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Identidad cristiana

Pbro. Mario Arroyo
27 junio 2008
Sección: Sobre el Papa

El Santo Padre ha recordado la importancia de mantener la auténtica identidad cristiana dentro de la cultura del diálogo. Octubre de 2006.

En su audiencia del miércoles 11 de octubre de 2006, de un modo casi tangencial, el Santo Padre ha recordado la importancia de mantener la auténtica identidad cristiana dentro de la cultura del diálogo: “En medio de todas las tentaciones, con todas las corrientes de la vida moderna, debemos conservar la identidad de nuestra fe.

Ciertamente, es necesario seguir con firme constancia el camino de la indulgencia y el diálogo… Pero este camino del diálogo, tan necesario, no debe hacernos olvidar el deber de tener siempre presentes y subrayar con la misma fuerza las líneas fundamentales e irrenunciables de nuestra identidad cristiana.”

El encuentro de la fe con diferentes culturas así como con la sociedad tecnológica esconde riquezas insospechadas y oportunidades hasta ahora inexploradas, pero también entraña riesgos que no se pueden soslayar y frente a los cuales debemos estar prevenidos, so pena de perder lo auténticamente cristiano en este intercambio de valores, quedando desarraigados de nuestros propios orígenes, con todo lo que implica tal pérdida.

Un primer presupuesto es conocer la identidad cristiana para valorarla más tarde. El asombroso panorama cultural de la fe -que con razón puede llamarse católica en su sentido etimológico: universal, ya que se ha encarnado de múltiples formas a lo largo de XXI siglos y a lo ancho del orbe- es ya de por sí invaluable. Es indispensable en este sentido poseer una auténtica cultura cristiana para no caer presas de la manipulación a causa de la propia ignorancia: podríamos fácilmente sentir un cierto complejo ante los clichés y los ataques sistemáticos de los diversos medios de comunicación, por ejemplo a raíz de tópicos tales como la inquisición, las cruzadas, el antisemitismo y más recientemente la pedofilía; hasta el punto de que alguno pudiera avergonzarse de su fe y por supuesto ocultarla de frente a la pública palestra. Tal actitud escondería ignorancia, el mayor enemigo de Dios sobre la Tierra.

En el año 2000, al presentar el texto sobre los “mea culpa” de la Iglesia, explicaba el entonces Card. Ratzinger que la confesión de culpa debe ir acompañada en honor a la verdad, por una confesión de santidad; de lo contrario se tendría una visión tendenciosa y reductiva de lo aportado por el fenómeno cristiano al mundo durante más de dos milenios. San Juan nos transmite unas palabras de Jesús que en este contexto son tremendamente sugestivas: “la verdad os hará libres”; no hay que tener miedo a la verdad, sin olvidar también que la verdad a medias es la peor mentira, y eso es lo que nos podría suceder si cerráramos los ojos a la realidad palmaria de la santidad y de la humanización que ha proporcionado la cristiandad al mundo.

No hay que olvidar por ejemplo –entre otras muchas realidades-, que los ideales de la Revolución Francesa tienen una matriz incontrovertiblemente cristiana: libertad, igualdad y fraternidad impregnan el mensaje cristiano; es en culturas cristianas donde ha surgido la democracia, y el fenómeno de la universidad, como lugar de saber y como manifestación de la confianza del hombre en su propia razón, fue promovido en sus inicios y continúa siéndolo por la Iglesia. Los derechos humanos y la reflexión sobre la dignidad y la defensa de la persona son indudablemente legado cristiano y actualmente la Iglesia entabla una feroz y pacífica batalla para defenderlos, siendo en ello casi una voz aislada en el conjunto de la sociedad.

La fe cristiana se ha enriquecido con las múltiples facetas de la inculturación a lo largo de este tiempo y simultáneamente ha realizado una labor de criba, purificando aquellos elementos culturales incompatibles con el mensaje cristiano y sobre todo con la dignidad humana, para saber tocar después las mejores notas que cada cultura pueda ofrecer: del Mausoleo de Constanza en Roma a la Capilla del Rosario en Puebla; de “La Ciudad de Dios” de San Agustín al Quijote de Cervantes; de San Francisco a Teresa de Calcuta el legado cultural y humano de la fe es invaluable.

Además de conocer la fe cristiana, su tradición y su vida, además de valorarla convenientemente, es necesario estar al tanto de lo que hacen y sufren los cristianos en todo el mundo. Las malas noticias –también las hay, son reales- se propalan con mayor rapidez, que las realidades –mucho más frecuentes- del heroísmo cristiano de tantos fieles a lo largo del mundo. Es preciso conocerlos y servir de altavoz para que el mensaje cristiano pueda seguir fecundando el mundo y no se repliegue a causa de la presión ejercida en su contra.

Una parte importante de la biografía de Mons. Rafael Guízar y Valencia, el nuevo santo mexicano, la constituye su empeño misional, su esfuerzo, primero como sacerdote y más tarde como obispo, de difundir la fe y fomentar su práctica: auténtica obra de misericordia indispensable para mantener esa identidad cristiana; la ignorancia de tanta gente le movió a consagrar a ese empeño sus mejores esfuerzos. Si bien en el modo no podemos imitarle (los tiempos han cambiado), el espíritu que debemos mantener es el mismo, y por ello ahora la Iglesia nos lo propone como modelo.

P. Mario Arroyo

Doctores # 415, col. Chapultepec

80040, Culiacán, Sinaloa

(01 667) 713 07 58

masamf@gmail.com

Doctor en Filosofía por la Universitá Della Santa Croce, Roma 2002

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