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Octavario por la Unidad de los Cristianos 2008


8 enero 2009
Sección: Sin categoría

Tradicionalmente, la Semana de oración por la unidad de los cristianos se celebra del 18 al 25 de enero. Estas fechas fueron propuestas en 1908 por Paul Watson para cubrir el periodo entre la fiesta de san Pedro y la de san Pablo.

Son unos días de súplica a la Santísima Trinidad pidiendo el pleno cumplimiento de las palabras del Señor en la Última Cena: “Padre Santo, guarda en tu nombre a aquellos que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Juan 17,11). La oración de Cristo alcanza también a quienes nunca se han contado entre sus seguidores. Dice Jesús: Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño con un solo pastor (Juan 10, 16).

En el Octavario por la Unión de los Cristianos pedimos por nuestros hermanos separados; hemos de buscar lo que nos une, pero no podemos ceder en cuestiones de fe y moral. Junto a la unidad inquebrantable en lo esencial, la Iglesia promueve la legítima variedad en todo lo que Dios ha dejado a la libre iniciativa de los hombres. Por eso, fomentar la unidad supone al mismo tiempo respetar la multiplicidad, que es también demostración de la riqueza de la Iglesia.

En el Concilio de Jerusalén, al tratar de los preceptos, los Apóstoles decidieron no imponer “más cargas que las necesarias” (Act XV, 28).

Con ocasión de este octavario podemos dar un paso en ese identificarnos con los mismos sentimientos de Jesús. Concretar oración y mortificación pidiendo por la unidad de la Iglesia y de los cristianos. Este fue uno de los grandes deseos de Juan Pablo II (Encíclica Ut unum sint, nn. 1 a 4), y lo es asimismo de Benedicto XVI.

En estos días pedimos al Señor que acelere los tiempos de la ansiada unión de todos los cristianos. ¿La unión de los cristianos?, se preguntaba nuestro Padre. Y respondía: sí. Más aún: la unión de todos los que creen en Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con trozos dispersos por todo el mundo (Homilía, Lealtad a la Iglesia).

La Iglesia es Santa porque es obra de la Santísima Trinidad. Es pueblo santo compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia que es divina, es también humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos, todos somos polvo y ceniza (Ecclo 17, 31), cita n.P.

Por nosotros mismos no somos capaces sino de sembrar la discordia y la desunión. Dios nos sostiene para que sepamos ser instrumentos de unidad, personas que saben disculpar y reaccionar sobrenaturalmente.

Demostraría poca madurez el que, ante la presencia de defectos en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia, sintiese tambalearse su fe en la Iglesia y en Cristo. La Iglesia no está gobernada por Pedro, Pablo o Juan, sino por el Espíritu Santo. Jesús tuvo 12 Apóstoles, uno le falló…

Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad –pero también sobre la fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia constante del Espíritu Santo.

La predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal de unos cuantos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No contaban nada en su tiempo; no eran ni ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano., Jesús echa sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. No me elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin de que cualquier cosa que pidieres al Padre en mi nombre, os la conceda (Juan 15,16).

Desde hace siglos la Iglesia está extendida por los cinco continentes; pero la catolicidad de la Iglesia no depende de la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del Corazón llagado de Jesús. Ahora, como entonces, extender la Iglesia a nuevos ambientes y a nuevas personas requiere fidelidad a la fe, y obediencia rendida al Magisterio de la Iglesia.

Desde hace dos mil años, Jesucristo quiso construir su Iglesia sobre una piedra: Pedro, y el Sucesor de San Pedro en la cátedra de Roma es, por eso, el Vicario de Cristo en la tierra. Hemos de dar gracias a Dios porque ha querido poner al frente de la Iglesia un Vicario que la gobierne en su nombre. En estos días hemos de incrementar nuestra plegaria por el Romano Pontífice y esmerarnos en el cumplimiento de cuanto disponga.

San Pablo, a quien el Señor mismo llamó al apostolado, acude a San Pedro para confrontar su doctrina: “subí a Jerusalén para ver a Cefas, escribe a los Gálatas, y permanecí a su lado quince días”. (I,18).

El Octavario concluye conmemorando la conversión de San Pablo. El martirio de San Esteban, dice San Agustín, fue la semilla que logró la conversión del Apóstol. Dice textualmente: “Si Esteban no hubiera orado a Dios la Iglesia no tendría a Pablo” (cfr. S. Agustín, Serm, 315,7).

El principal obstáculo para la conversión, dice Scott Hahn son los mismos católicos… El principal apostolado que hemos de realizar en el mundo es contribuir a que dentro de la Iglesia se respire el clima de la auténtica caridad.

El texto bíblico y el tema elegido para 2008

El pasaje bíblico elegido para la celebración del centenario de la Semana de oración para la unidad de los cristianos se extrae de la primera carta a los Tesalonicenses. El texto “no ceséis de orar” (1 Tes 5,17) destaca el papel esencial de la oración en la vida de la comunidad de los creyentes, ya que da a sus miembros el profundizar en su relación con Cristo y con los otros. Este paso forma parte de una serie de “imperativos”, de las declaraciones por las cuales Pablo anima a la comunidad a vivir de la unidad que Dios nos da en Cristo, a ser en la práctica lo que está en el principio: el único cuerpo de Cristo, visiblemente unido en este lugar.

La Carta a los Tesalonicenses, que data del año 50 ó 51 después de Jesucristo y es considerada por la mayoría de los exegetas como la más antigua carta de Pablo, nos revela el vínculo muy fuerte que une a este último con la comunidad cristiana de Tesalónica. Mientras acaba exactamente de sufrir persecuciones en la ciudad de Filipos –Pablo y sus compañeros Silas y Timoteo fueron conducidos allí por la muchedumbre y puestos en prisión por orden de los magistrados de la ciudad (Hch 17,1-9)-, establece la Iglesia en Tesalónica en algunas semanas con un trabajo intenso antes de que nuevos ataques lo conduzcan de Berea a Atenas (17,10-15). Pablo alimentaba grandes esperanzas para la Iglesia de Tesalónica: la fe, la esperanza y la caridad que no dejaba de crecer en esta ciudad, la manera en que había acogido la Palabra a pesar de los sufrimientos, y la alegría que expresaba en el Espíritu Santo, todo contribuía a suscitar su admiración y sus alabanzas (1 Tes 1,2-10). No obstante estaba preocupado. Su salida precipitada no le había dejado tiempo para consolidar la obra que había emprendido y rumores inquietantes le habían llegado. Algunos retos procedían del exterior, en particular, de la persecución de la comunidad y de sus miembros (1 Tes 2,14). Otros eran de naturaleza interna: algunos miembros de la comunidad seguían teniendo comportamientos más caracterizados por la cultura ambiente que por su nueva vida en Cristo (4,1-8); otros criticaban a los responsables que ejercían la autoridad y por consiguiente del mismo Pablo (cf 2,3-7,10); otros aún desesperaban de la suerte reservada a los que morirían antes de la vuelta del Cristo. ¿Se les negaría entrar en el Reino de Dios? ¿Para ellos y quizá para otros, la promesa de la salvación sería inútil y vacía de sentido (cf  4,13)?

Temiendo haber trabajado en vano y “sin esperar más” (3,1), Pablo en la incapacidad de darse la vuelta él mismo hacia Tesalónica, decide enviar a Timoteo e informarle del testimonio de la fe y amor profundos manifestados por esta comunidad así como de su fidelidad a Pablo. En 1 Tesalonicenses leemos la respuesta de Pablo a esta buena noticia, y también a los retos que debe afrontar la Iglesia naciente. En primer lugar, escribe para agradecer a la comunidad su fortaleza ante la prueba de la persecución. Pero a pesar de su alegría y su alivio cuando Timoteo le informa, comprende que la semilla de la desunión ya está en la Iglesia; por esta razón responde a las diversas cuestiones planteadas por la comunidad sobre el comportamiento personal (4,9-12), sobre los dirigentes (5,12-13a) y sobre la esperanza en la vida eterna en Cristo (4,14-5,11).

Uno de los objetivos principales de Pablo era edificar esta comunidad en la unidad. Incluso ni la muerte puede cortar los vínculos que crean su unidad, como único cuerpo de Cristo. Jesús murió y resucitó por todos nosotros; por eso cuando venga el Señor, los que se durmieron aún están vivos, todos “viviremos entonces unidos él” (5,10). Eso conduce a Pablo a pronunciar los imperativos que figuran en 1 Tesalonicenses 5,13-18 y forman una lista de exhortaciones, de la que una se eligió como base de la Semana de oración de este año. Este pasaje comienza por la exhortación que Pablo dirige a los miembros de la comunidad: “que la paz reine entre vosotros” (5, 13b), una paz que no significa simplemente la ausencia de conflicto sino una armonía en la cual los dones de todos los miembros de la comunidad contribuyen a su prosperidad y a su crecimiento.

Es interesante tener en cuenta que Pablo no da ninguna enseñanza teológica abstracta ni hace alusión a las emociones o a los sentimientos. Como en el pasaje famoso sobre el amor en 1 Corintios 13, invita más bien a la acción, a comportamientos concretos a través de los cuales los miembros de la comunidad revelan su compromiso y la responsabilidad que tienen los unos hacia otros en el único cuerpo del Cristo. El amor debe llevarse a la práctica y ser visible.

Establece una lista de estos imperativos, de las “cosas que contribuyen a la paz”: garantizar la participación de todos y valorar a los que tienen poco; sostener a los débiles; ser pacientes con todos; no devolver mal por mal sino buscar siempre el bien, entre nosotros y con respecto a todos; estar siempre alegres; orar sin cesar; dar gracias en toda circunstancia (5,14-18). Este pasaje se concluye con la afirmación de que al actuar así, la comunidad vive según “la voluntad de Dios en [su] referencia a Cristo Jesús” (5,18b).

La llamada “no ceséis de orar” (5,17) forma parte de esta lista de imperativos. Eso nos recuerda que la vida en una comunidad cristiana sólo es posible a través de una vida de oración. Más aún, Pablo pone de manifiesto que la oración es parte integrante de la vida de los cristianos precisamente cuando pretenden manifestar la unidad que se les ha dado en Cristo -una unidad que no se limita a puntos doctrinales y a declaraciones oficiales sino que se expresa en “todo lo que contribuye a la paz”- por acciones concretas que atestiguan su unidad en Cristo y entre ellos y que la hacen aumentar.

La oración de Cristo y la unidad cristiana

A través del bautismo nos comprometemos a seguir a Cristo y a realizar su voluntad. Esta voluntad para sus discípulos, Jesús la expresa en su oración por la unidad para que otros crean que es el enviado de Dios. Algunas Iglesias consideran que la oración asociada a la oración de Jesús por la unidad es una expresión del “ecumenismo espiritual”. Esta oración es especialmente intensa durante la Semana de oración por la unidad de los cristianos, pero no debe limitarse a esta celebración y debe penetrar en nuestra vida diaria. Tenemos conciencia que la unidad no puede realizarse solo a través de nuestros esfuerzos, sino que es obra del Espíritu Santo. Como seres humanos no podemos hacerla o realizarla. No podemos sino recibirla como un don del Espíritu cuando nosotros mismos estamos dispuestos a acogerla.

El ecumenismo espiritual implica un intercambio de dones espirituales, aunque lo que falta en una tradición se completa por lo que está presente en otras. Eso nos ofrece la posibilidad de ir más allá de nuestras etiquetas confesionales para ir hacia el que es la fuente de todo bien. Lo que es sorprendente en la oración es que su eficacia se comprueba en primer lugar en nosotros mismos. Ella modela nuestro espíritu y nuestro corazón cuando pretendemos traducirla en la vida práctica, lo que es la verdadera prueba de su autenticidad. El ecumenismo espiritual nos conduce a la purificación de la memoria, animándonos a hacer frente a los graves acontecimientos del pasado que dieron lugar a interpretaciones divergentes de naturaleza y origen. Podemos superar estas dificultades que nos han mantenido en la división. Dicho de otra forma, el objetivo del ecumenismo espiritual es la unidad de los cristianos que nos hace participar en la misión para la gloria de Dios.

Si los creyentes quieren de verdad seguir los pasos de Jesús, deben trabajar y rogar por la unidad de los cristianos. No obstante, las Iglesias tienen visiones diferentes de la unidad visible por la cual rogamos. Para algunos, el objetivo es llegar a una plena unidad visible en la cual las Iglesias se reunirían en una única comunidad de fe, oración y sacramentos, de testimonio, donde las decisiones se tomarían conjuntamente y la vida sería estructurada según un mismo modelo. Otros contemplan una diversidad reconciliada en la cual las Iglesias actuales trabajarían juntas para ofrecer al mundo un testimonio coherente. Para otros aún, la unidad reside más bien en los vínculos invisibles que la unen a Cristo y entre nosotros, y depende también mucho de la manera personal de vivir su fe en el mundo.

La oración por la unidad de los cristianos es por consiguiente una oración extremadamente estimulante. Es una oración que implica cambios en nuestra identidad personal así como en nuestra identidad confesional. En definitiva, eso significa que renunciemos a nuestra visión de la unidad para pretender comprender mejor lo que Dios quiere para su pueblo. No obstante, eso no quiere decir que abandonemos nuestra unicidad ya que la unidad se expresa naturalmente en la diversidad. La unidad en la diversidad es la imagen del misterio de la comunión de amor que es la naturaleza misma de Dios.

El octavario

Las meditaciones propuestas para el octavario de oración de este año parten del principio que la oración para la unidad de los cristianos, el ecumenismo espiritual, es la base de todos los demás aspectos de la búsqueda de la unidad entre los cristianos. Ofrecen una reflexión profunda sobre el tema de la oración por la unidad, cada una llamando la atención sobre un aspecto o una preocupación de esta oración y estableciendo un vínculo con una de las exhortaciones que Pablo dirige a la comunidad cristiana de Tesalónica. La primera meditación presenta la unidad como un don y una llamada hecha a la Iglesia y reflexionar sobre lo que significa “no ceséis de orar” para la unidad. El segundo día nos invita tener confianza en Dios y darle las gracias cuando trabajamos por la unidad, ya que tenemos conciencia que es el Espíritu Santo el que dirige nuestros pasos por el camino de la unidad. La necesidad de una conversión permanente del corazón, como fieles y como Iglesias, es el centro de la reflexión del tercer día. El cuarto día titulado “orad sin cesar por la justicia” anima los cristianos a una oración siempre centrada en Cristo que nos incita a trabajar juntos para responder a la injusticia y a las necesidades de una humanidad que sufre.

En la vida cristiana la paciencia y la perseverancia van juntas. En nuestra búsqueda de la unidad querida por Cristo para sus discípulos, deberíamos estar atentos a los distintos ritmos y tiempos de nuestros hermanos y hermanas, tal como nos invita el quinto día. La meditación del sexto día anima a rezar para que se nos conceda la gracia de ser conscientemente instrumentos de la obra de la reconciliación de Dios. Al igual que aprendimos a trabajar juntos aportando una ayuda a los que están en el desamparo, nosotros podríamos aprender a progresar juntos en la oración y apreciar las distintas maneras según las cuales los cristianos se dirigen a Dios. Es lo que sugiere el séptimo día. Al apoyarse en el camino recorrido hacia la unidad, guiados por el Espíritu Santo, la meditación final de este octavario nos llama, así como a nuestras Iglesias, a comprometernos de nuevo a rezar y buscar con todas nuestras fuerzas la unidad y la paz que Dios quiere para nosotros.

En el octavario del 2005 decía Juan Pablo II: Sin oración y sin conversión no hay ecumenismo. Podemos acudir a la Virgen María para ser más humildes y, por tanto, más fieles.

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