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Padre y madre


22 junio 2008
Sección: Sin categoría

Padre y madre son expresiones inequívocas de la realidad dual del ser humano; dualidad que la ideología de género aspira a destruir

Por Juan Manuel de Prada, escritor y articulista vasco, uno de los autores más jóvenes y galardonados de España, ganó el premio Planeta de 1997 con «La tempestad», el premio Primavera de Novela de 2003 y el premio Nacional de Literatura 2004 en la modalidad de Narrativa con «La vida invisible». Su labor como articulista le ha hecho merecedor de los premios Julio Camba, el de Periodismo de la Fundación Independiente, el José María Pemán y el González Ruano.

Contra la naturaleza

Se van a sustituir en las inscripciones del Registro Civil los sustantivos «padre» y «madre» por un eufemismo que elimine la naturaleza dual de la filiación. Algunos pardillos han pensado que esta reforma semántica es una mera concesión grotesca a la corrección política. Sin embargo, se oculta detrás de ella una implacable operación de ingeniería social. Los ideólogos de género pretenden que entre hombres y mujeres sólo existe una banal diferencia fisiológica (subsanable, por lo demás, en el quirófano); y que, por tanto, cualquier otra peculiaridad psicológica o afectiva es un mero producto cultural que conviene erradicar. Así, sostienen que cada cual puede elegir sus preferencias sexuales, que de este modo ya no serían una inclinación inscrita en los genes, sino una mera opción que cada persona puede inventar, modelar, rectificar e intercambiar a su antojo. Las diferencias entre los dos sexos se convierten en convenciones elaboradas por una cultura represora contra la que cualquier persona puede –y debe– rebelarse, adscribiéndose al «género» que le pete: heterosexual, homosexual, bisexual o cualquier otra variante que se le pase por el caletre.

Ahora estará mal visto

No se requiere una inteligencia privilegiada para intuir la operación de ingeniería social que se oculta detrás de tan estrafalario derecho a «inventarse» a uno mismo. Feminidad y masculinidad se convierten en entidades automáticamente perseguibles. Se niega la existencia del instinto materno; también, por supuesto, la posibilidad de que los afectos que un padre y una madre entablan con sus hijos sean diversos. La familia tradicional se convierte ipso facto en una forma de organización social obsoleta, de un estatismo indeseable; las relaciones naturales surgidas en su seno, entre las que la filiación ocupa un lugar primordial, deben ser combatidas. Y es que la filiación no se elige: presupone un padre y una madre que no son aleatorios, sino establecidos por un acto procreador. Padre y madre son expresiones inequívocas de la realidad dual del ser humano; dualidad que la ideología de género aspira a destruir. Para ello, se presenta en primer lugar el matrimonio como una unión de carácter puramente contractual, configurable, modificable y rescindible a gusto de los cónyuges (que ya no habrán de ser nunca más marido y mujer). Los ideólogos de género saben que la familia con padre y madre infunde a los hijos la noción -tan natural, por lo demás- de que hombres y mujeres somos diferentes; para borrar esta noción del disco duro de las nuevas generaciones, la ideología de género ha habilitado un sofisma tan burdo como eufónico: «Diferencia significa desigualdad». Al anular las diferencias –nos venden–, al evitar que padres y madres se comporten como tales, instauraremos una idílica sociedad igualitaria.

Poder del lenguaje

Desde el momento en que la multiforme inclinación sexual del individuo se antepone sobre su dualidad biológica, ya no tiene demasiado sentido sostener la división entre hombres y mujeres, mucho menos entre padres y madres. Seamos todos progenitores (A y B y C y D y los que hagan falta), fundidos en la amalgama diseñada por la ideología de género, que no pretende –aunque así lo pregone, para disfrazar sus fines aberrantes– la promoción de la mujer, sino la anulación de lo femenino y lo masculino como expresiones de la naturaleza humana. Esta desnaturalización comienza a consagrarse a través del lenguaje, mediante el cual se designa y se conforma, se moldea y manipula la realidad. De ahí estas reformas semánticas, que algunos ilusos despachan con chascarrillos, pensando que sólo obedecen a un ridículo prurito de corrección política. Pero no, queridos pardillos: son el primer paso para indiferenciar a los seres humanos, para sovietizar y uniformizar los afectos, para otorgar carta de naturaleza a la anomalía, sobre la que esperan construir su nuevo «mundo feliz».

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