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Cristo y la Iglesia

Pbro. Mario Arroyo
27 junio 2008
Sección: Sobre el Papa

Algunas personas optan por un “seguimiento libre de Cristo” bajo el eslogan “Jesús sí, Iglesia no”. Al repudiar la Iglesia se rechaza al mismo Cristo, y se termina por fabricar una religión según mis gustos, que no me pida más de lo que estoy dispuesto a dar

Con motivo de su catequesis sobre San Pablo, el Papa nos ofrece una bella y sintética expresión de la naturaleza de la Iglesia, la cual resulta muy útil tanto para los creyentes (para ser conscientes del gran don que Dios les ha confiado), como para aquellos que sin pertenecer a la Iglesia sientan un sincero interés por comprender lo que ella afirma de si misma con base en la revelación.

El punto de partida es que para Pablo "el primer contacto con la persona de Jesús tuvo lugar a través del testimonio de la comunidad cristiana de Jerusalén" y "esto nos lleva a una primera e importante observación: a Jesús se llega normalmente, para acogerlo o rechazarlo, con la mediación de la comunidad creyente". En pocas palabras, se trata del hecho de que la fe de la Iglesia nos precede, y de la profunda convicción, atestiguada frecuentemente en las escrituras: nadie se salva solo; todos necesitamos de los demás y a su vez los servimos, siendo tal fenómeno característico de la Iglesia. En este sentido existe una prioridad de la comunidad sobre la estructura, del fiel corriente sobre el cuerpo sacerdotal: con nuestra coherencia y nuestro ejemplo nos jugamos la credibilidad y el atractivo de la Iglesia como lugar del encuentro real con Cristo, como Él lo deseo.

Para San Pablo "la adhesión a la Iglesia fue propiciada por una intervención directa de Cristo que, revelándose en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le hizo entender que perseguir a la Iglesia era perseguirlo. (…) De ahí se comprende porqué la Iglesia haya estado después tan presente en los pensamientos, el corazón y la actividad de Pablo"; perseguía a la Iglesia y Cristo le reprocha que sea a Él a quien persigue, a partir de su conversión entiende su entrega a Cristo como entrega a la Iglesia y en la Iglesia: no se puede ser fiel al Jesús en solitario o al margen de la Iglesia en la medida en que ella es querida por Él.

El mensaje del Papa goza de gran actualidad cuando bastantes personas optan por un “seguimiento libre de Cristo” bajo el eslogan “Jesús sí, Iglesia no”; si es verdad que en muchas ocasiones ello se debe a la falta de testimonio que ven –o creen ver- en algunos miembros de la Iglesia (frecuentemente sus ministros), también es cierto que en ese momento al repudiar la Iglesia se rechaza al mismo Cristo, y se termina por fabricar una religión a la medida de mis necesidades, según mis gustos, que no me pida más de lo que estoy dispuesto a dar. El drama de tal religiosidad -al no tener origen divino- es que no salva; se trata solo de una creación humana. La auténtica reforma de la Iglesia se ha dando siempre dentro de ella misma y son los santos quienes la han realizado.

Ser fiel a Cristo le lleva a Pablo a extender su única Iglesia fundando diversas iglesias, es decir, diferentes comunidades cristianas, siempre movido por el Espíritu y con la anuencia de los demás apóstoles. Se trata sin duda de un gran misterio de fe el de la relación entre Cristo y la Iglesia; misterio del que Pablo tuvo una visión particularmente privilegiada. “Es bien conocida su original definición de la Iglesia como "cuerpo de Cristo", que no encontramos en otros autores cristianos". Más sorprendente resulta la profundidad de esta denominación, que va más allá de la simple metáfora para indicar una realidad sustantiva, no figurativa o simbólica: "La raíz más profunda de esta designación sorprendente la encontramos en el sacramento del cuerpo de Cristo, (…) en la Eucaristía, Cristo nos da su Cuerpo y nos hace Cuerpo suyo. (…) Con todo ello Pablo nos hace comprender que existe no solamente una pertenencia de la Iglesia a Cristo, sino también una forma de equiparación y de identificación de la Iglesia con Cristo. De aquí deriva la grandeza y la nobleza de la Iglesia, es decir (…) del ser miembros de Cristo, casi una extensión de su presencia personal en el mundo".

Pertenecer a la Iglesia, ser miembros de la Iglesia constituye un llamado para ser “otros cristos”, hacer presente a Cristo en el mundo en la medida en que participamos del sacramento de su Cuerpo y de su Sangre. No somos nosotros los que humanizamos a Jesús cuando lo recibimos, por el contrario, es Él quien nos “diviniza”, depositando en nosotros esa gran responsabilidad de ser coherentes con tal misterio, de reflejar en nuestra vida corriente esa profunda realidad teológica. “En definitiva, está en juego una relación de comunión: la vertical entre Jesucristo y nosotros, pero también la horizontal, entre todos los que se distinguen en el mundo por el hecho de invocar el nombre de nuestro Señor Jesucristo". Dos consecuencias prácticas se desprenden del discurso del Papa para los fieles: ver si en verdad estamos en comunión con Cristo a través de la recepción frecuente del sacramento de la eucaristía, y ver si esa comunión se muestra eficaz para crear la otra comunión con nuestros semejantes a través del amor.

Por P. Mario Arroyo

Doctor en Filosofía por la Universitá Della Santa Croce, Roma 2002

masamf@gmail.com

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