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Relativismo: Testimonios


25 junio 2008
Sección: Sin categoría

Santo, es decir, hombre

Por Cristina López Schlichting, periodista y directora del programa La tarde con Cristina

1. La pregunta

Quien se presenta ante vosotros y ha sido elegida para enunciar esta ponencia está tan sorprendida como vosotros. Dejo a la responsabilidad de los organizadores del Congreso y de nuestros obispos los efectos, beneficiosos o no, de la elección. Pero quizá haya un par de cosas en mi trayectoria personal que expliquen las razones de gente más sabia.

Me gusta referirme a mi casa como el lugar donde se fue educando mi persona en una relación honesta y verdadera con la realidad, pero sin el dato de la fe. Mi madre (por razón de su matrimonio en época de Franco), era luterana conversa y derivó en el agnosticismo. Mi padre a su vez era católico agnóstico o confuso, de modo que mis tres hermanas y yo crecimos sin certezas sobre el sentido de la existencia. La rotunda convicción de que mis padres nos querían hasta dar la vida por nosotros o de que la vida estaba llena de cosas hermosas (los libros, el arte, la música, la naturaleza), chocaban en mí violentamente con la negación de la trascendencia. ¡Qué vida tan triste la que inserta en el corazón del hombre la pregunta por lo bello, lo bueno, lo verdadero y trunca la respuesta con la experiencia del mal o de la muerte! Sin embargo creo que esta experiencia mía, tan dolorosa durante tantos años, tiene el valor de calcar en buena medida la de nuestros contemporáneos, que ya no reciben de sus familias ni de su entorno la certeza sobre la positividad de la existencia ni su dimensión eterna.

Para mí y para mis hermanas el tiempo en que la gente quería ser santa ya no era una referencia. Si Dios no existía, o no era comprobable, la bondad ya no constituía un objetivo. Los acontecimientos históricos, sin nosotras saberlo, no sólo habían derribado el deísmo, sino también el imperativo moral de Kant. La razón humana, perdida de sus raíces, trabajaba contra sí misma. Nadábamos en un relativismo moral y un escepticismo que era el eco de lo que hoy define nuestro mundo occidental.

Yo sólo quise ser santa en arrebatos de pasión ligados a un vídeo sobre las misiones o unos ejercicios espirituales de las buenas religiosas que me educaron. Pero los embates emocionales eran tan frágiles como los picos de adrenalina que los producían. Lo cierto, lo cotidiano, era que la razón no encontraba motivos para creer. Pero lo que yo sí quería, y os aseguro que lo quería de forma vehemente, intensa, desquiciante, era ser feliz. No sólo estar contenta de vez en cuando, no sólo experimentar placeres exquisitos, sino poder dar respuesta a las preguntas del corazón, a la apremiante necesidad de ser algo más que una hoja que agita el viento y que el invierno de la muerte condena al olvido.

Me recuerdo con quince años, preguntando a mi padre por qué había que seguir viviendo. El pobre, abrumado seguramente por la pesada de su hija, me contestó que había que seguir adelante porque todo seguía adelante, que había que luchar y vivir porque sí, por la misma razón por la que la tierra da vueltas. La respuesta me dejó profundamente insatisfecha. Sin saberlo, yo quería ser santa.

2. La santidad no es coherencia.

Buscaba, pero lo tenía difícil, porque una ola intensa de pelagianismo atacaba y ataca nuestra Iglesia. Una y otra vez encontraba hombres y mujeres buenos que cifraban su cristianismo en la coherencia moral, reduciendo la palabra Cristo a un paradigma de comportamiento ético. Con ellos impartí catequesis en barrios marginales, alfabeticé gitanos, asistí ancianos, postulé por las calles, hice, en fin, cuantas cosas caracterizan la labor impresionante de esta Iglesia nuestra tan denostada injustamente. Pero la pregunta persistía. Yo podía ser buena, pero mi bondad no respondía a una inquietud ancestral, anclada profundamente en el ser humano, el mismo que hace decenas de miles de años dejó de aullar, se puso de pie y miró la luna preguntándose qué era aquello. Es más, la experiencia me mostró dos cosas fundamentales.

Primera, la imposibilidad de ser totalmente buenos. Recuerdo aquí ese pasaje del NT donde se aclara que lo que Dios pide es imposible para el hombre. Me enfadaba, me revolvía, pero nunca alcanzaba el listón del objetivo. Con el tiempo comprendería que la experiencia del límite, de no llegar, es profundamente humana, es más, forma parte misteriosa del método de Dios para mantener viva en nosotros la pregunta sobre Él. Porque si nos bastásemos, si los hombres unidos pudiésemos hacer del mundo un lugar justo, bueno y bello ¿para qué lo querríamos a Él?

Y, segunda enseñanza, el límite no alcanzado y la pretensión de forzar lo imposible no sólo no hacen al hombre mejor, sino que cuando éste no vive en Cristo, generan en él sinsabor y violencia. Es el mecanismo de la ideología. La ideología, llámese nacionalismo, marxismo, capitalismo dogmático o religión (que también la religión es susceptible de ser reducida a ideología) se caracteriza por proporcionar una explicación total sobre lo que nos rodea, reduciéndola a factores y mecanismos manipulables por el hombre. La fórmula es bien conocida: se promete el paraíso terrenal (llámese Gran Serbia, Euskalerría Libre, Sociedad Comunista, Mercado o Estado Integrista) y se elimina todo aquello que configure un obstáculo en su realización. Para liberar Palestina se matan israelíes, para liberar Israel, se matan palestinos; para liberar Serbia se matan kosovares, para liberar Kosovo se matan macedonios. Para liberar a los obreros se manda al gulag a los disidentes; para liberar Alemania se matan judíos, homosexuales, católicos y lo que haga falta. Para liberar Euskadi se matan maketos; para liberar el mercado se explota en las fábricas asiáticas a jóvenes y mujeres hasta la muerte… para liberar al hombre de la injusticia ha habido cristianos que se han echado al monte con un fusil. Y no creamos que es sólo un “macrofenómeno”.

En nuestro entorno inmediato hay montones de cristianos amargados y tristes por culpa de la injusticia social, la falta de espiritualidad o lo que sea. Gente estupenda, curas y laicos que dan la vida por los otros y dicen cosas verdaderas, pero que aparecen tan manifiestamente determinados por el límite que la realidad impone a sus aspiraciones justas que a una le dan ganas de todo… menos de seguirles. Yo caigo a menudo en la misma trampa, y reconozco que, en esos casos, no suscito ni en mí misma ni en mi entorno más que un justificado cansancio, una sensación de impotencia que mis interlocutores y oyentes acaban compartiendo conmigo cuando –eso sí, “muy justamente”- concluimos que no parece haber solución para el hambre en el mundo, la expansión del sida, la corrupción social, la falta de valores o mil cosas más.

Los santos son muy distintos de todo esto, al menos los que yo he conocido, vivos o muertos. Madre Teresa chapoteaba todo el día en el fango asqueroso de Calcuta –y les doy testimonio de que es exactamente eso, asqueroso-, y sin embargo estaba inexplicablemente alegre. Lo que la gente buscaba en ella no era sólo su capacidad de curar, de construir, de amar y abrazar, sino una inexplicable paz que no era de este mundo y que define el deseo más hondo del corazón humano. Ella miraba a las personas y las trataba como nadie los había hecho antes. Del mismo modo, lo que la gente sencilla ve en el Papa, y me incluyo, no es su profunda cultura, ni el atletismo de que hizo gala durante buena parte del pontificado, ni siquiera el Parkinson o lo que vaya usted a saber qué tiene, sino la indomeñable esperanza de que hace gala en medio de los mismos problemas y limitaciones que les aquejan a ellos. Esta enfermo y sonríe, se le cae la baba y dice el nombre de Cristo, se le va la voz y abraza a los niños. A veces digo que Juan Pablo II es más Papa que nunca ahora, precisamente ahora, porque su vida prueba que ni la enfermedad, ni la vejez, ni la cercanía de la muerte, ni la derrota política (pensemos en la guerra de Irak y en el caso que se le ha hecho) pueden con la victoria de Cristo y la alegría que siembra en un hombre.

En fin, lo que quería deciros es que la pregunta sobre la santidad está a otro nivel distinto del deber ético, aunque en muchas ocasiones aparentemente coincidan. A este respecto me gustaría referiros brevemente una anécdota sobre una de mis sobrinas, hija de madre atea y padre musulmán, divorciados, que este año pidió el bautismo y la comunión a los 13 años, gracias a su contacto con las religiosas del colegio en el que estudia. Las dos fuimos al Retiro madrileño, a conversar. Anduve en silencio un buen rato, rezando y pensando, porque no sabía cómo explicarle lo que iba a ocurrir en la ceremonia, su significado profundo. Le pregunté qué deseaba en la vida. “La paz del mundo”, dijo.

-Está bien, contesté, soñemos que Dios nos la concede y se acaban todas las guerras. ¿Qué más desearías?

-Que no hubiese hambre, contestó de inmediato muy bien aleccionada.

-Muy bien, seguí, imaginemos que el Señor también nos lo concede y que el mundo queda ahíto y en paz. ¿Qué desearías?

Entonces vaciló un instante, sonrió por primera vez y afirmó sin dudarlo: “¡Que un chico me quisiera!”.

Sólo en ese momento respiré. Habíamos llegado al nivel de las necesidades primarias, al deseo de esta chica de ser amada. No es que lo demás no fuese justo y bueno, es que era, sencillamente, abstracto. A partir de ahí me resultó fácil anunciarle que había sido elegida, de forma ciertamente azarosa y arbitraria, para ser infinitamente amada, y que la preferencia que Cristo Jesús expresaba por su persona se traduciría en una vida más plena, con más posibilidades, parecida a la de sus tíos. Había sido elegida para ser feliz, esto es, para ser santa.

3. Causa de nuestra alegría

Si los propios esfuerzos no bastan para hacernos coherentes, si a veces incluso nos convierten en tiranos, ¿cuál será la causa de nuestra alegría? San Pablo expresa magistralmente este debate interno del hombre en su carta a los Romanos: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero (…) descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta”. Y el mismo apóstol nos muestra el camino: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Nuestro Señor!”.

Dice María Zambrano, la genial filósofa: “Ser, no como resultado de un esfuerzo y de una elección (como sería en el moralismo individualista), sino por haber sido generado y elegido”. En la vida de todo cristiano hay un antes y un después del encuentro con Cristo, un antes y un después de un suceso, un acontecimiento que cambia la vida. Pensemos en la samaritana, que estaba en su fuente, la de todos los días, cuando pasa ese hombre peculiar y le pide agua. No debía ser una mojigata ni una noña, porque llevaba cinco maridos en la cuenta y vivía con un hombre con el que no estaba casada, pero Aquél le habla de tal modo, de tal manera la mira, que ella empieza a hablar con Él de su vida. “No tengo marido”, le confiesa al desconocido, “Dame de esa agua que dices, para que no tenga más sed”, le pide. ¿Cómo es posible que una adúltera hable como una niña virgen? Pues ocurrió. Por eso hubo un antes y un después en la vida de aquella mujer, que salió corriendo a contárselo a todo el mundo. Los evangelios están llenos de este tipo de encuentros. Mirad a Zaqueo, el publicano, al que todos despreciaban porque se enriquecía a costa de su pueblo, un ladrón. Zaqueo es pequeño y trepa a un sicomoro para ver a ése que pasa, ha oído hablar de él y tiene curiosidad. Y Jesús pasa por debajo y dice “Esta noche ceno en tu casa”. Así, gratuitamente, sin mérito alguno por su parte, Jesús lo elige entre otros muchos, probablemente más justos y más puros, otros que cumplían sus deberes y daban limosnas, que ayudaban a los pobres y a las viudas. Elige a Zaqueo y en ese momento la vida de Zaqueo cambia. No porque “se haga bueno”, sino porque todo lo que tenía adquiere de repente otro significado, el dinero, la relación con los demás, su vida entera queda cambiada cuando conoce a este Hombre y decide que no puede vivir un día más sin volver a escuchar su voz.

Magdalena, Pedro, Zaqueo, la samaritana, eran gente poco recomendable. Y sus defectos ni siquiera quedaron borrados del todo por el contacto con el Señor, de hecho Pedro lo niega cuando Jesús más lo necesitaba, porque seguía siendo cobarde y mentiroso. Pero habían visto y tocado algo que los demás hombres, los piadosos y justos, no habían visto y tocado, por eso pueden decir: “Señor, sin ti ¿adónde iremos? Nadie más tiene palabras de vida eterna”. Por eso son santos.

El poeta Eliot lo define divinamente. “La curiosidad de los hombres –dice – explora pasado y futuro y se aferra a esa dimensión. Pero aprehender el punto de inserción de los intemporal con el tiempo es ocupación para el santo; no, tampoco una ocupación, sino algo dado y tomado, en una muerte de toda una vida en amor, ardor y olvido de sí y entrega de sí mismo”. En su mística objetiva, Adrianne von Speyr escribe lo siguiente: “La santidad no consiste en el hecho de que el hombre da todo, sino en el hecho de que el Señor toma todo”. Lo que Zaqueo da al Señor no es su dinero, es su vida; lo que la samaritana ofrece no es su pureza, es su vida; lo que Pedro da no es su coherencia, es su vida. Porque cuando uno se enamora, da la vida. Los santos son felices no porque sean buenos, sino porque están enamorados y son correspondidos con el ciento por uno.

Cuando más pasa el tiempo, a medida que transcurre la vida y adviene la madurez, más consciente soy de mi fragilidad ética y física. Y esto no es malo. Necesito ver lo que soy, reconocer los límites de mi humanidad, precisamente para poder pedir y experimentar qué es Su gracia, cómo es Él. Para saber que no son mis fuerzas las que me sostienen, para saborear el milagro. Es la única forma de afrontar la vida con esperanza. En medio de las dificultades y los sinsabores, uno puede decir con certeza: “Todo lo puedo en Cristo Jesús”.

4. La victoria de Cristo es el pueblo cristiano.

Hace una semana regresaba del País Vasco con una persona de mi equipo en la radio, una persona buena que vive con su novio, como muchos de nuestros contemporáneos y que mira con extrañeza las cosas que hacemos los cristianos. “No sé, me dijo en un momento dado, yo quiero a mi novio, y lo quiero para siempre, pero no puedo asegurar qué pensaré dentro de cinco años. ¿Por qué tu marido y tú podéis vivir así? Me da la sensación de que tienes con Jose algo que nosotros no tenemos”. Fue una conversación hermosa porque me ayudó a darme cuenta de que su juicio era justo. Y pude explicarle que yo tampoco confío en mis fuerzas, que no sé ni siquiera qué será de mí mañana, pero que es Otro el que sostiene nuestro matrimonio. Que Jose y yo nos amamos para siempre no por fuerza del cariño, que va y viene, sino porque cada uno obtiene de esta alianza una certeza eterna. “En realidad –le expliqué- amando a Jose yo afirmo mi destino, amando a Jose amo el infinito, y el corazón no está hecho para menos. La diferencia estriba en que tú quieres a tu chico y yo, en Jose, amo a Jesús”.

No os creáis que hablo de escatología. Muchos sabéis bien que un matrimonio es cosa difícil hoy y las tentaciones muchas. En realidad, lo que me ha impedido abandonar a José no han sido mis pobres fuerzas, ni la falta de candidatos alternativos y muy atractivos. La razón ha sido que, cuando me he visto en el brete, y no se lo deseo a nadie, cuando me he imaginado casada con el otro y con otros hijos me he dicho.: “Y luego, qué?” porque el corazón está hecho para mucho más que el bienestar ¿entendéis? El corazón quiere que la casa, los hijos, el marido, remitan al ideal. Y una relación que no remita al ideal, por hermosa que sea, no le basta a un corazón despierto. Una relación que no fundamente una certeza para esta vida y para la otra, una certeza definitiva, no me sirve.

Por eso la cuestión de esta mañana, en esta ponencia sobre la santidad, no es cómo alcanzar la perfección moral sino dónde encontrar a Cristo. Para explicarlo me gusta decir, como me explicó un amigo mío, que el cristianismo se expande gracias a la “envidia”. O, en otras palabras, al atractivo que descubro en otra persona y que me mueve a seguirla para ser como ella, para tener la alegría y la paz que tiene. La samaritana tuvo delante a Uno que la miraba como nadie hasta entonces la había mirado, que la consideraba. A ella, una perdida, la consideraba y se interesaba por su destino. Fue eso lo que la movió a prestarle atención. Fijaos, ella era un poco socarrona: el Señor, dice San Juan, le pide de beber junto al pozo y ella contesta: “¿Cómo tú , siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” (si no fuese un poco blasfemo me atrevería a decir que la samaritana coquetea con Jesús). Entonces Él, en lugar de entrar en el juego, como todos los que ella ha conocido, hace gala de autoridad y contesta: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: “Dame de beber” tú le habrías pedido agua a él y él te habría dado agua viva”. Pero ella no se achanta, es dura de roer: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva?”, fijáos que sigue ironizando. Entonces Jesús dice la palabra definitiva: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para al vida eterna”. ¡Ya está! Le ha explicado todo. Le ha explicado que sólo Él basta.

Un sólo matrimonio fundado en Él basta en medio de un mundo donde la gente se casa tres y cuatro veces –y estoy hablando de hoy en día- y no consigue saciar su inquietud. Un monje, un eremita, un sacerdote enamorados de Él pueden ser plenamente felices sin mujer. ¿Y qué le dice la samaritana a Jesús? ¿Qué responde esa que tiene más escamas que un galápago, que lo ha visto todo y a todos?: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed”. En el fondo de aquella que iba por el sexto compañero había una gran mujer, y Cristo la supo descubrir.

Nuestra vida depende de que tengamos o no el encuentro que tuvo la samaritana. O el que tuvo Pedro. ¿Cómo es posible algo así hoy? El método está acreditado en la Historia de los que siguen a Jesús vivo en su pueblo: a Agustín le pasó escuchando a San Ambrosio. A San Francisco Javier escuchando a San Ignacio de Loyola. A Edith Stein conviviendo con la viuda de un amigo suyo, que vivía con esperanza la muerte del esposo, y que la llevó a leer a Santa Teresa y convertirse al catolicismo e ingresar en un Carmelo. Los santos comienzan a serlo cuando se topan con otros hombres cambiados por la mano poderosa del que da de beber para siempre un agua que salta hasta la vida eterna.

Hay que buscar a estos santos y seguirlos, pegarse a ellos, no perderlos de vista. Para saber si son “fetén” hay un método infalible, que consiste en comprobar si lo que dicen y hacen encuentra correspondencia con la pregunta de nuestro corazón. Recordemos el pánico que invadió a los apóstoles tras la muerte de Jesús. Recordad el episodio de los que iban a Emaús. Él hizo con ellos el camino y después se quedó a cenar y partió el pan como solía hacerlo. Sólo entonces lo reconocen y, cuando les deja, se miran el uno al otro y dicen “¿Acaso no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?”.

¿Acaso no ardía nuestro corazón? ¿Acaso no comprobábamos y palpábamos que surgía en nosotros una esperanza que antes no estaba, una certeza que considerábamos imposible? El pueblo cristiano es el Acontecimiento de Cristo reconocido, es este Acontecimiento reconocido por quienes lo encuentran. El conjunto de las personas alcanzadas por este Acontecimiento forma el pueblo nuevo y por este pueblo se manifiesta la victoria de Cristo en el tiempo. Nuestra existencia nueva, esta unidad única que Él ha generado, es el signo de Su victoria.

Basta con mirarnos. Entre nosotros acontecen continuamente milagros. La gente muere alegre y en paz, los que viven una enfermedad son fuente de gracia para los otros, los que tienen un hijo discapacitado son maestros de paternidad y maternidad, los que ganan dinero construyen colegios o sostienen a los que tienen menos. En definitiva, en el pueblo de Dios pasan cosas que no pasan en otros lugares. Y no por mérito de los cristianos, que seguimos siendo muchas veces, como también decía Eliot, “bestiales y carnales, como siempre”, sino por la gracia operante de Otro que revela Su Presencia y Su belleza imponente.

5. La santidad es la vocación humana.

Quien descubre esta belleza no puede olvidarla fácilmente. Es tan sencillo como el que prueba el jamón de pata negra: podrá comer jamón de York de cuarta, pero que no le engañen, que ya sabe qué es lo bueno. Y quien es fiel a su corazón y persigue lo que ha encontrado ingresa en la compañía de los santos y se hace santo por el abrazo de Cristo, igual que Magdalena, igual que Pedro, igual que Zaqueo.

Como me ha recordado Don Eloy Bueno de la Fuente, en el proceso de preparación común de esta ponencia, es en este sentido que los cristianos, desde el principio, se llamaban a sí mismos santos. Eran el pueblo de los santos de Dios. Porque la santidad debe ser entendida en clave de filiación de Dios, no como heroísmo personal. La fuerza del cristiano no es propia, le viene dada: “Es Cristo que vive en mí”, decía San Pablo.

Éste es un extremo que muchos cristianos hemos olvidado. Me hace gracia reconocer que, de chica, cuando me explicaban en el cole la parábola del hijo pródigo, invariablemente me identificaba con el padre. Era el padre el modelo a seguir: el que acoge a los demás ilimitadamente, quien los perdona sin fin, el que no reprocha y acoge. Yo “tenía” que ser así ¡Menudo engreimiento vano! Yo, Cristina, soy el hijo de esta parábola. Soy la que derrocha la fortuna paterna (la vida, la salud, la inteligencia) en estupideces, la que se marcha siguiendo cantos de sirena y bebe y se refocila con prostitutas y de repente comprueba que está sola, y se le llena el corazón de nostalgia y vuelve y ve al padre, allí, en lo alto, siempre esperando, siempre persiguiendo, y se arroja a sus pies y experimenta una cosa que llena el corazón de agradecimiento y los ojos de lágrimas y que se llama misericordia.

Necesitamos esta misericordia y este perdón. Dos cosas que el mundo desconoce y que son imprescindibles para vivir humanamente. ¿Por qué las desconoce? Porque no son de aquí, son de Dios. Muchas veces he experimentado este rebosar de otro mundo en compañía de los santos de Dios y reconozco que ha hecho saltar todos los goznes de mis prejuicios. Os cuento un ejemplo que más de uno me habrá oído contar: cuando murió Madre Teresa, el ABC me mandó a Calcuta. Poco antes había fallecido la princesa Diana de Gales y el follón que se formó en Gran Bretaña y en todo el mundo me sorprendía mucho. Además me molestaba, porque mis crónicas desde Calcuta pasaban sistemáticamente a segunda página frente a las del corresponsal de Londres, que iban a primera. Estaba escandalizada ¿cómo era posible que la gente idolatrase la memoria de Lady Di por encima de la de la santa de los pobres?

Reflexionaba sobre esto mientras veía pasar la fila interminable de gente sencilla por delante del féretro de la Madre, que reposaba tranquila, con los pies encogidos como sarmientos y la cara arrugadita. Precisamente entonces tuve la ocasión de entrevistar a uno de sus más íntimos amigos, al padre que encabezaba la versión masculina de la orden por ella fundada, las Misioneras de la Caridad. “¡Qué vergüenza!”, le dije llena de razones, “¡Qué vergüenza que interese más la vida de una frívola superficial que la de una mujer ejemplar como ésta”. El padre –creo que se llamaba John- me miró con paciencia y curiosidad y me contestó lo último que hubiese sospechado (con los santos pasan estas cosas): “Usted no ha entendido nada”. Hubo un silencio embarazoso por mi parte y empezó a explicar: “Madre Teresa y Lady Diana eran grandes amigas, más que eso, Madre Teresa era una madre para Diana. La conoció cuando estuvo en Gran Bretaña y la princesa pidió entrevistarse con ella. La Madre –prosiguió- descubrió en ella una persona profundamente necesitada, deseosa de un cariño que las circunstancias le negaban. Había visto destruirse su matrimonio, su marido le había sido infiel, la familia real la ninguneaba… desde ese primer encuentro la Madre la quiso tiernamente. Hace unos días, cuando recibimos la noticia de su accidente, todavía lloró y rezó mucho por ella. ¿Sabe una cosa? Es lógico que el mundo prefiera a Diana, porque los hombres de esta época se reconocen en ella, ven en su persona la búsqueda frenética de placeres y felicidad que ellos mismos experimentan, y se apenan de su fracaso porque reconocen el de ellos mismos. A la Madre, sencillamente no pueden entenderla, porque no era de este mundo”. Me avergoncé mucho de haber hablado mal de Lady Di pero lo que prevaleció y prevalece en mí de aquella conversación es el agradecimiento por una experiencia de misericordia y de perdón hacia la humanidad doliente que, en efecto, no es de este mundo.

Me gustaría insistir en que el cristianismo es una cosa dinámica. No se produce una conversión inicial y todo cambia para siempre. No existe un momento de conversión y después un camino, para el cristiano existe sólo el tiempo de la conversión. La vida de Pedro es muy ilustrativa en este sentido. Conoce al Señor, se enamora, vive con Él, lo ama, cae de nuevo, se levanta… el encuentro con el Señor tienen que sucederse una y otra vez en el tiempo y en la carne para que la vida se renueve una y otra vez. Porque no es posible vivir de un recuerdo. Así como la madre no puede ver el rostro del hijo recién nacido y vivir el resto de su vida de esa imagen, sino que ha de volver una y otra vez al hijo y dejarse sorprender por él para amarlo de una forma renovada todos los días, nosotros necesitamos ver y tocar al Señor para que cada día sea nuevo. No se puede “congelar” al Señor como si fuese un recuerdo hermoso. Es Él quien una y otra vez nos sale al encuentro, a veces contra nuestra voluntad, doblegando nuestros planes y nuestra resistencia, domándonos con su amor.

El pueblo nuevo brota continuamente de este acontecimiento de Cristo vivo y presente, verificable por los sentidos, de estos encuentros con Madre Teresa o sus amigos, con Juan Pablo II y con miles y miles de santos anónimos. De ahí nace la Iglesia, no de que nos juntemos. Él es la fuente, no nuestros diseños o proyectos. A veces hay algo de triste en los planes pastorales, comunicados, charlas y congresos de nuestra Iglesia. Que Dios me perdone si lo digo mal o si soy injusta, pero ningún plan pastoral va a poner en marcha, no ya a una comunidad, si siquiera a un solo hombre. El hombre se mueve por un atractivo presente y reconocible.

Nuestra libertad no radica en lo que conseguimos realizar, sino en la verdad con la que buscamos a Dios, como la samaritana. El peso de nuestra atención no debe estar en nuestra virtud, nuestra solidaridad, nuestras estructuras, nuestras instituciones, nuestros ideales o sentimientos morales, sino en darnos cuenta de lo Sucedido. Algo ha entrado en el tiempo y lo ha cambiado, y lo percibimos por ciertos rasgos –perdón, misericordia- que no existían antes de Cristo. La coherencia existía antes de Cristo, la santidad, no. Darnos cuenta de ello, reconocer lo que nos ha sido dado es lo que nos cambia cada vez la actitud y el rostro.

Lo que ha ocurrido no era de este mundo, pero ahora es de este mundo, como explica Peguy. No son de este mundo ni la caridad de Teresa de Calcuta, ni la inteligencia de Tomás de Aquino, ni la capacidad política de Tomás Moro, ni la autoridad de Catalina de Siena, ni la pobreza de Francisco de Asís, ni la ternura, la justicia, la belleza que descubrimos en tantos otros. La Iglesia se muestra como un lugar maravilloso donde la verdadera humanidad, la que se ajusta al designio divino, se pone al alcance de todos. El bien es servir como piedra viva para la construcción de este edificio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

6. La imprescindible libertad.

Ocurre que el Señor ha evitado salvarnos contra nuestra voluntad. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y el sello de origen, el que certifica nuestra identidad y nos separa de los animales, es la libertad. Y así como todo se transforma en Cristo, y lo que llamábamos amor se convierte en caridad; lo que llamábamos justicia se convierte en misericordia; lo que llamábamos deber se convierte en vocación; lo que llamábamos hacer las paces se transforma en perdón; así también lo que llamamos libertad se transforma en obediencia. Todo crece y se hace más grande, más profundo, de otra naturaleza.

Hablemos del paso de la libertad a la obediencia, o mejor, de la libertad que es obediencia. El hombre experimenta un vértigo ante este paso. Es como el chico que reconoce el atractivo de la mujer y aprende a amarla, pero que comprende el riesgo que supone entregarle la vida entera. Entiende que es tentadora la oferta y, sin embargo, experimenta un punto de resistencia. ¿En dónde radica el origen de esta resistencia? En saber que, tras el paso de la libertad, la vida ya no la rige un sino que la deposita en manos de otro.

Me resulta fácil identificar este punto en mi propia experiencia. Al principio de mi intervención os expliqué que mis hermanas y yo no recibimos la fe en casa. Teníamos, sin embargo, una pregunta intensa en el corazón y las religiosas mercedarias de la caridad se encargaron de ahondarla. Yo buscaba, buscaba. A los 21 años tuve mi encuentro definitivo con la Iglesia en la carne del movimiento Comunión y Liberación, al que como sabéis pertenezco. La cosa pasó en Alemania, adonde había acudido para estudiar un curso universitario.

Conocí a un grupo de personas interesantes, con una pasión por la vida excepcional, con una alegría tranquila, la que da el haber encontrado la certeza. Entre ellas había un tipo, Martin Groos, que me fascinaba. En nuestras conversaciones demostraba una y otra vez una inteligencia distinta sobre las cosas. No era sólo que fuese listo y culto, que lo era, es que miraba la realidad desde otro punto de vista, con una lucidez que me descolocaba, exactamente como la miraba, por ejemplo, el padre John, del que os he hablado antes.

Bueno, ocurrió que esta gente se reunía los viernes por la tarde en Colonia, y que mi residencia y mi centro de estudios estaban en Bonn. Así que Martin me dijo un día: “Cristina, si quieres entender más, deberías venir los viernes a Colonia”. Parecía una propuesta fácil, pero tenía su complicación. Era un invierno endiabladamente frío y lo que he llamado “reuniones por la tarde” era una cita de 7 a 8 en lo que en realidad eran noches cerradas. Lo que Martin me proponía suponía significaba coger el tren de Bonn a Colonia, sumarme a la reunión en casa de Martin y su mujer, María, y hacia las nueve de una noche espantosa, en medio de la nieve, regresar en otro tren a Bonn. Entre pitos y flautas me daban las once, y al día siguiente yo tenía clase a las seis y media de la mañana. Me parecía de todo punto absurdo. ¿Cómo podía compensarme una cosa así? ¡Podíamos vernos de vez en cuando a comer, o charlar por teléfono! Un día hubo una conversación trascendental y, volviendo sobre lo de la reunión, Martin se limitó a decirme: “Mira Cristina, llevas toda la vida poniendo las reglas del juego y jugando a tu manera. De eso se trata, de que por una vez sigas las reglas de Otro”.

No había atendido demasiado, pero después, en mi habitación, la frase me volvió a la cabeza. Y pensé ¿y qué pierdo probando? Lo que puedo conseguir por mis propias fuerzas ya lo sé, llevo 21 años de experiencia y no acaba de satisfacerme ¿y si Otro supiese de mí más que yo misma? En ese momento ya intuía que era Cristo mismo quien me interpelaba a través de una carne. Que estos amigos no eran corrientes. Que en su presencia se mostraba el que me había creado. Me pasó como a Magdalena, Zaqueo, Agustín o Francisco de Borja. Fijáos: lo que decidió la partida no fue, al final, ni el atractivo de la compañía humana ni mis deseos de seguirla. Fue mi libertad frente a la libertad de Cristo.

Y elegí. Os puedo asegurar que ese invierno absurdo, dando vueltas en tren con dos pantalones superpuestos y forrada de arriba abajo, cambió mi vida. Desde entonces he aprendido que el método de la vida es el seguimiento. Que la iniciativa la plantea Él.

Casi 20 años después me he convertido en una especie de lechuza especializada en mirar lo que me rodea y obedecer lo que Cristo indica a través de la realidad. En este camino mi matrimonio se ha salvado y crece, mi familia y mi trabajo se profundizan; mis amistades, mi esperanza y mi certeza aumentan. Es el mismo método que movió a los apóstoles a dejar las redes y seguirle. El mismo que cambió la forma de vida de Agustín, de Francisco Javier, de Edith Stein. Sólo le pido a Dios que algún día me haga la caridad de hacerme parecida a ellos.

Muchas gracias por escucharme.

Almudi.org

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