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Jóvenes, claves para educar a la “Generación del Yo”


10 julio 2017
Sección: Tolerancia

Clavesparaeducaralageneraciondelyo.encuentra.com
I
Los problemas con los que me voy a enfrentar en este escrito se inscriben en el ámbito más amplio de la crisis de integración social que padecen  los actuales países democráticos de nuestro entorno. Junto a una cierta satisfacción con las libertades públicas  y el progreso  económico,  estas sociedades  experimentan fenómenos de disidencia, marginación, paro, violencia e, incluso,  terrorismo, que  provocan el generalizado sentimiento de que “algo no marcha”. Y eso que no acaba de ir bien se manifiesta con especiales relieves en la educación de las generaciones de jóvenes.

Tiempo de efervescencia  y descoordinación afectiva,  la adolescencia constituye un tramo clave en la formación  de la personalidad,  no solo porque en él tienen lugar  frecuentes traumas que condicionan a veces el ulterior curso de la vida, sino sobre todo porque  es el momento en el que  comienzan a despuntar los ideales que muchas veces impulsaran el resto de la existencia individual. Se ha dicho, con razón, que una vida lograda es un ideal vislumbrado en la edad juvenil y realizado en la madurez.)

Todos los conocedores de la psicología evolutiva señalan la emergencia del yo, de la autoconciencia  vital diferenciada, como  uno de los fenómenos más característicos de la adolescencia. Al tiempo que consideran que el normal  desarrollo  de esta conciencia de la propia identidad desemboca en el descubrimiento de la alteridad,  de la realidad de esos otros que también  pueden  decir “yo”, así como de un entorno más amplio que el familiar o escolar: un ámbito que cabe denominar social y, en un sentido  más estricto, ciudadano o cívico.

Pues bien, la integración en este territorio de más dilatados horizontes se ha complicado de una manera nueva y sorprendente a partir del final de los años sesenta. La conciencia del “yo” individual se ha exacerbado o, al menos, descompensado en toda una generación, a la que se ha denominado precisamente la me generation o “generación del yo”.

 De la “fiebre del sábado noche” a la “movida”

Pero la crisis histórica —cuya fecha de partida convencional es mayo del 68— ha adquirido una importancia mucho  mayor de la que habitualmente se le concede. Han  desaparecido, en buena parte, los fenómenos más clamorosos de la revuelta estudiantil de aquellos  años Los jóvenes, se dice, ya no son revolucionarios: presentan más bien rasgos de conformismo acrítico y de consumismo desbocado. Pero sigue presente  la resistencia a integrarse en un tipo de sociedad que ya no consideran  como suya y también  permanece el individualismo que les lleva a desconfiar de la presunta capacidad  de acogida de una sociedad  cuya  dureza  materialista les desagrada profundamente. Por eso, como ha dicho Lustiger, “los jóvenes  acampan fuera de la ciudad”. Si antes se entregaban a la “fiebre del sábado  noche”, hoy la “movida” —que se prolonga hasta bien entrada la mañana— triunfa también en la noche del viernes y comienza a extenderse  hasta el mismísimo jueves.

¿Por qué, ya desde la adolescencia,  los jóvenes prefieren la noche tardía, la madrugada incluso?  Quizá  porque ese es un tiempo  vacío, libre, no sometido a los convencionalismos de una sociedad aburguesada, con la que no se sienten identificados. Si acaban  por integrarse en ella, a edad más tardía cada vez, lo harán en muchos casos sin grandes ilusiones, con planteamientos que seguirán siendo individualistas y que raramente incluyen proyectos ambiciosos de tipo cultural, religioso o político.

A mi juicio, ninguno de estos fenómenos es casual o pasajero. Responden a la quiebra de todo un modelo social propio  del capitalismo tardío, al que se suele llamar “Estado del Bienestar”. Lo característico de este paradigma es el dominio unilateral de los factores políticos, económicos y mediáticos que configuran lo que los sociólogos denominan “tecnosistema” o “tecnoestructura”. Se trata de una imbricación entre Estado, mercado y medios de comunicación social, en la que los medios de intercambio simbólico son el poder, el dinero y la influencia persuasiva. Por consiguiente, lo característico de tal configuración social es que las transacciones decisivas se producen entre poder y dinero, dinero e influencia, influencia y poder.

Se trata de intercambios anónimos y, a veces, opacos. De manera que la corrupción generalizada que afecta a los países del entorno —también a España, aunque afortunadamente aquí ya empiecen a estar lejanos los peores años de este fenómeno— no es una especie de desajuste o trastorno  pasajero, sino que esta posibilitada —y no pocas veces casi exigida—por la propia estructuración social.

No es extraño que —de manera más habitual que  consciente— los jóvenes, que  comienzan desde temprana edad a descubrir la índole descamada y cínica de ese entramado, sientan escaso aprecio por él y teman (en lugar de esperar) su integración en un ambiente social poblado por ese tipo de personas que, a comienzos del siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber anticipó que serian “especialistas sin alma, vividores sin corazón”.

 A los jóvenes les faltan maestros

Pero habría que preguntarse si la vigencia de este modelo social imperante es fatal, sin alternativa  posible, Y mi respuesta es, desde luego, negativa. No solamente es deseable que esa configuración de la sociedad industrial moderna de paso a comunidades de vida más humanas y solidarias. Es que ese tránsito, aunque de forma escasamente advertida, ya se viene produciendo en las dos últimas décadas. Al cambio de mentalidad que este paso supone lo denominé en su momento “nueva  sensibilidad”, caracterizada  por  un avance de los factores cualitativos respecto a los cuantitativos y por la importancia concedida al mundo vital y sus solidaridades interpersonales. Las repercusiones de este nuevo modo de pensar en el ámbito social y política las he estudiado en mi libro Humanismo Cívico.

El humanismo cívico que propugno se caracteriza porque, frente al modelo técnico y anónimo del tecnosistema, propugna la revitalización de las comunidades ciudadanas y la activa participación en la esfera pública. Es una nueva cultura de la responsabilidad cívica, que se opone tanto al estatismo agobiante como al economicismo consumista, pero que también rechaza el narcisismo individual, el cual lleva a no pocas personas a refugiarse en el cerco privado y a desentenderse de lo que antes se llamaba “bien común” y hoy se denomina – con menor fortuna- “interés general”.

En mi opinión,  toda propuesta de formación cívica de las generaciones jóvenes se ha de plantear desde una visión del hombre y de la sociedad en la que se valore —por encima del dinero, del poder  y de la influencia— la dignidad  intocable  de la persona  humana y su derecho y deber  a participar  en las cuestiones sociales  y  políticas que  a  todos  nos afectan y que comprometen el futuro de esas vitalidades  que  se estrenan en  la vertiente nueva de la juventud. Las personalidades jóvenes se hallan hoy, por lo general, casi completamente desasistidas en lo que concierne a esa preparación ética y cultural que podría capacitarles, no tanto para integrarse en un tinglado mecánico y desmotivador, como  para lanzar sus propias propuestas de regeneración social y de perfeccionamiento humano. A los jóvenes  actuales  les faltan  auténticos maestros.

 Aprender el oficio de la ciudadanía

Lo primero  que habría  que  decir  de la formación cívica es que no consiste  en una  información  teórica que hubiera  que  impartir en  unas  clases  determinadas. Se  trata  de aprender el oficio de la ciudadanía. Porque, efectivamente, la ciudadanía es una especie de saber artesanal, un craft hecho de capacidades de diálogo, de mutua comprensión, de interés por los asuntos públicos y de prudencia a la hora de tomar decisiones, y de prudencia a la hora de tomar  decisiones. Se trata de un nacimiento practico que solo se puede adquirir en comunidades vitales cercanas a las personas mismas, como son la familia, el colegio, la parroquia, e1 club juvenil o la universidad. El aprendiz se integrará realmente en tales comunidades si descubre que en ellas hay unas  prácticas que apuntan a lo bueno y lo mejor, si vislumbra que son grupos armónicos abiertos que valoran a las personas por sí mismas y que tienen finalidades de mejora ética y social.

Dicho de otro modo, la educación cívica sólo se logra cuando la joven o el joven se inserta en un ethos, es decir en un ambiente fértil, moralmente denso, humanamente acogedor que  abra  caminos  para la autorrealización y sea capaz de suscitar el entusiasmo en quienes tienen la vida por delante. El ethos es la síntesis de bienes, virtudes y normas que se entrelazan para configurar un “estilo de vida”, una cultura, un modo panorámico de percibir el entorno social y el mundo físico. No es un conjunto  de reglas de comportamiento ni un artilugio pedagógico más o menos sofisticado. El ethos es vida: es como el paso y el peso que se va depositando cuando se viven intensamente de acuerdo con unas convicciones que superan con mucho  las convenciones  típicas de la sociedad burguesa, en la que lo más importante es “guardar las apariencias”.

La “sociedad del espectáculo”

Según ha dicho Ratzingerla realidad  hace superflua la apariencia. Y esto adquiere una importancia crucial en una sociedad poblada de simulacros, como  es la “sociedad del espectáculo” en que vivimos. En la sociedad como espectáculo lo que se valora es el brillo, es lo que se valora es el brillo, es decir, la prestada claridad, el reflejarse y el resbalar de las luces artificiales por la superficie de objetos niquelados. En cambio, una sociedad que vive a fondo su ética y su cultura no valora el brillo, sino el resplandor, la luminosidad que brota del alma al rostro, la impronta exterior de una vida interna rica y cultivada. El brillo es artificial, aparente  y superficial; el resplandor es natural, real y hondamente humano.

Si se puede decir que hoy estamos  maleducando a toda una generación, desde el punto de vista cívico, es porque  les enseñamos a que valoren el brillo y ni siquiera aprecien el resplandor. Les estamos induciendo a que piensen de acuerdo con la razón instrumental y no les dejamos sosiego ni libertad para que se esfuercen en ejercitar la inteligencia meditativa.

Recapacitemos por un momento en el tipo dominante de mensajes que reciben hoy las chicas y los chicos. Tanto la familia como la escuela y los medios de comunicación les impulsan, sobre todo, a valorar  el éxito individual, sin advertir  que, como dice Leonardo Polo, “todo éxito es prematuro”. En cambio, se les disuade de embarcarse en empresas que les comprometan a servir a los demás y que no estén encaminadas a triunfar, sino a alcanzar una vida lograda desde la perspectiva ética, que es la única que ofrece valores absolutos.

 Poder decir tonterías en cinco idiomas

La propia enseñanza reglada pone todo el énfasis en  los  procedimientos. Se  habla, por ejemplo,  de “aprender a aprender”. Pero  se deja sin contestación —o ni siquiera se formula— la pregunta clave: ¿Aprender qué? Los contenidos son lo de menos, se arguye,  por­ que pueden encontrarse en cualquier base de datos. Lo importante es que estos adolescentes, llamados  a vivir en la sociedad  de la información, dominen las nuevas  tecnologías informáticas y telemáticas, que van a poner a su disposición inmediata todo el saber disponible en el mundo entero. Tan  vano  y falso planteamiento hace cada vez más actuales los versos de T. S. Eliot en los coros de La roca: ” ¿Dónde está la sabiduría  que se nos ha perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que se nos ha perdido  en información?”.

Como decía (injustamente) el castizo Miguel de Unamuno del cosmopolita Salvador de Madariaga, “es capaz de decir tonterías en cinco idiomas”. Pensemos un momento en el enorme esfuerzo y la gran  cantidad de dinero  que se pone en que los adolescentes españoles aprendan a malhablar  el inglés, la lingua franca del siglo XXI. Si recala uno durante  el verano  en los aeropuertos de Londres, Dublín, Nueva York o Chicago, le parecerá que se ha trasladado como  por arte de magia el patio de un colegio de Madrid, Bilbao o Jerez de la Frontera o, peor aún, a algún pub o discoteca para españolitos menores de edad. Si —como el avión de Iberia se retrasa— entabla uno conversación con esos chavales, no clara crédito al conjunto de vulgaridades y tópicos que han sido capaces de recolectar durante ese mes carísimo transcurrido en alguna población de lengua inglesa. No se les pregunte por la política de Tony Blairel problema del Ulster o la economía  americana, porque sencillamente son temas que ignoran. Eso sí, están completamente “al loro” de lo último en música pop y en marcas de zapatillas deportivas, jeans o cazadoras. Ni uno ha leído un libro, en cualquier idioma, durante esas semanas; y, desde luego, tienen otros proyectos más interesantes  para el resto de las vacaciones de verano.

Informática e inglés, como preparación para estudiar empresariales o ingeniería,  y conseguir así una buena posición económica. En esto se agota el panorama cultural  y social que se suele abrir ame las prometedoras inteligencias, potencialmente infinitas, de quienes
Pronto tomaran el relevo en la dirección de la cosa  pública  y  de  las  empresas   privadas.
¿Qué se hizo del frondoso árbol de las ciencias? ¿Dónde quedan las humanidades clásicas y los grandes libros? ¿Qué fue de los ideales para cambiar el mundo que germinan en la primera juventud? Se ignora: no saben, no responden. Sobre base tan somera es inviable que se desarrolle una formulación cívica, reducida hoy a ser una pintoresca línea transversal de la ESO, según la reglamentación de la LOGSE.

La marginación de las disciplinas más formativas

El humus, la tierra fértil donde  podrían asomar los primeros brotes de un humanismo cívico, es precisamente el cultivo de las Humanidades, es decir, de la Historia, la Filosofía, la Literatura, el Arte, las Lenguas Clásicas. Tan maltratadas están, que incluso algunos políticos se han dado  cuenta  del tremendo error que se está cometiendo  al marginar las disciplinas más formativas de los programas de estudio, tanto en la Enseñanza Primaria y Secundaria como en la Universidad. Pero ya se ha visto a lo que ha conducido  la vampirización política de un tema tan serio, de cuyo recuerdo solo quedan las lágrimas de la valiente ex ministra de Educación, cuando rechazaron su interesante proyecto en un Congreso de los Diputados donde el Marca parece ser la lectura de mayor consumo.

Se ha empezado a notar que sucede cuando  una  chica o un  chico conocen perfectamente su “entorno”, dominan la vida de los héroes locales, hablan de corrido el bable asturiano, utilizan la jerga de la serniótica y la teoría de conjuntos, pero no saben nada de historia universal, Shakespeare no les suena, ni siquiera en inglés, y cuando se les pregunta que significa cogito, ergo sum y quien pronunció tan famosa frase, responden:“Me han cogido, yo soy. Y la pronunció Jesucristo en el Huerto de los Olivos”.

El olvido de las Humanidades conduce a la incomunicación, la incomunicación lleva al aislamiento  y el aislamiento -como advirtió Hannah Arendtes pretotalitario. La mejor manera  para asegurarse de que nadie piense algo “políticamente incorrecto” (por ejemplo, que hay que tratar a los emigrantes  magrebíes como a seres humanos) es sencillamente que no piense. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y así tendremos la paz de los cementerios y de las cáceles.

Como he tenido ocasión de desarrollar en Humanismo cívico, las Humanidades  facilitan que se logren cuatro metas educativas de la mayor trascendencia: la comprensión crítica de la sociedad actual, la revitalización de los grandes tesoros culturales de la humanidad, el planteamiento profunda de las cuestiones fundamentales que afectan a la vida de las mujeres y de los hombres, y el incremento de la creatividad y la capacidad de innovación.
Estas finalidades poseen hoy la mayor actualidad. Porque, sorprendentemente, el gran desarrollo de los sistemas informáticos no se ha debido, como inicialmente se pensó, a la construcción de poderosas maquinas de calcular, sino al proceso de textos desarrollado sobre todo en ordenadores portátiles o microcomputadores. La cultura posliteraria que se anunciaba para el final del milenio se ha transformado en un mundo poblado de libros, en el que el personaje del año 2000, según la revista Time, es precisamente de Amazon, la librería virtual a la que se puede pedir cualquier libro desde cualquier lugar del mundo, y además llegan pronto y sin excesivo gasto.

Los padres, los políticos, los educadores, tenemos que planteamos muy a fonda esta cuestión, en la que nos jugamos nuestro futuro inmediato. No podemos olvidar algo que se lleva experimentado con indudable éxito desde hace unos veinticinco siglos, es decir, dos milenios y medio. Y eso que no debemos dejar que se pierda es la realidad de que las mentalidades jóvenes sólo podrán formarse en el oficio de la ciudadanía si se logra que su educación sea una simbiosis con las grandes creaciones de nuestra civilización occidental. Será una lástima que al1ora que existen los medios técnicos para que todos los ciudadanos conozcan los fundamentos de la cultura en la que viven, dispersaran su vida en espectáculos, aficiones y entretenimientos sin sustancia alguna.

 Abrirse a otras vidas

El gran acervo de ideas, creencias, valoraciones y narraciones acerca de la vida del hombre en sociedad se encuentra en los grandes  libros, en los clásicos antiguos y modernos. Al leer esos libros, nuestra vida se abre a otras vidas, reales o imaginadas, en las que se reflejan los tipos básicos de personas y de comportamientos, las situaciones más hondas en las  que las personas pueden encontrarse, los discursos y hazañas que nos han conducido a ser lo que somos. La mayor proporción de educación cívica  que un chico o una chica pueden adquirir se encuentra en la sosegada lectura de la Antígonade Sófocles, de la Antologíade Sócrates platónica, de la Ética a Nicómaco de Aristóteles, de las Confesiones de San Agustín, de El Quijote, de La vida es sueño, de Guerra y paz, de los cuentos de Grimm, de Los Buddenbrook, de los poetas de la Generación del 27, de El Gatopardo de Lampedusa, de El guardián en el centeno, de El señor de los anillos, de La historia interminable de Michael Ende, de La vida nueva de Pedrito de Andía, de El libro de la selva… y de tantas muchas obras que mejoran tanto al que por ellas transita, que le hacen capaz de entender la riqueza humana que tales libros contienen.

El conocimiento de la Literatura, de la Filosofía y de la Historia nos ayuda a distinguir lo pasajero de lo permanente, lo esencial de lo accidental, lo humano  de lo inhumano, el bien del mal. La mujer y el hombre de muchas y buenas lecturas es difícil que caiga en los extremos del dogmatismo o del escepticismo, del relativismo o del fanatismo. Porque aprenderá  que en el ser humano  conviven una vocación sublime y una profunda miseria, que el hombre supera  infinitamente al hombre y que no hay soluciones automáticas o puramente técnicas para los problemas sociales.

Las Humanidades  nos descubren los maravillosos secretos del lenguaje, como vehículo del pensamiento e instrumento de comunicación. Nos enseñan a hablar y a escribir correctamente, no como los guionistas o locutores de radio y televisión, que martirizan día a día, hora tras  hora, el pobre idioma castellano, mejor usado hoy en los países hispanoamericanos que en su tierra natal.

Una  tragedia familiar: “Mamá quiero estudiar filosofía”

Decía Jorge Luis Borges que un caballero so­ lo defiende causas perdidas. Y yo sé bien que casi perdida esta la causa de un cultivo de las Humanidades que, como decía el beato Josemaría Escrivá, implica la supremacía del espíritu sobre la materia. Porque resulta que una chica que lee mucho “es un poco rara”, mientras que el chico que se pasa las horas tontas ante la televisión o con los videojuegos hace lo que corresponde a un muchacho de su edad. No digamos la tragedia familiar que se produce cuando la chica en cuestión dice que quiere estudiar Filosofía y Letras, en lugar de una carrera de provecho, que la ayudara a labrarse un porvenir seguro (y —añado por mi cuenta— aburrido o tal vez desgraciado).

No es prudente tampoco que los jóvenes tomen, en su inmadurez, decisiones de tipo social o religioso que puedan condicionar su futuro. En cambia, no parecen tan inmaduros a la hora de iniciarse en las prácticas menos virtuosas y mas disolventes que la sociedad de consumo les brinda en bandeja, sobre todo cuando pueden disponer sin esfuerzo de unas cantidades de dinero que superan el salario mínimo interprofesional.

La formación  cívica  es asunto  estrechamente relacionado con la adquisición de las virtudes morales e intelectuales: la fortaleza, la prudencia, la sabiduría, la templanza, el arte y la justicia. Las virtudes son excelencias del carácter que no se pueden desarrollar a través de una enseñanza meramente teórica. En realidad, como decían los filósofos griegos, las virtudes no se pueden enseñar: sólo  se pueden aprender. Lo cual equivale a decir que el protagonista de la educación no es el padre, la madre, la profesora o el profesor: el gran protagonista y autorresponsable  de su educación es el propio educando, es decir, el hijo o el alumno.

 ¿Queremos a los jóvenes?

Por ello es imprescindible que nos tomemos a los jóvenes en serio. Como decía el maestro
Corts Grau, a la juventud hoy se le adula, se la imita, se la seduce, se la tolera…pero no se le exige, no se le ayuda de verdad, no se le responsabiliza… porque, en el fondo, no se le ama. Y esto es, en definitiva, lo que los jóvenes sospechan y, aunque no se atrevan a declararlo, proceden en consecuencia.

El amor noble y normal de padres y maestros para con los jóvenes está siendo sustituido por el emotivismo, por la inundación afectiva, por esas demostraciones  de cariño tan ostentosas como superficiales que se aprecian, por ejemplo, en las paradas de los auto­ buses escolares: parece que los niños y las niñas partieran como voluntarios hacia Kosovo, de donde no se sabe si volverán vivos. La familia es algo mucho más serio que esa carga de sentimentalismo que hoy padecemos. La familia es una escuela de vida personal y social, en la que el modo de existir en cada edad va aprendiendo de los modos de existir de las demás edades. El niño aprende de jóvenes y adultos. Los jóvenes, de niños y viejos. Y los viejos aprenden de todos y a todos enseñan, si es que no se les ha internado en eso que un colega mío llama “ancianarios”. De ahí que sean tan interesantes y formativas las familias numerosas, en las que todos aprenden de todos, continuamente,  cuestiones esenciales acerca del mundo y de la sociedad.

Si me permiten esta confesión personal, yo no cambiaria a mis ocho hermanos y hermanas por nada de este mundo. De mis padres y de ellos he aprendido casi todo lo que se acerca del hombre en sociedad. Por lo que se refiere a la educación cívica, también aprendí bastante durante los años que viví en un Colegio  Mayor  Universitario.  De  manera que, desde hace unos treinta años a esta parte, el mundo no me ha enseñado nada esencialmente nuevo. Y, por supuesto,  cuando crucéel umbral de la Universidad de Madrid, tras vencer la correspondiente resistencia paterna a que estudiara Filosofía y Letras, yo tenía muy claro que debía participar activamente en la vida intelectual y política de la universidad, entonces en ebullición, lo cual me proporcionó experiencias, aventuras  y riesgos que —como saben mis amigos y mis alumnos—son tan sorprendentes como largas de contar.

 Más voluntad de aventura, de “arriesgar la vida”

Me temo que el actual modelo de vida familiar y escolar —aunque sea más libre y menos severo— presenta un cierto carácter unívoco monótono, que no facilita precisamente el crecimiento en las virtudes ciudadanas. La sociedad de hoy parece pensada a la medida del adulto infantilizado, ese que compone las millonarias audiencias de programas  televisivos con encefalograma plano. Deberíamos tener más voluntad de aventura, más capacidad de riesgo, mas disposición  para esa actitud que Teresa de Ávila sintetizaba  en la expresión “arriesgar la vida”.

Para “arriesgar la vida”, la virtud más necesaria es, paradójicamente, la sobriedad, la templanza. Porque el exceso de comodidades y satisfacciones  materiales  embota  la imaginación y la facultad de sorprender y dejamos sorprender. Mucho más interesante que ese estado en el que “no falta de nada”, es la actitud de estrenar la vida cada día, de no dejarse atrapar por  la rutina  y la mediocridad. Quien  no sufre alguna  carencia  material se encuentra en la situación  que los griegos llamaban apatheia, es decir, apatía. No sentir ni padecer es una de las mayores desgracias que a uno le puede deparar la vida y uno de los peores legados que pueden transmitir a las generaciones jóvenes. Con lo cual también está íntimamente relacionada  la virtud de la justicia, especialmente en su aspecto social, con relación a los más pobres y necesitados. Es un auténtico escándalo que una sociedad democrática y básicamente cristiana tolere que haya unas diferencias de nivel de vida clamorosas y, además,  crecientes. Un  aspecto  de la “nueva sensibilidad”, a la que antes me refería, consiste precisamente en la mejor percepción de lo injusto de estas diferencias que empieza a surgir entre los jóvenes. Y, a su vez, el humanismo cívico debería configurar un modo de ver las cosas para el que fueran inadmisibles las nuevas formas de servidumbre y desamparo que hoy se extienden por más de medio mundo.

La formación cívica ha de enraizarse en un ambiente de libertad, en un modo austero de comportarse, en actitudes estables de servicio, en hábitos  de compartir lo que se tiene con los que más lo necesitan, en la fortaleza para denunciar la justicia  y no ser cómplices de la corrupción, en el compromiso de decir siempre la verdad… aunque se hunda el mundo, como decimos en Navarra. “Una palabra de verdad vale más que el mundo entero”, reza el proverbio ruso que Solzenytsin incluyó en su discurso de recepción del Nobel de Literatura, ceremonia  a la que las autoridades soviéticas le prohibieron  asistir: “¿Qué puede la verdad contra la rueca de la violencia?”, se preguntaba Solzenytsin en  aquel  discurso que nunca pronunció. A la actitud de amor a la verdad siempre le cabe decir que no: mientan todos ustedes, pero no cuenten  para ello con mi colaboración; finjan que son  honrados mientras participan en la corrupción,  pero háganlo sin  mi ayuda;  pliéguense  dócilmente a leyes inmorales  que permiten el dominio de los mas débiles por parte de los más fuertes, pero les anticipo mi desobediencia civil; difundan los medias de comunicación social todo tipo de falsos estereotipos acerca de instituciones y personas intachables, pero no esperen que yo les crea ni me haga ceo de sus insidias y sectarismos. Desde  luego, vivir el humanismo  cívico resulta  peligroso,  pero—como decía Platón— es un “bello riesgo”.

Una actitud así, de seria rebeldía ante los poderosos de este mundo, no se puede mantener si no es con la ayuda de Dios. Por eso, el humanismo puramente secular o laico acaba en la inconsistencia  y en el drama. La religión es el lazo de solidaridad más fuerte que une a personas de las más distintas condiciones e ideas. Y el cristianismo no solo nos habla acerca de la verdad, sino que es la Verdad misma, encamada por Jesucristoque al mismo tiempo es Camino y Vida. Al menos en una tradición  histórica  y religiosa como  la  nuestra, no es posible  una formación cívica sin un sólido fundamento cristiano.  Lo cual no quiere decir que se haya de profesar  el cristianismo porque  es socialmente  positivo.
Más bien resulta socialmente positivo porque, como ha escrito Michel Henry en C’est moi la verité, el cristianismo  es la Verdad  misma, la verdad que libera, que se hace Vida y Camino para quienes se atreven a vivir como hijos de Dios. Claro aparece, entonces, que las exigencias sociales del cristianismo, sus demandas cívicas, serán  mucho más altas y certeras que las que pueda  transmitir  cualquier doctrina científica, ética o política.

 Una visión cristiana de la vida

La visión cristiana de la vida pone en el centro el amor  a los demás,  la solidaridad de quienes forman un solo Cuerpo y saben que la salvación  no es un asunto individualista.
Todos dependemos de todos, en un sentido muy profundo y esencial. Por eso, una educación cívica  cristiana y humanista ha de fomentar lo que Alasdair Macintyre llama en su último libro “virtudes de la dependencia reconocida”, entre las que se encuentran la generosidad, el agradecimiento, la compasión, e1 cuidado de discapacitados o enfermos, la alegría, la solidaridad y, en último término, la misericordia o piedad.

La propia independencia, la libre actuación personal, solo se logra desde la base de la dependencia,  y nunca la elimina del todo. Para que la libertad  humana no consista en la carencia de vínculos, sino en la calidad de esos vínculos  y en la fuerza vital con que  uno los acepta y permanece fiel a ellos.

La completa independencia o personal autonomía es una ficción que ya apuntaba en la satisfecha  autarquía propuesta por la ética griega, y que se consideró como el gran ideal humano en la Ilustración moderna, especialmente en su versión kantiana.  Las derivaciones actuales de este planteamiento son el utilitarismo y el emotivismo, que muchas veces se presentan asociadas entre sí. El que es a un tiempo utilitarista y emotivista, piensa que sólo hay dos tipos de motivos  para  decidir la propia conducta. Uno  de ellos es la elección racional, la rational choice, e1 cálculo de la mayor  cantidad de  bien posible para el mayor número de gente posible, aunque se presente el problema  de que género de bienes hemos de valorar más o menos, y resulta difícil decidir a qué gente se procura  beneficiar, si especialmente a mí mismo y a los que me rodean, o bien a los que más lo necesiten; y si hemos de primar a los actuales habitantes del planeta, o hemos  de comportarnos de modo que no dejemos una tierra contaminada y desertizada a los que vengan después.

El otro tipo de motivación es el que procede de los sentimientos de simpatía hacia otras personas; pero este emotivismo inmediato, si no está ordenado por hábitos morales firmemente adquiridos, conduce al relativismo ético y a la arbitrariedad sentimental.

Está claro es que tales planteamientos utilitaristas y emotivistas  no dan  cuenta  de las relaciones —mucho más diversificadas y abiertas— que  realmente  se establecen  entre  las personas humanas. Nos encontrarnos en un continuo proceso de dar y recibir, casi nunca  sometido estrictamente a la crispación egoísta del do ut des. La mayor parte de nuestras relaciones interpersonales  no están motivadas ni por el cálculo racional ni por emociones inmediatas, sino que responden a relaciones de amistad, de familia o de trabajo,  en las que muchas veces —y en algunos  casos durante largo tiempo— ayudamos a otros sin esperar nada a cambio, o —lo que quizá es más difícil de aceptar— nos dejarnos ayudar sin expectativas de poder devolver  los favores en el futuro. Si los humanos sólo hiciéramos  lo que pensarnos que nos conviene o lo que enciende nuestras emociones  inmediatas, casi todo quedaría por  hacer;  la sociedad  se pararía, porque  habría una gigantesca huelga de brazos caídos. Como han demostrado recientemente  economistas que han merecido el Premio  Nobel, las actividades  que realizamos con mayor  atención  y cuidado  son  precisamente aquellas por las que no recibimos ninguna retribución económica. Y, además, no es cierto que si todos buscan su interés egoísta, resultará de la suma y difusión de esos beneficios el interés  general. Talplanteamiento neoliberal no funciona, entre otras cosas porque —como ha señalado  Amartya Sen— en  situaciones de extrema miseria (que afectan hoy a un tercio de la población  mundial), las personas no están en condiciones de pararse a pensar cuál es su interés, presionadas como se hallan por encontrar el puro y simple sustento diario.

Sólo hay una ética

En la base de no pocos de estos errores teóricos y prácticos se encuentra la separación entre ética pública y ética privada. La ética pública seria  puramente procedimental, y  se agotaría  en el cumplimiento de las normas constitucionales y en el respeto al derecho positivo. En cambio, la ética personal se vería relegada  exclusivamente alcerco privado, sin ninguna  manifestación  política o económica. Cuando lo cierto es que solo hay una  ética que, ciertamente, presenta aspectos privados y aspectos públicos, que no son delimitables entre sí de modo neto, ni se deben separar de manera drástica. Si alguien no es honrado o limpio  en  su  vida  personal o familiar, será muy raro que se comporte con honestidad en la esfera pública, porque le faltara el temple moral necesario para acometer acciones que sean  a la vez justas  y arduas, o para  evitar comportamientos que seducen por su encanto inmediato pero acaban por corromper a las personas y perjudicar gravemente al bien común. Y, a su vez, si alguien no se conduce rectamente en el nivel público, ese desgarramiento existencial se traducirá en las relaciones más íntimas y personales, según se manifiesta en la inestabilidad familiar de no pocas personas que están obligadas —por la autoridad que representan— a tener una conducta intachable en el terreno personal.

La formación cívica presenta, por lo tanto, un carácter ético con esenciales proyecciones políticas, en el más amplio sentido de esta palabra. El hombre bueno ha de procurar, simultánea e inseparablemente, ser también un buen ciudadano, lo cual —sobre todo en el caso de regímenes injustos— no siempre supone el dócil seguimiento de las normas establecidas, sino que puede implicar la resistencia civil que lleve a no cumplir leyes que prescriben o permiten comportamientos intrínsecamente malos, como es el caso del aborto provocado, la eutanasia, la retribución  insuficiente del personal subordinado, el maltrato a extranjeros y emigrantes, el abuso de menores o la difusión de material pornográfico.

Reducir la moral al ámbito personal, familiar o profesional, con abandono de la esfera estrictamente publica, es un enfoque burgués y completamente insuficiente de la ética. Nadie puede ser moralmente bueno en una campana de cristal, entre otros motivos porque tales reductos incomunicados ya no existen. En la nueva sociedad del conocimiento y la información se registra un alto grado de complejidad, según el cual los  mensajes públicos están penetrando continuamente  en el terreno privado, y las personas particulares han de tomar todos los días decisiones que afectan a otra mucha gente. Por otro lado, la inteligencia y el carácter de las personas se manifiestan más claramente en un entramado global de redes ciberespaciales que un mundo de máquinas y altas chimeneas.

Lo que demanda la sociedad que está surgiendo en nuestras manos a comienzos del nuevo milenio es una  “nueva ciudadanía”, mucho más activa y responsable, en la que las personas no se conformen con ser convidados de piedra en el concierto público, sino que ejerciten con energía y decisión su libertad social, su responsabilidad cívica y su creatividad cultural. Los nuevos ciudadanos, quienes habrán de tomar el relevo de la cosa pública dentro de pocos años, tendrán el honor y la carga de configurar ese mundo  tan distinto al actual de una forma hondamente humana. Para ello necesitan aprender una asignatura que no está en los libros de texto ni se puede incluir en los planes de estudio. La formación cívica se adquiere como por ósmosis en la familia, en el colegio, en la parroquia, en las relaciones de parentesco y de vecindad. Esto pone en primer término la necesidad del buen ejemplo. Sólo el que conviva con buenos ciudadanos aprenderá a ser un buen ciudadano. En esta disciplina, todos somos discípulos y maestros a un tiempo. Cada uno debe pensar: que no sea yo el que les falle.

Alejandro Llano

Fuente: Nuestro Tiempo No. 559-560

 

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