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Capítulo 1: La Unción: naturaleza, institución


25 julio 2008
Sección: Unción de los enfermos

Naturaleza

 

El sacramento de la Unción de los Enfermos “tiene como fin conferir la gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez”. (Catec. n. 1527).

 

Es un hecho que la enfermedad y el sufrimiento que ellos conllevan son inherentes al hombre, no se pueden separar de él. Esto le causa graves problemas porque el hombre se ve impotente ante ellos y se da cuenta de sus límites y de que es finito. Además de que la enfermedad puede hacer que se vislumbre la muerte.

 

Aunque parecería, que ante la enfermedad, el ser humano se acercaría mucho más a Dios, muchas veces el resultado es lo contrario. Ante la angustia que provoca la enfermedad, el miedo, la fatiga, el dolor, el hombre puede desesperarse e inclusive se puede revelar ante Dios. Muchas veces, el estado físico en que se encuentra el enfermo, lo lleva a no poder hacer la oración necesaria para mantenerse unido al Señor. En otras ocasiones, la enfermedad, cuando se le ha dado un sentido cristiano, lleva a un acercamiento a Dios.

 

Sabemos que la muerte corporal es natural, pero a través de los ojos de la fe sabemos que la muerte es causada por el pecado. (Cfr. Rm. 6, 23; Gn. 2, 17). Para los que mueren en gracia de Dios, es una participación en la muerte de Cristo, lo que trae como consecuencia el poder participar en su resurrección. (Cfr. Rm. 6, 3-9; Flp. 3, 10-11).

 

No olvidemos que la muerte es el final de nuestra vida terrena. El tiempo es parte de ella, por lo tanto vamos envejeciendo y al final, llega la muerte. El conocer lo definitivo de la muerte, nos debe llevar a pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a cabo nuestra misión en la vida en la tierra.

 

En el Antiguo Testamento podemos apreciar como el hombre vive su enfermedad de cara a Dios, le reclama, le pide la sanación de sus males. (Cfr. Sal.6, 3; Is. 38; Sal. 38). Es un camino para la salvación. (Cfr. Sal.32, 5; Sal.107, 20) El pueblo de Israel llega a hacer un vínculo entre la enfermedad y el pecado. El profeta Isaías vislumbra que el sufrimiento puede tener un sentido de redención. (Cfr. Is. 53, 11)

 

Vemos como Cristo tenía gran compasión hacia aquellos que estaban enfermos. Él fue médico de cuerpo y alma, pues no sólo curaba a los enfermos, además perdonaba los pecados. Se dejaba tocar por los enfermos, ya que de Él salía una fuerza que los curaba (Cfr. Mc. 1, 41; 3, 10; 6; 56; Lc. 6, 19). Él vino a curar al hombre entero, cuerpo y alma. Su amor por los enfermos sigue presente, a pesar de los siglos transcurridos. Con frecuencia Jesús le pedía a los enfermos que creyesen, lo que nuevamente nos pone de relieve la necesidad de la fe. Así mismo se servía de diferentes signos para curar. (Cfr. Mc. 2, 17; Mc. 5, 34-.36; Mc. 9, 23; Mc. 7, 32-36). En los sacramentos Jesucristo sigue tocándonos para sanarnos, ya sea el cuerpo o el espíritu. Es médico de alma y cuerpo.

 

Jesucristo no sólo se dejaba tocar, sino que toma como suyas las miserias de los hombres. Tomó sobre sus hombros todos nuestros males hasta llevarlo a la muerte de Cruz. Al morir por en la Cruz, asumiendo sobre Él mismo todos nuestros pecados, nos libera del pecado, del cual la enfermedad es una consecuencia. A partir de ese momento, el sufrimiento y la enfermedad tienen un nuevo sentido, nos asemejamos más a Él y nos hace partícipes de su Pasión. Toma un sentido redentor.

 

Institución

 

Cuando Cristo invita a sus discípulos a seguirle, implica tomar su cruz, haciéndoles partícipes de su vida, llena de humildad y de pobreza. Esto los lleva a tomar una nueva visión sobre la enfermedad y el sufrimiento y los hace participar en su misión de curación. En Marcos 6, 13 se nos insinúa como los apóstoles, mientras predicaban, exhortando a hacer penitencia y expulsaban demonios, ungían a muchos enfermos con óleo.

 

Una vez resucitado, Cristo les dice: “que en Su nombre ……. impondrán las manos sobre los enfermos….” (Mc. 16, 17-18). Y queda confirmado con lo que la Iglesia realiza invocando el nombre de Jesucristo. (Hech. 9, 34; 14, 3).

 

Sabemos que esta santa unción fue uno de los sacramentos instituidos por Cristo. La Iglesia manifiesta que, entre los siete sacramentos, hay uno especial para el auxilio de los enfermos, que los ayuda ante las tribulaciones que la enfermedad trae con ella. Ahora bien, sabemos que ni las oraciones más fervorosas logran la curación de todas las enfermedades y que los sufrimientos que hay que padecer, tienen un sentido especial, como nos lo dice San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”. (Col.1, 24)

 

Ante el mandato de: “¡Sanad a los enfermos!” (Mt. 10, 8), la Iglesia cumple con esta tarea tanto por los cuidados que le da a los enfermos, como por las oraciones de intercesión.

 

El Concilio Vaticano II toma como la promulgación del sacramento, el texto de Santiago 5, 14-15, el cual nos dice que si alguien está gravemente enfermo, llamen al sacerdote para que ore sobre él, lo unja con óleo en nombre del Señor. Y el Señor los salvará. En este texto nos queda claro, que debe ser una enfermedad importante, que los debe de llevar a cabo un presbítero, y encontramos el signo sensible compuesto de materia y forma.
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