de ser escuchado.

Los que creen en él están consternados y no saben que hacer. Los que dudan están más inclinados a la condena, y los conspiradores se alegran del éxito tan fácil que han tenido. Pero conviene explotar el éxito y darse prisa, antes que se provoque un motín en el pueblo, quizá entre los galileos, o entre los poderosos creyentes en Jesús. Por eso "condujeron a Jesús de Caifás al pretorio. Era muy de mañana". Lo tienen todo previsto se trata de comprometer al romano para que condene a Jesús. De este modo, los seguidores de Jesús culparán al extranjero, y Pilatos puede quedar, públicamente, como ejecutor de la decisión.

Los comienzos son desafiantes y despectivos con el procurador "ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y poder comer la Pascua". No les abandona la mentalidad hipócrita; observan la tradición, mientras mienten, odian, traicionan y buscan la muerte injusta.

"Entonces Pilato salió fuera donde estaban ellos". Es de suponer el malhumor con que atiende Pilatos a los judíos. Había sido elegido procurador en tiempos de antisemitismo, pues lo judíos habían sido expulsados de Roma. Pilato era el típico gobernador de provincias; aunque su matrimonio con Claudia Prócula, de la familia imperial, debió ser uno de los motivos de su nombramiento: duro, expeditivo, pero conocedor del derecho romano. Le molesta el carácter judío, y lo exterioriza despreciando sus costumbres tan puntillosas. Se repone de su estado de ánimo y pregunta: "¿Qué acusación traéis contra este hombre?". Quizás, sorprendido de la calidad de los acusadores, pues muchos son del sanedrín y sus doctores, se da cuenta de que están allí por una cuestión importante. Sin embargo, el primer paso es intentar manipularle como mero ejecutor de las decisiones del Sanedrín. Por eso le respondieron: "Si éste no fuera malhechor no te lo hubiéramos entregado. Les dijo Pilato: Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra ley. Los judíos le respondieron: A nosotros no nos está permitido dar muerte a nadie"(Jn). El sanedrín tenía jurisdicción religiosa, y Pilato tenía el poder militar y el judicial. En la fortaleza Antonia, situada en la esquina del Templo, había unos seiscientos soldados además de la guardia de Pilato, que se había desplazado allí aquellos días desde Cesarea marítima. Pero Pilato no consiente en ser mero ejecutor, y quiere acceder a un verdadero juicio. Él sabía bien cómo funcionan los juicios. "Así se cumplía la palabra que Jesús había dicho al señalar de qué muerte había de morir".

Los judíos sienten que se les escapa la primera intentona, y que todos sus propósitos pueden fracasar si Pilatos hace un juicio en toda regla. Se agitan y preparan un acusación: "Y comenzaron a acusarle diciendo: Hemos averiguado que éste perturba a nuestra nación y prohibe pagar los impuestos al César y se llama a sí mismo Mesías rey" (Lc). La mala voluntad y la deformación de la verdad es patente. Jesús no perturba a la nación, sino que anuncia un mensaje de amor hasta el fondo del corazón. En cuanto al tributo sus palabras fueron “dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. Nada de rebelión en este punto. Es impensable que Pilatos no estuviese enterado de estas cosas. Tenía buenos sistemas de información, y no podía pasar inadvertido un personaje tan singular con tantos partidarios. Es posible que en el mismo pretorio algunos soldados o funcionarios fuesen más o menos creyentes en el nuevo profeta, como era el caso del centurión de Cafarnaúm.

Pero quedaba aún la acusación definitiva. El reo se proclamaba rey, y eso debía aclararse. Es cierto que no le constaba ningún movimiento rebelde, pero podía estar incubandose un nuevo levantamiento de los muchos que ocurrían en aquellas tierras. Por eso Pilato aceptó la acusación. Y empieza el proceso al modo romano, "entró de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?". Primero había que escuchar al reo: lo imponía la ley romana y el sentido más elemental de justicia, saber la verdad para poder juzgar. Ante el interés por conocer la verdad Jesús no calla y contestó: "¿Dices esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?". Pilato respondió: "¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los pontífices te han entregado a mí: ¿qué has hecho?". Quiere saber si es un rebelde al poder de Roma, o si es un aspirante a rey; no le importan las ideas judías; las desprecia. Una vez aclarado esto, Jesús respondió algo de una gran importancia: "Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí"(Jn). Si no es de este mundo, ni es de aquí, ¿de dónde es? no puede ser más que espiritual, y dejando los reinos de los hombres a su libre disposición, lo único que pretende es reinar en los corazones y las intenciones. Se trata de un reino religioso. No entra por tanto en el ámbito del juicio de Pilato. Esto coincidía con la información que tenía el gobernador respecto a Jesús. Sin embargo, puede más su curiosidad, y Pilato le dijo: "¿Luego, tú eres Rey?" ¿En qué consiste tu realeza? Jesús contestó: "Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz"(Jn). Hay como un acento amoroso de Jesús hacia Pilato como diciéndole que si ama la verdad podrá acceder a ella, pues esa es la meta de la venida al mundo de quien es el camino, la verdad y la vida. La reacción de Pilato revela lo que lleva dentro: es un escéptico, y le dijo: "¿Qué es la verdad?"(Jn). La única verdad que entendía era la del poder, la del triunfo social, la del dinero y la fama y los honores. ¿La verdad? era una cuestión que interesaba a unos pocos iluminados casi siempre marginales en la sociedad. La única verdad era la suya, que era poderoso.

El juicio había concluido. Ya podía darse sentencia. Pilato ya sabía a qué atenerse. "Y en diciendo esto, salió de nuevo a los judíos y les dijo: Yo no encuentro en él culpa alguna"(Jn). Lo lógico era, pues liberarle; era lo justo, lo que marca el derecho y la conciencia humana. Pero las cosas no eran tan fáciles como deberían ser, y Pilato fue débil ante las presiones de los judíos. "Y aunque lo acusaban los príncipes de los sacerdotes y los ancianos, nada respondió. Entonces Pilato le dijo: ¿No oyes cuántas cosas alegan contra ti? Y no le respondió a pregunta alguna, de tal manera que el procurador quedó admirado en extremo"(Mt). Jesús calla, pues todo ha quedado claro en el juicio ante Caifás y ante el Sanedrín. Todas las trampas de aquel momento no responden más que a manejos para engañar a Pilato. Él sólo quiere la verdad y entregarse en sacrificio. Pilato se sorprende del griterío que contrasta con la paz de Jesús. Algo nuevo le sorprende; pero en vez de cortar las acusaciones, escucha las presiones, sin fuerza para plantarles cara. Tenía todo el poder judicial y todo el poder militar, pero no tenía el poder del que se sabe en posesión de la verdad, e intenta conciliar lo inconciliable. Y repite su dictamen, pero cada vez con menos fuerza: "Dijo Pilato a los sumos sacerdotes y a la muchedumbre: No encuentro ningún delito en este hombre. Pero ellos insistían diciendo: Subleva al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea, hasta aquí"(Lc). Al oír la palabra Galilea se le hace una luz para solucionar ese enojoso problema: enviará a Jesús a que lo juzgue el rey de Galilea, que es Herodes. Y aquí comienza una nueva serie de injusticias que concluirá de mal modo.

Reproducido con permiso del Autor,

Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales universitarias

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